Todo ser humano necesita una patria, pero no una tal como la entienden algunos patrioteros primitivos, ni tampoco una religión, insulso anticipo de una patria ultraterrena. No, una patria en la que el suelo, el trabajo, los amigos, las diversiones y el propio espacio espiritual confluyan en un todo natural y organizado, en una especie de cosmos personal. La mejor definición de patria es: biblioteca.
Mis lecturas en los últimos meses (sobre todo Joyce y Brecht) me confirman que llevo cinco años de “atraso” (por lo menos) respecto del resto de mi generación. Leo siempre a destiempo y…
El autor reivindica la figura de Hermann Broch (1886-1951) como integrante del grupo de creadores que llevaron a cabo, en los comienzos del siglo XX, una renovación radical de la novela.
Por la evolución de Internet y las nuevas tecnologías la literatura ha perdido el papel que tenía. Las nuevas generaciones están acostumbradas a los videoclips, YouTube y los videojuegos, que cada vez son más sofisticados. El esfuerzo y la capacidad de concentración que requiere leer un libro ya no se la toma casi nadie. ¿Para qué tomarme la molestia de leerme un libro si en cuestión de segundos tengo acceso gratis a cualquier tipo de información en la que estoy interesado a través de Google? El segundo problema es la democratización del arte. El hecho de que cualquiera puede publicar una opinión sobre cualquier cosa en una red social – y lo que es peor – verse con la autoridad de hacerlo, hace que cada vez sea más difícil distinguir entre la calidad y la morralla. Hay ya mas “escritores” que lectores.
Nadie esperaba a Primo Levi (1919-1987) en su casa de Turín la jornada otoñal de 19 de octubre de 1945. Su familia, al ver el rostro barbudo y demacrado del recién llegado, su cuerpo enjuto, tardó mucho en reconocer al joven químico, al que llevaban más de dos años sin ver y del que no tenían ningun
Hay tantas cosas interesantes. Vivimos acontecimientos densos, decisivos, revolucionarios y demás. Pero aquello que mejor recordamos es lo que sucede en nuestro interior. Un ratito agradable, tranquilo y dichoso, o algo malo que te ocurre por dentro. Y aquella tarde en el cine… Bueno, bueno, bueno. No quiero bromear mucho sobre ello. No. Luego sólo quedó la angustia. ¡Oh, un momento así te mata poco a poco de miedo porque pronto se acaba! Mucha gente fuera. Él va con la suya y yo la mía. Guasa con las amigas, quienes bromean y hablan sobre la función mientras observan a los chicos. Y cada vez que yo miraba hacia donde él estaba, él me estaba mirando. Una sonrisa furtiva y cálida con los ojos, ya sabes. Pero estaba hablando con alguien, y mis amigas empezaron a caminar hacia donde él estaba.
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En realidad podría haber empezado por aquí puesto que aquella noche fue cuando comencé a destruirle. Aquella noche fue cuando comenzamos a destruirnos mutuamente.
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¿Te has fijado en la belleza que hay en la vida? No se puede tocar ni sentir. No se puede agarrar ni retener. Pero uno puede absorber un poco y experimentarla mientras pasa a tu lado escabullándose. Tal vez así se conserva un poco. Se halla en la sensación que se tiene tras haber concluido un buen trabajo. Un trabajo de verdad, algo que te hace rugir por dentro. Ocurre cuando te sientes tan fuerte que puedes contemplar las hogueras de San Juan y alegrarte al ver que los demás están bailando. Bueno, ¿cómo se puede explicar una cosa así?
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Pero, sea como fuere, lo que sucede es que una mujer embarazada está protegida contra sus propias pasiones… Sí, puede dormir a pesar de todo. Está protegida porque ella misma ofrece protección… Puede maltratarse hasta la locura y puede poner en peligro su vida, pero la naturaleza sigue su curso en ella como si nada. Hasta la más mínima célula de su interior está preparada para lo que va a ocurrir. Y entonces, de repente, realizas una acción que interrumpe ese proceso. En cuestión de media hora, el corazón, los riñones, el hígado, los ovarios, las arterias, las venas, los músculos, los nervios y millones de células diminutas vuelven a regularse. Artificialmente. ¡Con violencia! Así es. ¿Entiendes? Eso es lo que hace que esa acción sea una pesadilla enfermiza. Eso es lo que hace que la náusea te llegue hasta los dientes, los ojos, las puntas de los dedos y el interior de tu estómago cuando estás sentada en la camilla del médico y esa noche, en la consulta del médico, sientes cómo la sangre sale chorreando de aquello que te están arrancando del cuerpo y del alma por un dinero que él ni siquiera ha mirado, limitándose a arrojarlo a un cajón sin decir ni una palabra. ¿Te has puesto pálido? Sé que estoy siendo brutal. A los hombres no les gusta oír estas cosas. Debéis saberlo. Debéis saber qué se siente cuando estás tumbada en esa temida camilla de la consulta del médico mientras él escarba en tu interior rasgando, estrujando y arrancando todo tu útero. El útero no siente nada. Es en la espalda donde sientes esos absorbentes dolores cuando te arrancan uno de los órganos de tu cuerpo y te sacan una nueva vida a trocitos. Es tu alma la que se desangra ante semejante fechoría. ¿El médico?… Conozco a médicos que lo han hecho gratis. El médico también es una víctima. Lo es porque intenta ayudar en algo que es insoportable. No es culpa suya que sea insoportable. Ni de las mujeres ni de los hombres pecaminosos. Ni de la nueva vida a la que nadie ha pedido permiso.
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Sin embargo, un hormigueo me indicaba todo el rato que había olvidado algo. Entonces vi a una persona escabulléndose a toda prisa por los jardines de la calle de arriba y la reconocí por sus cabellos negros como el tizón. Me quedé mirando como Svanhild salía de puntillas en ese momento de casa de mi Johannes. Apreté tanto los dientes que sentí dolor y me agarré a una de las estacas de la valla de tal modo que la madera hendió mi mano. Pensé con todas mis fuerzas que aquél era el dolor que había permanecido enterrado de manera difusa en mi interior, y que ahora podía aceptarlo y volver a tranquilizarme… Bueno, el dolor era bastante evidente. Yo también había salido muchas veces con sigilo de su casa por las mañanas. Dejé que las olas me bañaran con su hirviente espuma… Reviví amargamente la cálida fatiga del abrazo de Johannes, la pequeña y dolorosa alegría tras la que se escondía un anhelo hasta la siguiente ocasión… Y ahí estaba yo, la muchacha más solitaria del mundo en una resplandeciente mañana primaveral mientras su mujer regresaba corriendo a casa, caliente y contenta, ante mis ojos.
Novelista es aquel que, según Flaubert, desea desaparecer detrás de su obra. Desaparecer detrás de su obra: esto quiere decir renunciar al papel de personalidad pública. Ello no es fácil en la actu…
A menudo se dice que un gran escritor no puede pasar inadvertido. Es mentira. Entre innumerables ejemplos refulge el caso de James Salter, a quien el reconocimiento le llegó cumplidos los setenta. Cuesta creer que libros tan poderosos como «Años luz» o «Juego y distracción» tan solo vendieran unos pocos miles de ejemplares en la inmensa Norteamérica, y que todavía se hable de él como de un «escritor para escritores». Salter comenzó a ser mínimamente conocido por sus dos libros de cuentos (había cumplido los ochenta cuando publicó el segundo, el magistral y definitivo «La última noche») y por sus grandísimas memorias, «Quemar los días», que debo de haber releído una docena de veces.
A menudo, por la mañana, antes de ponerme a escribir, leo unas páginas de Salter, como el diapasón que ha de darme la nota exacta, el impulso y el tono. Leo a Salter para que me limpie la mirada, como aquellos espejos negros que utilizaban los impresionistas cuando no veían con claridad los colores. Consejo para escritores jóvenes: si alguna vez os encontráis bloqueados, leed a Salter. Si estáis perdidos y creéis que lo que estáis haciendo ya no vale, leed a Salter. Si creéis que habéis conseguido una página insuperable y no hay forma mejor de expresarlo, leed a Salter. Leo a Salter para que me ensanche el corazón.
Leo a Salter porque sus páginas arrojan la certeza, tan común en los grandes escritores, de que conoce un buen puñado de verdades sobre la vida y los humanos; verdades que te atraviesan como un rayo e iluminan, de repente, un fragmento de realidad que ahora ves como nunca la habías visto. No: como entreviste una vez y luego olvidaste.
Leo el comienzo de «Los ojos de las estrellas», que tiene la misma acrobática libertad formal de «Las joyas de los Cabot», de Cheever. Leo el final de «Cometa», con la esposa empequeñeciéndose, tropezando en los escalones de la cocina. Vuelvo a los encuentros de Philip y Anne-Marie en «Juego y distracción», y los paseos del grupo en las noches parisinas, comiendo en los restaurantes de Les Halles antes del amanecer. Vuelvo a leer la evocación de Irwin Shaw, y veo el fantasma flotante de Sharon Tate en Rodeo Drive (lo mejor que se ha escrito sobre ella, lo más hermoso, lo más conmovedor) en «Quemar los días». Leo el final de «Años luz». Hay muchos finales de novela que me parten el alma, pero ninguno como este. Viri, el marido, vuelve a la antigua casa familiar, cerrada, abandonada. Su esposa murió, sus hijas se casaron. Lleva un traje gris comprado en Roma, las suelas de los zapatos ennegrecidas por la humedad. Camina con paso lento, los ojos fijos en el suelo. Le parece escuchar todavía las risas imposibles de las niñas en el bosque. De repente percibe un movimiento entre las hojas: es su vieja tortuga que sale a recibirle, el ojo todavía claro, transparente como el cristal, el caparazón en el que aún se pueden leer las antiguas iniciales de aquel amor; la tortuga avanzando como si arrastrase y quisiera depositar a sus pies el bosque entero, el pasado entero. Dios bendiga a James Salter.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)