Lectura. “Nada Crece A La Luz De La Luna”. Torborg Nedreaas

Su cuerpo o su historia

La feminista y socialista noruega Torborg Nedreaas firma una novela sobre el amor posesivo sin manchar el texto de didactismo

José María Guelbenzu

Origen: Su cuerpo o su historia | Babelia | EL PAÍS



Textos

Hay tantas cosas interesantes. Vivimos acontecimientos densos, decisivos, revolucionarios y demás. Pero aquello que mejor recordamos es lo que sucede en nuestro interior. Un ratito agradable, tranquilo y dichoso, o algo malo que te ocurre por dentro. Y aquella tarde en el cine… Bueno, bueno, bueno. No quiero bromear mucho sobre ello. No. Luego sólo quedó la angustia. ¡Oh, un momento así te mata poco a poco de miedo porque pronto se acaba! Mucha gente fuera. Él va con la suya y yo la mía. Guasa con las amigas, quienes bromean y hablan sobre la función mientras observan a los chicos. Y cada vez que yo miraba hacia donde él estaba, él me estaba mirando. Una sonrisa furtiva y cálida con los ojos, ya sabes. Pero estaba hablando con alguien, y mis amigas empezaron a caminar hacia donde él estaba.

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En realidad podría haber empezado por aquí puesto que aquella noche fue cuando comencé a destruirle. Aquella noche fue cuando comenzamos a destruirnos mutuamente.

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¿Te has fijado en la belleza que hay en la vida? No se puede tocar ni sentir. No se puede agarrar ni retener. Pero uno puede absorber un poco y experimentarla mientras pasa a tu lado escabullándose. Tal vez así se conserva un poco. Se halla en la sensación que se tiene tras haber concluido un buen trabajo. Un trabajo de verdad, algo que te hace rugir por dentro. Ocurre cuando te sientes tan fuerte que puedes contemplar las hogueras de San Juan y alegrarte al ver que los demás están bailando. Bueno, ¿cómo se puede explicar una cosa así?

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Pero, sea como fuere, lo que sucede es que una mujer embarazada está protegida contra sus propias pasiones… Sí, puede dormir a pesar de todo. Está protegida porque ella misma ofrece protección… Puede maltratarse hasta la locura y puede poner en peligro su vida, pero la naturaleza sigue su curso en ella como si nada. Hasta la más mínima célula de su interior está preparada para lo que va a ocurrir. Y entonces, de repente, realizas una acción que interrumpe ese proceso. En cuestión de media hora, el corazón, los riñones, el hígado, los ovarios, las arterias, las venas, los músculos, los nervios y millones de células diminutas vuelven a regularse. Artificialmente. ¡Con violencia! Así es. ¿Entiendes? Eso es lo que hace que esa acción sea una pesadilla enfermiza. Eso es lo que hace que la náusea te llegue hasta los dientes, los ojos, las puntas de los dedos y el interior de tu estómago cuando estás sentada en la camilla del médico y esa noche, en la consulta del médico, sientes cómo la sangre sale chorreando de aquello que te están arrancando del cuerpo y del alma por un dinero que él ni siquiera ha mirado, limitándose a arrojarlo a un cajón sin decir ni una palabra. ¿Te has puesto pálido? Sé que estoy siendo brutal. A los hombres no les gusta oír estas cosas. Debéis saberlo. Debéis saber qué se siente cuando estás tumbada en esa temida camilla de la consulta del médico mientras él escarba en tu interior rasgando, estrujando y arrancando todo tu útero. El útero no siente nada. Es en la espalda donde sientes esos absorbentes dolores cuando te arrancan uno de los órganos de tu cuerpo y te sacan una nueva vida a trocitos. Es tu alma la que se desangra ante semejante fechoría. ¿El médico?… Conozco a médicos que lo han hecho gratis. El médico también es una víctima. Lo es porque intenta ayudar en algo que es insoportable. No es culpa suya que sea insoportable. Ni de las mujeres ni de los hombres pecaminosos. Ni de la nueva vida a la que nadie ha pedido permiso.

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Sin embargo, un hormigueo me indicaba todo el rato que había olvidado algo. Entonces vi a una persona escabulléndose a toda prisa por los jardines de la calle de arriba y la reconocí por sus cabellos negros como el tizón. Me quedé mirando como Svanhild salía de puntillas en ese momento de casa de mi Johannes. Apreté tanto los dientes que sentí dolor y me agarré a una de las estacas de la valla de tal modo que la madera hendió mi mano. Pensé con todas mis fuerzas que aquél era el dolor que había permanecido enterrado de manera difusa en mi interior, y que ahora podía aceptarlo y volver a tranquilizarme… Bueno, el dolor era bastante evidente. Yo también había salido muchas veces con sigilo de su casa por las mañanas. Dejé que las olas me bañaran con su hirviente espuma… Reviví amargamente la cálida fatiga del abrazo de Johannes, la pequeña y dolorosa alegría tras la que se escondía un anhelo hasta la siguiente ocasión… Y ahí estaba yo, la muchacha más solitaria del mundo en una resplandeciente mañana primaveral mientras su mujer regresaba corriendo a casa, caliente y contenta, ante mis ojos.

Torborg Nedreaas
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