Las palabras desconocidas despiertan preguntas a los suyos, nuevos nombres, antiguos recuerdos. Rescatan el vínculo y consiguen traer a la superficie un nuevo idioma sobre el que empezar a trabajar. Palabras como ‘fardela’, el saco o talega de los pastores. Como ‘galiana’, un camino más pequeño de los trashumantes. Como ‘cabellano’, ese terreno de sierra que es llano, con lomas y valles pero suaves. Como ‘empollo’, la primera hierba que nace en otoño tras las primeras lluvias. Como ‘jabardillo’, ese conjunto de aves más pequeño que una bandada.

María Sánchez
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