Los beneficios cognitivos de leer poesía

Según una investigación de la revista neurocientífica, Cortex, el esfuerzo mental para comprender los cambios de significados de las palabras y metáforas que hacen los poetas para trasmitir su mensaje, incrementaría las habilidades cognitivas y la flexibilidad mental de los lectores frecuentes de po

Origen: Los beneficios cognitivos de leer poesía

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Albert Camus. Discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura

La vida contemporánea

 

Al recibir la distinción con que vuestra libre Academia ha querido honrarme, mi gratitud es tanto más profunda cuanto que yo mido hasta qué punto esa recompensa excede mis méritos personales.

Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que él es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer vuestra decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo de sus dudas, con una obra apenas en desarrollo, habituado a ‘vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin cierta especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, en plena luz? ¿Con qué estado de espíritu podía recibir ese honor a tiempo que, en tantas partes, otros escritores, algunos entre los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conocer incesantes desdichas?

Sinceramente he sentido esa inquietud, y ese malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme a tono con un destino harto generoso. Y como era imposible igualarme a él con el solo apoyo de mis méritos, no he hallado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitidme, aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, que os diga, con la sencillez que me sea posible, cuál es esa idea.

Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de toda otra cosa. Por el contrario, si él me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos.

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo, a los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdadero artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar un partido en este mundo, sólo puede ser de una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.

Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por la definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones en el otro extremo del mundo basta para sacar al escritor de su soledad, cada vez, al menos, que logra, en medio de los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trata de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recurso del arte.

Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad, y el servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar el mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la servidumbre que, donde reina, hace proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.

Durante más de veinte años de una historia demencial, perdido sin recurso, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años a tiempo de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, Y que para completar su educación se vieron enfrentados luego a la guerra de España, la segunda guerra mundial, el universo de los campos de concentración, la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy obligados a orientar sus hijos y sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación han reivindicado el derecho al deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de entre nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad.

Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores arriesgan establecer para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la alianza.

No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto sí es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado el momento, sabe morir sin odio por ella. Es esta generación la que debe ser saludada y alentada dondequiera que se halle y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra profunda aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabais de hacerme.

Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.

¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente soluciones ya hechas, y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir, como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse orgulloso apóstol de virtud? En cuanto a mi, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir.

Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos limites, a mis dudas y también a mi fe difícil, me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabáis de hacerme. Más libre también para deciros que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y si, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Solo me resta daros las gracias, desde el fondo de mi corazón, y haceros públicamente, en prenda de personal gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que cada verdadero artista se hace a sí mismo, silenciosamente, todos los días.

Albert Camus 1  Albert Camus

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Lectura: “Gilead”, de Marilynne Robinson

Un alma buena

Este es el relato de un hombre que prevé su muerte. Es un anciano de setenta años, pastor de una comunidad presbiteriana en un pequeño pueblo en el Estado de Iowa, en el corazón de la América profunda. Sus habitantes son gente sencilla que pertenecen a distintas comunidades religiosas, ignorantes del mundo exterior a su terruño, mundo del cual prescinden sin dificultad. Marilynne Robinson. GileadJohn Ames es hijo y nieto de predicadores y, sabiendo que se encuentra en los últimos años de su vida y enfermo del corazón, escribe una larga carta a su hijo de siete años, engendrado con una esposa mucho más joven. “Nunca creí que vería a una esposa mía idolatrando a un hijo mío. Todavía me asombra cada vez que lo pienso. Escribo esto, en parte, para decirte que si alguna vez te preguntas qué has hecho en tu vida, y todo el mundo se lo pregunta en un momento u otro, sepas que has sido para mí la gracia de Dios, un milagro, algo más que un milagro. Tal vez no me recuerdes muy bien y quizá no te parezca gran cosa haber sido el hijo querido de un viejo en un pueblecito de mala muerte que, sin duda, habrás dejado atrás”.

 José María Guelbenzu. Babelia


 

Textos

No sé en cuántas ocasiones me han preguntado cómo es la muerte, a veces cuando quien quería saberlo estaba a un par de horas apenas de averiguarlo por sí mismo. Ya cuando era muy joven, me lo preguntaba gente mayor, de la edad que yo tengo ahora: me cogían las manos y me miraban a los ojos con sus viejos ojos turbios, como si estuvieran seguros de que yo lo sabía y quisieran obligarme a que se lo contara. Yo les decía que era como ir a casa.

[…]

En este preciso momento estaba escuchando una canción en la radio, ahí de pie, moviéndome un poco al ritmo de la melodía, supongo, porque tu madre me ha visto desde el vestíbulo y ha dicho: «Podría enseñarte a hacer eso». Ha venido, me ha abrazado, ha apoyado la cabeza en mi hombro y, al cabo de unos momentos, con la voz más dulce que puedas imaginar, ha dicho: «¿Por qué tienes que ser tan viejo, maldita sea?». Yo me hago la misma pregunta.

[…]

Tú traías madreselvas y me enseñaste a chupar el néctar de cada una. Cortaste la puntita de una flor con los dientes y me la diste y yo fingí que no sabía qué hacer con ella y me metí la flor entera en la boca y fingí que la masticaba y la tragaba, o aparenté que la tomaba por un pequeño silbato e intentaba soplar por ella, y tú te reías y reías, y decías, ¡no, no, nooo! Y entonces simulé que me había entrado una abeja en la boca y tú dijiste: «¡No, no es verdad, no hay ninguna abeja!», y te cogí por los hombros y te soplé al oído y diste un respingo como si pensaras que sí, que la abeja estaba, después de todo, y al principio te reiste, pero luego te pusiste serio y dijiste: «Tú haz lo que te diga», y apoyaste la mano en mi mejilla y me acercaste la flor a los labios con mucho cuidado, despacio, y dijiste: «Ahora, chupa». Dijiste: «Tienes que tomar tu medicina». Lo hice y me supo exactamente igual que cuando tenía tu edad y las madreselvas crecían en cada valla y en cada barandilla de porche.

[…]

Supongo que no eres más guapo que la mayoría; sólo eres un niño bien parecido, un poco delgado, aseado y de buenos modales. Todo eso está bien, pero la razón por la que te quiero es por tu existencia, sobre todo. La existencia me parece ahora lo más extraordinario que haya imaginado nunca. Estoy a punto de escenificar la perdurabilidad. En un instante, en un centelleo de la mirada. Un centelleo de la mirada. Qué expresión más maravillosa. De vez en cuando, he pensado que era lo mejor de la vida, esa pequeña incandescencia que ves en los ojos de la gente cuando descubre el encanto de algo, o su humor. «La luz de los ojos alegra el corazón.» Es indiscutible.

Marilynne Robinson  Marilynne RobinsonGilead

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Antonio Muñoz Molina: Otra historia de la literatura

Creo en los contagios benéficos de la literatura: una variante anterior y más humana de eso que ahora se llama “viral”. Creo en el entusiasmo gracias al cual una lectura apasionada se contagia a otro lector posible y crea una cadena misteriosa, y muchas veces invisible, de afinidades. […]

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Origen: Otra historia de la literatura | Antonio Muñoz Molina

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Descargas: Charles Baudelaire. Consejos a los jóvenes escritores

Baudelaire

Origen: Charles Baudelaire – Consejos a los jóvenes escritores

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La lectura

La experiencia de la lectura y la experiencia del viaje por la vida son reflejo la una de la otra.

La lectura, por encima de todas las actividades, proporcionaba un espacio en que la mente podía separarse de su entorno cotidiano y tratar sobre asuntos más elevados.

Todo lo que el lector puede hacer, obligado por su extraño destino, es seguir con sus ojos el libro que tiene frente a él, página tras página; es incapaz en cualquier otro sentido.

Alberto Manguel   Alberto Manguel

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El Vieco cortaziano XXIII

Las fotos más conmovedoras de aquel gigante llamado Julio Cortázar

Origen: Las fotos más conmovedoras de aquel gigante llamado Julio Cortázar ‹ Nalgas y Libros

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