El escritor David Szalay, autor de ‘La carne’, a finales de agosto en Viena.Stefan Fuertbauer
Ganador del premio Booker, el escritor explora en ‘La carne’ la crisis de la masculinidad y las fracturas de Europa, mientras reflexiona sobre el porvenir de la novela. “Ante la competencia de otros medios, ser aburrido puede resultar fatal”, asegura
Lo conocido en un poema es su lenguaje, es decir, las palabras empleadas. Pero estas palabras parecen distintas en los poemas. Aun las más conocidas parecerán extrañas. Cada palabra tiene igual importancia en un poema, existe un foco absoluto, tienen un peso que rara vez poseen en la ficción, (Pueden encontrarse algunas excepciones notables en las obras de Joyce, Beckett y Virginia Woolf.) En las novelas las palabras se subordinan a grandes fragmentos de acción o caracterizaciones que permiten avanzar a la trama. En el poema son la acción, Es por esto que los poemas tienen legitimidad inmediata, una o dos líneas permiten a los lectores de poesía saber que se trata de poesía. En cambio, resulta difícil saber gran cosa acerca de una novela a partir de las primeras oraciones. Para que merezca nuestra atención le concedemos más o menos doce páginas. Y, paradójicamente, capta la atención cuando desaparece su lenguaje en los eventos que genera. Nos sentimos mucho más cómodos al leer una novela cuando el lenguaje no nos distrae. Al leer una novela lo que queremos es seguir. Un poema trabaja en la dirección opuesta. Pide lentitud, nos obliga a saborear cada palabra. Es en la poesía donde se siente de manera más palpable el poder del lenguaje. Pero en una cultura que alienta la lectura rápida, al igual que las comidas preparadas, las cápsulas informativas y demás formas abreviadas de ingestión, ¿quién quiere algo que promueva la lentitud?
En lo más hondo de ti, sé que te he traicionado, madre.
Todo porque ya no soy el niño dormido en el fondo de tus ojos.
Todo porque tú ignoras que hay lechos donde el frío no se para y noches rumorosas de aguas matinales. (…)
Pero tú has olvidado muchas cosas; te has olvidado de que mis piernas han crecido, que todo mi cuerpo ha crecido, ¡y hasta mi corazón se ha hecho enorme, madre!
Mira -¿quieres oírme?- a veces todavía soy el niño que se durmió en tus ojos; aún aprieto contra el corazón rosas tan blancas como las que tienes en el retrato;
aún escucho tu voz: Érase una vez una princesa en medio de un naranjal… (…)
No me he olvidado de nada, madre. Guardo tu voz dentro de mí. Y te dejo las rosas.
La luna está muy baja, grande, con mala cara. Amarilla. Una luna hundida entre hojas gordas como lenguas y lianas peludas y el hedor podrido de marjales marcianos, huesecillos, hongos, plumas de flamenca sudadas. Nenúfares. Grandes lotos de mantequilla flotan en el estanque y sobre la tierra blanda cuatro ratas de agua dulce mordisquean la carcasa pelada de algún animal, haciendo rodar el cráneo minúsculo y brillante.
El Primo mira a Petit. Es la primera vez que la ve en bikini. Se ha echado body Glow y brilla por todas partes, parece que la luz del sol, más que iluminarla, se le haya derramado encima como sirope de arce. Cómo se aburren, las chicas. Han venido al lugar equivocado, está claro. La naturaleza, el paraíso, una vez pasado el arrebato pueden ser bastante aburridos, sin pizca de esa novedad a la que son adictas. Quizás por eso metieron a Adán y Eva en el paraíso, porque después del primer descubrimiento del mundo silvestre ya no les quedaba otra que conocerse el uno a la otra, y eso, encontrarse, conocerse, eso sí que fue el final del Edén.
Qué pequeño hoy parece el Primo, como un muñeco sentado en su caja. Chafado, aplastado bajo el peso de la evidencia, del bochorno, de la pena, las orejitas gachas, las puntas de las zapatillas sin llegarle al suelo, retorciéndose un mechón de pelo con el dedo.
Oliver conduce con las manos a las seis y media sobre el volante, sin apenas moverlas, como si lo hiciera por control mental. El Primo va a su lado, saludando al limpiador de la piscina, a los jardineros, a los cien operarios que andan por ahí, marroquíes, rumanos, dominicanos, cada currante hablando en un idioma diferente sin entenderse nada, pero así se construyeron las pirámides y el mundo.
Qué guapa es Staff. Qué sorprendentes resultan las guapas pobres. Las guapas ricas parecen siempre como fotocopias de un mismo molde, pero los pobres son como errores genéticos, un glitch del sistema, un producto inesperado y original y nuevo.
Romana se levanta la primera. Como un recurso. Se ajusta el pantalón de chándal, que se le ha metido por el culo, y la sigue, un poco colorada, confundida o triste, sin saber si sonreír o no ahora que el juego se ha acabado y han ganado, pero no sabe qué. Mira cómo Gran se levanta y la sigue, bebiendo de una botella de Perrier para bajar el Redoxón, otro más de los cientos que le dejan la lengua áspera y pelada y dentro de siete años una perforación intestinal que se la llevará derechita a la tumba en cinco horas;
La autora Vanessa Springora y, a la izquierda, su abuelo Josef con uniforme militar. Diseño: Rubén Vique
La autora de ‘El consentimiento’ se reafirma como una de las grandes escritoras europeas de no ficción con ‘El nombre del padre’.Más información: ‘Me llevaré el fuego’: Leila Slimani cierra su trilogía marroquí apostando por mujeres fuertes para el futuro
Yo seguiría vivo y probablemente con mejor salud si no hubiera optado por la literatura. A mí la literatura me ha servido básicamente para leer. En el momento en que decido que voy a ser escritor, me pongo a leer. Y gracias a la literatura he podido leer libros maravillosos, increíbles, como encontrar tesoros. Y en mi vida, que ha sido más bien nómade y de una pobreza extrema en ocasiones, leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y ha sido mi elegancia. Podía estar en cualquier situación y si leía a Horacio, por ejemplo, el dandy, el que estaba viviendo por encima de sus posibilidades era yo, siempre. La literatura me ha producido riqueza. Es riqueza».
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)