Tu turno, cariño. Enrique Vila-Matas

La artista visual francesa Sophie Calle posa en el museo de Orsay durante su exposición ‘Les Fantômes d’Orsay’ (Los fantasmas de Orsay) el 11 de marzo de 2022 en París.Thierry Chesnot (Getty Images)

La artista Sophie Calle reúne en un libro sus tentativas artísticas inacabadas, que crean una atmósfera general de incompletitud

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Lectura: «Ocupación», de Margaryta Yakovenko

Margaryta Yakovenko, escritora ucraniana: «Es importante ponerles cara a los muertos de las guerras»

La periodista y autora publica ‘Ocupación’, una crónica familiar tiznada de rabia y desconsuelo de la guerra que lleva cuatro años azotando Europa.Más información: Crítica de ‘Herscht 07769’: el nobel Krasznahorkai alerta del regreso de los lobos nazis en su nueva novela

Margaryta Yakovenko. Foto: Jacobo Medrano.

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Textos

La última vez que hablé con mi abuelo me dijo: Nací en una guerra y moriré en una guerra. Murió al día siguiente, el 20 de abril de 2022, en la ciudad ucraniana de Tokmak. La ciudad había sido rodeada el 27 de febrero por las tropas rusas. El sitio duró ocho días hasta que la ciudad fue tomada por completo. Durante dos semanas no super nada de mi abuelo. Los proyectiles rusos habían destrozado los cables de teléfono y de internet, habían hecho cortar el agua, la calefacción y la luz. La ciudad en la que nací y en la que nació mi padre y en la que nació mi abuelo y en la que nació mi bisabuelo estaba sediente y a oscuras.


Cuando ella entró en la habitación, a él le rodaron las lágrimas por la cara, la única parte de su cuerpo que se veía entre todas las mantas que tenía encima. Estaba tumbado en su lado de la cama, el izquierdo. El lado derecho, en el que un año antes había muerto su mujer, mi abuela, permanecía intacto. No quería morir solo, le dijo. Ella contestó que nadie se iba a morir, pero no era más que una frase hecha. ¿Qué es esto que están haciendo?, preguntó él más con incredulidad que con interrogación, más al aire que esperando una respuesta. Ya nos han conquistado los rusos, contestó Liudmila.


Mi padre fue el centro de la vida de mis abuelos y todo lo que sé de la infancia de mi abuelo, su adolescencia y su juventud es una reconstrucción de los recuerdos de mi padre. A partir de su cincuenta y tres cumpleaños, Víctor se convierte en mi abuelo. Los restantes treinta años que viví son mis recuerdos.


Aun así, el día que cayó la Unión Soviética y la bandera roja fue descolgada del mástil de la fachada de la fábrica Kírov, él se acercó al obrero que la había bajado y le pidió que se la diera. Ese trapo rojo que ya no significaba nada y que hasta hacía solo unas horas era el símbolo de una nación, de una idea muy concreta de bienestar, al fin y al cabo, un icono de la victoria de todos los trabajadores sobre la burguesía primero y el nazismo después. Dobló la bandera cuidadosamente y se la guardó en el maletín que llevaba siempre al trabajo. Al llegar a casa sacó la tela y tal y como estaba, doblada, la guardó en el arcoón debajo del asiento del sofá, donde seguía aún en abril de 2022, la fecha en la que murió. ¿Por qué hizo eso si para él el Partido no era un fin sino solo un medio?


Es curioso lo que hace la muerte. Un día existe alguien que te llama Mi Orejita y al siguiente no vuelves a oír jamás esa expresión. Nadie vuelve a tirarte de las orejas mientras te persigue corriendo por la casa. Nadie sabe siquiera que esas orejas no son tuyas sino de tu abuelo. ¿Y qué ocurre con todos esos recuerdos? ¿Con todos esos actos que ya no vuelven a repetirse? ¿A dónde van? ¿De quién son ahora? ¿Qué somos nosotros sin ellos? ¿Soy la misma desde que sé que nadie más, jamás, nunca, en toda mi vida, me va a tirar de la oreja derecha pretendiendo comérsela? ¿La siguiente vez que alguien me diga que tengo unas orejas pequeñas y puntiagudas debería decirle que son las de mi abuelo?


No había calefacción y mi abuelo tuvo que morir en la cama, debajo de varias mantas pesadas. Llevaba sin poder moverse desde marzo, cuando sus piernas varicosas dejaron de responder y solo supieron ser un calvario. Cuando se quedó sin sus medicinas y no se pudo mover más. No había medicamentos. No había médicos. Mi abuelo murió no en el frente, no por un proyecto enemigo, no bajo un aguacero de metralla. Su muerte no fue heroica porque él no fue ningún mártir. Y a los que mueren en la cama nadie los condecora, nadie los suma a la cifra oficial de víctimas, nadie los recuerda.


No me gusta hablar de patrias. El mundo se ha llenado de patriotas profesionales que vocean consignas chovinistas y no me puedo colocar a su lado. A mí no me han robado una patria. Lo que a mi me han robado es la infancia, las tumbas de mis muertos, los muros entre los que están mis recuerdos, los objetos que fueron de ellos y que debían ser míos por el orden natural de las cosas, por el orden natural de la familia, la herencia y la evolución.

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Entrevista a Paul Theroux: «Ser extranjero es la condición de todos los escritores» | Letras Libres

El escritor y viajero, que publica este año un libro de viajes sobre Canadá, reflexiona sobre su juventud, sus influencias y la situación política en Estados Unidos.

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Un poema. Italo Calvino

Pienso: el paisaje me ha dictado el tema de una poesía; si supiera el japonés, me bastaría describir esta escena en tres versos de diecisiete sílabas en total, y hubiera hecho un haiku. Trato de comunicar la idea al joven poeta. No parece convencido. Señal de que los haiku se componen de otro modo. O que no tiene sentido esperar que un paisaje nos dicte poemas, porque un poema está hecho de ideas, de palabras, de sílabas, mientras que un paisaje está hecho de hojas, de colores, de luces.

Italo Calvino

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La técnica de un novelista en once consejos. Gonzalo Torné

Imagen de recurso de una pluma estilográfica. / Pixabay

Es posible que la escritura sea una perversión de la vida y la ocupación más noble. Sé implacable contigo mismo, comprensivo con todo lo demás

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La lectura. César Aira

Para mí, la lectura ha sido la actividad a la que me he dedicado principalmente.
Porque escribir, escribo media hora al día, pero leer, leo diez horas al día, y creo que voy a seguir leyendo el resto de mi vida.
La lectura es el gran placer y salvación de mi vida.

César Aira

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Cuando Julio Cortázar se atrevió a ser Julio Cortázar

Julio Cortázar, en Potrerillos (Mendoza) con Sergio Sergi y Susana Ortega de Hocevar, en 1973.CORTESÍA JAIME CORREAS / ALFAGUARA

El autor de ‘Rayuela’ dejó de firmar sus textos con seudónimo y abandonó la docencia para centrarse en escribir durante su estancia en la ciudad argentina de Mendoza hace 80 años

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La trascendencia literaria. Ángeles Mastretta

Vamos a pensar dos sentidos de la palabra trascender. Uno es que lo que uno escribe salga de uno y pase a los otros; en el momento en que tú lees lo que yo escribí, ya trascendió. Si lo que quieres decir con trascender es quedarte, permanecer, tener muchos lectores después de que te mueras, eso yo creo que es una cosa regida por algo que a mí no me interesa. Ya no voy a estar para verlo. Si tú me dices ¿quieres eso? Yo te diría sí, sí lo quiero, pero nunca voy a saber si lo tuve o no, da igual, no me pregunto eso.

Ángeles Mastretta

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Soy oscura para mí misma, Clarice Lispector

No sé sobre qué estoy escribiendo; soy oscura para mí misma. Solo tuve inicialmente una visión lunar y lúcida, y entonces capturé para mí el instante antes de que muriese, y que perpetuamente muere…

Origen: Soy oscura para mí misma, Clarice Lispector – Calle del Orco

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El oficio de escritor. Edouard Levé

Elijo un tema e intento agotarlo, aun sabiendo que nunca lo lograré. Hay en ello algo frenético, que me ocurre a menudo. En fotografía trabajo por series, y ahí vuelvo a encontrar a Perec, con ese libro que tanto me gusta, ‘Tentativa de agotar un lugar parisino’. Refleja perfectamente un deseo que puedo tener: exprimir realmente la esponja. Un proyecto imposible. Y seguramente por eso los emprendo: porque sé que nunca los terminaré. Si pudiera terminar algo, me inquietaría. No me gustan para nada los finales de las películas, y el final de una novela siempre me entristece. Por eso adoro a Proust: es infinito. Incluso cuando llego al final, ya he olvidado el comienzo, así que puedo empezar de nuevo. Por eso es mi autor preferido.

Edouard Levé

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