Entrevista con Ricardo Menéndez Salmón

Ricardo Menéndez Salmón – Isabel Permuy

Ricardo Menéndez Salmón: «Aprendí de mi padre que somos un laboratorio de contradicciones»

En «No entres dócilmente en esa noche quieta» (Seix Barral), el autor asturiano aborda la compleja relación que mantuvo con su progenitor. Un intenso relato de duelo y de descubrimiento

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El Vieco cortaziano LXII

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Si un escritor apoya a un dictador, ¿empeora su obra?. Benjamín Prado

¿Cabe repudiar a grandes escritores por su afinidad con líderes totalitarios?

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Lectura. "Maniobras de evasión". Pedro Mairal

Maniobras de evasión, Pedro Mairal – Lector Salteado

 

Tras el éxito de La uruguaya (Libros del Asteroide, 2017), ganador del premio Tigre Juan de hace dos años y que, en España, creo, va ya por la 11.ª edición, llega …

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Textos

Yo prefiero pasar por superficial, pero teniendo en cuenta que en la superficie aflora lo profundo de la vida. Y hasta diría que no existen los autores profundos sino los lectores profundos.


Jardín de infantes

Mamá me lleva al jardín y me da un jarabe envuelto en papel madera. Me lo da con una nota para la maestra. En el auto le digo que no quiero tomarlo y me dice que lo tengo que tomar igual. ¿Por qué lo tengo que tomar? Porque sí. No lo quiero tomar, ¿por qué lo tengo que tomar? Mamá se harta y me dice: «Porque si no lo tomás, te morís». Entro al jardín. Es demasiado temprano. Todavía está oscuro y no hay nadie en el patio. Me trepo a uno de esos caballetes para hacer gimnasia. Llega otro chico y también se trepa. Estamos jugando y el frasco de jarabe se me escapa de la mano, se resbala del envoltorio de papel, se va al suelo, no lo veo caer, pero escucho que se hace pedazos sobre el piso del patio. Un piso de cemento con agujeritos cuadrados. Ahí está el jarabe desparramado y los vidrios rotos. Empiezo a llorar. Una maestra me lleva para adentro y trata de calmarme y me dice que no me preocupe, pero es muy difícil calmarte o no preocuparte cuando sabés que te vas a morir porque se te rompió en el suelo el frasco del remedio que tenías que tomar para no morirte y no hay solución, un frasco de vidrio roto no se arregla y mamá ya se fue y acá estoy entre toda esta gente que me mira y no sabe que yo dentro de un rato me voy a morir.


Es difícil explicar la variedad de propuestas y reclamos que puede llegar a recibir un autor. Invitaciones a escuelas, estudiantes de comunicación que tienen que hacer una entrevista y alguien les dijo que vos sos un tipo bastante abierto, entrevistas presenciales en un bar, entrevistas por mail, entrevistas por teléfono, ¿cómo empezó a escribir?, ¿qué autores fueron influyentes en su formación de escritor?, ¿cómo ve la literatura argentina actual?, ¿cómo cree que las nuevas tecnologías modifican el modo en que se consume y producen los textos en la actualidad?, gente que quiere tomar un café porque te leyó y tuvo mucha empatía con un personaje que no sos vos, gente que no te conoce y quiere que le presentes su libro, gente que te conoce y quiere que le presentes su libro, invitaciones a leer en centros culturales, invitaciones a congresos, propuestas para ser jurado de concursos de cuentos, secretarias que piden tu dirección para enviarte la tonelada de anillados que deben ser leídos en quince días, el fotógrafo que llama urgente un año después de que fue hecha la entrevista para hacer las fotos porque se publica la semana que viene, el hijo de unos amigos que necesita ayuda con una monografía sobre El Quijote, pedidos de artículos con temas pautados «¿Por qué nos gustan las mujeres maduras?», tesoreras de medios colombianos curtidas por la indignación a distancia que postergan durante medio año un pago de cuatrocientos dólares, organizadoras de festivales que necesitan el pasaporte escaneado, editores que están esperando los datos biográficos para la antología, diseñadores que reclaman más píxeles para la foto de solapa…


Paro de Air France. «Tous les vols sont annulés, monsieur.» Gente durmiendo en el aeropuerto. Vuelvo a las doce de la noche en un tren vacío a París. Tentación de quedarme hasta nuevo aviso. Pero quedarme quedarme. Asumir una nueva identidad. Juntarme con una de estas africanas elegantes, altas, dormir con ella; yo boca arriba, ella descansando sobre mí. Seguir escuchando todos los ruidos nuevos de la ciudad. Atender un kiosco o mejor trabajar de noche en un restorán como el que vi en Père-Lachaise que se llamaba La Mère Lachaise. Aprender bien francés. No volver. Darme por muerto. Mirar mis cosas como si fueran de otro. Tirar la ropa argentina, hasta los calzones de Jumbo. No tener planes. Que la negra quiera coger conmigo seguido y me susurre al oído «encore, Pedrro, encore» hasta que me descubra con una de las mozas del restorán, una de esas francesas magras con nariz medio finita y lindos labios, que a su vez después me haga un desplante con platos rotos porque sospecha que me encuentro a la tarde con otra de las mozas, y que sea cierto. O mejor, que no me descubra ninguna y estar con las tres a la vez. Y no irme de vacaciones a ningún lado. Trabajar poco. Tener perro. Y no tener ganas de escribir, ni culpa porque no escribo.


Por estos días, para escribir estoy haciendo lo siguiente: desenchufo el wifi, abro el procesador de textos y pongo junto a la laptop un papel en blanco y un lápiz. Cuando aparece la mafia íntima diciendo «tenés que mandarle un mail a X», anoto en el papel: «Mandar mail a X», y sigo tipeando. Tenés que llamar al taller mecánico para ver si ya está el auto. Anoto: «Llamar taller». Tenés que buscar ese dato en Google. Tenés que pagar expensas. Anoto y sigo. La llamo la lista de «No jodas ahora». Me funciona muy bien. Es la única manera de frenar el boicot constante. Porque sé que si me meto en Google a buscar un dato mínimo, entro en Wikipedia y miro un diario y hago clic en las fotos en bikini de la nueva novia de Balotelli… etc. Otra cosa que hago (esto me da más vergüenza): a veces me ato a la silla con una bufanda. Es un nudo mínimo, como el primer paso del nudo de zapatos, flojito pero presente. El cuerpo sabe que no se puede levantar sin desatarse primero y eso lo humilla un poco y prefiere no ponerse en evidencia. Digo «el cuerpo» para nombrar al impulsivo, para no hacerme cargo. Lo cierto es que así evito ese impulso de levantarme cada diez minutos a consultar el oráculo de la heladera. ¿Qué pienso que voy a encontrar ahí? ¿Qué verdad me va a revelar la luz sagrada de mi Electrolux Frost Free DF 34? ¿Habrá un mensaje oculto entre el pan lactal y el limón petrificado? No lo sé. Pero mi nudo simbólico evita ese paseo metafísico disfrazado de hambre.

Pedro Mairal
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Cuaderno de poemas. "Deseo". Dulce María Loynaz

DESEO

Que la vida no vaya más allá de tus brazos.
Que yo pueda caber con mi verso en tus brazos,
que tus brazos me ciñan entera y temblorosa
sin que afuera se queden ni mi sol ni mi sombra.
Que me sean tus brazos horizonte y camino,
camino breve, y único horizonte de carne;
que la vida no vaya más allá… ¡Que la muerte
se parezca a esta muerte caliente de tus brazos!…

Dulce María Loynaz

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Antes de que todo esto termine. Leila Guerriero

Antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren la casa y vendan los muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los cosméticos y los zapatos. Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes de que vacíen las alacenas, de que se lleven las especias, los fideos. Antes de que se terminen los días felices y las tardes de domingo. Antes de la última de las madrugadas. Antes del final de la angustia. Antes de que se acaben el sexo sin amor y el amor sin sexo. Antes de que la ropa se pudra en los placares. Antes de que descuelguen los cuadros y cubran los sillones con lienzos y cierren las ventanas para siempre. Antes de que quemen las fotos. Antes de que se resequen los felpudos, de que se oxiden las cortinas en sus rieles. Antes de que se terminen la curiosidad, los huesos, el hígado y las córneas. Antes de que se sequen todas las plantas del balcón. Antes de que no haya más nieve, ni colores, ni trópicos. Antes del final de todas las selvas, de todos los mares, de todos los reflejos en el agua. Antes del último poema. Del final de las veredas y las calles. Del fin de todos los paseos. Antes del adiós a todos los aeropuertos y todos los aviones y todas las ciudades y todos los cafés con vidrios empañados. Antes de la cancelación de todas las discusiones, de todos los argumentos, de todas la furias, de todos los desprecios. De todas las metálicas ansiedades. Antes del fin de los gritos, de la desolación y de la culpa. Antes de la última agenda, del último viernes, del último bar, del último baile. Antes de que se apaguen todas las cúpulas y todas las pantallas. Antes de que las polillas se coman los restos de la lana y de la almohada. Antes del final de las mascotas. Antes, mucho antes: hay que vivir. ¿Pero cómo? ¿Cómo? “Qué admirable / el que no piensa “la vida huye” / cuando ve un relámpago”, escribió Basho. Admirables los que están en el tiempo sin pensar en él.

Leila Guerriero

(Leído en “Las cuatro esquinas, una intersección literaria”).

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Paradoja musical. Adam Zagajewski

Johann Sebastian Bach tuvo, si bien recuerdo, veinte hijos de dos matrimonios (sólo parte de ellos alcanzó la edad adulta, como era normal antes de la llegada de nuestra higiénica época). Un contemporáneo nuestro, Glenn Gould, que quería interpretar bien las obras de Bach, se condenó a una completa soledad.

Adam Zagajewski
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