Mi mujer insistió tanto que le dije que sí, que iba a ir a terapia, porque se cree que estoy deprimido. Pero la verdad es que conocí a una mujer en Uruguay. Una gorda lindísima que me hizo tanto bien que ahora la extraña. Pienso mucho en ella y sobre todo en la última vez que la vi. No estoy nada deprimido. La que está deprimida es ella. Deprimida y enojada. De hecho, estuvo enojada todo el verano. Quizás al principio fue mi culpa, supongo. Hice un chiste estúpido ni bien llegamos a Punta del Este: ella se había comprado unas cremas y me dijo esta crema es para levantar la cola y yo dije en voz baja ¿viene con una grúa de regalo? No me lo perdonó porque era el primer día de playa y estaba susceptible, insegura de ponerse el traje de baño.
«Un verano feliz»
La sala donde la gente esperaba para subir al ferry estaba repleta. Algunos se agolpaban para comprar perfumes o licores en el Free Shop, otros se quejaban de la desorganización de la fila. Había chicos dormidos, chicos llorando, chicos correteando entre los adultos. Intentó publicar el diario. Ella le dijo que estaba cansada y se sentó en el piso con la espalda contra la pared, donde, en medio del movimiento ruidoso, la pisaron, la patearon ya su vez ella provocó a otra gente reiterados tropiezos por los que tuvo que pedir disculpas. Durante un momento se miró los dedos manchados de tinta, encogió las piernas y empezó a llorar en silencio. Él la consoló como pudo hasta que abrió las puertas y la gente empezó a empujarse para subir al ferry.
«Amor en Colonia»
Con la voz más decidida, la profesora Bellini explicó que, como profesora de una carrera humanística, siempre había querido conocer la cuna de la cultura occidental, pero no dijo que además había tenido ganas de alejarse de Buenos Aires, alejarse del frío en la parada del colectivo 124 todas las mañanas y las tardes, alejarse del colegio, de las caras incesantes de los chicos en el aula, del baño de la sala de profesores donde se lavaba la tiza de las manos con un jabón líquido de color rosado. No habló del extraño deseo que había tenido de ir a un lugar del mundo donde no estuviera ella misma, donde no estuvieran su pasado y su presente diseminados por las calles contaminando todo.
«El viaje de la profesora Bellini»
Se habían conocido en la playa los primeros días de enero. El Indio pasaba el mes con su amigo César en un departamento sin luz eléctrica y sin gas, que les había prestado la madre de César que no conseguía alquilarlo y no pagaba hacia tiempo los servicios. El Indio había ido con la idea de pintar con tiza reproducciones de cuadros en las veredas del centro comercial para juntar plata. Pero no pasó del primer intento, porque los dueños de los locales no quisieron que ensuciara las baldosas. Entonces se le ocurrió la idea de pintar a las chicas en la playa. Se gastó los últimos ahorros en pinturas especiales para la piel, puso, en un balneario concurrido, un cartelito de cartón que decía «Body Painting. $100» y le empezó a pintar el cuerpo a César. Fue un éxito. Al rato ya había una fila de chicas que esperaban para que las pintaran.
«La vuelta»
—¿Cómo es este lugar, Elizabeth? —Es una cafetería con mesas y una barra, como cualquier otra de la ruta, ahora está por entrar una chica rubia, adolescente, el viento le hace ondular el pelo hacia un lado, parece pintada por Boticcelli. En el estacionamiento, junto a nuestro auto, hay un perro dormido igual al que está en Las Meninas de Velázquez. Hay dos hombres viejos en una mesa. Un hombre flaco de barba negra, como del Greco, se acerca con su bandeja. Detrás de usted, hay una mujer de unos treinta y cinco años, con un abrigo de color naranja, comiendo junto a la ventana; la luz de costado le da un aire de Vermeer.
Cuando empiezo a escribir no me digo nunca: ahora voy a contar algo que demostrará que la literatura del futuro ya está en el pasado. No me lo digo, pero, en cualquier caso, dudo de que pudiera ir a la busca de una nueva literatura prescindiendo de cualquier punto de orientación en el pasado. pasado. Maurice Nadeau —durante tanto tiempo la mayor autoridad crítica de Francia— dijo precisamente en ‘La Quinzaine Littéraire’ que para mis novelas necesitaba yo siempre un «punto de orientación», un modelo, a partir del cual poder tramar, soñar, imaginar, «dorarle al lector la píldora» (Kafka, por ejemplo, en ‘Hijos sin hijos’; Melville en ‘Bartleby’ y compañía; Robert Walser en ‘Doctor Pasavento’), y también dijo que ese modelo lo tenía yo sólo de punto de referencia, como una especie de botón de seguridad, pero que muy pronto, sin abandonarlo, lo dejaba a un lado para dejar que se fuera abriendo paso por su cuenta, con fuerza, mi propio mundo, siempre proyectado hacia el futuro.
Las palabras desconocidas despiertan preguntas a los suyos, nuevos nombres, antiguos recuerdos. Rescatan el vínculo y consiguen traer a la superficie un nuevo idioma sobre el que empezar a trabajar. Palabras como ‘fardela’, el saco o talega de los pastores. Como ‘galiana’, un camino más pequeño de los trashumantes. Como ‘cabellano’, ese terreno de sierra que es llano, con lomas y valles pero suaves. Como ‘empollo’, la primera hierba que nace en otoño tras las primeras lluvias. Como ‘jabardillo’, ese conjunto de aves más pequeño que una bandada.
La escritora Mary Oliver Kevork Djansezian/Getty Images
Dos nuevas traducciones de la autora estadounidense ponen de relieve su espíritu libre, deudor de naturalistas como Henry David Thoreau y Ralph Waldo Emerson
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)