La poesía. Raúl Zurita

La poesía necesita una cierta radicalidad y pasión que mientras dure hará que no te conformes. No sé si lo que hago es bueno malo o mediocre, pero no puedo resignarme a hacer lo que se esperaría de un tipo a los 65 años: ¿ponerse las pantuflas?

Raúl Zurita

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Lectura: «La invención de Tristán», de Adrien Bosc

Una investigación fascinante y real sobre la vida de un escritor malogrado: Tristan Egolf.

En 2005, a los treinta y tres años y tras una carrera literaria meteórica, el escritor Tristan Egolf se suicida de un disparo en la cabeza en una ciudad de Pensilvania. Pero ¿quién era Tristan Egolf? ¿Qué lo llevó a tomar esa decisión? Su historia nos la cuenta un tal Zachary Crane, un joven neoyorquino que vaga por París y que no sabe nada de Egolf hasta el día en que encuentra un libro suyo. Picado por la curiosidad, se lanza a investigar la vida de ese escritor estadounidense que, sin un céntimo, con un manuscrito bajo el brazo (y que no deja de reescribir), recaló en París. Allí Egolf conocerá a una joven de la que se enamora; ella es hija de un escritor francés, Patrick Modiano, cuyos libros e importancia desconoce. Cuando Modiano envía el manuscrito a la editorial Gallimard, la evidencia literaria disipa cualquier duda y se publica la obra. Así, desde París hasta Lancaster (Pensilvania), desde los pasillos laberínticos de una editorial hasta el despacho de un agente literario, desde el dolor de la familia tras la muerte de Egolf hasta la dureza de la industria editorial, Zachary, el narrador, se erige en detective literario y reconstruye un destino. Un destino donde todo es verdad pero donde todo, a la vez, parece una novela.

«Una biografía minuciosa y bien documentada escrita como una novela, donde todo es verdad excepto el narrador.» Lire
«Magnífico retrato del artista como eterno idealista. … Y muy rápidamente se transforma en la anatomía de una caída.» Les Inrockuptibles
«Un recorrido biográfico y empático por la trágica vida de Egolf. Una novela justa, ecuánime y hermosa.» Livres Hebdo
«A la figura maldita de Egolf le faltaba un homenaje póstumo que Bosc le ofrece, con un libro que rezuma amor hacia una especie y un biotopo amenazados: los escritores y la literatura.» Le Figaro


Textos

Hace poco más de un año, me encontraba en la esquina de la Avenue Parmentier con la Rue du Faubourg-du-Temple, en el distrito XI, rebuscando en la caja de libros de ocasión pegada al escaparate de una librería, cuando, en la cubierta de una novela de bolsillo, me llamó la atención la fotografía en sepia de un hombre tapándose parte de la cara con la palma de la mano, y un título extraño: El amo del corral. Una escueta nota biográfica presentaba al autor, un desconocido: «Tristan Egolf nació en 1971 en Pensilvania.


He tenido ocasión de conocer a muchos escritores y he de decir que él estaba profundamente extraviado. Era enternecedor y aterrador a la vez. Philip Roth dominaba su oficio a la perfección. Tristán Egolf no dominaba nada. Yo comprendía su infelicidad sin necesidad de que él me contara su vida. A decir verdad, él se negaba a hacerlo. Jamás se abría. Yo no era su niñera ni su confidente, solo presenciaba sus desbordamientos su malestar. Cuando recuerdo a Tristan Egolf, lo veo como un todo, no puedo dividirlo en partes. Grandes momentos de alegría y abismos de desgracia.


Antes de que nuestros caminos se separaran —ella se disponía a doblar a la izquierda y yo debía encaminarme hacia la derecha para bajar por el Boulevard Saint-Michel—, me dijo en tono autoritario y con una sonrisa cruel: «Los escritores son seres bastante decepcionantes, ¿sabe? En el fondo, solo los conocemos a través de sus libros… En la vida cotidiana, son como todo el mundo: seres deformados por los demás».


Recuerdo que Modiano sintió mucho cariño y admiración por Egolf. Se consideró afortunado por haber tenido la ocasión de encontrar el manuscrito y por haberlo dado a conocer. Ese gran paquete de hojas escritas con letra ilegible de patas de mosca que parecían jeroglíficos, un objeto literario en el sentido más intenso del término. Modiano celebraba una potencia novelesca totalmente distinta de la suya. El barroco frente a la línea clara. Me pareció un gesto muy generoso por su parte. Reconocer un genio que le era por completo ajeno.»


Egolf ha vuelto de su estancia en Indiana con el manuscrito de El amo del corral en el cuaderno que le regalaron sus amigos, cuyas páginas se ha llenado por completo con una letra muy junta y diminuta. Todo está ahí: la familia maldita, la rebelión, la ciudad envuelta en llamas y ensangrentada, el retrato de un Medio Oeste delirante. Ha alimentado cada escena con lo que ha visto y lo fantástico tiene ahora la densidad de un realismo enriquecido con los detalles.


A medida que avanzaba en la semblanza de Tristan Egolf, me resultaba más difícil leerlo sin yuxtaponer el período en que fue escrito, la percepción que tenía de su sufrimiento, de su enfermedad, la aterradora felicidad y la calma quimérica. En ese sentido, La chica y el violín ponen de manifiesto el aspecto más triste de la literatura: la íntima convicción que tiene el escritor de su fracaso. Cada página es un borrador, la repetición de un libro ya escrito, una novela que no logra avanzar. Me representaba a Egolf combatiendo contra este libro que tanto detestaba.


Patrick Modiano fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2014. En Estocolmo declaró a modo de advertencia sobre este tipo de semblanzas: «Siempre he dudado antes de leer la biografía de un escritor al que admiraba. En ocasiones, los biógrafos se fijan en pequeños detalles, en testimonios no siempre exactos, en rasgos de carácter que parecen desconcertantes o decepcionantes, y todo eso me evoca las interferencias de ciertas emisiones de radio que me impiden oír la música o las voces. La única manera de entrar en la intimidad de un escritor es leyendo sus libros, ahí es donde se encuentra en su mejor momento y nos habla quedamente sin que su voz se vea perturbada por el ruido».

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Crítica de ‘La chica más lista que conozco’, el nuevo aguijonazo de Sara Barquinero

Sara Barquinero. Foto: Archivo del autor

La autora de la celebrada ‘Los escorpiones’ regresa con una novela de campus que se revela como un auténtico estudio sobre el significado del amor.Más información: Sara Barquinero:

Origen: Crítica de ‘La chica más lista que conozco’, el nuevo aguijonazo de Sara Barquinero

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El oficio de escritor. Natalia Ginzburg

Sé que escribir es mi oficio. Cuando me pongo a escribir me siento extraordinariamente a gusto y me muevo en un elemento que me parece conocer extraordinariamente bien: utilizo instrumentos que me son conocidos y familiares y los siento bien firmes en mis manos. (…) Es un oficio bastante difícil, ya lo veis, pero es el más bonito que existe en el mundo. Los días y las cosas de nuestra vida, los días y las cosas de la vida de los demás a que nosotros asistimos, lecturas, imágenes, pensamientos y conversaciones: se alimenta de todo esto y crece en nuestro interior. Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, come lo mejor y lo peor de nuestra vida, a su sangre afluyen lo mismo nuestros sentimientos buenos que los malos. Se nutre de nosotros y crece en nosotros.

Natalia Ginzburg

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La pequeña memoria, Christian Boltanski

La gran memoria está en los libros. La pequeña memoria es saber dónde están las mejores quiches de París, algunas historias divertidas… eso es lo que somos. Y cuando alguien muere, lo que siempre e…

Origen: La pequeña memoria, Christian Boltanski – Calle del Orco

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Elogio del lector. Miguel Gaya

La verdad sea dicha, estamos un poco hartos del escritor y sus problemas. No digo que los problemas no existan (persecuciones, páginas en blanco, editores, entrevistadores, la musa casquivana), sino que nos hemos ocupado mucho de esa gente y no de quien viene siempre con ellos, inseparables como el yin y el yan, cara y ceca, fresco y batata. El lector, el ente mudo de la literatura, el hermano siamés del escritor al que ocultan en las fotografías.
No voy a hacer una defensa del oficio de lector, no la necesita como el oficio de escribir. Tampoco basaré mi elogio declarando una supuesta equivalencia, que no estamos para demagogias. Elogio el oficio puro y duro de leer, y nada más ni nada menos.
Despejemos antes algunas malentendidos, que también prosperan. Cuando hablo de lectores, excluyo a esa tribu oblicua que se creen o quieren ser escritores, y se camuflan como lectores intransigentes. Que entran en los escritos ajenos con la intención de ser los autores, por plagio o fantasía; o destripan los textos para encontrar su alma, y dejan las páginas despanzurradas y sin gracia; o los que leen para ir corriendo a los demás contando el truco con los que fueron escritos los libros, desnudándolos con impudicia. Y mucho menos de los críticos y académicos, Dios los ampare en su labor.
Tampoco, como dije, los adulo diciendo que como lectores completan la obra del escritor, la amplían o multiplican su significado. Ningún lector movió una página que no haya sido escrita, ninguno agregó una coma o una letra muda, o una peripecia nueva a lo ya dicho. A lo sumo, habrán borroneado márgenes, tachado o agregado opiniones en algo no solo preexistente, sino que no por ello se modifica. El sentido que le quieran dar a los escritos no modifica en nada lo ya hecho. Es más, el libro, apenas cerrado, retorna a su propio y exclusivo texto, prescindiendo por completo de lo que opina de él quien acaba de leerlo.
Pero, ay, cuando el lector lee! Un perezoso texto, un dormido mundo se levanta, solo y nuevo en la mente del lector, y toma toda la dimensión del universo. Cada lector incorpora otra vez el texto al devenir del mundo, y ahí opera el libro y así se modifica el mundo. Lo hace el lector, el que abre el libro y lo descifra. Todos los personajes nacen al unísono, todos mueren al cerrarse el libro, pero todos siguen latiendo en la mente del lector, que es decir en el mundo. Siguen vivos con él, como ya no lo estuvieron cuando su autor los dio por finalizado.
Y además, misterio de misterios, maravilla del lector único, cada libro es único en su mente. Si hay miles y millones de textos idénticos, ningún libro es igual al que lleva cada lector con sí y para el mundo. Hay tantas ballenas blancas como lectores de Moby Dick. Tantas razones para Ajab como aquellos que siguieron con un dedo, letra a letra, sus desventuras. Bienaventurado el libro que encuentra su lector, su intérprete, el que le insufla vida. Bienaventurado el lector como demiurgo.

Miguel Gaya
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Cuaderno de poemas. «Muerte pájaro príncipe, un pájaro es un ángel inmaduro…» Blanca Andreu

Muerte pájaro príncipe, un pájaro es un ángel inmaduro.
Y así, hablaré de tus manos que se alejan y de las manos
de lo hermosísimo ardiendo,
pequeño dios con nariz de ciervo, hermano mío, héroes
de alma recortada,
niñas de oro hipodérmico que nunca creen morir,
qué aguda la pupila y el filo de los dedos encendiendo la
muerte mientras un ángel sobrevuela y pasa de largo
con el pico de plata y de ginebra,
labios del mediodía resuelto en ave sobre tus manos que
se alejan y mis manos
y las manos del pequeño ciervo de aire griego salvaje,
hermano mío,
y las manos sin venas de los héroes, de las madonas
amnésicas.
Mis alas de dolor robadas por tus manos, amor mío,
corazón mío pintado de blanco,
mis alas de dolor con botellas agónicas y líquidos que
disuelven la vida,
y los labios que te aman en mí en la convulso,
y la música en trompas delgadísimas, trompetas peraltadas.
peraltadas, columnas niñas, qué
sobreagudo el do,
la mirada más alta y la más alta queja,
muerte pájaro príncipe volando,
un pájaro es un ángel inmaduro.

Blanca Andreu 

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Ventana a YouTube. Luther Allison – Low Down and Dirty (Live)

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La creación. Clarice Lispector

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCLXXXIX

Biblioteca púbica «La Conner Swinomish Library», en La Conner, Washington

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