Como ves, estoy completamente dividido, indeciso y confuso. Mi profesión me ha convertido en mercader de ficciones. A juzgar por lo que escribo te debe de resultar evidente que la realidad no merece mucho respeto. Me considero un escritor que más que reflejar la realidad en su ficción se limita a usarla. Si el mundo de mis ficciones resulta reconocible, es porque (me digo a mí mismo) me resulta más fácil usar el mundo que tengo a mano que inventarme uno nuevo. Gustave Flaubert escribió una vez (en carta a Louise Colet) que aspiraba a escribir un libro acerca de nada, un libro que estuviera cohesionado simplemente por las tensiones mutuas entre sus componentes y no por la correspondencia con ningún mundo real. Jamás llegó a escribir aquel libro: era demasiado difícil, y además no lo habría leído nadie. Pero resulta significativo que un escritor al que se considera un archirrealista tuviera una opinión tan baja de la realidad.
… dibujen en cuadernos privados, garabateen poemas y tírenlos a la basura, apréndanse un parlamento de Shakespeare y díganlo en el baño frente al espejo: el arte no es para los demás, es para que el alma crezca.
El 3 de octubre de 2023, cincuenta y tres días después de su muerte, la nación rinde homenaje a nuestra madre en el patio de honor de los Inválidos. Banderas, uniformes, charreteras, condecoraciones. La orquesta de la Guardia Republicana interpreta, muy bien, el adagio de la sinfonía Júpiter y, para darle el toque ruso, la Serenata de Chaikovski. Seremos unas doscientas personas esperando en un cuadrado de sillas de plástico blanco, delimitado por unas catenarias de cordón rojo, al fondo del inmenso patio adoquinado: familia, invitados de la familia, miembros de la Academia, ministros, representantes de los tres ejércitos –tierra, mar y aire– y de los órganos constitucionales, es decir, las más altas instituciones de la República.
Los libros, las películas y las historias que más me conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. Horizontal: el amor, la amistad, las alianzas que se forjan cuando se cruzan las mismas aguas, la misma época. Vertical: las relaciones entre generaciones. Padres e hijos, antepasados y descendientes que vivieron en mundos distintos, que compartieron otros relatos colectivos, otros valores, otras certezas (lo que era evidente, pongamos, para nuestros abuelos, a nosotros no solo nos resulta extraño, sino a menudo escandaloso).
…dejarse encandilar por cuentos evocaciones e imaginaria Rusia, según la frase de Nicolás II, como «un latifundio en el que el propietario es el zar, el administrador la nobleza, y los trabajadores son los campesinos». ¿Cómo iban a imaginar que esos Vanias bonachones que, con los ojos húmedos de gratitud, manteaban al señor hacia un cielo cobalto, que esos Vanias cándidos a quienes se deseaba lo mejor, siempre y cuando se quedaran, tranquilos y respetuosos, en sus isbas repletas de iconos y cucarachas, irrumpirían cuatro años más tarde con sus horcas, sus hoces, sus hachas y sus palas en sus cómodas mansiones y las saquearían antes de masacrar a los señores ya sus administradores, colgarlos de las ramas de los maravillosos huertos, castrarlos igual que cincuenta años antes sus siervos no habían solo castrado sino también asesinado a ese alcohólico cruel que fue el padre de Dostoievski…
De nuevo según Berbérova, la configuración típica de una familia de la emigración rusa era el padre que conducía un taxi, la madre que ganaba 60 céntimos por hora bordando a domicilio para grandes modistos, el hijo que era recadero en la tienda de comestibles de la calle Daru (pepinillos malosol, pan con semillas de amapola, treinta marcas de vodka), y la hija, un bellezón como la condesa Grabbé en su juventud, que hacía de modelo en Schiaparelli.
«En su día», me dice Hervé, «en los tiempos en que hacíamos excursiones de siete u ocho horas por la montaña, esa noción de piedad filial te irritaba. Ni la entendías ni la querías entender. Ahora nos hemos hecho mayores, nuestras madres han muerto y tú escribes un libro sobre la piedad filial no pierdes de vista esa piedad, si te sirve de brújula, será tu mejor libro.» Ojalá fuera verdad. Me gustaría escribir este libro bajo el signo de la piedad filial, pero no estoy seguro de ser capaz. A estas alturas de la historia mi madre solo tiene quince años, ya el retrato como una mujer autoritaria y dura, y finjo escandalizarme por lo que dice Nicolas, «Hélène no es solamente una historiadora de la Unión Soviética; es una historiadora soviética», cuando yo mismo he dicho alguna vez: «Mi madre te miente hasta cuando le pides la hora».
Mi primer recuerdo es un cojín de color crema con unas franjas marrones. No una almohada: un cojín grande de sofá, cuadrado, bien mullido. Escalo ese cojín como si fuera una montaña. Me cae encima. Lo cual me hace reír. Vuelvo a intentar el asalto. Una caída, dos caídas, tres caídas, y entonces llega el instante maravilloso: en el momento en que alcanzo la cima, aparece la cara de mi madre, que se escondía detrás del cojín. Me llena de alegría. Cuanto más lo repetimos, más feliz estoy. Y ella también.
Mi abuelo, Georges Zurabishvili, vivió como una paria y murió como una paria. Nunca encontré alojamiento dentro de la sociedad francesa. Se sentía invisible, desdeñable, como un inmigrante árabe de la primera generación, con los que compartía la tez morena, el bigotito y el orgullo pisoteado. Cuando tomaba el metro con su hija, habría querido mostrarle un rostro glorioso, no el de un pobre hombre ahogado entre la multitud, que viste ropa de pobre y solo puede pagar a sus hijos ropa de pobre. Sentada a su lado, la pequeña Hélène le agarraba fuerte de la mano para consolarlo, diciéndole que, al menos a sus ojos, era un hombre poderoso, un hombre al que los demás miran y al que nadie empujaría sin ver.
La novela es un desafío a los límites de la imaginación, una mezcla de fábula distópica y ‘thriller’ fantástico cuyo protagonista tiene el don de revivir acontecimientos olvidados.Más información: Manuel Vilas novela su divorcio de Ana Merino:
El pensamiento del novelista radica, no en las observaciones de sus personajes o en su introspección, sino en la situación que ha inventado para ellos, en la yuxtaposición de esos personajes y en las ramificaciones parecidas a la vida real del conjunto.
Escribir. Intento una explicación: escribir es el último recurso cuando se ha traicionado. Muy pronto, desde los catorce o quince años, que sólo podía ser vagabundo o ladrón, un mal ladrón, claro, …
El único récord que batí en la escuela fue el de ausentismo escolar. Iba mucho al bosque, con libros —Whitman en la mochila—, pero también me gustaba el movimiento. Así que empecé con estos cuadernitos y garabateaba cosas según se me ocurrían, y luego las convertí en poemas.
Y siempre quise el «yo». Muchos de los poemas son: hice esto, hice esto, vi esto. Quería que el «yo» fuera el posible lector, en lugar de tratarse de mí mismo. Se trataba de una experiencia que resultó ser mía, pero que bien podría haber sido de cualquier otra persona. Y esa era mi sensación sobre el «yo». Un editor me criticó porque creía que el «yo» se percibiría como ego, y pensé: «No, bueno, voy a arriesgarme a ver». Y creo que funcionó. Involucró al lector en la experiencia del poema. Me convertí en el tipo de persona que caminaba y garabateaba, pero lo compartía si lo deseaba. Sí.
¿En qué oscuro rincón del tiempo que ya ha muerto viven aún, ardiendo, aquellos muslos?
Le dan luz todavía a estos ojos tan viejos y engañados, que ahora vuelven a ser el milagro que fueron: deseo de una carne, y la alegría de lo que no se niega.
La vida es el naufragio de una obstinada imagen Que ya nunca sabremos si existió, Pues sólo pertenece a un lugar extinguido.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)