Un suceso extraordinario. Juan José Millás

Una joven lee mientras espera el metro.CARLOS ROSILLO

Todos íbamos dentro de un vehículo menos ella, que iba dentro de un libro

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La literatura. Enrique Vila-Matas

Quienes hoy en día siguen creyendo que hay que subordinar la narración a objetivos extraliterarios merecen que se les declare la guerra: guerra total contra una literatura que no confía en sí misma. En el fondo, yo siempre he pensado que quienes se emboscan en el compromiso ideológico lo hacen porque tienen una gran inseguridad en sí mismos y en su literatura y buscan coartadas que desfiguren en lo posible la evidencia de su incapacidad artística.

Enrique Vila-Matas

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La eliminación de errores en la composición, Adolfo Bioy Casares

Hacia 1937, cuando yo administraba el campo del Rincón Viejo, sentado en las sillas de paja, en el corredor de la casa del casco, entrevé la idea de La invención de Morel. Yo creo que esa idea prov…

Origen: La eliminación de errores en la composición, Adolfo Bioy Casares – Calle del Orco

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Carta a Jorge Luis Borges. Susan Sontag

12 de junio de 1996

Querido Borges:

Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores… así como el más artístico. También tenía algo que ver con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo bastante prolongado, perfeccionó las prácticas de fastidio e indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental hacia otras eras. Tenía un sentido del tiempo diferente al de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían banales bajo su mirada. A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como «el presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado». Eso, por supuesto, formaba parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores.

Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia. Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo… y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte usted dijo que un escritor debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)

Usted fue un gran recurso para otros escritores. En 1982 –es decir, cuatro años antes de morir (Borges, son diez años)– dije en una entrevista: «Hoy no existe ningún otro escritor viviente que importe más a otros escritores que Borges. Muchos dirían que es el más grande escritor viviente… Muy pocos escritores de hoy no aprendieron de él o lo imitaron». Eso sigue siendo así. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando. Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al mismo tiempo que proclamaba, una y otra vez, nuestra deuda con el pasado, por sobre todo con la literatura. Usted dijo que le debemos a la literatura prácticamente todo lo que somos y lo que fuimos. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos dan el modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es sólo una manera de escapar: un escape del mundo diario «real» a uno imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más.

Lamento tener que decirle que la suerte del libro nunca estuvo en igual decadencia. Son cada vez más los que se zambullen en el gran proyecto contemporáneo de destruir las condiciones que hacen la lectura posible, de repudiar el libro y sus efectos. Ya no está uno tirado en la cama o sentado en un rincón tranquilo de una biblioteca, dando vuelta lentamente las páginas bajo la luz de una lámpara. Pronto, nos dicen, llamaremos «notebook» cualquier «texto» a pedido, y se podrá cambiar su apariencia, formular preguntas, «interactuar» con ese texto. Cuando los libros se conviertan en «textos» con los que «interactuaremos» según los criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva regida por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando –y que nos prometen– como algo más «democrático». Por supuesto, usted y yo sabemos, eso no significa nada menos que la muerte de la introspección… y del libro.

Por esos tiempos no habrá necesidad de una gran conflagración. Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, por favor entienda que no me da placer quejarme. Pero, ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros –de la lectura en sí– que a usted? (Borges, son diez años.) Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba el alma de maneras inéditas. Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro héroe.

Susan Sontag

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Cuaderno de poemas. «Pesada luz». Juan L. Ortiz

Pesada luz

Mi hijo se duerme aquí
a mi lado, sobre el pasto.
Y entró en el sueño entre un
lujo agreste de juguetes:
la danza de los reflejos
encendiendo y apagando
un temblor de pececillos
en el agua azul del cielo
de donde surte un ruido
fino y roto de alegría
destrozada no sé dónde…
quizá en su misma pureza.

Entró en el sueño mi hijo
entre una magia de flores
que los suspiros de los
ángeles hacen temblar
y llevan de un lado a otro
como en un deshojamiento
de la gran rosa del día
dormida sobre los campos…

Entró en el sueño mi hijo
jugando con unos frescos
animalillos que le
buscaban las manecitas,
y unos dedos vagos que
le acariciaban la cara
con una suavidad tanta
que parecían morirse
al tocarle las mejillas:


Entró en el sueño mi hijo
mirando el denso follaje,
oyendo cantar los pájaros,
rodeado de mariposas,
acariciado por los
tallos altos y sutiles,
con una brisa ya medio
dormida sobre los párpados.

Juan L. Ortiz




Juan L. Ortiz

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Ventana a YouTube. Nina Simone – Feeling Good

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Emmanuel Carrère, escritor: “Hay una sola regla: no herir. Y yo la transgredí. Con mi madre y mi novia de la época”

El escritor y director Emmanuel Carrère, fotografiado el 19 de enero de 2026 en su casa en el centro de París.Samuel Aranda

El autor francés novela en ‘Koljós’ la vida de su madre, la gran historiadora Hélène Carrère d’Encausse, entrelazando los orígenes rusos y georgianos de su familia con el desarrollo de la guerra en Ucrania

Origen: Emmanuel Carrère, escritor: “Hay una sola regla: no herir. Y yo la transgredí. Con mi madre y mi novia de la época” | Babelia | EL PAÍS

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Álbum de librerías incompleto 295

Librería «Pardis Ketab», en Mashhad, Irán

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‘El vuelo del hombre’, de Benjamín G. Rosado: variaciones entre lo real y lo posible

Esta novela, con la que el autor ganó el premio Biblioteca Breve 2025, es un juego donde el final de una historia es el principio de la siguiente

Origen: ‘El vuelo del hombre’, de Benjamín G. Rosado: variaciones entre lo real y lo posible

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Lectura: ‘Despedidas’, de Julian Barnes

Julian Barnes. Foto: Marzena Pogorzaly

Crítica de ‘Despedidas’, el nuevo libro de Julian Barnes: «Este es el principio del final»

El escritor británico mezcla autobiografía y ensayo en esta novela, una aceptación sobria, a veces irónica, del deterioro y la muerte.

Origen: Crítica de ‘Despedidas’, el nuevo libro de Julian Barnes: «Este es el principio del final»


Textos

Actualmente me encuentro en mitad de la setentena, y como la mayoría de la gente mayor a a veces estoy cansado de mí mismo; y con eso me refiero a que me repito recordando pensamientos, hechos y, en especial, opiniones. (Los que nunca se hartan de sí mismos, los que siguen divirtiéndose rememorando en público su propia vida y sus repetidas anécdotas suelen ser los más pelmazos del mundo. Hombres, una vez más, por lo general.) Pero el frenético, agresivo aburrimiento de los IAM a gran velocidad se me hace, al menos por el momento, inimaginable. ¿No te infundiría el deseo de matarte?


La historia consta de dos partes porque aconteció en dos partes, con un largo lapso entre ambas. Pero también porque mi relación tendrá dos texturas diferentes. En la primera mitad recurro por entero a los recuerdos ya una o dos fotografías (¿Qué dijo TS Eliot del recuerdo? Que por mucho que lo envuelvas en alcanfor las polillas se colarán igualmente). En la época de la segunda mitad yo ya era escritor, desde hace muchos años. Así que guardaba apuntes –por lo general simultáneos con los sucesos– y llevaba diarios, normalmente escritos al cabo de varios días o semanas. Cabría suponer que esta documentación fuese más fidedigna que los recuerdos apolillados de tiempo atrás. Pero no estoy tan seguro (hoy en día estoy seguro de cada vez menos cosas). Lo que documento es lo que quiero recordar –y en consecuencia hago una especie de criba– y/o lo que podría servirme en algún texto futuro –es decir, otra especie de criba–. Pero sería insensato deducir que esas anotaciones detalladas representan lo que ocurrió realmente. A menudo paso por alto u olvido cosas importantes: el afán de certeza puede extraviarnos.


Pero la gente me cuenta con frecuencia sus historias, no porque sea escritor, sino más bien a pesar de serlo. Me interesan la mayoría de las vivencias humanas, y tal vez poseo –o poseía– una actitud que invita a la confianza. A veces dicen de antemano, inquietos: «No usarás esto, ¿verdad?». oh menos a menudo, y más confidencialmente: «Tengo una historia para ti». Y a los dos les contesto: «No funciona así». Sí es cierto. Yo escribo sobre toda ficción, lo cual requiere que la vida se someta a un lento compostaje para convertirse en material utilizable, y en ese primer momento no tengo idea de qué podrá transformarse o no en potencial narrativo.


Pero a medida que los escritores cumplen años, una de dos: o se vuelven egocéntricamente expansivos, o piensan: contente y ve al grano. Verdi dijo una vez que en la vejez «aprendió a componer menos música». Y no, no me estoy comparando con Verdi.


El año pasado llegó a mi casa una entrevistadora, una mujer belga de unos treinta y tantos. Cuando le abrió la puerta, Jimmy –al que heredé cuando murió Jean– salió al recibidor. Ahora tiene dieciséis años, está medio sordo, medio ciego y casi cómicamente desdentado, por lo que sus cometidos de perro guardián a menudo son lentos y flojos, y la feroz defensa de su territorio se ha reducido a una leve curiosidad. Le explico a mi visitante su avanzada edad y su debilidad y ella le presta mucha atención. Luego me hace una entrevista extraordinariamente larga cuya pregunta culminante es: «Ahora que tiene setenta y seis años, señor Barnes, y que nunca ganará el Premio Nobel porque es un hombre blanco, ¿rabia usted por la agonía de la luz?». Eludo la primera parte de la pregunta con una referencia a Ismail Kadaré y murmuro una evasiva en respuesta a la segunda. Bajamos a la planta baja, Jimmy abandona su cama, quizás porque cree que ha llegado otro intruso. La mujer se agacha, le da unas palmaditas y pregunta: «Y Jimmy, ¿rabia él por la agonía de la luz?».


Así que, en conclusión, no me voy, literalmente, a ninguna parte (ni tú tampoco, me temo, amigo mío, pero quédate por aquí todo el tiempo que puedas, hazlo ni siquiera por mí). Soy consciente de que pronto no existiré más que como una estantería llena de libros y un racimo de Anécdotas Biográficas. Y la vida no es una tragedia con un final feliz, pese a lo que promete la religión; más bien es una farsa con un final trágico o, como mucho, una comedia ligera con un final triste. Oh, como dijo aquel, «una comedia para los que piensan, y una tragedia para los que sienten».

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