Lectura: ‘Distancia de fuga’, de Cristina Araújo

La escritora Cristina Araújo.Ivan Giménez (TUSQUETS)

‘Distancia de fuga’, de Cristina Araújo: las indecisiones del corazón | Babelia | EL PAÍS

La escritora se confirma como una narradora singularísima con su segunda novela, una historia de amor construida sobre el fondo de las ansiedades de la fama

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Textos

Por si no fuera poco, Frances tenía que practicar muchas tardes lo que iba aprendiendo. Todos saltitos y bailecitos por el jardín, mientras Marion la miraba enfrente. Fumando despacio o pelándose una naranja en una sola hélice sobre el regazo. ¿Habría sido mucho pedir que Theo no perdiese la poca concentración que tenía? ¿Que amparado tras las gafas de sol, desde la piscina, no la envolviese con esa mirada febril ansiando absorber cada gramo de ella, succionarla, engullirla, anexarla, diluírsela dentro, desglosarla en sus compuestos primarios, metabolizarla, filtrarla, oxidarla, y al final derrotado, sudarla?


Devuelve la atención al libro de Anne Sexton que se ha comprado en la terminal. En la portada, la autora mira a la cámara con esa pose entre reflexiva y forzada que le recuerda también a algunos retratos de Sylvia Plath. Estas escritoras suicidas le encantan. Engullir las decepciones de otros.


Es ella quien dice: hola. Nunca la ha escuchado tan cerca. Su voz rotunda y ligeramente rasposa, como un lápiz HB de punta dura contra el papel. Theo responde al saludo. Aguarda con cara de póker.


No es cierto que Theo esté todo el rato pensando en Frances. Aunque es evidente el cambio que se ha efectuado en su estado de ánimo, y ni él mismo podría negar que una segunda identidad, otra versión de sí mismo más entusiasta, ha tomado el control y redimensionado el enfoque de sus horizontes. Esta nueva versión —que resulta ser de lo más intuitiva, eficiente y tenaz— detecta y registra todas las necesidades de Frances, tanto las reales como las potenciales, antes incluso que la propia afectada, de tal forma que, en cosa de un mes y pico —treinta y seis días para ser más exactos—, todas esas rutinas que él consideraba tan inamovibles se han revolucionado de cabo a rabo.


Y por eso va a suceder, dentro de nada, esta noche, que Theo va a regresar de una tutoría y Frances no va a levantarse. Pero calma, señores, está todo bajo control, y tan pronto como él empujó la puerta del dormitorio, ella asomará la cabeza desde el engrudo de sábanas y alegará: tengo fiebre. Aunque, claro, Theo no es tonto, Theo no es nuevo en esto, y preguntará: por qué lloras. Así que ni cena, ni cordero, ni nueces, ni brindis, ni abrazo, ni moverse al sofá a trompicones, ni respirar uno encima del otro, ni aliento a salmón, ni a vino tampoco, ni babearse, ni cada vez más deprisa, ni cada vez más desnudos, ni nada de lo que viene detrás. Y la casa tan muda, y Theo a su lado en la cama, que la abrazará por la espalda y ella llorará más aún. Dirá algo del tipo: si es que no sé qué me pasa. Y el drama sirvió. La angustia es un arte de película muda. Y se acabó la ficción.


La lectura es una acción íntima, autorreferencial y minuciosa. Uno entra y sale a solas. Fragmenta el texto en base a pulsiones privadas, nexos de lógica que derivan en un torbellino de sentimientos intransferibles y familiares. Y una vez extinguido el momento, hablar después sobre ello incorpora todas las aberraciones forzadas de un comentario de texto. O peor: de un conato de profundidad.


El centro engulle y regurgita clientes casi a diario. Desembarcan allí sus ojeras, sus dolencias somáticas, sus pomposos burnouts. Computan que dos semanas les bastan para recargarse las pilas, sometiéndose a terapias que les vuelvan más jóvenes, casi inmortales. Luego se marcharán orgullosos, reconfigurados, dispuestos a no ser las mismas personas, a no perder los estribos. La vida es muy corta, dirán, mientras sostienen un batido de algas y evangelizan a sus conocidos en el próximo brunch.


Theo quería la fama. Desde el primer cuento que escribió a los seis años y que trataba de un tren volador. Desde que en el colegio los profesores leían sus redacciones en alto y le usaban como ejemplo para la clase. Desde que, por fin, recién entrado en la pubertad, besó a una chica en un campamento y pensó: tengo que escribir sobre esto, pero luego no halló las palabras que condensasen ese fragancia visceral. Desde aquel concurso de literatura que vio anunciado en el metro y al que no se planteó presentarse por miedo a perder. Desde que convirtió su pasión en secreto, algo que solo contaba si podía pronosticar las reacciones. Desde que se adentró en los cursos del doctorado como en un nítido despertar y se dijo: este es mi sitio, pero luego entendió que era también el sitio de otros, y que esos otros manejaban recursos de los que él carecía.

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La novela española del siglo XXI: los últimos grandes narradores antes de la inteligencia artificial | Babelia

Los autores Belén Gopegui (de pie), Enrique Vila-Matas (sentado a la izquierda), Gonzalo Torné (de pie), Sabina Urraca (sentada) y Rafael Chirbes (sentado a la derecha), vistos por el ilustrador Fernando Vicente.FERNANDO VICENTE

Un mapa literario desde los ya clásicos de la cultura de la democracia hasta las ficciones mutantes y las indagaciones, aún en marcha, sobre la redefinición de las identidades y el trauma de las crisis económicas

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Homenaje a Paul Auster. Siri Hustvedt

Paul no quería morir, pero creo que esa sensación de plenitud le ayudó a morir. Bueno, rechazó los cuidados paliativos para su cáncer. Escogió la biblioteca de nuestra casa como la habitación en la que quería morir. Sophie, Spencer, nuestro nieto de por entonces cuatro meses, Miles, mis tres hermanas, nuestra asistenta durante muchos años, Andria, la enfermera del hospital y yo estuvimos junto a él. Durante las semanas y los días previos a su muerte, recibió a los amigos que vinieron a despedirse. Lo eligió, les contó historias. Se aseguró de que cada persona entendiese lo mucho que su amistad había significado para él. Su calma, su claridad, su valor ante la muerte me pasmó entonces y lo sigue haciendo. Y no, esto no es sentimentalismo. No soy una persona sentimental.

Creo que el sentimentalismo, tal y como se usa hoy día esa palabra, le resta valor a la vida y a la muerte. Camufla en debilidades falsas las verdades que más miedo nos dan. Mucho antes de saber que iba a morir, a Paul le gustaba citar una frase de los cuadernos de notas de Joseph Joubert (había traducido a Joubert al inglés por muy poco dinero). Cita: uno debería morir querido por la gente (si se puede). Fin de la cita. Paul pudo morir querido por la gente, y lo hizo. Fue su último regalo a los que le sobrevivimos. En sus últimos meses de vida, empezó a escribir lo que esperaba que pudiese ser un pequeño librito para la personita que está ahí en la esquina: cartas a Miles. Estoy metiendo las 35 páginas que pudo terminar en unas memorias que estoy escribiendo, Ghost Stories. Es algo que le habría alegrado.

Soy incapaz de contar cuantos periodistas me han preguntado a lo largo de los años, “¿cómo es estar casada con Paul Auster?”. No era una pregunta seria. Su funciona habitual solía ser aegurar que la mujer escritora supiese cuál era su lugar. Y los que la hacían también esperaban detectar señales de envidia, de competición, o de un inminente divorcio por mi parte. Paul y yo les defraudamos, pero tengo que responder a esa pregunta. Es algo que me vino en la última hora de vida de Paul. Él ya no podía hablar, pero aún podía oírme. Y lo que me parecía más importante justo antes de que él muriese fue la diversión. “Oh, dios mío”, le dije, “lo hemos pasado bien, ¿verdad?”. Nos divertíamos tanto juntos.

¿Que cómo era estar casada con Paul Auster?

Era divertido.

Siri Hustvedt,

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Cuaderno de poemas. «Albada». Jaime Gil de Biedma.

Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.

Por los montantes de la galería
llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
y liga de mujer.

Despiértate pensando vagamente
que el portero de noche os ha llamado.

Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al trabajo.
Es el amanecer.

Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones-
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
después de amanecer.

Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
en la noche de ayer,
y piensa en que debieses levantarte
.

Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
desde el amanecer.

Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
hecho al amanecer.

-Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarte cara a cara,
en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
y no por el placer.

Jaime Gil de Biedma.

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Ventana a YouTube. Bonnie Raitt, Keb Mo – No Gettin’ Over You

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Vídeo: «El arte es un juego». María Negroni

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCLXXXVI

Biblioteca de la Abadía de Pannonhalma, Hungría, Budapest

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Leila Guerriero: «Cuando escribo el mundo desaparece»

La escritora y periodista argentina Leila Guerriero habla durante una entrevista con EFE, el 24 de octubre de 2025, en Ciudad de México (México). EFE/ José Méndez

Para la argentina Leila Guerriero, una de las cronistas más reconocidas del idioma español, el acto de escribir está relacionado con una especie de escapada, algo que también experimenta…

Origen: Leila Guerriero: «Cuando escribo el mundo desaparece» – EFE Noticias

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Reflexiones. Geoffrey Hill

¿Por qué se cree que la poesía, la prosa, la pintura, la música deberían ser menos de lo que somos? ¿Por qué la música, por qué la poesía tiene que dirigirse a nosotros en términos simplificados, cuando si tal simplificación se aplicara a una descripción de nuestro propio ser interior lo encontraríamos degradante? Creo que el arte tiene el derecho, no la obligación, de ser difícil si así lo desea.

Geoffrey Hill

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Crítica: «Paseo con Robert Walser», de Carl Seelig

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