Clarice Lispector es una escritora especialísima, con una obra que desafía convenciones y lleva al lector a un viaje interior. Sus relatos exploran lo sublime y lo cotidiano, revelando la complejid…
Cultura no es tener el cerebro lleno de fechas, nombres o cifras, es la calidad del juicio, la exigencia lógica, el apetito por la prueba, la noción de la complejidad de las cosas y de la dificultad de los problemas, es el hábito de la duda, el discernimiento en la desconfianza, la modestia de opinión, la paciencia para ignorar, la certeza de que nunca tendremos toda la verdad, es tener la mente firme sin tenerla rígida, es estar armado contra la vaguedad y también contra la falsa precisión, es rechazar todos los fanatismos e incluso los que se basan en la razón, es sospechar de los dogmatismos oficiales pero sin beneficio para los charlatanes, es venerar el genio pero sin hacer de él un ídolo, es siempre preferir lo que es a lo que uno preferiría que fuera.
Beatus Ille, cuarenta años después, es admirado como el primer gran libro de uno de los escritores más importantes, premiados y leídos de la literatura española contemporánea: Antonio Muñoz Molina.
La poesía debe escribirse como se comete adulterio: Sobre la marcha, a hurtadillas, a deshora. Y después uno vuelve a casa como si no hubiera pasado nada.
La librería Sant Jordi, en la calle Ferran 41 de Barcelona tuvo que reinventarse para sobrevivir; está a lado de una tienda de souvenirs, expresión de la turistificación de la ciudad. Imagen del 23 de enero de 2026.Albert Garcia
El cierre de Tipos Infames es solo un caso, entre otros por toda España, de negocios librescos obligados a cerrar o mudarse por la furia especulativa en los barrios que contribuyeron a poner de moda
Ella miraba atentamente en dirección a la ventana, como esperando de aquella parte una respuesta o una señal. Para cerciorarse, asió el marco de la ventana con los dedos de la mano derecha. La luz del día era difusa y potente al mismo tiempo. No podía distinguir ningún detalle. Lo que es más, reinaba un silencio absoluto, como si las calles de la ciudad hubiesen quedado sepultadas bajo una gruesa capa de nieve.
Al fin comprendió: sólo soy una figura en un cuadro de Vermeer.
Ensayista y narradora, admirada por David Foster Wallace y Alice Munro, Cynthia Ozick es “la estilista literaria más consumada y elegante de nuestro tiempo”.
Lucía Solla Sobral (Marín, Pontevedra, 1989) Marcos mas
‘Comerás flores’, de Lucía Solla Sobral: cartografía del maltrato
Con prosa sobria y elegante, y mucha sensibilidad, esta novela, con la que debuta la escritora gallega, acierta al dibujar con sutileza y maestría un dolor profundo
El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiera quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más.
Tengo: una perra, una amiga, una madre, dos hermanos y un padre muerto.
Antes de subirse a un furgón con los chicos, me miró una vez más. Me avergoncé inmediatamente después, pero le sonreí y lo hice con todos los dientes apelotonados en mis ganas de que bajase, de que se volviese a sentarse cerca de mí y de que dejase que lo viera un poquito más, solo un rato más. Quería aprenderlo de memoria e imaginármelo el resto del verano. Pero el furgón arrancó.
Al día siguiente, se cumplió un año de la muerte de papá, mamá seguía diciendo que no estaba, como si se hubiera ido un momento. ¿Quieres hablar con él? Un momentito, que bajó a por el periódico. ¿Renovar su cuota de la Cruz Roja? Sí, claro, si es socio desde hace treinta años. ¿Un destornillador? Ahora mismo. Pero era mamá la que hablaba, era mamá la que pagaba las cuotas y era mamá la que prestaba sus herramientas. A papá, en un año, no le había dado tiempo a convencernos de su muerte, y yo, en ese mismo año, me había enamorado, me había enfadado con mi mejor amiga y me había mudado a la casa más bonita que había visto nunca. Tantas cosas y papá muerto en todas.
Y otra vez su mano en mi brazo y otra vez un beso que fue largo largo como los rabos de una cereza o como un regaliz o como unas vacaciones en casa. Se acabó el beso y pensé que estamos muy cerca de casa, demasiado cerca. Y le dije que chao, pesado, pero lo besé otra vez y me dio igual estar a trescientos metros de casa. Solo eran unos segundos, unos besos, los últimos. Me despegué. Le dije, este es el último. Y él se rio y mis labios besaron sus dientes y mis muslos, ay, mis muslos. Los rabos de cereza, el regaliz, las vacaciones. Entonces sí me fui. Y paseé con Frida porque volar no podía.
Y llegó la pena, una pena larga y chiclosa que se pegó primero a un dedo y luego al otro y lo manchó todo de alioli. Una pena mala, fea, sucia, sin dientes, como mi boca en sueños, una pena que se me pegó al esternón como se me pega todo lo que me hace llorar, una pena que corre de una punta a otra de una punta a otra de una punta a otra como la hipnosis de un reloj de bolsillo, una pena propia que podría ser dócil o de terciopelo pero que era una pena fina como un sedal. Una pena dura como un sedal. No podía más.
«Ya he terminado otro capítulo y ahora voy por el veinte. Ésta es una obra terrible: no sé cómo tengo paciencia de escribirla. ¿Crees que la gente tendrá paciencia de leerla?» James Joyce Carta a s…
P.: Le resulta difícil leer lo que se escribe sobre su obra?
R.: Nunca lo leo si lo puedo evitar. Me consta que hacerlo tiene un efecto negativo sobre mis colegas escritores. A veces me mandan artículos sobre mí y al cabo de un tiempo los mando a la Universidad de Virginia para que los profesores rumien sobre ellos. De vez en cuando miro alguna cosa, pero por lo general lo evito, simplemente porque no tengo tiempo y prefiero no molestarme con eso. No pierdo el sueño con lo que podría llamarse la recepción crítica de mi obra. En cierto sentido he tenido bastante suerte: si en alguna parte hay quien se carga uno de mis libros, siempre hay alguien a quien le gusta en otro lado. En este país nadie prestó mucha atención “Años inolvidables”, pero en Inglaterra y en Alemania funcionó bastante bien. No habría podido ganarme la vida sin el mercado internacional.
John Dos Passos
Entrevista con John Dos Passos (“The Paris Review”. 1953-1983)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)