Yo escribo libros, ya sé que en las librerías de hoy se venden muchos libros que no son libros, que los abres y no hay nada escrito en ellos aunque los veas manchados de letras en todas las páginas, una cantidad enorme de frases que no dicen nada. Leer es otra cosa: es una experiencia única, una expedición al fondo de uno mismo, abrirse al mundo y al otro. Eso es la literatura, algo magnífico que te hace ver cosas nuevas que desconocías. Eso se erige frente a la falsa literatura, donde entran todos los llamados fenómenos, ciertos bestsellers, todos esos libros que no se atreven a cruzar el Misisipi, adentrarse en lo profundo.
La escritora neoyorquina condensa en esta breve novela-diario un mundo en ruinas, donde memoria, vejez y legado se entrelazan en una delicada reflexión sobre el paso del tiempo.
Reivindicación de la verdad como artefacto artístico: sobre Los suicidas del fin del mundo, de Leila Guerriero – Jot Down Cultural Magazine
Leila Guerriero es mi pastor, nada me falta. Y menos aún cuando la reeditan. Cuando reeditan libros ya lejanos, libros que nos quedaban descabalgados en lo biográfico. Como este ‘Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico’.
El viernes 31 de diciembre de 1999 en Las Heras, provincia de Santa Cruz, fue un día de sol. Había llovido en la mañana pero por la tarde, bajo el augurio favorable del que parecía un verano glorioso, se hicieron compras, se hornearon corderos y lechones y se vendieron litros de vino y de sidra. Allí, y en toda la Argentina, se preparó la juerga del milenio con fiestas, alcohol y fuegos de artificio (…) Pero en Las Heras, ese pueblo del sur, Juan Gutiérrez, 27 años, soltero, sin hijos, buen jugador de fútbol, no vería, de todo eso, nada.
—En la carta mi hermana agradecía todo lo que habíamos hecho por ella, pero se la llevó la policía —decía Alberto, apoyado en la puerta—. Yo después me acordé que un día, cuando fuimos al cementerio, ella me dijo «Algún día yo voy a estar acá». Yo le dije déjate de jorobar. Ella no hablaba mucho, pero parecía que no tenía ningún problema. Al principio la gente pensó que eran problemas de familia, pero después cuando ya fueron siete, ocho, diez casos, escuchabas la ambulancia y decías «Uh, ahora quién se mató». Se había armado un grupo de ayuda a los familiares de esos chicos, y se hacían reuniones. A mí me vino a preguntar si quería ir. Pero yo no. Yo no quería. Nunca hable mucho de esto con nadie. Ni con mis viejos. No nos explicamos nunca nosotros lo que ella hizo. Yo voy al cementerio solo, cuando llega la fecha, y me pregunto siempre lo mismo: qué puede haber pasado.
La casa de la familia Montiel está en una esquina, y desde la calle, antes de golpear, los vi. Emilio y Juana, los abuelos de Luis, miraban por la ventana. No me miraban a mí ni a la calle ni a la vereda. Miraban por la ventana como quien ha visto algo que jamás hubiera querido ver y no habían hecho otra cosa que mirar por la ventana, salvo leves interrupciones para el llanto y las compras, desde el día de la muerte de su nieto.
La casa estaba en silencio. Apenas se escuchaban el rezongo ahogado del televisor, el tenebroso suspiro del viento que empujaba las puertas de la funeraria al otro lado del patio. Sobre la mesa había un papel, y en el papel algunos nombres anotados con la letra prolija y clara de Carlos Navarro, el único que había podido reconstruir la lista de suicidas. El hospital no tenía registro (las muertes no se catalogan como «suicidio»); el Registro Civil no tenía registro (los libros, decían, se envían una vez por año a Río Gallegos); la policía no tenía registro (la policía no tenía registro); el Municipio no tenía registro (el municipio, decía, no tenía por qué). Pero Navarro, vecino de los muertos, pariente de algunos, conocido de todos, en cuadernos Gloria con letra prolija y clara había anotado edad, nombre, fecha, causa de muerte y tipo de cajón: cerrado o abierto. Él podía recordar sin miedo y sin poder porque eso, así, formaba parte de su trabajo bien hecho.
Acá en Las Heras las mujeres están para tener hijos, casarse a los 15, ser abuelas a los 40. Hay chicas que vos ves que tienen uno, dos, cuatro chicos, y la ecuación es «Si tengo un hijo, me junto», y no al revés. Acá como que la mujer no se valora a sí misma, sino que está sometida por un hombre y nada más. El hombre sale, la mujer se queda en la casa.
Creo que tenía 29 ó 30 años. Estaba solo en mi celda. Debía ser en 1939. Estaba solo en la cárcel, en mi celda. Ante todo, debo decir que yo no había escrito otra cosa que cartas a mis amigos, y cr…
Sócrates dijo: ‘El mal uso del lenguaje induce el mal en el alma. No estaba hablando de gramática. Usar mal el lenguaje es usarlo como lo hacen los políticos y anunciantes, con fines de lucro, sin asumir responsabilidad por lo que significan las palabras. El lenguaje utilizado como medio para obtener poder o hacer dinero sale mal: miente. El lenguaje utilizado como fin en sí mismo, para cantar un poema o contar una historia, va hacia la derecha, va hacia la verdad. Un escritor es una persona a la que le importa lo que las palabras significan, lo que dicen, cómo lo dicen. Los escritores saben que las palabras son su camino hacia la verdad y la libertad, y por eso las usan con cuidado, con pensamiento, con miedo, con deleite. Usando bien las palabras fortalecen sus almas. Los narradores y poetas pasan sus vidas aprendiendo esa habilidad y el arte de usar bien las palabras. Y sus palabras hacen las almas de sus lectores más fuertes, más brillantes, más profundas.
Señor: es hora. Largo fue el verano. Pon tu sombra en los relojes solares, y suelta los vientos por las llanuras.
Haz que sazonen los últimos frutos; concédeles dos días más del sur, úrgeles a su madurez y mete en el vino espeso el postrer dulzor.
No hará casa el que ahora no la tiene, el que ahora está solo lo estará siempre, velará, leerá, escribirá largas cartas, y deambulará por las avenidas, inquieto como el rodar de las hojas.
La escritora suiza Fleur Jaeggy, en Turín (Italia), el 12 de mayo de 1995.Leonardo Cendamo (Getty Images)
Es difícil conseguir que los autores escriban con franqueza sobre su propia obra y más en un mercado literario como el actual. ¿En qué tropezaron y a qué renunciaron?
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)