La verdad es que no creo demasiado en la escritura. Empezando por la mía. Ser escritor es agradable… No. Agradable no es la palabra: es una actividad que no carece de momentos muy divertidos, pero conozco otras actividades aún más divertidas, divertidas en el sentido en que para mí es divertida la literatura. Ser atracador de bancos, por ejemplo. O director de cine. O gigoló. O ser niño otra vez y jugar en un equipo de fútbol más o menos apocalíptico. Desafortunadamente el niño crece, al atracador lo matan, el director se queda sin dinero y el gigoló enferma y entonces ya no te queda más alternativa que escribir.
Los libros son tozudos, la literatura es tozuda; los autores, perecederos, olvidables, y en el devenir de la historia, por lo general, innecesarios. Solo los libros permanecen, solo la obra literaria se mantiene a flote sobre las aguas del tiempo, mientras que su autor, el que sea, es y será por siempre un náufrago perdido y ahogado, yaciendo en el fondo de esas mismas aguas.
¿Quién los ve andar por la ciudad si todos están ciegos ? Ellos se toman de la mano: algo habla entre sus dedos, lenguas dulces lamen la húmeda palma, corren por las falanges, y arriba está la noche llena de ojos.
Son los amantes, su isla flota a la deriva hacia muertes de césped, hacia puertos que se abren entre sábanas. Todo se desordena a través de ellos, todo encuentra su cifra escamoteada; pero ellos ni siquiera saben que mientras ruedan en su amarga arena hay una pausa en la obra de la nada, el tigre es un jardín que juega.
Amanece en los carros de basura, empiezan a salir los ciegos, el ministerio abre sus puertas. Los amantes rendidos se miran y se tocan una vez más antes de oler el día.
Ya están vestidos, ya se van por la calle. Y es sólo entonces cuando están muertos, cuando están vestidos, que la ciudad los recupera hipócrita y les impone los deberes cotidianos.
La poesía necesita una cierta radicalidad y pasión que mientras dure hará que no te conformes. No sé si lo que hago es bueno malo o mediocre, pero no puedo resignarme a hacer lo que se esperaría de un tipo a los 65 años: ¿ponerse las pantuflas?
Una investigación fascinante y real sobre la vida de un escritor malogrado: Tristan Egolf.
En 2005, a los treinta y tres años y tras una carrera literaria meteórica, el escritor Tristan Egolf se suicida de un disparo en la cabeza en una ciudad de Pensilvania. Pero ¿quién era Tristan Egolf? ¿Qué lo llevó a tomar esa decisión? Su historia nos la cuenta un tal Zachary Crane, un joven neoyorquino que vaga por París y que no sabe nada de Egolf hasta el día en que encuentra un libro suyo. Picado por la curiosidad, se lanza a investigar la vida de ese escritor estadounidense que, sin un céntimo, con un manuscrito bajo el brazo (y que no deja de reescribir), recaló en París. Allí Egolf conocerá a una joven de la que se enamora; ella es hija de un escritor francés, Patrick Modiano, cuyos libros e importancia desconoce. Cuando Modiano envía el manuscrito a la editorial Gallimard, la evidencia literaria disipa cualquier duda y se publica la obra. Así, desde París hasta Lancaster (Pensilvania), desde los pasillos laberínticos de una editorial hasta el despacho de un agente literario, desde el dolor de la familia tras la muerte de Egolf hasta la dureza de la industria editorial, Zachary, el narrador, se erige en detective literario y reconstruye un destino. Un destino donde todo es verdad pero donde todo, a la vez, parece una novela.
«Una biografía minuciosa y bien documentada escrita como una novela, donde todo es verdad excepto el narrador.» Lire «Magnífico retrato del artista como eterno idealista. … Y muy rápidamente se transforma en la anatomía de una caída.» Les Inrockuptibles «Un recorrido biográfico y empático por la trágica vida de Egolf. Una novela justa, ecuánime y hermosa.» Livres Hebdo «A la figura maldita de Egolf le faltaba un homenaje póstumo que Bosc le ofrece, con un libro que rezuma amor hacia una especie y un biotopo amenazados: los escritores y la literatura.» Le Figaro
Textos
Hace poco más de un año, me encontraba en la esquina de la Avenue Parmentier con la Rue du Faubourg-du-Temple, en el distrito XI, rebuscando en la caja de libros de ocasión pegada al escaparate de una librería, cuando, en la cubierta de una novela de bolsillo, me llamó la atención la fotografía en sepia de un hombre tapándose parte de la cara con la palma de la mano, y un título extraño: El amo del corral. Una escueta nota biográfica presentaba al autor, un desconocido: «Tristan Egolf nació en 1971 en Pensilvania.
He tenido ocasión de conocer a muchos escritores y he de decir que él estaba profundamente extraviado. Era enternecedor y aterrador a la vez. Philip Roth dominaba su oficio a la perfección. Tristán Egolf no dominaba nada. Yo comprendía su infelicidad sin necesidad de que él me contara su vida. A decir verdad, él se negaba a hacerlo. Jamás se abría. Yo no era su niñera ni su confidente, solo presenciaba sus desbordamientos su malestar. Cuando recuerdo a Tristan Egolf, lo veo como un todo, no puedo dividirlo en partes. Grandes momentos de alegría y abismos de desgracia.
Antes de que nuestros caminos se separaran —ella se disponía a doblar a la izquierda y yo debía encaminarme hacia la derecha para bajar por el Boulevard Saint-Michel—, me dijo en tono autoritario y con una sonrisa cruel: «Los escritores son seres bastante decepcionantes, ¿sabe? En el fondo, solo los conocemos a través de sus libros… En la vida cotidiana, son como todo el mundo: seres deformados por los demás».
Recuerdo que Modiano sintió mucho cariño y admiración por Egolf. Se consideró afortunado por haber tenido la ocasión de encontrar el manuscrito y por haberlo dado a conocer. Ese gran paquete de hojas escritas con letra ilegible de patas de mosca que parecían jeroglíficos, un objeto literario en el sentido más intenso del término. Modiano celebraba una potencia novelesca totalmente distinta de la suya. El barroco frente a la línea clara. Me pareció un gesto muy generoso por su parte. Reconocer un genio que le era por completo ajeno.»
Egolf ha vuelto de su estancia en Indiana con el manuscrito de El amo del corral en el cuaderno que le regalaron sus amigos, cuyas páginas se ha llenado por completo con una letra muy junta y diminuta. Todo está ahí: la familia maldita, la rebelión, la ciudad envuelta en llamas y ensangrentada, el retrato de un Medio Oeste delirante. Ha alimentado cada escena con lo que ha visto y lo fantástico tiene ahora la densidad de un realismo enriquecido con los detalles.
A medida que avanzaba en la semblanza de Tristan Egolf, me resultaba más difícil leerlo sin yuxtaponer el período en que fue escrito, la percepción que tenía de su sufrimiento, de su enfermedad, la aterradora felicidad y la calma quimérica. En ese sentido, La chica y el violín ponen de manifiesto el aspecto más triste de la literatura: la íntima convicción que tiene el escritor de su fracaso. Cada página es un borrador, la repetición de un libro ya escrito, una novela que no logra avanzar. Me representaba a Egolf combatiendo contra este libro que tanto detestaba.
Patrick Modiano fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2014. En Estocolmo declaró a modo de advertencia sobre este tipo de semblanzas: «Siempre he dudado antes de leer la biografía de un escritor al que admiraba. En ocasiones, los biógrafos se fijan en pequeños detalles, en testimonios no siempre exactos, en rasgos de carácter que parecen desconcertantes o decepcionantes, y todo eso me evoca las interferencias de ciertas emisiones de radio que me impiden oír la música o las voces. La única manera de entrar en la intimidad de un escritor es leyendo sus libros, ahí es donde se encuentra en su mejor momento y nos habla quedamente sin que su voz se vea perturbada por el ruido».
La autora de la celebrada ‘Los escorpiones’ regresa con una novela de campus que se revela como un auténtico estudio sobre el significado del amor.Más información: Sara Barquinero:
Sé que escribir es mi oficio. Cuando me pongo a escribir me siento extraordinariamente a gusto y me muevo en un elemento que me parece conocer extraordinariamente bien: utilizo instrumentos que me son conocidos y familiares y los siento bien firmes en mis manos. (…) Es un oficio bastante difícil, ya lo veis, pero es el más bonito que existe en el mundo. Los días y las cosas de nuestra vida, los días y las cosas de la vida de los demás a que nosotros asistimos, lecturas, imágenes, pensamientos y conversaciones: se alimenta de todo esto y crece en nuestro interior. Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, come lo mejor y lo peor de nuestra vida, a su sangre afluyen lo mismo nuestros sentimientos buenos que los malos. Se nutre de nosotros y crece en nosotros.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)