Richard Powers, escritor ganador del Pulitzer: “Lo que Trump y Musk pueden hacerle a la democracia es peor que nuestras peores pesadillas” | Cultura | EL PAÍS
La cara de Richard Powers (Illinois, Estados Unidos, 67 años) aparece al otro lado de la pantalla sonriente. El Zoom es casi la única forma de entrevistar a un escritor que desde hace una década…
El novelista estadounidense Richard Powers, en una fotografía cedida por su editorial.
Blanca Lacasa, escritora: “Pretty Woman’ me parece una película de terror”
La periodista Blanca Lacasa se adentra en la ficción con ‘El accidente’, un relato “chica conoce a chico” que retrata la lógica arrebatada del enamoramiento
Blanca Lacasa ha publicado ‘El accidente’ en Libros del Asteroide.Laura C. Vela
Es viernes. Un viernes de un mes que ella ya no recuerda. Un viernes normal. Normal si no fuera por todo lo que pasó después. Ella sale de la Filmoteca. Ni siquiera recuerda lo que ha ido a ver. Pero ella sale del cine. Eso es seguro. Y se va a un bar cerca. Allí están ellos. Sus amigos. Los que en ese momento y también muchos años antes eran sus amigos. Ella recordará ese día por su peinado. Es algo que suele sucederle. Acordarse de situaciones importantes por su pelo o por cómo va vestida. No sabe por qué, pero le pasa. Ese día ella recuerda que lleva el pelo hacia atrás. Y es raro. No suele. Ella ya está en el bar. Y pide una cerveza. Hay bastante gente. Muchísima, de hecho. Pero ella acaba hablando con una de esas amigas suyas y con otros dos.
Ahora es jueves. Un jueves en el que ella ha empezado a hacer un puzle. Ella no hace puzles. Pero ella, de pronto, un jueves, en casa de su madre, ha despejado una mesa entera para hacer un puzle de mil piezas. Mientras separa las piezas —por un lado las de bordes lisos que conformarán el exterior; por el otro, las de entrantes y salientes que con suerte compondrán el resto—, ella se fuerza en no pensar. Cuando ya tiene casi todo el borde hecho, ella recibe un mensaje. Él le manda un mensaje. Le dice que una de las canciones que puso aquella noche en su casa se ha convertido en la canción de la semana. Ella se sienta. Mira el puzle. Él ha estado escuchando las canciones que ella puso. Entonces ella olvida todas sus reservas del lunes. Que hizo el ridículo, que no debió, que quizás no fuera buena idea.
Ese viernes ella hace cosas que hacía mucho que no hacía. Ella se va a un centro comercial a ver un partido de baloncesto. No porque no pueda verlo en casa. No porque no tenga televisor. Solo que las circunstancias se dan así. Y, por primera vez en mucho tiempo, no le importa estar sola en una gran superficie, de pie, más de dos horas, haciendo lo contrario de lo que se hace en ese tipo de sitios. Gritando. Sola. No le molesta que la miren, que la tomen por loca, que la espíen. Le da lo mismo. Tiene muchísimo sueño, pero podría irse corriendo hasta su casa.
Él le dirá a ella lo bien que huele, lo suave que es su piel y lo mucho que le gusta su voz. Esto último es algo que a ella le sorprenderá por poco escuchado. Él morderá los pies de ella a pesar de los calcetines. Y levantará prudentemente la camiseta de ella para colocar sus manos sobre las costillas de ella. «Me flipan tus costillas.» A él le gustan las costillas de ella. Mucho. Y también cuando ella esté sentada frente a él, él la agarrará de la cintura, la levantará y la colocará sobre él en un gesto impecable y se besarán otra vez. Juntarán sus frentes y bufarán. Y todo será terriblemente sexual. Atrozmente apasionado. Ella recordará toda esa parafernalia con la mezquindad de un contable.
Quiero escribir porque siento la necesidad de destacar en un medio que me permita traducir y expresar la vida. No me basta limitarme a la tarea colosal de vivir. Ah, no, tengo que disponer la vida en sonetos y sextinas, y conseguir un foco verbal que proyecte la luz de 60 vatios de mi cabeza. El amor es una ilusión, pero no me importaría vivir en ella si fuera capaz de creérmela. De pronto, todo parece lejano, triste, frío como una piedra en el fondo de un precipicio; o cálido, próximo e inconsciente, como un cerezo en flor. Dios mío, dame la capacidad de pensar de un modo claro y brillante, de vivir, de amar, y de expresarlo todo de un modo hermoso a través del lenguaje, permite que un día descubra quién soy y por qué acepto cuatro años de manutención, exámenes y trabajos sin hacer más preguntas de las que hago.
El poeta y catedrático Gerardo Rodríguez Salas. (Juanmi García)
El poeta y catedrático de Literatura en Lengua Inglesa publica ‘Oxford Circus’ (Visor), un poemario donde la extranjería se convierte en el eje de una experimentación que interroga los cuerpos y el propio lenguaje
Cada lector se encuentra a sí mismo. El trabajo del escritor es simplemente una clase de instrumento óptico que permite al lector discernir sobre algo propio que, sin el libro, quizá nunca hubiese advertido.
El día en que consiga una forma tan pobre como lo soy yo por dentro, en vez de una carta, me parece que ya te lo dije, recibirás una cajita de polvo de Clarice. Tal vez el título te parece mansfiel…
Leer: una de las operaciones más complejas. No es sorprendente que adquirir un manejo de la máquina de leer sea difícil y, en períodos de mutación cultural, se corra el riesgo de perder la máquina y la destreza para manejarla. Para decirlo con algunas comparaciones evidentes: es más difícil aprender a leer que aprender a conducir un coche o una bicicleta, jugar al tenis, cocinar comida china, andar a caballo o tejer. Por supuesto, aunque vale la pena recordarlo, es más difícil aprender a leer que a mirar televisión. En lo escrito hay una clave de bóveda del mundo. Todavía no se ha inventado nada más allá: los hipertextos, Internet, los CDROM y los programas de computadora suponen la lectura, obligan a la lectura y no son más sencillos que los libros tal como los conocimos hasta hoy. Quien afirme algo diferente nunca vio un CDROM ni un programa de hipertexto, o quiere engañarnos haciendo barato populismo tecnológico. Si el futuro son las computadoras, la lectura es indispensable. Téngalo en cuenta quienes profesan la optimista superstición del futuro. Pero no querría hablar del futuro, porque ya los suplementos de ciencia de los diarios exaltan suficientemente el mundo maravilloso que nos espera. Querría hablar del pasado y del presente. La lectura opera con una máquina del tiempo que hasta hoy no ha igualado ninguna otra máquina: bajo la forma de página impresa o de pantalla de computadora que imita o perfecciona la página impresa, están el mundo que fue y el mundo que es. Hasta hoy, nuestra cultura (quiero decir la cultura llamada occidental en sus diversas versiones) es visual y escrita. Esto no la hace superior a las grandes culturas orales del pasado: simplemente, marca su diferencia y el ser de su diferencia. Se puede valorar la oralidad, pero no se puede volver a ella como instrumento básico de la continuidad cultural. Se podrá prever un futuro donde la lectura resigne su hegemonía frente a otras formas de transmisión, pero ese futuro todavía no ha llegado y, si llega, llegará por la lectura y no a pesar de ella. Es indiferente el soporte material de la lectura: ¿una página impresa, un microfilm, la pantalla de una computadora, un holograma? En el límite, todos exigen esa capacidad infinitamente difícil: interpretar algo que ha sido escrito por otro. Leer es, siempre, de algún modo, traducir. La máquina de leer pide ser accionada con sutileza. Pero admite que se la ponga en marcha en las condiciones más libres. Difícilmente pueda ponerse en otra máquina que sea, a la vez, tan complicada en su manejo y tan abierta a los usos más personales, secretos, innovadores, transgresivos. La máquina de leer nos permite prácticamente todo. La máquina está allí: mucho menos servil que un televisor, mucho más compleja que una computadora, pero también más esquiva porque exige más de quien la opera. La máquina de leer, instalada en la larga duración de la historia, sigue funcionando cuando otros instrumentos hoy sólo pueden ser vistos como curiosidades en los museos de la técnica. La máquina de leer: una hipermáquina, una nave espacial, una cápsula de tiempo, un espejo, un Aleph.
Si no tuvieras tantísima prisa (a tu muerte llegarás en todo caso a tiempo) podrías darte cuenta de muchas más cosas. Podrías por ejemplo descubrir que la yema de tu dedo tiene la misma forma abovedada que un grano de uva que su piel tiene el mismo dibujo de pequeñas estrías acanaladas que la piel de la uva y que cuando aprietas la yema de un dedo sobre otra la sensación de blanda dureza es la misma que cuando la aprietas sobre la uva
Descubrirías que los párpados de los ancianos bien están toscamente arrugados como piel de higos bien tenues y transparentes como la película del ojo de un pájaro Tendrías tiempo de ver que en el esmalte brilla una sonrisa que el cuchillo en realidad es un rayo capturado y que la caballa ha sido asada a la parrila por la sombra
Descubrirías que a menudo una piedra dura protege un secreto blando y tendrías tiempo de escuchar la melodía que suena dentro de cada pelo Podrías leer el mensaje de la escarcha en el cristal de tu ventana y asombrado descubrirías lo difícil que es llorar bajo un sol deslumbrante así como que se necesita coraje para atreverse a reír en la oscuridad nocturna
Si fueras un hombre descubrirías que la mujer que llevas dentro ansía permiso para echarse a llorar y si fueras mujer que el hombre que llevas dentro ansía permiso para dar cuenta de tu malgastada debilidad Descubrirías que casi todo lo que les reprochas a otros es un reproche que has evitado hacerte
Si te dieras tiempo para contemplar la alfombra del paisaje que has tejido con tu vida podrías descubrir muchos senderos que te has saltado a los que nunca podrás volver Y quizá gracias a tu descubrimiento dejarías de saltarte el día para alcanzar rápidamente la noche dejarías de saltarte el invierno para llegar rápidamente al verano y con este conocimiento alargarías tu vida considerablemente.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)