Cuaderno de poemas. «Y tú amor mío». Carlos Barral

Y tú amor mío, ¿agradeces conmigo
las generosas ocasiones que la mar
nos deparaba de estar juntos? ¿Tú te acuerdas,
casi en el tacto, como yo,
de la caricia intranquila entre dos maniobras,
del temblor de tus pechos
en la camisa abierta cara al viento?

Y de las tardes sosegadas,
cuando la vela débil como un moribundo
nos devolvía a casa muy despacio…
Éramos como huéspedes de la libertad,
tal vez demasiado hermosa.

El azul de la tarde,
las húmedas violetas que oscurecían el aire
se abrían
y volvían a cerrarse tras nosotros
como la puerta de una habitación
por la que no nos hubiéramos
atrevido a preguntar.

Y casi
nos bastaba un ligero contacto,
un distraído cogerte por los hombros
y sentir tu cabeza abandonada,
mientras alrededor se hacía triste
y allá en tierra, en la penumbra
parpadeaban las primeras luces.

Carlos Barral

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Ventana a YouTube. Stand By Me – Music Travel Love (At Al Ain)

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Archivo fotográfico, 11

Alberto Giacometti y Francis Bacon, 1965

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCXCI

Biblioteca del Monasterio de Admont, Austria.
Biblioteca. Holanda
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Lectura: «Epifanía», de Israel Merino

Un ‘thriller’ en la meseta castellana: drogas, violencia y un mundo condenado

Israel Merino traza en ‘Epifanía’ una fábula polvorienta plagada de fealdad grotesca, estallidos de sangre y masculinidad depredadora

Origen: Un ‘thriller’ en la meseta castellana: drogas, violencia y un mundo condenado | Babelia | EL PAÍS


Textos

Los niños no se esperaban aquellos dos impactos certeros: uno contra el capó del coche y otro contra la tierra. Nadie, pese a lo cerca que estaba el cerro de los Curas, rezó al escuchar el estruendo. Con el primero, sus cuerpos ya sin vida volaron haciendo parábolas hasta llevarse el segundo contra el suelo y rodar varios metros. La sangre olía a valvulina y el campo a los hijastros sucios de las uvas inmaduras que presagiaban la primavera.


Víctor Manuel, a quien su madre llamaba así por el cantautor, se miraba en el espejo y trataba de subirse los pantalones caqui al máximo. Desesperado, se desabrochaba el botón y se lo subía y se pegaba tirones con fuerza de la camiseta a ver si así, con un poco de suerte, conseguía disimular el cerco de pis que se le había formado a la altura de la bragueta.


Morito sintió que había llegado a su límite, aunque fuera incapaz de reconocerlo. Había algo dentro de él, quizás una piedra ardiente o la linterna de un teléfono o un bote con moho que le impedía reconocer que debía cambiar. Tal vez ese recipiente mohoso fuera de su familia y por eso apenas podía recordar nada de su infancia.


Odiaba y anhelaba a su padre a partes iguales. Lo aborrecía porque estaba muerto, pero lo envidiaba porque estaba muerto. Nunca sabría lo que era vivir en aquel barrio, nunca sabría lo que era mantener a una madre ausente traficando con hachís y nunca, bajo ningún concepto, sabría lo que era mirar desde aquel edificio, que no era más que un esqueleto de hormigón asqueroso, y encontrar en el horizonte una trampa mortal.


Ramón odiaba que le llamaran Erre. Tenía un nombre, Ramón. También un apodo obligatorio, sargento. Sin embargo, aquellos animales con pipa y rótulos fosforitos sobre uniformes verdes tenían que incumplir hasta esa simplona delicadeza.


Dios, en la ciudad sí que era un rey, incluso un ídolo estrambótico al que todo personaje con piel y tendones adoraba. En la ciudad no era como en el pueblo. Qué va. Claro que no. Allí había encontrado su lugar. «Mi lugar», qué bien le sonaba aquella frase a Marcos en su tierna cabecita. Pero aquel hombre de barba poblada le había chafado todo. Le había jodido la existencia, como un barco petrolífero y viejo que suelta su veneno contra la arena blanca e impoluta de una lejana playa virgen. Ese borracho, ese inútil, ese cincuentón, esa mierda lo había destrozado. Él no haría como su madre. Qué va. Él no huiría. Claro que no. Él atacaría el problema de raíz. Él arreglaría las cosas como solo los hombres valientes arreglan las cosas.

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«Palos», de George Saunders

Cada año, la noche de Acción de Gracias, seguíamos todos a Padre en procesión mientras él iba arrastrando el traje de Santa hasta la carretera para después apuntalarlo sobre una especie de crucifijo que había construido con un poste de metal en el jardín. Durante la semana de la Super Bowl el poste se vestía con el casco de Rod y con un jersey, y Rod tenía que vérselas con Padre si quería descolgar el casco. El Cuatro de Julio el poste era el Tío Sam, en el Día de los Veteranos de Guerra, un soldado, en Halloween, un fantasma. El poste era la única concesión de Padre a la alegría. Se nos permitía coger un solo Plastidecor de la caja cada vez. En Nochebuena le gritó a Kimmie por desperdiciar una rodaja de manzana. Aleteaba por encima de nosotros mientras vertíamos el kétchup, y decía: «Ya está bien, ya está bien, ya está bien». Los cumpleaños se celebraban con magdalenas, no con helado. La primera vez que traje una chica a casa me dijo: «¿Qué tiene tu padre con ese palo?». Y yo me quedé allí sentado, parpadeando.

Nos fuimos de casa, nos casamos, tuvimos nuestros propios hijos, descubrimos que la simiente avara germinaba también en nosotros. Padre empezó a revestir el poste con más complejidad y con una lógica menos discernible. El Día de la Marmota lo cubrió con una especie de abrigo de piel y colocó un foco para garantizar que hiciera sombra. Cuando un terremoto azotó Chile, tendió el poste en el suelo y pintó una serie de fallas a su alrededor con aerosol. Murió Madre y vistió el poste como la Muerte y colgó del travesaño fotos de cuando Madre era un bebé. Pasábamos a visitarlo y descubríamos extraños fetiches de su juventud colocados alrededor de la base: medallas del ejército, entradas de teatro, viejos jerséis, tubos de maquillaje de Madre. Hubo un otoño que pintó el poste de amarillo chillón. Aquel invierno lo cubrió de hisopos de algodón para darle abrigo y le dio al poste retoños clavando por el patio seis estaquitas con sus correspondientes travesaños de palo. Tendió cordel entre el poste y los palos y fijó con cinta adhesiva cartas de perdón, reconocimientos de culpa, súplicas para ser comprendido, todo escrito con una letra desquiciada sobre tarjetas de cartulina. Escribió en un cartel la palabra «amor» y lo colgó del poste y pintó otro que decía «¿perdón?», y luego murió en el pasillo con la radio puesta y vendimos la casa una pareja de jóvenes que desclavaron el poste de un tirón y lo dejaron junto carretera para que lo recogiera el camión de la basura.

George Saunders
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Recopilación de textos fotografiados. García Lorca

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Leer a Proust. Marguerite Duras

El esfuerzo de Proust consiste en mostrar aquello que él, personalmente, ha conocido. Pero bastaría un leve desliz, un mínimo desplazamiento, para que lo que le ocurrió no hubiera sucedido, o hubiera ocurrido a alguien distinto de él. El esfuerzo de Joyce, en cambio, es una refutación absoluta de los valores que lo precedieron. Joyce crea una semántica nueva de la sensibilidad del escritor frente al mundo. Nada de eso ocurre en Proust.

Proust no quiso crear ni transformar la novela moderna. De ahí, sin duda, proviene esa sensación profunda de un futurismo constante en su obra, un futurismo que nos concierne. Siempre se tiene la impresión de que uno podría continuar, prolongar el relato proustiano con el suyo propio. Quiero decir que sus novelas están abiertas, las puertas permanecen abiertas. El lector actual de Proust —aquel que está descubriéndolo— tiene esa experiencia.

Borges decía que Shakespeare no existía, que Shakespeare era el lector de Hamlet en el momento de la lectura. ‘Shakespeare soy yo cuando leo Hamlet’. Pues bien, encuentro que esa magnífica boutade se aplica admirablemente a Proust. ‘Proust soy yo cuando leo A la sombra de las muchachas en flor’.

En ese sentido podría decirse que leer a Proust es, de algún modo, escribirlo. Se tiene la sensación de la escritura. Uno participa, en suma, tanto del mundo de Proust como de su creación.

Marguerite Duras
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Crítica: «Respira», de Tim Winton

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Reflexiones. Louis-Ferdinand Céline

Obsesionados por el materialismo, apasionados por las «cosas», por el lujo, por lo ponderable, por lo razonable, por lo comestible, por lo vendible, por lo comercializable, la materia nos ha embrutecido, banalizado, aturdido, adormecido, esclavizado.

Louis-Ferdinand Céline
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