García Márquez. Maestro

¿Quieres quedarte sola? -preguntó.

Si lo quisiera no te hubiera dicho que entraras -dijo ella.

Entonces él extendió los dedos helados en la oscuridad, buscó a tientas la otra mano en la oscuridad, y la encontró esperándolo. Ambos fueron bastante lúcidos para darse cuenta, en un mismo instante fugaz, de que ninguna de las dos era la mano que habían imaginado antes de tocarse, sino dos manos de huesos viejos. Pero en el instante siguiente ya lo eran. Ella empezó a hablar del esposo muerto, en tiempo presente, como si estuviera vivo, y Florentino Ariza supo en ese momento que también a ella le había llegado la hora de preguntarse con dignidad, con grandeza, con unos deseos incontenibles de vivir, qué hacer con el amor que se le había quedado sin dueño.

Fermina Daza dejó de fumar por no soltar la mano que él mantenía en la suya. Estaba perdida en la ansiedad de entender. No podía concebir un marido mejor que el que había sido suyo, y sin embargo encontraba más tropiezos que complacencias en la evocación de su vida, demasiadas incomprensiones recíprocas, pleitos inútiles, rencores mal resueltos. Suspiró de pronto: “Es increíble cómo se puede ser tan feliz durante tantos años, en medio de tantas peloteras, de tantas vainas, carajo, sin saber en realidad si eso es amor o no”. Cuando terminó de desahogarse, alguien había apagado la luna. El buque avanzaba con sus pasos contados, poniendo un pie antes de poner el otro: un inmenso animal en acecho. Fermina Daza había regresado de la ansiedad.

Vete ahora -dijo.

Florentino Ariza le apretó la mano, se inclinó hacia ella, y trató de besarla en la mejilla. Pero ella lo esquivó con su voz ronca y suave.

Ya no -le dijo-: huelo a vieja.

Lo oyó salir en la oscuridad, oyó sus pasos en las escaleras, lo oyó dejar de ser hasta el día siguiente. Fermina Daza encendió otro cigarrillo, y mientras lo fumaba vio al doctor Juvenal Urbino con su atuendo de lino intachable, su rigor profesional, su simpatía deslumbrante, su amor oficial, que le hizo una seña de adiós con su sombrero blanco desde otro buque del pasado. “Los hombres somos unos pobres siervos de los prejuicios -le había dicho él alguna vez-. En cambio, cuando una mujer decide acostarse con un hombre, no hay talanquera que no salte, ni fortaleza que no derribe, ni consideración moral alguna que no esté dispuesta a pasarse por el fundamento: no hay Dios que valga.” Fermina Daza siguió inmóvil hasta la madrugada, pensando en Florentino Ariza, no como el centinela desolado del parquecito de Los Evangelios cuyo recuerdo no le suscitaba ya ni una lucecita de nostalgia, sino como era entonces, decrépito y rengo, pero real: el hombre que estuvo siempre al alcance de su mano, y no supo reconocerlo. Mientras el buque la arrastraba resollando hacia el fulgor de las primeras rosas, lo único que ella le rogaba a Dios era que Florentino Ariza supiera por dónde empezar otra vez al día siguiente.

Gabriel García Márquez

El amor en los tiempos del cólera (fragmento)

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Proust sale del armario con ocho cuentos inéditos

Marcel Proust, en 1891-1892. APIC / GETTY IMAGES

La publicación en Francia, la semana próxima, de unos relatos desconocidos del autor de En busca del tiempo perdido es el gran acontecimiento de la ‘rentrée’

Origen: Proust sale del armario con ocho cuentos inéditos | Babelia | EL PAÍS

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Ventana a YouTube. Nina Simone. “Feeling Good”

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Columna: Esa belleza suficiente. Socorro Venegas

¿Puede la literatura ayudar a cerrar heridasdel alma? Nada garantiza, según la autora,que el mundo te alcance y el naufragio se repita

Origen: Columna: Esa belleza suficiente | EL PAÍS Semanal

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Álbum de librerías incompleto. 129

Librería “Ler Devagar” de Lisboa,

Libreria “La Celestina” . Madrid, especializada en teatro.
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Joyce y su “Retrato del artista adolescente”

James Joyce en París (1934)

Cuando el pasado pesa más que la sangre

Joyce trazó en su «Retrato del artista adolescente» una magistral recreación de una adolescencia marcada por su educación religiosa en Irlanda

Origen: Cuando el pasado pesa más que la sangre

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Lectura. “¿Quién te crees que eres?”. Alice Munro

Alice Munro, en su casa de Canadá, en 2013.IAN WILLMS THE NEW YORK TIMES

Se publica un libro inédito de la Premio Nobel de Literatura, donde la escritora canadiense relata los avatares de una mujer, desde su orgien rural hasta su ‘enfrentamiento’ con la realidad

Origen: Alice Munro, un maremoto bajo aguas tranquilas | La Esfera de Papel


Textos

Más tarde aparecerá una bandeja. Flo la dejará sin decir palabra y se irá. Un gran vaso de leche con cacao, preparado con jarabe de malta de la tienda. Suculentas vetas oscuras en el fondo del vaso. Emparedados pequeños, compactos y apetitosos. Salmón en lata de primera, y rojísimo, mayonesa en abundancia. Un par de tartas de mantequilla con el envoltorio de la pastelería, galletas de chocolate rellenas con crema de menta. Los sabores favoritos de Rose, en el emparedado, la tarta y las galletas. Apartará la cara, negándose a mirar, pero a solas con esas delicias se sentirá míseramente tentada, enardecida y turbada, y las ideas de suicidio o de fuga remitirán ante el olor a salmón, la expectativa del chocolate crujiente, acercará un dedo, solo para rozar el borde de uno de los emparedados (¡pan sin corteza!) y recoger lo que rebosa, probar a qué sabe. Entonces decidirá comerse uno, y tener así fuerzas para rechazar el resto. Uno no se notará. Pronto, corrompida e impotente, se los comerá todos. Se tomará la leche con cacao, las tartas, las galletas. Sacará con el dedo los posos del fondo del vaso, aunque gimotea avergonzada. Demasiado tarde. De “Palizas soberanas”

Así que en parte la desgracia de Rose era haber nacido mujer, pero para colmo no ser una mujer como es debido. Y la cosa no acababa ahí. El verdadero problema era que combinaba y perpetuaba rasgos que a su padre debían de parecerle los peores de sí mismo. Todos los defectos que había domado en su carácter, que había conseguido reprimir, afloraban de nuevo en su hija, que no mostraba ningún deseo de combatirlos. Divagaba y soñaba despierta, era vanidosa y se afanaba por presumir; para ella, la vida transcurría dentro de su cabeza. No había heredado la única cualidad de la que se sentía orgulloso, y en la que confiaba: su destreza con las manos, su minuciosidad y empeño en cualquier tarea; de hecho era sumamente patosa, chapucera, siempre dispuesta a tirar por el camino de en medio. Verla fregar los platos en la palangana salpicándolo todo, con la cabeza en las nubes, más ancha de caderas ya que Flo, el pelo crespo y rebelde; verla tan grandota, indolente y ensimismada, parecía llenarlo de irritación, de melancolía, casi de repugnancia. Y Rose lo sabía. Hasta que su padre acababa de cruzar la habitación se quedaba quieta, se miraba a través de sus ojos. Llegaba a aborrecerse, también. En cuanto lo perdía de vista, sin embargo, se reponía. Volvía a sumirse en sus pensamientos o a concentrarse en el espejo, donde andaba ocupada a menudo de un tiempo a esta parte, recogiéndose el pelo, poniéndose de perfil para verse la línea del busto, o estirándose la piel para ver cómo le quedarían unos ojos más rasgados, apenas un poco más rasgados y provocativos.
De “Medio pomelo”

Vivir en casa de la doctora Henshawe sirvió para algo. Acabó con la candidez, la seguridad incuestionable, del hogar. Volver allí era exponerse, literalmente, a una luz implacable. Flo había colocado tubos fluorescentes en la tienda y en la cocina. En un rincón de la cocina tenía también una lámpara de pie que había ganado en el bingo, con la pantalla envuelta en anchas tiras de celofán. Por encima de todo, en opinión de Rose, la casa de la doctora Henshawe y la casa de Flo servían para desacreditarse una a la otra. Las primorosas habitaciones de la doctora Henshawe despertaban en Rose la cruda conciencia de sus orígenes, un nudo intragable, mientras que en casa, ahora que podía apreciar el orden y la armonía de otros lugares, se revelaba una pobreza triste y vergonzosa en gente que nunca se había considerado pobre. La pobreza no era solo miseria, como la doctora Henshawe parecía creer, no era solo privación. Era tener esos feos tubos fluorescentes y enorgullecerte de ellos. Era hablar a todas horas de dinero y hablar con malicia de las cosas nuevas que la gente se había comprado y de si las pagaban o no. Era encenderse de orgullo y envidia por algo como el nuevo par de cortinas de plástico, imitación encaje, que Flo había comprado para el escaparate. También colgar la ropa en clavos detrás de la puerta o poder oír todos los ruidos del cuarto de baño. Era decorar tus paredes con una serie de refranes, tanto piadosos como joviales o un poco subidos de tono. De “La mendiga”

El lunes antes de que amaneciera metió en el maletero del coche el equipaje con lo que creyó necesario y cerró la casa, con el camembert aún chorreando en la encimera de la cocina; condujo hacia el oeste. Pensaba pasar un par de días fuera, hasta que recobrara el sentido común y pudiera hacer frente a las sábanas y a la parcela de tierra arada y el hueco detrás de la cama donde había puesto la mano para notar la corriente. (En tal caso, ¿por qué se llevó las botas y el abrigo de invierno?) Escribió una carta a la escuela —por carta podía mentir de maravilla, pero no por teléfono— en la que decía que la habían llamado desde Toronto por la enfermedad terminal de un allegado. (Quizá no mintiese de maravilla, a fin de cuentas, quizá exageraba.) Apenas había pegado ojo en todo el fin de semana, bebiendo, tal vez no tanto, pero sin parar. «No pienso tolerarlo», dijo en voz alta, muy seria y categóricamente, mientras cargaba el coche. Y encogida en el asiento delantero, escribiendo la carta que podría haber escrito con más comodidad en casa, pensó en cuántas cartas delirantes había escrito, cuántas excusas peregrinas había encontrado, al tener que marcharse de un sitio, o al temer marcharse de un sitio, por un hombre. Nadie sabía hasta qué punto era una insensata, amigos que la conocían desde hacía veinte años no sabían ni la mitad de las veces que había huido, el dinero que se había gastado y los riesgos que había corrido. De “La suerte de Simón”

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