El primer autor portugués en recibir el Premio Formentor de las Letras escribe de forma compulsiva, pero fermenta sus textos durante años. Traducido en 70 países, Saramago dijo sobre él: “No hay derecho a escribir tan bien. Dan ganas de pegarle. Le darán el Nobel”
He estado pensando en las amistades, en cómo surgen, en por qué duran -algunas- tanto tiempo, más tiempo que los compromisos pasionales de los que a veces se considera (erróneamente) que son tibias imitaciones. Estaba a punto de escribirte una carta sobre todo esto, empezando por la observación de que, teniendo en cuenta lo importantes que son las amistades en la vida social, y lo mucho que significan para nosotros, particularmente durante la infancia, resulta sorprendente lo poco que se ha escrito sobre el tema.
Pero luego me he preguntado a mí mismo si esto es realmente cierto. De manera que antes de sentarme a escribir he ido a la biblioteca a hacer una comprobación rápida. Y, oh maravilla, no me podría haber equivocado más. En el catálogo de la biblioteca había montones de libros sobre el tema, veintenas, muchos de ellos bastante recientes. Cuando fui un poco más allá y les eché un vistazo a aquellos libros, sin embargo, recuperé algo de autoestima. A fin de cuentas yo había tenido razón, o por lo menos la había tenido a medias: la mayor parte de lo que aquellos libros decían de la amistad no tenía demasiado interés. Parece ser que la amistad sigue siendo en cierto modo un enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro por qué la gente traba amistad y la conserva.
(¿Qué quiero decir cuando digo que lo escrito presenta poco interés? Compara la amistad con el amor. Sobre el amor se pueden decir cientos de cosas interesantes. Por ejemplo: los hombres se enamoran de mujeres que les recuerdan a su madre, o mejor dicho, que al mismo tiempo les recuerdan y no les recuerdan a su madre, que al mismo tiempo son y no son su madre. ¿Es cierto? Puede que sí y puede que no. ¿Interesante? Ciertamente. Ahora miremos la amistad. ¿A quiénes eligen los hombres como amigos? A otros hombres más o menos de la misma edad, con intereses parecidos, por ejemplo los libros. ¿Es cierto? Tal vez. ¿Interesante? Para nada.)
Déjame que te haga una lista de las pocas observaciones sobre la amistad que recogí durante mis visitas a la biblioteca y que me parecieron realmente interesantes.
Una. Dice Aristóteles que no se puede ser amigo de un objeto inanimado (Ética , capítulo 8 ). ¡Pues claro que no! ¿Quién ha dicho alguna vez que sí? Pese a todo, es interesante: de repente uno ve de dónde sacó su inspiración la filosofía lingüística moderna. Hace dos mil cuatrocientos años Aristóteles ya estaba demostrando que algo que parecían postulados filosóficos no podían ser más que reglas de la gramática. En la frase ««Soy amigo de X»» nos dice, ««X tiene que ser el nombre de algo animado»».
Dos. Se puede tener amigos y no querer verlos, dice Charles Lamb. Cierto, y también interesante: es otro sentido en el que los sentimientos de amistad se distinguen de los apegos eróticos.
Tres. Los amigos, o por lo menos las amistades masculinas en Occidente, no hablan de lo que sienten entre ellos. Compárese este fenómeno con la verborrea de los amantes. De momento, no muy interesante. Pero cuando el amigo se muere, sale la pena a raudales: ««¡Ay, demasiado tarde!»» (dice Montaigne de La Boétie, dice Milton de Edward King). (Pregunta: ¿acaso el amor es locuaz porque el deseo es por naturaleza ambivalente -Shakespeare, Sonetos -, mientras que la amistad es taciturna porque es algo sencillo y sin ambivalencias?)
Por fin, un comentario que hace Christopher Tietjens en El final del desfile de Ford Madox Ford: uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella. En otras palabras, hacer de una mujer tu amante no es más que un primer paso; el segundo, hacer de ella tu amiga, es el que importa; sin embargo, en la práctica hacerse amigo de una mujer con la que no te has acostado es imposible porque quedan en el aire demasiadas cosas sin decir.
Si realmente cuesta tanto decir algo interesante sobre la amistad, entonces se materializa otra idea: que a diferencia del amor o de la política, que no son nunca lo que parecen, la amistad sí es lo que parece. La amistad es transparente.
Las reflexiones más interesantes sobre la amistad vienen del mundo antiguo. ¿Y por qué? Pues porque en la Antigüedad la gente no consideraba la actitud filosófica como una actitud inherentemente escéptica, y por consiguiente no daban por sentado que la amistad tenía que ser algo distinto a lo que parecía ser; o bien, al revés, llegaron a la conclusión de que si la amistad era lo que parecía y nada más, entonces no podía ser tema para la filosofía.
Cordialmente,
John
Brooklyn, 29 de julio de 2008
(Paul Auster y J.M Coetzee: Aquí y ahora: cartas 2008- 2011)
Unos van por un sendero recto, Otros caminan en círculo, Afloran el regreso a la casa paterna Y esperan a la amiga de otros tiempos. Mi camino, en cambio, no es ni recto, ni curvo, Llevo conmigo el infortunio, Voy hacia nunca, hacia ninguna parte, Como un tren sobre el abismo.
Calle del antiguo Berlín Oriental, en el barrio de Neukölln, donde pueden verse restos del Muro.Rolf Schulten (ullstein bild / Getty Images)
El octogenario pintor Rüdiger Keller regresa al piso familiar y, entre los recuerdos y los lienzos, descubre una historia ocultada de la Segunda Guerra Mundial
¿Acaso no es locura creer que podemos conocer la realidad y relacionarnos con los demás sólo a través de la razón? ¿No es esta en gran medida la enfermedad de la modernidad tecnológica? El hombre loco no es el hombre que ha perdido la razón, es el hombre que ha perdido todo excepto su razón.
Como ves, estoy completamente dividido, indeciso y confuso. Mi profesión me ha convertido en mercader de ficciones. A juzgar por lo que escribo te debe de resultar evidente que la realidad no merece mucho respeto. Me considero un escritor que más que reflejar la realidad en su ficción se limita a usarla. Si el mundo de mis ficciones resulta reconocible, es porque (me digo a mí mismo) me resulta más fácil usar el mundo que tengo a mano que inventarme uno nuevo. Gustave Flaubert escribió una vez (en carta a Louise Colet) que aspiraba a escribir un libro acerca de nada, un libro que estuviera cohesionado simplemente por las tensiones mutuas entre sus componentes y no por la correspondencia con ningún mundo real. Jamás llegó a escribir aquel libro: era demasiado difícil, y además no lo habría leído nadie. Pero resulta significativo que un escritor al que se considera un archirrealista tuviera una opinión tan baja de la realidad.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)