Lobo Antunes, el hombre que no se sienta en el hielo

António Lobo Antunes, escritor portugués, regresa con «Sobre los ríos que van», una novela que explora la pervivencia de la memoria y la cercanía de la muerte. El autor se muestra desnudo, sincero,…

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Lectura: «Los muebles del mundo», de Ricardo Menéndez Salmón

El escritor Ricardo Menéndez Salmón en una imagen de archivo.IVAN G.FERNANDEZ (Europa Press)

Cuentos y muebles de Ricardo Menéndez Salmón | Opinión | EL PAÍS

Debo de ser uno de los hombres más aburridos, más reacios a las odiseas, del planeta. Y, sin embargo, me lo paso en grande con un buen libro en las manos

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Textos

Todos mis relatos son narraciones ante la hoguera, tentativas de que el fuego no se consuma, de que la noche no sea completa, irredimible. Todos mis relatos arrancan de esa visión de alguien rodeado por la oscuridad, pero en posesión de un privilegio.

(…)

Como cualquier amante de los libros, ha sido platónico por vocación. Sartre reconoció en Las palabras que había tardado treinta años en desprenderse de ese idealismo nacido del apego a la escritura. Desde que fantaseé con un reino inmaterial en el que la idea hecha verbo era infinitamente niño más bella que los objetos que nombraba. Por ello, cuando con la edad comprendí que la palabra es un artificio, y que la supuesta función ontológica de todo lenguaje es fruto de una convención, algo en mí se resistió a asumir tal enseñanza. De la querencia por las palabras sobrevive todavía hoy la confianza, a lo peor absurda, en que contar una historia es un modo de salvar lo que encierra y de dignificar a quien escucha. Y aunque el mundo, día tras día, se obstina en desmentir mi creencia en el poder lenitivo del lenguaje, sigo considerando la literatura un lugar de celebración.


Baumann, huelga decirlo, era según Manuel un espíritu aventurero, uno de esos corazones en los que la paradoja encuentra su acomodo natural, capaz de embelesarse con un madrigal de Monteverdi y, horas más tarde, dispuesto a rebanarle las orejas a un pelotón de cadetes atrapados en el claro de un bosque. Por eso no resulta extraño que, al cabo de solo dos semanas al mando de la tropa, sus subordinados aparecen con varias carpetas repletas de partituras, cuatro relucientes atriles, dos violines, una viola y un chelo confiscados nadie sabe dónde, pero en cualquier caso imprescindibles para levantar ese teatro de ensueño y maravilla que ahora resucita, de labios de un anciano, entre el ajetreo dominical del Madrid de los Austrias.

(Eternidad)


Como si toda nuestra vida no fuera más que eso, una maquinita que gira y hace ruido, que se desplaza y hace ruido, que come, que caga, que ama, que teme y hace ruido. Un ruido que no oímos, pero que está ahí, como la propia vida, desgastándose, adelgazándose, hasta que nos damos cuenta de que al fin se ha consumido. Un ruido terrible que acaso Mendizábal oía y del cual pretendió evadirse mediante la música perpetua.

(Ruido de fondo)


Dentro, el hedor era intensísimo. Solo la oscuridad hacía tolerable la espera. La negra traía sollozos que eran como lluvia sucia. A su lado, sentía que David respiraba con dificultad, como si sufriera una pesadilla. Lo abrazó y derramó en su oído una canción de cuna. «Mientras un niño canta —se dijo a sí mismo—, la muerte no trabaja.» Intentaba medir el tiempo con los latidos de su corazón, pero a veces era incapaz de encontrar el pulso. Entonces, regresaba a la grieta.

(…)

Y cuando las puertas se abrieron con un rumor siniestro, como si se descorriera una estancia del infierno, todos se detuvieron admirados al ver con qué energía aquel pequeño, surgido de un rincón de las tinieblas, desnutrido, miserable, frágil pero a la vez animado por una fuerza insólita, saltaba, sí, saltaba con los brazos abiertos en cruz como una mariposa en su último y más elegante vuelo hacia el no menos admirado oficial que lo recibió con un disparo en la boca, mientras en vano trataba de sujetar la furia de su perro, los treinta o cuarenta kilos de sangre efervescente que, al tiempo que el niño se desplomaba sobre las vías con un ruido de trapo mojado, hundían sus fauces en el cuello desnudo.

(La grieta)


El grito, tan ancestral, nos inflama de vergüenza. Pocos actos como el grito nos permiten comprobar hasta qué punto hemos olvidado nuestra animalidad y nuestro pasado, los lugares de donde procedemos. Incluso quien sube al alto de una colina para gritar, aun sabiendo que está completamente solo, experimenta cierto sonrojo al emitir sus primeros gritos. Solo los niños, que tienen una experiencia de la libertad que los adultos hemos olvidado, y los agonizantes, a quienes ya no afecta la escuela de las buenas costumbres, gritan sin avergonzarse.

(Gritar)


La realidad no existe. Es una construcción de conciencia. Hay fragmentos de realidad que están pero no son. La realidad es un mal viaje, un ácido chungo. Yo soy la realidad, el dueño del tinglado, quien decide lo que es y no es real. Iris Roberta es real. En la cama y fuera de ella. Los dos policías que dicen que mate no son reales. Su sangre es un absurdo del sistema judicial, una trampa. Puede escribirlo ahí, por activa o por pasiva, en estilo libre indirecto. Palabra de El Solitario: la realidad es un lugar clandestino.

(Luxemburgo es un estado mental)


Vasili Pávlovich Aksentiev, conde de Abramavicius, había nacido en San Petersburgo en 1883. Heredero de una incalculable fortuna, célibe y sin hijos, la revolución del 17 le arrancó sus propiedades en Nizni Nóvgorod, con sus muchas deciatinas de bosques y campos cultivables, sus legiones de almas campesinas, sus reservas de cebada, grano y azúcar. Sin embargo, la colectivización de sus tierras y la conversión de su residencia veraniega en escuela pública para los desdentados hijos de los mujiks, no impidieron que huyeran a Francia llevando consigo una nada despreciable cantidad de oro, las joyas de su abuela Ekaterina Filipovna, amante del divino Pushkin, y un legado de iconos del período bizantino tardío sin rival en Occidente.

(El caso Abramacius)

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Rafael Chirbes, diez años después: la vigencia de una voz incómoda

CULTURA/// El novelista Rafael Chirbes, autor de En la orilla. Rafael Chirbes / FERNANDO BUSTAMANTE

El 15 de agosto de 2015 fallecía uno de los escritores más importantes de la literatura valenciana, y española, contemporánea. Su talento para contar las heridas de una sociedad desencantada mantienen viva su obra.

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Amelie Nothomb, sus inicios en la escritura

Nunca había escrito nada antes de los 17 años. A esa edad me inicié y lo hice directamente en forma de novela, no de diario o de poesía que es lo habitual en la adolescencia. En esa época yo acababa de instalarme en Bruselas (ciudad de la que procede mi familia materna y paterna) para estudiar en la universidad, pero no me sentía europea sino japonesa, ya que nací en Japón y allí pasé mis primeros años. Dado que hablaba fluidamente el japonés tenía como meta acabar los estudios para regresar a Tokio y trabajar como traductora-intérprete del francés y el inglés al japonés. Al cumplir los 21 años lo hice y mi experiencia fue desastrosa, lo cuento en Estupor y temblores, que escribí años más tarde. Entonces regresé a Bruselas, tenía 23 años y me sentía una fracasada. No sabía qué hacer con mi vida y decidí explorar la vía de la escritura, ya que tenía a mis espaldas diez novelas escritas, que nunca había publicado.

Amelie Nothomb

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Crítica del nuevo libro de María Negroni, «Colección permanente»

La escritora argentina María Negroni, autora de ‘Colección permanente’. / Jordi Otix

La autora argentina aúna poesía, novela y ensayo en esta obra en la que establece un diálogo absoluto entre la vida y la literatura

Origen: CRÍTICA DEL NUEVO LIBRO DE MARÍA NEGRONI ‘Colección permanente’ | El Periódico de España

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Historias de la literatura. Marcel Proust

Cuando Marcel Proust terminó de escribir «En busca del tiempo perdido» tuvo grandes dificultades para publicarlo.

André Gide, que trabajaba en La Nouvelle Revue Française, rechazó el manuscrito sin siquiera leerlo, por prejuicios acerca del autor. En su momento dijo: “Nuestra editorial publica obras serias. Está fuera de discusión que se edite algo como esto, mera literatura de un dandi mundano”.

Posteriormente, le escribió a Proust que había sido “uno de los errores más graves de la NRF y uno de los remordimientos más agudos de mi vida”.

Por su parte Humblot, director de la Editorial Ollendorff, rechazó el manuscrito tras leer el primer capítulo comentando: “No entiendo que un señor pueda llenar 30 páginas para describir cómo da vueltas y más vueltas en su cama antes de poder conciliar el sueño”.

Tampoco el poeta Jacques Madeleine quiso publicarlo en la editorial Fasquelle. “Terminadas las setecientas doce páginas de este manuscrito, uno no tiene idea de qué trata”, escribió en su dictamen.

La primera edición de «Por el camino de Swan» terminó siendo financiada por el mismo Proust, con el éxito por todos conocido.

Marcel Proust

(A través de Historias de la Literatura)

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Entrevista con Manuel Longares

Manuel Longares, durante la entrevista con ABC. (Ignacio Gil)

Manuel Longares: «Si no tienes amigos, ya puedes escribir el Quijote que no te lo publican»

El escritor, que presenta ‘Cortesanos’, una novela que recorre las monarquías de los Austrias y los Borbones por la orilla del Manzanares, repasa en esta entrevista una vida dedicada a la escritura, y a Madrid

Origen: Manuel Longares: «Si no tienes amigos, ya puedes escribir el Quijote que no te lo publican»

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El oficio de escritor. Philip Roth

Vivo solo, sin nadie de quien responsabilizarme ni con quien compartir el tiempo. Mi agenda es completamente mía. Escribo todo el día, y si quiero, vuelvo al estudio después de cenar. No tengo que sentarme a entretener a nadie. Si despierto a las dos de la mañana y una idea aparece, enciendo la luz y escribo. Estoy de guardia, como un médico en urgencias. Yo soy la emergencia.

Philip Roth

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Dame las exigencias del día, Kate Zambreno

Quiero escribir textos cada vez más pequeños y menores. He estado leyendo una biografía de Rilke y pienso en cómo veía el arte como algo sagrado, lo necesario que era rehuir las exigencias del día,…

Origen: Dame las exigencias del día, Kate Zambreno – Calle del Orco

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El Hombre Que Escribía Demasiado. Juan Forn

El Hombre Que Escribía Demasiado

En Borneo, cuando no está lloviendo, el sol te trepana la cabeza. El profesor John Wilson está dando clase al frente del aula cuando de repente se acuesta en el piso y decide no seguir. El profesor Wilson parece estar sufriendo un coma alcohólico, aunque conteste normalmente las preguntas que le hacen. En el hospital le preguntan si ha sufrido alucinaciones. El dice que, en los últimos días, cada vez que entra al baño de su casa, por la mañana, ve sentado en el inodoro a un hombre muy parecido a él, con una máquina de escribir sobre las rodillas, componiendo poemas. El Servicio Colonial lo fleta al Hospital de Enfermedades Tropicales de Londres, donde le diagnostican un tumor cerebral y le dan un año de vida. El profesor Wilson huye del hospital en camisón, pero el neurólogo que iba a trepanarle el cerebro era Roger Bannister, el primer hombre en correr la milla en menos de cuatro minutos: lo alcanzó enseguida, lo llevó de vuelta, le exigió que se portara como un hombre. El profesor Wilson se pasó la noche en vela y terminó interpretando así su sentencia de muerte: “No me pisaría un ómnibus, ni me acuchillarían en un callejón, ni me atragantaría con una espina de pescado, ni me desnucaría de un patinazo por la calle. Me quedaban 365 días por vivir: escribiendo a razón de mil palabras por día, en un año podía escribir Guerra y paz. O por lo menos un libro de mil páginas”.

Y eso fue lo que hizo: escribió las mil páginas (aunque no en un solo libro sino en cinco novelitas distintas, porque consideró que cinco libros le dejarían algo más de dinero a su viuda que uno solo) y cuando se cumplió el año le dijeron para su estupor que del tumor ni rastros, así que se puso a escribir otras mil páginas para no romper la cábala, y llegó vivo al final de ese año, por lo que conservó ese demencial ritmo de escritura durante los cuarenta años siguientes, y así fue cómo el profesor Wilson (en sus documentos John Anthony Wilson Burgess) se convirtió en el escritor Anthony Burgess. La leyenda fue fraguada por él mismo, en incontables entrevistas y charlas y en los dos tomazos de su autobiografía: era, había sido, y sería hasta el fin de sus días, El Hombre Que Escribía Demasiado (“¿No puede conseguirse un trabajo normal, como empleado de banco, por unos años al menos? –le decían en Inglaterra–. ¿No tiene autodisciplina para ser menos prolífico?”). Era El Venido De Ninguna Parte, léase Manchester, donde su padre tocaba el piano en cines en los tiempos de las películas mudas y el pequeño John aprendió a leer solo, de las placas de texto que aparecían en esas películas. El pequeño John se pasaba las tardes sentado en el cine porque un día, cuando era bebé, su padre volvió a casa y encontró a su mujer y a la hermana de John muertas por la gripe española.

Después se le murió el padre, cuando John tenía trece. Quedó a cargo de una madrastra que lo mandó pupilo en cuanto vio que el pequeño era capaz de conseguirse una educación a base de becas. Salió de Manchester convertido en maestro de escuela, hizo la guerra como maestro en Gibraltar, lo esperaba un puesto de maestro cuando volvió. Y era un maestro impecable, sólo que después bebía como un cosaco y leía como un animal lo que le cayera en las manos, y además padecía una esposa galesa, borracha y promiscua que, cuando él volvió de la guerra, le contó que una noche a la salida del pub había sido violada por dos soldados, que la dejaron no sólo estéril sino con hemorragias de por vida: todo lo que perdía de sangre diariamente necesitaba recuperarlo en gin. Los Wilson llegaron a Malasia, y después a Borneo, porque una noche de borrachera él escribió una carta pidiendo trabajo en el Servicio Colonial del Imperio: cuando lo citaron para darle el destino, tuvieron que mostrarle la carta porque él no se acordaba de nada. Al volver de Borneo, cuando ya era El Hombre Que Escribía Demasiado, arrastró a su esposa Lynne a Leningrado, porque necesitaba ver in situ ciertos detalles del idioma ruso para la jerga de Alex y sus drogos en La naranja mecánica. El plan era pagarse el viaje con unos vestidos de poliéster que consiguió a precio de saldo en Marks & Spencer y que se pasó los primeros cinco días del viaje vendiendo en los baños del hotel donde paraba, mientras Lynne bebía vodka en la habitación, hasta que tuvieron que hospitalizarla por coma alcohólico y los mandaron a los dos de vuelta a Inglaterra.

Mientras hacía estas cosas, escribía dos o tres novelas al año y manuales sobre el uso del inglés y ensayos que explicaban a Joyce y a Shakespeare, y comentaba libros (brillantemente y a velocidad pasmosa) para todos los suplementos culturales, y componía música (su verdadera vocación: no meras canciones sino sinfonías y óperas) sin el menor éxito. Y, cada vez que oía a Lynne golpear con su bastón el piso en la habitación de arriba, subía a llevarle su botella de gin. “Hasta que un día cesaron misericordiosamente los golpes sobre mi cabeza y pude escribir en paz, sólo que Lynne estaba muerta.” No se olvidó nunca de ella, tampoco tuvo paz. Se casó con otra sólo tres meses después. Era la exacta contracara de Lynne: se llamaba Liana, no era galesa sino italiana, no era rubia sino morocha, no era hija de proletarios sino de una condesa y un actor, y además traía a la rastra un hijo pequeño, que Burgess aceptó adoptar. Acto seguido abandonó Inglaterra rumbo al continente, en una absurda casa rodante (Liana al volante, él en el asiento de al lado, con la máquina de escribir sobre las rodillas, y el nene destrozando todo atrás), para no tener que pagar impuestos en ninguna parte.

Gracias a La naranja mecánica de Kubrick y al Jesús de Nazareth que escribió para Zefirelli se hizo famoso en Norteamérica y empezaron a estrenarle (en lugares como la Opera de Minnesota o el Paraninfo de Wichita) sus imposibles piezas musicales. Por suerte siguió escribiendo, tan inmoderadamente como siempre. Por esa época se le ocurrió una novela que iba a ser así: un tipo se levanta a la mañana, el día de su muerte, abre el diario y lee toda su vida en él, de la primera plana al crucigrama y los chistes. No la escribió nunca, pero su autobiografía es un poco así, aunque la verdadera vida que vivió en su cabeza hasta sus últimas consecuencias está en Poderes terrenales, la novela de mil páginas que escribió cuando ya no necesitaba más dinero, que es todos sus libros en uno y un crucero al corazón de las tinieblas del siglo XX. “En mi triste oficio, mentimos para ganarnos la vida.

No sé quién lee novelas para que le cuenten la verdad, pero ¿cuál es el sentido de leer novelas si no nos las creemos?”, escribió en ese libro. Y también este párrafo imbatible, que cualquiera que lo haya leído conservará en la memoria el resto de su vida: “¿Quién no ha sido defraudado? No pensemos sin embargo que el culpable es un sistema, o la sociedad, o el Estado, o una persona determinada. Son nuestras ilusiones las que nos van defraudando. Todo comienza en el vientre materno y el descubrimiento de que hace frío allá afuera. ¿Y acaso es culpa del frío que haga frío?”

Juan Forn

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