Blanca Lacasa, escritora: “Pretty Woman’ me parece una película de terror”
La periodista Blanca Lacasa se adentra en la ficción con ‘El accidente’, un relato “chica conoce a chico” que retrata la lógica arrebatada del enamoramiento

Textos
Es viernes. Un viernes de un mes que ella ya no recuerda. Un viernes normal. Normal si no fuera por todo lo que pasó después. Ella sale de la Filmoteca. Ni siquiera recuerda lo que ha ido a ver. Pero ella sale del cine. Eso es seguro. Y se va a un bar cerca. Allí están ellos. Sus amigos. Los que en ese momento y también muchos años antes eran sus amigos. Ella recordará ese día por su peinado. Es algo que suele sucederle. Acordarse de situaciones importantes por su pelo o por cómo va vestida. No sabe por qué, pero le pasa. Ese día ella recuerda que lleva el pelo hacia atrás. Y es raro. No suele. Ella ya está en el bar. Y pide una cerveza. Hay bastante gente. Muchísima, de hecho. Pero ella acaba hablando con una de esas amigas suyas y con otros dos.
Ahora es jueves. Un jueves en el que ella ha empezado a hacer un puzle. Ella no hace puzles. Pero ella, de pronto, un jueves, en casa de su madre, ha despejado una mesa entera para hacer un puzle de mil piezas. Mientras separa las piezas —por un lado las de bordes lisos que conformarán el exterior; por el otro, las de entrantes y salientes que con suerte compondrán el resto—, ella se fuerza en no pensar. Cuando ya tiene casi todo el borde hecho, ella recibe un mensaje. Él le manda un mensaje. Le dice que una de las canciones que puso aquella noche en su casa se ha convertido en la canción de la semana. Ella se sienta. Mira el puzle. Él ha estado escuchando las canciones que ella puso. Entonces ella olvida todas sus reservas del lunes. Que hizo el ridículo, que no debió, que quizás no fuera buena idea.
Ese viernes ella hace cosas que hacía mucho que no hacía. Ella se va a un centro comercial a ver un partido de baloncesto. No porque no pueda verlo en casa. No porque no tenga televisor. Solo que las circunstancias se dan así. Y, por primera vez en mucho tiempo, no le importa estar sola en una gran superficie, de pie, más de dos horas, haciendo lo contrario de lo que se hace en ese tipo de sitios. Gritando. Sola. No le molesta que la miren, que la tomen por loca, que la espíen. Le da lo mismo. Tiene muchísimo sueño, pero podría irse corriendo hasta su casa.
Él le dirá a ella lo bien que huele, lo suave que es su piel y lo mucho que le gusta su voz. Esto último es algo que a ella le sorprenderá por poco escuchado. Él morderá los pies de ella a pesar de los calcetines. Y levantará prudentemente la camiseta de ella para colocar sus manos sobre las costillas de ella. «Me flipan tus costillas.» A él le gustan las costillas de ella. Mucho. Y también cuando ella esté sentada frente a él, él la agarrará de la cintura, la levantará y la colocará sobre él en un gesto impecable y se besarán otra vez. Juntarán sus frentes y bufarán. Y todo será terriblemente sexual. Atrozmente apasionado. Ella recordará toda esa parafernalia con la mezquindad de un contable.







