Álbum de Bibliotecas en construcción. CCVII

Biblioteca de la Universidad Seikei, en Japón

Biblioteca de la Universidad Tama Art en Tokio, Tokio, Japón
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‘Sagitario’, de Natalia Ginzburg: la vida a golpes de decepciones

Natalia Ginzburg. / GIOVANNI GIOVANNETTI/EFFIGIE

Natalia Ginzburg no es solo la autora de una obra maestra literaria como Léxico familiar u otras no menos magistrales como Las palabras de la noche. Dejó también buena muestra de su genialidad en relatos […]

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«Hijo mío, yo nunca te he pedido nada». Gabriel García Márquez

–Entonces su madre se metía mucho en sus escrituras.


–Te cuento el caso concreto de la Crónica de una muerte anunciada, que es un episodio de la vida real. ¡Hasta tengo demanda por daños y perjuicios! El problema de ese libro, para mi madre, es que a la madre de Santiago Nasar, cuando en la realidad vio que lo venían persiguiendo, nunca se le ocurrió que lo iban a matar a él sino que le iban a hacer un escándalo adentro de la casa. Por eso ella cerró la puerta, para que el escándalo sucediera afuera. Y lo mataron a su hijo contra la puerta. Cuando eso pasó, en 1950, yo era periodista en El Heraldo. Mi madre vivía en la casa de al lado. Cuando supo que yo estaba escribiendo sobre eso, me rogó que no siguiera mientras la madre de Nasar estuviera viva.


–Y el escritor, ¿le hizo caso a su madre?


–Yo le hice caso… Esta señora vivió muchos años; cuando murió, yo estaba en Barcelona, le hablé por teléfono a mi madre y le dije: “Voy a escribir el libro”. Mi madre me dijo: “Bueno, pero con mucho cuidado”. Lo escribí, lo publiqué y enseguida los periodistas agarraron el hilo, se fueron al pueblo y destaparon los nombres reales. Mi mamá me llamó por teléfono y me dijo: “Hijo mío, yo nunca te he pedido nada –cosa que me decía todos los domingos cuando nos hablábamos–, yo nunca te he pedido nada pero te voy a rogar que hagas recoger ese libro que está haciendo mucho daño a una familia que queremos mucho”. Y yo le dije: “Madre, hay un millón de ejemplares en la calle”. “Hijo, yo sé que cuando quieres, lo logras todo.” Un carácter fuerte el de mi madre. Y siempre comentándome al leer mis libros: “Esto no fue así, esto fue de otra manera”.


–En el fondo, su madre era periodista.


–Ella siempre luchaba a favor de la realidad.


(Entrevista a Gabriel García Márquez realizada por Rodolfo Braceli en 1996 para la revista Gente).

Gabriel García Márquez
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Entrevista con José Ángel González Sainz

Jose Angel González Sainz, fotografiado junto al canal de de un antiguo lavadero de lanas en el Duero, en Soria.JUAN MILLÁS

José Ángel González Sainz: “En España no estamos creando ciudadanos, estamos creando antagonistas”

El escritor José Ángel González Sainz ha provocado, con su libro ‘La vida pequeña. El arte de la fuga’, un pequeño fenómeno editorial. Es la primera parte de una trilogía filosófico-literaria plagada de ternura, humor, indignación y resignación: un antídoto contra la prisa sin causa, el vacío, la intolerancia y el narcisismo.

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«Historia del zapatero que huyó de los acreedores». Eduardo Galeano

-Nombre y apellido?
No hubo respuesta.
El jefe de policía le dio tres golpecitos en el pecho:
-¿Estás muerto?
Cándido yacía en silencio. La autoridad lo declaró cadáver.
Con los ojos en blanco, mirándose las cejas, Cándido pensaba. Un único pensamiento o nubecita le flotaba sobre su cabeza: ¿y si entierran el cajón conmigo adentro?
Un poeta de por ahí, inclinado a la denuncia social, inmortalizó de inmediato al infeliz zapatero en un acróstico de siete versos. Cantó el poeta las desventuras del finado, que se deslomaba día y noche martillando cueros para dar de comer a su ingrata familia, y cuanto más trabajaba menos ganaba y más debía.
Los vecinos y los parientes, en cambio, evocaron su alergia al sudor de la frente, que le provocaba náuseas y erupciones en la piel. Según ellos, el remendón nunca había puesto ni una media suela, y prefería ganarse la vida vendiendo de vez en cuando algún frasco lleno de aire de París, alguna botella de tierra brasileña besada por el Papa o cucharas de madera útiles para robar comida a los ciegos.
Eso dijeron: yo no sé. Lo cierto es que Cándido estaba debiendo a cada santo una vela cuando tomó aquella trágica determinación. Con sus propias manos clavó un ataúd de pino, lo lustró, le puso la chapita con su nombre y se dio por muerto de muerte morida.
Lo velaron en la iglesia. Mucha deuda, ningún deudo: Cándido fue llorado por sus numerosos acreedores, y por nadie más. Tieso en el cajón, con las manos cruzadas en el pecho, escuchó los gemidos de sus víctimas, hasta que toda esa gente que él había ensartado se marchó del templo. Entonces no escuchó más que el murmullo de alguna beata, que rezaba pidiendo perdón por los pecados que no había cometido; y cuando cayó la noche, el difunto quedó solo.
Esperó, y por fin se decidió. Se restregó los ojos doloridos y muy lentamente sacó un pie del cajón. Luego, sacó el otro. Al alzarse, hizo un leve crujido. Con el dedo índice sobre los labios se dijo:

Shh
Y se echó a caminar, pasito a paso. Descalzo, recorrió la iglesia en sombras. Bajo la cruz, bajo Jesús, entre la Magdalena y la Virgen María, encontró un buen lugar donde sentarse. Buscó un cigarrito en el bolsillo de la mortaja y lo encendió con un cirio. Y en eso estaba, fumando, celebrando, cuando escuchó ruidos y se metió en el cajón de un salto.
Mientras los ladrones vaciaban el altar, pelaban las paredes y desvestían los santos, el zapatero tartamudeaba mudos padrenuestros y avemarías y conjuros de macumba. Pero el jefe de los bandidos fue picado por la curiosidad:
-¿No tendrá algún diente de oro este difunto?
Cuando Cándido sintió aquella garra palpándole la mandíbula, pegó un mordiscón con alma y vida y se alzó en el ataúd.
El ladrón, bizco, cayó desparramado al piso, y toda la banda se echó a volar dando alaridos y dejando un reguero de alas de ángeles y sedas y platerías.
El pueblo entero acudió a venerar al nuevo Lázaro. Todos le hacían ofrendas. Llegaba la gente con gallinas bajo el brazo y bolsas de frijoles y adornitos de mucho relumbre. Hasta los acreedores le besaban los pies.
Desde su trono en el paraíso, el Padre Divino se había dignado posar su mirada sobre este caserío perdido en las soledades de Alagoas, y había elegido al mas humilde de sus hijos para salvar al templo, su casa, su cuerpo, profanado por los hijos de Satán.
El resucitado se hizo santo milagrero.
Cándido cobraba los milagros por adelantado. El no era santo barato:
-¿Qué pretenden? – rezongaba- ¿El favor de Dios a precio de banana?
Según los testigos sobrevivientes, todo iba a parar a los puteros y los garitos de la lejana ciudad de Maceió. Contemplando el óbolo en la palma de su mano, Cándido sentenciaba:
-¿Para qué son redondas las monedas? Para que corran.
Y así pasaron los años.
Los muertos de hambre no recibieron ninguna herencia, los paralíticos no caminaron, no brotó la melena en el cráneo de los calvos, las solteronas no se casaron, no llovió en el desierto, no crecieron los enanos.
Y un día Cándido se murió. Y no resucitó.

Eduardo Galeano.


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Monterroso: Sabiduría del automenoscabo

Monterroso supo reírse como nadie de sí mismo y de su oficio, para mostrarnos, con humildad y maestría, la miseria de la condición humana.

Origen: Sabiduría del automenoscabo | Letras Libres

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La sociedad como una red de narraciones. Ricardo Piglia

Yo veo la sociedad como una red de narraciones; no sólo es una red de intercambios económicos o sentimentales, sino también una trama de relatos.

Ricardo Piglia

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Doloroso Martin Amis: y el ‘enfant terrible’ se convirtió en un lúcido anciano

Martin Amis, en 2015. (EFE/Alejandro García)

El polémico escritor británico recurre a la autoficción para escribir sobre el dolor y sobre el placer en un memorial extraordinario cuyo título lo cuenta todo: ‘Desde dentro’

Origen: Doloroso Martin Amis: y el ‘enfant terrible’ se convirtió en un lúcido anciano

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Lectura: ‘La vida pequeña’. José Ángel González Sainz

El escritor soriano José Ángel González Sainz.MARTA PÉREZ (EFE)

‘La vida pequeña’: Buscando níscalos. Antonio Muñoz Molina

José Ángel González Sainz ha escrito en ‘La vida pequeña’ un breviario laico, una defensa de un edén modesto

Origen: ‘La vida pequeña’: Buscando níscalos | Babelia | EL PAÍS


Textos

[…] es a lo que aspiran y en lo que confían estas páginas que tratan de responder a la pregunta elemental de dónde me pilló la pandemia y sobre todo cómo me pilló, en qué guerra interior, con qué cavilaciones, con qué atenciones y aprecios y con qué desprecios, dando qué pasos o qué vueltas a qué cosas y trenzando qué mimbres, deteniéndome en qué o fijándome en dónde para intentar dar a las cosas el valor y la importancia debida y, por consiguiente, tomarme la vida mejor al dirimir lo que en el fondo de verdad cuenta, lo que vale, lo que repara o aprovecha y llena o alegra más o mejor la vida.


Qué no daríamos de verdad por levantarnos una mañana y, al abrir como siempre la persiana, sentir de pronto en las venas que ya hemos hecho por fin el acopio de coraje y alegría necesario para mandarlo todo definitivamente a hacer puñetas y poder al fin decir adiós, bye bye, de aquí no pasa y ahí os quedáis porque me voy, me abro y me largo, me las piro, ahueco el ala. Me voy a no sé dónde, pero sí de dónde y de qué, de qué sitios, de qué sombría desazón ante la vida y de qué disgusto conmigo mismo, de qué ruidosas tristezas y ruidosos aspavientos y ruindades y rutinas; me voy en principio a irme, a escabullirme, a irme con la música a otra parte y luego ya veremos, pues lo que importa en principio es apartarse, poner tierra por medio, tiempo por medio, silencio, gratitud y silencio por medio y una antigua alegría para estar con lo que está y poder así quizá empezar de nuevo en otro sitio a relacionarme de otro modo con las cosas como en las épocas de los inicios pero con un temple y una predisposición de entereza también en principio distintos.


Un mundo se nos ha venido abajo; ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia, pero ahora nos ha pillado quizá más en Babia. Desprevenidos y atolondrados, creíamos –creer, siempre creer– que hay cosas que ya pertenecían solo al pasado y que lo pasado, pasado estaba. Nuestro tren iba a mucha velocidad, a mucha más de la que hubiésemos podido imaginar hace nada, y llegaba a todas partes prometiéndonoslas muy felices; teníamos nuestras rutinas, que nos parecían sólidas, y no pensábamos en ellas como tampoco pensábamos mucho en aquello que las sostenía, y hasta la rutina de nuestras quejas nos parecía sólida. Qué ingenuos, qué creídos; hoy miramos, nos miramos aun con nuestros ojos de ver poco, con nuestros ojos de sal, y malo será si, visto lo visto, aunque sea poco, no barruntamos por lo menos que no sabíamos muy bien lo que es bueno, o bien que, si lo creíamos o creemos saber, en realidad era solo más bien que creíamos, que creemos, y no que sabemos o valemos saber. Más nos valdría si nos diera por pensar que no estaría mal darles algunas vueltas más a ciertas cosas que dábamos por sentadas, a ciertas opciones de base, de fondo y a la vez cotidianas, volver a valorar muchas directrices o hábitos de nuevo, de otros modos, a otras luces, con otras perspectivas y consideraciones, con más y mejores datos, con otro temple; si presintiéramos que podríamos también recordar mejor lo que otrora era bueno y asimismo imaginarlo mejor, «rescatarlo de entre la sombras» y, de ser posible, compenetrarnos con ello y, realizándolo, preservarlo.


Un amigo común me contó que, en su última visita a Peter Handke, lo pilló justo cuando salía de casa a dar su paseo habitual por el campo. Hola, Peter, le dijo, y siguió a su lado en silencio camino adelante. Hacía bastante que no se veían y, como en otras ocasiones, había recorrido adrede muchos kilómetros para pasar un rato en su compañía. A veces el sendero se estrechaba y no daba para andar uno al lado del otro y entonces uno, no siempre Handke, caminaba delante y el otro a la zaga. Transcurridos así, en escrupuloso silencio, unos diez minutos de camino –cuando lo cuento oralmente suelo decir que veinte o incluso media hora; no hay como exagerar–, el recién llegado hizo acopio de valor y se volvió de repente hacia el escritor: –Bueno, Peter, ¿qué tal?, ¿cómo va? –Hablas demasiado –le respondió Handke, y siguieron en silencio entre los árboles. En uno de sus libros, Handke cuenta que solía salir al campo antes de sentarse a trabajar para «buscar el silencio que su cabeza necesitaba», y así ya luego, «afinado por ese silencio», más necesario cuanto más se avanza en edad, ponerse ya manos a la obra con mayores garantías de fecundidad.

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Gotas de silencio a través del silencio. Samuel Beckett

Hace unos años, habiéndonos encontrado por casualidad en la calle, me preguntó si trabajaba, y le respondí que había perdido el gusto por el trabajo, que no sentía la necesidad de manifestarme, de «producir», que escribir era para mí un suplicio…

Origen: Gotas de silencio a través del silencio, Samuel Beckett – Calle del Orco

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