El don de los dioses, Sylvia Plath

El cielo encapotado, un día lluvioso. El trino soñoliento de los pájaros. Me abruma la solidez de la prosa de los narradores profesionales, algo a lo que yo ni siquiera me he acercado. Un largo des…

Origen: El don de los dioses, Sylvia Plath – Calle del Orco

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Stefan Zweig hablando de James Joyce

De entre todas aquellas personas, las más dignas de lástima para mí (como si ya me hubiera asaltado un presentimiento de mi futuro destino) eran las que no tenían patria o, peor aún, las que, en lugar de una patria, tenían dos o tres y no sabían a cuál pertenecían. Por ejemplo, en un rincón del café Odeon se sentaba, a menudo solo, un joven que llevaba una barbita de color castaño y unas gafas ostentosamente gruesas ante unos penetrantes ojos oscuros; me dijeron que era un escritor inglés de gran talento. Cuando, al cabo de unos días, trabé conocimiento con James Joyce, rechazó rotundamente cualquier relación con Inglaterra. Era irlandés. Cierto que escribía en inglés, pero no pensaba ni quería pensar en inglés. Me dijo:

– Quisiera una lengua que estuviera por encima de las lenguas, una lengua a la que sirvieran todas las demás. No puedo expresarme del todo en inglés sin incluirme en una tradición.

No lo comprendí muy bien, porque no sabía que entonces ya estaba escribiendo su Ulises ; sólo me había prestado su libro Retrato de un artista adolescente , el único ejemplar que tenía, y su pequeño drama, Exiles, que yo precisamente quería traducir para ayudarlo.

Cuanto más lo conocía, más admiraba su fantástico conocimiento de lenguas; tras aquella frente redondeada, moldeada a martillazos y que brillaba como porcelana bajo la luz eléctrica, estaban estampados todos los vocablos de todos los idiomas y él jugaba con ellos y los mezclaba de una manera brillantísima. En cierta ocasión me preguntó cómo traduciría al alemán una frase difícil de Retrato del artista y juntos probamos la solución en italiano y en francés; él tenía preparadas para cada palabra cuatro o cinco traducciones en cada lengua, incluso dialectales, y sabía su valor y peso hasta el último matiz. Pocas veces lo abandonaba una cierta amargura, pero creo que en el fondo era esa irritación la fuerza interior que lo volvía vehemente y creativo.

El resentimiento contra Dublín, contra Inglaterra y contra ciertas personas había adoptado en él la forma de una energía dinámica que sólo se liberaba en la obra literaria. Pero él parecía amar esa dureza suya; nunca lo vi reír ni de buen humor. Daba siempre la impresión de una fuerza oscura concentrada en ella misma y, cuando lo veía por la calle, con los delgados labios estrechamente apretados y caminando siempre con pasos apresurados, como si se dirigiera a algún lugar determinado, me daba cuenta de la actitud defensiva y del aislamiento interior de su carácter mucho más que en nuestras conversaciones. Por eso después no me sorprendió en absoluto que fuera precisamente él quien escribiese la obra más solitaria, la menos ligada a todo y que se abatió sobre nuestra época como un meteoro. 

El mundo de ayer, (fragmento).

Stefan Zweig

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Cuaderno de poemas. «Amor más poderoso que la vida». Jaime Gil de Biedma

Amor más poderoso que la vida

La misma calidad que el sol de tu país,
saliendo entre las nubes:
alegre y delicado matiz en unas hojas,
fulgor de un cristal, modulación
del apagado brillo de la lluvia.

La misma calidad que tu ciudad,
tu ciudad de cristal innumerable
idéntica y distinta, cambiada por el tiempo:
calles que desconozco y plaza antigua
de pájaros poblada,
la plaza en que una noche nos besamos.

La misma calidad que tu expresión,
al cabo de los años,
esta noche al mirarme:
la misma calidad que tu expresión
y la expresión herida de tus labio
s.

Amor que tiene calidad de vida,
amor sin exigencias de futuro,
presente del pasado,
amor más poderoso que la vida:
perdido y encontrado.
Encontrado, perdido…

Jaime Gil de Biedma

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Ventana a YouTube: Linda Perry. What’s Up

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Vídeo: El proceso creativo. Paul Auster

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCXCIII

Biblioteca pública del «Stamba Hotel», Tbilisi, Georgia.
Biblioteca. Holanda
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Tu turno, cariño. Enrique Vila-Matas

La artista visual francesa Sophie Calle posa en el museo de Orsay durante su exposición ‘Les Fantômes d’Orsay’ (Los fantasmas de Orsay) el 11 de marzo de 2022 en París.Thierry Chesnot (Getty Images)

La artista Sophie Calle reúne en un libro sus tentativas artísticas inacabadas, que crean una atmósfera general de incompletitud

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Lectura: «Ocupación», de Margaryta Yakovenko

Margaryta Yakovenko, escritora ucraniana: «Es importante ponerles cara a los muertos de las guerras»

La periodista y autora publica ‘Ocupación’, una crónica familiar tiznada de rabia y desconsuelo de la guerra que lleva cuatro años azotando Europa.Más información: Crítica de ‘Herscht 07769’: el nobel Krasznahorkai alerta del regreso de los lobos nazis en su nueva novela

Margaryta Yakovenko. Foto: Jacobo Medrano.

Origen: Margaryta Yakovenko, escritora ucraniana: «Es importante ponerles cara a los muertos de las guerras»


Textos

La última vez que hablé con mi abuelo me dijo: Nací en una guerra y moriré en una guerra. Murió al día siguiente, el 20 de abril de 2022, en la ciudad ucraniana de Tokmak. La ciudad había sido rodeada el 27 de febrero por las tropas rusas. El sitio duró ocho días hasta que la ciudad fue tomada por completo. Durante dos semanas no super nada de mi abuelo. Los proyectiles rusos habían destrozado los cables de teléfono y de internet, habían hecho cortar el agua, la calefacción y la luz. La ciudad en la que nací y en la que nació mi padre y en la que nació mi abuelo y en la que nació mi bisabuelo estaba sediente y a oscuras.


Cuando ella entró en la habitación, a él le rodaron las lágrimas por la cara, la única parte de su cuerpo que se veía entre todas las mantas que tenía encima. Estaba tumbado en su lado de la cama, el izquierdo. El lado derecho, en el que un año antes había muerto su mujer, mi abuela, permanecía intacto. No quería morir solo, le dijo. Ella contestó que nadie se iba a morir, pero no era más que una frase hecha. ¿Qué es esto que están haciendo?, preguntó él más con incredulidad que con interrogación, más al aire que esperando una respuesta. Ya nos han conquistado los rusos, contestó Liudmila.


Mi padre fue el centro de la vida de mis abuelos y todo lo que sé de la infancia de mi abuelo, su adolescencia y su juventud es una reconstrucción de los recuerdos de mi padre. A partir de su cincuenta y tres cumpleaños, Víctor se convierte en mi abuelo. Los restantes treinta años que viví son mis recuerdos.


Aun así, el día que cayó la Unión Soviética y la bandera roja fue descolgada del mástil de la fachada de la fábrica Kírov, él se acercó al obrero que la había bajado y le pidió que se la diera. Ese trapo rojo que ya no significaba nada y que hasta hacía solo unas horas era el símbolo de una nación, de una idea muy concreta de bienestar, al fin y al cabo, un icono de la victoria de todos los trabajadores sobre la burguesía primero y el nazismo después. Dobló la bandera cuidadosamente y se la guardó en el maletín que llevaba siempre al trabajo. Al llegar a casa sacó la tela y tal y como estaba, doblada, la guardó en el arcoón debajo del asiento del sofá, donde seguía aún en abril de 2022, la fecha en la que murió. ¿Por qué hizo eso si para él el Partido no era un fin sino solo un medio?


Es curioso lo que hace la muerte. Un día existe alguien que te llama Mi Orejita y al siguiente no vuelves a oír jamás esa expresión. Nadie vuelve a tirarte de las orejas mientras te persigue corriendo por la casa. Nadie sabe siquiera que esas orejas no son tuyas sino de tu abuelo. ¿Y qué ocurre con todos esos recuerdos? ¿Con todos esos actos que ya no vuelven a repetirse? ¿A dónde van? ¿De quién son ahora? ¿Qué somos nosotros sin ellos? ¿Soy la misma desde que sé que nadie más, jamás, nunca, en toda mi vida, me va a tirar de la oreja derecha pretendiendo comérsela? ¿La siguiente vez que alguien me diga que tengo unas orejas pequeñas y puntiagudas debería decirle que son las de mi abuelo?


No había calefacción y mi abuelo tuvo que morir en la cama, debajo de varias mantas pesadas. Llevaba sin poder moverse desde marzo, cuando sus piernas varicosas dejaron de responder y solo supieron ser un calvario. Cuando se quedó sin sus medicinas y no se pudo mover más. No había medicamentos. No había médicos. Mi abuelo murió no en el frente, no por un proyecto enemigo, no bajo un aguacero de metralla. Su muerte no fue heroica porque él no fue ningún mártir. Y a los que mueren en la cama nadie los condecora, nadie los suma a la cifra oficial de víctimas, nadie los recuerda.


No me gusta hablar de patrias. El mundo se ha llenado de patriotas profesionales que vocean consignas chovinistas y no me puedo colocar a su lado. A mí no me han robado una patria. Lo que a mi me han robado es la infancia, las tumbas de mis muertos, los muros entre los que están mis recuerdos, los objetos que fueron de ellos y que debían ser míos por el orden natural de las cosas, por el orden natural de la familia, la herencia y la evolución.

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Entrevista a Paul Theroux: «Ser extranjero es la condición de todos los escritores» | Letras Libres

El escritor y viajero, que publica este año un libro de viajes sobre Canadá, reflexiona sobre su juventud, sus influencias y la situación política en Estados Unidos.

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Un poema. Italo Calvino

Pienso: el paisaje me ha dictado el tema de una poesía; si supiera el japonés, me bastaría describir esta escena en tres versos de diecisiete sílabas en total, y hubiera hecho un haiku. Trato de comunicar la idea al joven poeta. No parece convencido. Señal de que los haiku se componen de otro modo. O que no tiene sentido esperar que un paisaje nos dicte poemas, porque un poema está hecho de ideas, de palabras, de sílabas, mientras que un paisaje está hecho de hojas, de colores, de luces.

Italo Calvino

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