Emilio Lledó: “La raíz del mal está en la ignorancia, el egoísmo, la codicia”

Por Emma Rodríguez © 2014 /  Tiene 86 años y una mirada teñida de azul que parece sobrevolar por encima de todo aquello en lo que se detiene. Si algo me emociona de Emilio Lledó es su capacidad par…

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Álbum de librerías incompleto. 102

Librería Cook & Books de Bélgica

 

Librería “Cook & Books” de Bélgica

 

librería Donosti, en San Sebastián, España.

 

Librería “Donosti”, en San Sebastián, España.

 

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20 cuentos de Julio Cortázar para leer en línea

Muchos de sus cuentos son autobiográficos y relatan hechos de su infancia, como Bestiario, Final del juego, Los venenos y La señorita Cora, entre otros. Recuerda que para acceder al cuento tienes que presionar sobre el título de cada uno.

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Adam Zagajewski, El sentido de amar al mundo

Existe un sentido habitualmente oculto aunque asible en los momentos de máxima concentración en los que la conciencia ama al mundo. Captar este difícil sentido equivale a vivir una felicidad muy peculiar, perderlo conduce a la melancolía.

Adam Zagajewski

Adam Zagajewski

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Entrevista. Antonio Muñoz Molina: “Nuestro legado será una montaña de basura”

El novelista recicla las voces de la ciudad moderna en  «Un andar solitario entre la gente» , su nuevo libro

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Lectura. “Chicas felizmente casadas”. Edna O’Brien

Baba y Kate son irlandesas, se conocen desde niñas, han compartido piso en Dublín, son amigas, viven en Londres; las afinidades entre las dos terminan allí, sin embargo. Baba es deslenguada y no suele pensarse mucho las cosas: se ha casado con un constructor adinerado y bastante idiota que le procura la vida holgada que siempre ha deseado; Kate, en cambio, está casada con el hombre del que se enamoró, tiene un niño al que ama, le gusta la poesía y, por consiguiente, las historias que terminan mal.

Edna O'Brien. Chicas felizmente casadas.jpg«Chicas felizmente casadas» (un título irónico, por supuesto) tiene como tema la imposibilidad del matrimonio para ofrecer una satisfacción duradera a dos mujeres distintas pero rabiosamente vivas; inevitablemente, la rigidez de las convenciones sociales y la dificultad para comunicar sus necesidades y anhelos a sus maridos llevan a ambas a la infidelidad, y es allí donde se pone de manifiesto la diferencia principal entre las dos amigas: Baba disfruta de sus escarceos amorosos (grotescamente fallidos) como una vacación necesaria de una rutina que no cuestiona; Kate, en cambio, busca en una aventura breve y más romántica que sexual el “amor” que su marido le niega. Aunque las aventuras de las dos mujeres tienen consecuencias graves, es Kate la que peor parada sale de ella, ya que lo pierde todo, incluyendo a sí misma.

Edna O’Brien nació en Tuamgraney (Irlanda) en 1932; ha escrito relatos, biografías y piezas teatrales, aunque es conocida principalmente por sus novelas. «Chicas felizmente casadas» continúa y pone fin a la historia de la amistad entre Kate y Baba iniciada en «Las chicas del campo» y continuada en «La chica de ojos verdes», aunque no es necesario haber leído las anteriores para disfrutar de «Chicas felizmente casadas»: su autora la escribió en 1964 (la reeditó con un epílogo en 1986) situándola en el Reino Unido de la década de 1950, pero, desafortunadamente, podría tener lugar en nuestros días, al menos en algunos países y en ciertas clases sociales, ya que uno de sus principales asuntos es la dificultad de las mujeres para aportar orden y sentido a sus vidas en una sociedad hostil que las prefiere “débiles, maleables, apocadas”. “¿Cómo sobrevivían todas aquellas mujeres?”, se pregunta la narradora en algún momento. “¡Aguante, ni más ni menos! Aquella podría ser una meta para ella, y tal vez el asma. Una enfermedad de la que podría hablar y usar como arma para la vida”. La historia no es nueva, pero O’Brien la cuenta con una enorme delicadeza, muy conmovedora, no exenta de sentido común: “Deberíamos ir armadas”, opina.

Patricio Pron. Babelia


 

Textos

Pero mi madre disfrutaba de lo lindo. «Tu Frank es un buen hombre», me espetaba desde el otro lado de la mesa de alguno de aquellos espeluznantes agujeros, y a continuación lo buscaba con la mirada, alzaba su copa y exclamaba: «¡A ver, Frank…!», y ambos brindaban por mí, el puñetero chivo expiatorio. Veinte años atrás, ella ni siquiera le habría permitido usar el retrete del jardín de nuestra casa. Pensaréis que guardo mucho resentimiento hacia mi madre, pero no es así. Murió poco después de aquello. Tuvo cáncer de estómago y sólo duró unos meses. Creo que en sus últimas veinticuatro horas de vida quiso luchar, a grito pelado; el día de su muerte la añoré más de lo que hubiese imaginado. En mi opinión, uno siempre cree que las vidas de los demás cambiarán a mejor, o que nuestra relación con ellos mejorará; pero en cuanto la gente muere, te das cuenta de que nada de eso será ya posible.

Así es ella, pues; mi falso corazoncito, tan especial y escogido entre tantos otros, en cuya mente enferma y hedionda —aunque también en otras zonas— vertí todos mis conocimientos sobre la vida, la humanidad y el amor. Esta noche he tenido el placer de verla con mis propios ojos en brazos del insulso zoquete que conocimos hace meses en la fiesta de D. Durante la cena me había mentido de manera flagrante acerca de una cita con Baba, y decidí acompañarla, al ver que sus excusas eran insostenibles. No podía llevarme a casa de su amiga por tratarse de un tema muy personal, así que se ha apeado del autobús, luego ha cogido otro, se ha ataviado con ridículos aderezos en un baño de señoras y se ha encontrado en una taberna con él. Podría haber entrado a partirle a ese imbécil los pocos dientes que le quedan, pero eso habría sido rebajarme demasiado. En lugar de eso, he entrado a otra taberna de la misma calle para tomar un whisky y después he vuelto a casa con tiempo de sobra para esperarla. Pero no me he enfrentado a ella. Ahora mismo no lo considero necesario. En cierto modo, es un alivio saber que todo ha terminado. De alguna manera, siempre he sabido que ella acabaría por destruir nuestra unión.

Aparecí radiante con mis tacones dorados y el vestido de Dior que me dejaba la espalda al descubierto. Resultó que ese día Frank había conocido a un actor —prácticamente lo había atropellado—, se pusieron a charlar y el actor le presentó a un poeta, éste a un percusionista y éste a un judío, y habían decidido irse de parranda. Los parroquianos de la taberna empezaron a darse codazos cuando me quité el abrigo. Por el escote de la espalda. —Os presento a mi mujer, ¡mi mujer! —no se cansaba de anunciar Frank. Había dos mujeres más en el grupo: una rubia con las raíces oscurecidas y una americana muy calladita. El actor acababa de regresar del trabajo, y Frank no paraba de hacerle la rosca invitándolo a brandys cuádruples. ¡Era el primer actor que conocía en su vida! —Es un actor excelente, sé amable con él, hazlo reír —me decía Frank una y otra vez. En mi experiencia, a un actor le da un síncope si otra persona le hace sombra en la tarea de divertir a la concurrencia. Yo no abrí la boca salvo para exclamar «¡chinchín!» en cada ronda. —Tengo que felicitarte por tu buen gusto —le dijo a Frank, para dar a entender que yo era un bombón. Me pareció un poco fresco, pero lo dejé correr porque estaba más pendiente de los hombres de verdad. El judío parecía bastante interesante, como si fuese víctima de un agravio, lo mismo que un chaval bajito y blancuzco —no se le podía calificar de hombre, pese a que ya había cumplido los veinticinco— con rasgos afeminados. Un defecto imperdonable en un varón, por supuesto, pero aun así… Tenía la piel azulada, como si hubiera pasado las noches de la infancia a la intemperie, y los labios incoloros, y las manos del tamaño de las de un niño. No conseguí arrimarme a él porque Frank insistía en que el actor estaba hambriento y había que alimentar a las Musas. Ya sabéis, el típico parloteo más falso que falso. Antes de que nos marcháramos, metió unos cuantos billetes de libra en un par de botes que había en el mostrador.

¿Que me relajase? No paraba de pensar en todo lo que tienen que aguantar las mujeres; y no me refiero solamente a lavar pañales o a que no les esté permitido ser juezas de un tribunal, sino a lo que yo estaba sufriendo en aquel momento: que te hurgasen, que te sondeasen, que te hiciesen daño. Y no sólo durante las visitas médicas; también en la noche de bodas, cuando la mujer se mete en la cama con el hombre al que ama. Ay, Dios (que no existes), tú odias a las mujeres, de lo contrario las habrías hecho distintas. Y tú que desairaste a tu madre, Jesús: tú las odias aún más. Siempre vagabundeando con una panda de tipos, pescando y dando sermones en el monte; para ti las mujeres como si no existieran. Pensé en todas las mujeres que se quedan preñadas sin tan siquiera saber lo que eso implica; en las que rezan y guardan el rosario en la mesilla de noche; en esas otras que gritan: «¡Para, para, cerdo asqueroso!»; en las que chillan con desesperación pidiendo que las horaden hasta las entrañas para que luego no valga de nada; y en esas que se levantan de la cama y se frotan contra un picaporte, besan el rostro de madera de la puerta y suplican con un lenguaje obsceno, y luego lloran, y limpian el picaporte, cosa que tampoco vale para nada.

«Mamaíta», me llamaba. La mamaíta de mi única hija, ilegítima; una chiquilla que ha demostrado tener voluntad e ideas propias desde que nació. Vomitaba la leche materna, me rechazó desde el primer día; prefería la leche de vaca, los sólidos, cualquier cosa. Se marchó de casa antes de cumplir los trece años, no podía soportarnos. Durack le caía mejor que yo, pero eso es porque lo tenía en la palma de la mano y siempre hizo con él lo que le dio la gana. Una mañana de Navidad permitió que la niña metiese en su cuarto el primer poni que le compró, y allí se quedó. Os podéis figurar las consecuencias, no es difícil imaginar las reacciones de un poni nervioso en un espacio cerrado, pero a Durack y a ella les encantaba, creían que era la reoca y le sacaban fotos con la Polaroid nueva que también le había regalado. El poni se llamaba Horacio. No soy una madre como Kate, a quien se le cae la baba y ofrece el famoso pecho metafórico como si fuese un bollo recién salido del horno o pan tostado. Tracy, mi niñita, me plantaba cara. Cuando tenía cinco años entró en mi cuarto y me dijo: «Más te vale quererme si no quieres que sea un desastre». Antes de cumplir los diez ya sabía conducir una moto, y supo embaucar a Durack para que contratase una señora póliza de seguro con la que poder independizarse. Es bastante guapa, salvo por la ropa que lleva, ya sean monos tres tallas más grandes de lo normal o pantalones cortos que no dejan nada a la imaginación. Tenía unas gafas con montura rosa que parecían piruletas. Cuando le conté que era ilegítima se limitó a mirarme y dijo: «Siempre lo he sabido». Carece de sentimientos. Tiene montones de amigos. Van todos en tropel a su apartamento y beben Southern Comfort, comen chocolatinas y hablan de sexo: de lo aburrido o lo divertido que es el sexo. Son cosmopolitas de narices.

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Edna O’Brien. Chicas felizmente casadas

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Un encuentro en Moulin d’Andé, Paul Auster

En la bibliografía de David Bellos, Georges Perec: A life in Words (un libro excelente por derecho propio), hay varios pasajes extensos que describen la vida de Perec en el Moulin d’Andé, un retiro…

Origen: Un encuentro en Moulin d’Andé, Paul Auster – Calle del Orco

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