El autor de ‘Los últimos días de Roger Federer’, un autodidacta, describe en ‘Tareas’ lo extraño que es, en sí mismo, el acto de recordar.Más información: Elvira Mínguez gana el Premio Primavera de Novela con ‘La educación del monstruo’
Y no sé cómo, obsesionado con todo aquello, se fue apoderando de mí el ansia del saber, y la angustia de la fugacidad del tiempo. Al atardecer, cada cual se vestía y arreglaba y uno a uno nos dispersábamos por la ciudad hasta el día siguiente. Un día más que se va, pensaba yo entonces, mientras se enfilaba hacia el metro y aprovechaba el trayecto, a casa, para hacer balance de lo que había aprendido en la jornada, y siempre me parecía muy poco. Una limosna apenas, para lo que yo quería y podía llegar a saber, y a ser, si me lo propusiera. Pero los años vuelan, me decía, y cuando quieres darte cuenta habrás dejado de ser joven y empezará a ser tarde para emprender cualquier tarea de mérito. Y qué va a ser entonces de todas esas buenas cualidades ocultas que hay en ti. Qué sabes tú de medicina, de leyes de política, de física, de arte o de filosofía. ¿Qué sabes tú de nada? Todo, todo en el mundo está por descubrir. Pero tu llegarás a viejo tan ignorante como en la niñez y en la negrura de tu ignorancia irá a confundirse con la definitiva de tu tumba. Y esa será la historia de tu vida. Pasó por el mundo sin abrir los ojos a la luz, deberías poner en tu epitafio.
La realidad está en la base de nuestros deseos, de nuestros pensamientos, de nuestros recuerdos, y los novelistas no somos sino comentaristas de la realidad. Decimos lo que en ella hay de maravilloso o de terrible o de misterioso. En ningún lugar me siento más cómodo que instalado en la realidad, cerca de la gente normal. Es de ellos acerca de quienes escribo, acerca de la clase media, ni los más ricos y privilegiados, ni los más pobres, sino el ciudadano medio, los hombres y mujeres que tratan de sobrevivir día a día en la lucha diaria que es la vida cotidiana.
Mi tesis sobre Joyce me enseñó muchas cosas, pero no sentí amor por Joyce. Es un grandísimo escritor. Es un hombre de un narcisismo absolutamente intolerable. Creo que todos los escritores son narc…
¿El sentido último de la escritura? Ésta nunca consistió en la inscripción de una obra personal, sujeta a la reinscripción de la originalidad, sino a “reactivar” una y otra vez la historia de la literatura, a repetir, con otras formas, lo ya escrito. Porque la historia de ésta puede verse como una obra colectiva y anónima de la que, al final, solo quedará lo que se ha escrito en la arena en el nombre de todos. Solo quedará –deberíamos saberlo– una sucesión de voces que se fueron expresando en sus respectivas épocas y que, conscientes o no, fueron obsesivamente repitiendo historias, como si creyeran en la inmortalidad cuando en realidad no hicieron más que ritualizar el destino ineludible del ser humano.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)