Traza usted una clara frontera entre la belleza y la fealdad, una frontera de lo más tópica: las mariposas y las golondrinas son bellas y las orugas y los murciélagos asquerosos. Los lectores con sensibilidad hacia la naturaleza estarán molestos y con motivo. Puede usted, faltaría más, loar el atractivo de una rosa, ¿pero por qué tiene que ser al mismo tiempo a costa de la ortiga, que está muy lejos de carecer de encanto? ¿Y los monos? Solo parecen feos comparados con aquellas personas que nos gustan. Porque en comparación con el resto de la gente, salen bien parados, ¿no? Para nosotros, por ejemplo, los ojos de una babuina encierran tanta belleza nostálgica como los ojos de Michèle Morgan. Quiere usted ser poeta, pero no se fija en las cosas.
Verso. La vaguedad de la idea, la intención, la plural y vivaz impulsión, al topar con las formas regulares, con las defensas inexpugnables de la prosodia tradicional, engendra novedades e imprevistas figuras. De este conflicto de la voluntad y del sentimiento con la insensibilidad de lo convencional se derivan efectos asombrosos.
Santos Domínguez Ramos En el año del centenario de John Berger (Londres, 1926-Antony, Francia, 2017), Alianza recupera en edición ilustrada en su colección de ensayo El sentido de la vista, una recopilación antológica de cuarenta y tres textos, (poemas, artículos y ensayos breves, de carácter autobiográfico o de crítica de arte) que, con traducción de Pilar Vázquez, resumen
Vivimos en una época donde hay más poetas por centímetro cuadrado que nunca, más revistas de poesía, más libros de poemas. competiciones poéticas, poetas de performance, poesía vaquera; y sin embargo, pese a toda esa actividad, poco se ha escrito de importancia. Ya nadie cree que la poesía (o el arte) sea capaz de cambiar el mundo. Nadie tiene que cumplir una misión sagrada. Ahora hay poetas por todas partes, pero solo hablan entre ellos.
Cuidado con el intelecto, porque sabe tanto que no sabe nada y te deja colgado cabeza abajo boqueando sabiduría mientras el corazón se te sale por la boca.
La escritora Cristina Araújo.Ivan Giménez (TUSQUETS)
‘Distancia de fuga’, de Cristina Araújo: las indecisiones del corazón | Babelia | EL PAÍS
La escritora se confirma como una narradora singularísima con su segunda novela, una historia de amor construida sobre el fondo de las ansiedades de la fama
Por si no fuera poco, Frances tenía que practicar muchas tardes lo que iba aprendiendo. Todos saltitos y bailecitos por el jardín, mientras Marion la miraba enfrente. Fumando despacio o pelándose una naranja en una sola hélice sobre el regazo. ¿Habría sido mucho pedir que Theo no perdiese la poca concentración que tenía? ¿Que amparado tras las gafas de sol, desde la piscina, no la envolviese con esa mirada febril ansiando absorber cada gramo de ella, succionarla, engullirla, anexarla, diluírsela dentro, desglosarla en sus compuestos primarios, metabolizarla, filtrarla, oxidarla, y al final derrotado, sudarla?
Devuelve la atención al libro de Anne Sexton que se ha comprado en la terminal. En la portada, la autora mira a la cámara con esa pose entre reflexiva y forzada que le recuerda también a algunos retratos de Sylvia Plath. Estas escritoras suicidas le encantan. Engullir las decepciones de otros.
Es ella quien dice: hola. Nunca la ha escuchado tan cerca. Su voz rotunda y ligeramente rasposa, como un lápiz HB de punta dura contra el papel. Theo responde al saludo. Aguarda con cara de póker.
No es cierto que Theo esté todo el rato pensando en Frances. Aunque es evidente el cambio que se ha efectuado en su estado de ánimo, y ni él mismo podría negar que una segunda identidad, otra versión de sí mismo más entusiasta, ha tomado el control y redimensionado el enfoque de sus horizontes. Esta nueva versión —que resulta ser de lo más intuitiva, eficiente y tenaz— detecta y registra todas las necesidades de Frances, tanto las reales como las potenciales, antes incluso que la propia afectada, de tal forma que, en cosa de un mes y pico —treinta y seis días para ser más exactos—, todas esas rutinas que él consideraba tan inamovibles se han revolucionado de cabo a rabo.
Y por eso va a suceder, dentro de nada, esta noche, que Theo va a regresar de una tutoría y Frances no va a levantarse. Pero calma, señores, está todo bajo control, y tan pronto como él empujó la puerta del dormitorio, ella asomará la cabeza desde el engrudo de sábanas y alegará: tengo fiebre. Aunque, claro, Theo no es tonto, Theo no es nuevo en esto, y preguntará: por qué lloras. Así que ni cena, ni cordero, ni nueces, ni brindis, ni abrazo, ni moverse al sofá a trompicones, ni respirar uno encima del otro, ni aliento a salmón, ni a vino tampoco, ni babearse, ni cada vez más deprisa, ni cada vez más desnudos, ni nada de lo que viene detrás. Y la casa tan muda, y Theo a su lado en la cama, que la abrazará por la espalda y ella llorará más aún. Dirá algo del tipo: si es que no sé qué me pasa. Y el drama sirvió. La angustia es un arte de película muda. Y se acabó la ficción.
La lectura es una acción íntima, autorreferencial y minuciosa. Uno entra y sale a solas. Fragmenta el texto en base a pulsiones privadas, nexos de lógica que derivan en un torbellino de sentimientos intransferibles y familiares. Y una vez extinguido el momento, hablar después sobre ello incorpora todas las aberraciones forzadas de un comentario de texto. O peor: de un conato de profundidad.
El centro engulle y regurgita clientes casi a diario. Desembarcan allí sus ojeras, sus dolencias somáticas, sus pomposos burnouts. Computan que dos semanas les bastan para recargarse las pilas, sometiéndose a terapias que les vuelvan más jóvenes, casi inmortales. Luego se marcharán orgullosos, reconfigurados, dispuestos a no ser las mismas personas, a no perder los estribos. La vida es muy corta, dirán, mientras sostienen un batido de algas y evangelizan a sus conocidos en el próximo brunch.
Theo quería la fama. Desde el primer cuento que escribió a los seis años y que trataba de un tren volador. Desde que en el colegio los profesores leían sus redacciones en alto y le usaban como ejemplo para la clase. Desde que, por fin, recién entrado en la pubertad, besó a una chica en un campamento y pensó: tengo que escribir sobre esto, pero luego no halló las palabras que condensasen ese fragancia visceral. Desde aquel concurso de literatura que vio anunciado en el metro y al que no se planteó presentarse por miedo a perder. Desde que convirtió su pasión en secreto, algo que solo contaba si podía pronosticar las reacciones. Desde que se adentró en los cursos del doctorado como en un nítido despertar y se dijo: este es mi sitio, pero luego entendió que era también el sitio de otros, y que esos otros manejaban recursos de los que él carecía.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)