Para escribir, hace falta un mínimo de severidad con uno mismo, de exigencia, de no mentirse. Hay que intentar no ser mentiroso para que la escritura pueda avanzar. Ahora bien, somos mentirosos: me…
Es que yo creo, como Chesterton, que uno debería agradecer todo. Chesterton dijo que el hecho, bueno, de estar sobre la Tierra, de estar de pie sobre la Tierra, de ver el cielo, bueno, de haber estado enamorado, son como dones que uno no puede cesar de agradecer. Y yo trato de sentir eso, y he tratado de sentir, por ejemplo, que mi ceguera no es sólo una desventura, aunque ciertamente lo es, sino que también me permite, bueno, me da más tiempo para la soledad, para el pensamiento, para la invención de fábulas, para la fabricación de poesías. Es decir, que todo eso es un bien, ¿no? Recuerdo aquello de aquel griego, Demócrito, que se arrancó los ojos en un jardín para que no le estorbara la contemplación del mundo externo. Bueno, en un poema yo dije: «El tiempo ha sido mi Demócrito». Es verdad, yo ahora estoy ciego, pero quizás el estar ciego no sea solamente una tristeza. Aunque me basta pensar en los libros, que están tan cerca y que están tan lejos de mí, para, bueno, para querer ver. Y hasta llego a pensar que si yo recobrara mi vista, yo no saldría de esta casa y me pondría a leer todos los libros que tengo aquí, y que apenas conozco, aunque los conozco por la memoria, que modifica las cosas.
Tuve el valor de mirar hacia atrás Los cadáveres de mis días Marcan mi camino y les voy llorando Unos se pudren en las iglesias italianas O en pequeños bosques de limoneros Que florecen y fructifican Al mismo tiempo y en todas las estaciones Otros días lloraron antes de morir en las tabernas Donde ardientes ramos rodaban Ante los ojos de una mulata que inventaba la poesía Y las rosas de la electricidad se abren aún En el jardín de mi memoria.
Retrato de Marta Jimenez Serrano, en Madrid, el 22 de diciembre de 2025.Santi Burgos
La escritora narra en la novela de no ficción ‘Oxígeno’ una intoxicación por monóxido de carbono en su domicilio y las consecuencias emocionales que la siguieron
Escribir páginas y páginas, llenarlas de piedras, de hierba, de bosque, de cielos, de movimientos de la gente en la calle, de voces, de casas, del pasado, del hoy, de cuadros, de estatuas, de ríos y de olas y de vasos y de tarros y de yeso blanco en mi taller y de nubes, niño acostado en la libertad…
El autor de ‘Los últimos días de Roger Federer’, un autodidacta, describe en ‘Tareas’ lo extraño que es, en sí mismo, el acto de recordar.Más información: Elvira Mínguez gana el Premio Primavera de Novela con ‘La educación del monstruo’
Y no sé cómo, obsesionado con todo aquello, se fue apoderando de mí el ansia del saber, y la angustia de la fugacidad del tiempo. Al atardecer, cada cual se vestía y arreglaba y uno a uno nos dispersábamos por la ciudad hasta el día siguiente. Un día más que se va, pensaba yo entonces, mientras se enfilaba hacia el metro y aprovechaba el trayecto, a casa, para hacer balance de lo que había aprendido en la jornada, y siempre me parecía muy poco. Una limosna apenas, para lo que yo quería y podía llegar a saber, y a ser, si me lo propusiera. Pero los años vuelan, me decía, y cuando quieres darte cuenta habrás dejado de ser joven y empezará a ser tarde para emprender cualquier tarea de mérito. Y qué va a ser entonces de todas esas buenas cualidades ocultas que hay en ti. Qué sabes tú de medicina, de leyes de política, de física, de arte o de filosofía. ¿Qué sabes tú de nada? Todo, todo en el mundo está por descubrir. Pero tu llegarás a viejo tan ignorante como en la niñez y en la negrura de tu ignorancia irá a confundirse con la definitiva de tu tumba. Y esa será la historia de tu vida. Pasó por el mundo sin abrir los ojos a la luz, deberías poner en tu epitafio.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)