¿Para qué sirve el espacio de la literatura sino como borrador para escribir sobre lo que nos exaspera? Sigo volviendo a aquel editor inglés que, cuando rechazó mi libro por correo electrónico, dijo que mi novela le resultaba exasperante, sobre todo las quejas de la narradora embarazada, aunque eso tal vez solo revelara sus prejuicios, me dijo, su aversión a los niños […].
Porque ¿qué pasaría?; ¿qué pasaría si yo estoy y estuve intentando ser exasperante? ¿Dónde está el papel en la literatura contemporánea para los exasperantes, los mezquinos, los cotillas, los resentidos? Porque en la vida real le di las gracias al editor por decirme lo que pensaba, consciente del poder que aún ejercía sobre mí, o del poder que por lo menos yo sentía que ejercía sobre mí, el prestigio que va unido a su nombre en oposición al mío, la posibilidad de que pudiera cambiar de opinión, de que algún día me publicara, o de que si yo actuaba de manera poco profesional yéndome de la lengua de alguna manera, eso pudiese tildarme de difícil en el mundo editorial, lo que me impediría intentar ganarme la vida concatenando trabajos y contratos de profesora adjunta, renovados cada año tras presentar mis súplicas, mientras que aquí, en el espacio de una obra que sé que solo leerá una persona, porque solo hay un lector leyendo cada vez, o que quizá no leerá nadie, qué más da, si ya estoy muerta, puedo decir lo que pienso y lo que siento, que lloré en el despacho de adjuntos cuando recibí su correo, y luego tuve que ponerle buena cara al alumno heterosexual embelesado por la obra de determinado escritor de autoficción publicado en esa misma editorial, y que quise preguntarle al editor si no se hartaba también cuando su amigo lo hacía de forma tan prestigiosa, y que su rechazo me dolió profundamente durante un tiempo.
He tenido en cierto modo la idea de que hoy podríamos concebir perfectamente una época en la que ya no se escribirían obras en el sentido tradicional del término, sino que se reescribirían sin cesa…
P.: Cuando trabaja en un poema, ¿tiene la impresión de estar estableciendo correspondencias?
R.: Lo que ocurre es lo siguiente: si un hipnotizador te pide que mires un anillo y consigue hipnotizarte, cada vez que saque el anillo volverás a quedar bajo su influjo. De forma similar, cuando estás escribiendo un poema y vuelves a él al día siguiente, las palabras te hipnotizan inmediatamente y vuelves a situarte en el mismo plano que el día anterior.
P.: ¿Y qué hace posible alcanzar ese estado de hipnosis? El entorno, esta habitación?
R.: No, no es el entorno. El entorno puede ayudar, pero lo que hipnotiza es el propio borrador del poema, que está en uno mismo. Ese es el anillo del hipnotizador.
Robert Graves
Entrevista con Robert Graves (“The Paris Review”. 1953-1983)
Mis poemas se parecen a un manojo de hilos enredados por un niño. Por la mañana intento separarlos en hermosos ovillos. ¡Pero qué tarea absurda! Ya al atardecer, el piso, la pared, la calle, las casas, todo confundido. Mis poemas se parecen a un largo manto de varios colores. No, al camino por el que haré rodar mi ovillo, mi siglo… Que un niño enrede los hilos, no es posible ir por un camino recto. Y con sólo un color no se puede llenar el mundo entero. Que mis palabras sean un arcoíris.
La verdad es que no creo demasiado en la escritura. Empezando por la mía. Ser escritor es agradable… No. Agradable no es la palabra: es una actividad que no carece de momentos muy divertidos, pero conozco otras actividades aún más divertidas, divertidas en el sentido en que para mí es divertida la literatura. Ser atracador de bancos, por ejemplo. O director de cine. O gigoló. O ser niño otra vez y jugar en un equipo de fútbol más o menos apocalíptico. Desafortunadamente el niño crece, al atracador lo matan, el director se queda sin dinero y el gigoló enferma y entonces ya no te queda más alternativa que escribir.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)