
Crítica del libro de Emmanuel Carrère ‘Koljós’ | El Periódico
En su nuevo libro, el autor francés amplía hasta la dimensión de fresco la exploración vertical, la relación entre generaciones, de su familia
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El 3 de octubre de 2023, cincuenta y tres días después de su muerte, la nación rinde homenaje a nuestra madre en el patio de honor de los Inválidos. Banderas, uniformes, charreteras, condecoraciones. La orquesta de la Guardia Republicana interpreta, muy bien, el adagio de la sinfonía Júpiter y, para darle el toque ruso, la Serenata de Chaikovski. Seremos unas doscientas personas esperando en un cuadrado de sillas de plástico blanco, delimitado por unas catenarias de cordón rojo, al fondo del inmenso patio adoquinado: familia, invitados de la familia, miembros de la Academia, ministros, representantes de los tres ejércitos –tierra, mar y aire– y de los órganos constitucionales, es decir, las más altas instituciones de la República.
Los libros, las películas y las historias que más me conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. Horizontal: el amor, la amistad, las alianzas que se forjan cuando se cruzan las mismas aguas, la misma época. Vertical: las relaciones entre generaciones. Padres e hijos, antepasados y descendientes que vivieron en mundos distintos, que compartieron otros relatos colectivos, otros valores, otras certezas (lo que era evidente, pongamos, para nuestros abuelos, a nosotros no solo nos resulta extraño, sino a menudo escandaloso).
…dejarse encandilar por cuentos evocaciones e imaginaria Rusia, según la frase de Nicolás II, como «un latifundio en el que el propietario es el zar, el administrador la nobleza, y los trabajadores son los campesinos». ¿Cómo iban a imaginar que esos Vanias bonachones que, con los ojos húmedos de gratitud, manteaban al señor hacia un cielo cobalto, que esos Vanias cándidos a quienes se deseaba lo mejor, siempre y cuando se quedaran, tranquilos y respetuosos, en sus isbas repletas de iconos y cucarachas, irrumpirían cuatro años más tarde con sus horcas, sus hoces, sus hachas y sus palas en sus cómodas mansiones y las saquearían antes de masacrar a los señores ya sus administradores, colgarlos de las ramas de los maravillosos huertos, castrarlos igual que cincuenta años antes sus siervos no habían solo castrado sino también asesinado a ese alcohólico cruel que fue el padre de Dostoievski…
De nuevo según Berbérova, la configuración típica de una familia de la emigración rusa era el padre que conducía un taxi, la madre que ganaba 60 céntimos por hora bordando a domicilio para grandes modistos, el hijo que era recadero en la tienda de comestibles de la calle Daru (pepinillos malosol, pan con semillas de amapola, treinta marcas de vodka), y la hija, un bellezón como la condesa Grabbé en su juventud, que hacía de modelo en Schiaparelli.
«En su día», me dice Hervé, «en los tiempos en que hacíamos excursiones de siete u ocho horas por la montaña, esa noción de piedad filial te irritaba. Ni la entendías ni la querías entender. Ahora nos hemos hecho mayores, nuestras madres han muerto y tú escribes un libro sobre la piedad filial no pierdes de vista esa piedad, si te sirve de brújula, será tu mejor libro.» Ojalá fuera verdad. Me gustaría escribir este libro bajo el signo de la piedad filial, pero no estoy seguro de ser capaz. A estas alturas de la historia mi madre solo tiene quince años, ya el retrato como una mujer autoritaria y dura, y finjo escandalizarme por lo que dice Nicolas, «Hélène no es solamente una historiadora de la Unión Soviética; es una historiadora soviética», cuando yo mismo he dicho alguna vez: «Mi madre te miente hasta cuando le pides la hora».
Mi primer recuerdo es un cojín de color crema con unas franjas marrones. No una almohada: un cojín grande de sofá, cuadrado, bien mullido. Escalo ese cojín como si fuera una montaña. Me cae encima. Lo cual me hace reír. Vuelvo a intentar el asalto. Una caída, dos caídas, tres caídas, y entonces llega el instante maravilloso: en el momento en que alcanzo la cima, aparece la cara de mi madre, que se escondía detrás del cojín. Me llena de alegría. Cuanto más lo repetimos, más feliz estoy. Y ella también.
Mi abuelo, Georges Zurabishvili, vivió como una paria y murió como una paria. Nunca encontré alojamiento dentro de la sociedad francesa. Se sentía invisible, desdeñable, como un inmigrante árabe de la primera generación, con los que compartía la tez morena, el bigotito y el orgullo pisoteado. Cuando tomaba el metro con su hija, habría querido mostrarle un rostro glorioso, no el de un pobre hombre ahogado entre la multitud, que viste ropa de pobre y solo puede pagar a sus hijos ropa de pobre. Sentada a su lado, la pequeña Hélène le agarraba fuerte de la mano para consolarlo, diciéndole que, al menos a sus ojos, era un hombre poderoso, un hombre al que los demás miran y al que nadie empujaría sin ver.









