Soy oscura para mí misma, Clarice Lispector

No sé sobre qué estoy escribiendo; soy oscura para mí misma. Solo tuve inicialmente una visión lunar y lúcida, y entonces capturé para mí el instante antes de que muriese, y que perpetuamente muere…

Origen: Soy oscura para mí misma, Clarice Lispector – Calle del Orco

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El oficio de escritor. Edouard Levé

Elijo un tema e intento agotarlo, aun sabiendo que nunca lo lograré. Hay en ello algo frenético, que me ocurre a menudo. En fotografía trabajo por series, y ahí vuelvo a encontrar a Perec, con ese libro que tanto me gusta, ‘Tentativa de agotar un lugar parisino’. Refleja perfectamente un deseo que puedo tener: exprimir realmente la esponja. Un proyecto imposible. Y seguramente por eso los emprendo: porque sé que nunca los terminaré. Si pudiera terminar algo, me inquietaría. No me gustan para nada los finales de las películas, y el final de una novela siempre me entristece. Por eso adoro a Proust: es infinito. Incluso cuando llego al final, ya he olvidado el comienzo, así que puedo empezar de nuevo. Por eso es mi autor preferido.

Edouard Levé

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Cuaderno de poemas. «Hay mujeres». Elvira Sastre

Hay mujeres
que son pájaros sin alas en un cielo lleno
de recuerdos,
fieras carnívoras al acecho de las ganas
y de esa falta de poder ante la tentación
que solo es deseo confundido.

Hay mujeres
que son mariposas abstraídas esperando a que
cierres todas las puertas
para acariciarte las mañanas a través
de la ventana,
para sacudirte la mirada en cualquier
dirección ajena a tu rostro. (…)

Hay mujeres
que son signos de interrogación abierta,
tres exclamaciones siguiendo
una huida.
Un ladrido de madrugada.

Hay mujeres
que justifican el silencio.
Hay mujeres
que excusan la poesía.
Hay mujeres
que son aeropuertos alejados
de los que solo salen aviones de mentira,
puertos marítimos
en los que vuelves a ser otra vez tú,
estaciones de tren
donde se cruzan tantas contradicciones
que encuentras paz.
(…)

Hay mujeres
que son primeras y únicas,
que sobrevuelan el suelo que pisan los demás,
que son azules y ocupan un sitio
diferente al resto
(…)

Y
estoy
yo.
Que soy una en todas esas mujeres.

Y
estás
tú.
Que eres todas esas mujeres en una

Elvira Sastre

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Ventana a YouTube. Chris Isaak – Wicked Game (En vivo)

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Vídeo. Hands

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Álbum de librerías incompleto 305

Librería «La Piazzetta del Libro», en Lucca, Italia.
Librería «Le bouquineur», una tienda de libros usados en Cordes-sur-Ciel, Francia.
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Rebecca Solnit: “La desesperanza es un lujo” – Lecturas Sumergidas

“La memoria nos da poder, igual que el olvido y la amnesia nos hacen vulnerables”, escribe la autora en «El camino inesperado», donde anima a mirar al pasado para demostrar que los cambios a mejor …

Origen: Rebecca Solnit: “La desesperanza es un lujo” – Lecturas Sumergidas

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Kenzaburo Oé

Yo utilizo referencias de escritores occidentales y se me ha reprochado que eso es demasiado evidente, que se encuentra con facilidad. Lo que he buscado es dotar a mis novelas de un sentido de la diversidad. Quizás he utilizado algunas referencias de escritores occidentales de una manera demasiado evidente para el gusto de algunos críticos, pero yo no trataba de ocultarlo ni es una originalidad mía: lo han hecho escritores de muchos países. El propio Faulkner, James Joyce, muchos otros han empleado con frecuencia ese recurso. Siempre he pensado que utilizar materiales, imágenes, frases de otros escritores es enormemente saludable para la lengua japonesa, para renovarla, para construir nuevos estilos literarios.

Kenzaburo Oé

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Entrevista a Andrés Barba | Ethic

Andrés Barba: «El líder nace de la necesidad de fascinación que tiene la comunidad» | Ethic

El escritor madrileño Andrés Barba presenta ‘Auge y caída del conejo Bam’, una historia sobre líderes e instituciones en clave animal.

Origen: Andrés Barba: «El líder nace de la necesidad de fascinación que tiene la comunidad» | Ethic

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Lectura: «La Bola», de Daniel Verdú

Portadas de dos números de la revista ‘Jot Down’.

El pelotazo de La Bola | Opinión | EL PAÍS

Más que la trifulca sobre el libro de Daniel Verdú, me interesa la cabeza de una mujer que se hizo pasar por otra, y los sentimientos de aquella cuyo cuerpo utilizó para sus fines

Origen: El pelotazo de La Bola | Opinión | EL PAÍS


Textos

Siempre nieva en voz baja, sin que nadie pueda decir una palabra. El blanco y la sordina que imponen las partículas de hielo convierten cualquier espacio en una habitación pequeña y acolchada, de esas que solo hay en determinados hospitales, los que ayudan a domesticar tormentos. Casi todo lo que transcurre durante ese tiempo es como si no hubiera tenido lugar realmente. Y eso, exactamente, es lo que se desencadenó ese día a las siete de la mañana, justo después de que sonase el despertador en aquel piso de la piazza Cairoli.


Todo se aceleró. Y, al cabo de dos meses, los tres principales diarios de España —El País, La Vanguardia y El Mundo— se cargaron a sus directores, que comenzaban ya a enredarse con lo que publicaban o dejaban de publicar sobre la corrupción del Partido Popular y el conflicto en Cataluña. Nada parecía casualidad. Mientras se desataba la estampida, ella silbaba calle arriba.


En la primera foto, imposible olvidarlo, apareció en bañador, mordiéndose el labio y al timón de un velero en plena navegación por el Mediterráneo. Rubia, delgada, ojos verdes y una sonrisa preciosa. El contexto siempre era lujoso, y las proposiciones, generosas. Llegaron más imágenes, algunos regalos. Y las urgencias o la falta de paciencia para que toda aquella relación telefónica madure de forma natural, quién sabe, hicieron que en las siguientes entregas las situaciones fueran más prosaicas y con menos ropa de por medio. A lomos de ese sugerente personaje, todo se volvió más intenso. Más llamadas, más contactos, más intimidados. Y la isla. Siempre le hablaba de aquella isla del Mediterráneo.


Lo relevante es que Enric González decidió liquidar una relación de veintisiete años con el periódico a través de un pequeño medio que no podía ni pagar a sus colaboradores y que se dirigía a Mar de Marchis, una rubia de ojos verdes, guapísima, de unos treinta y tantos y con un nombre rimbombante de aristócrata italiana que vivía en Londres representando a jugadores de fútbol y viajando tanto por trabajo que era imposible sentarse con ella a cenar. El planeta de la prensa tradicional estaba a punto de estallar y ella se había colocado en primera fila para recoger algunos asteroides que iban a salir despedidos en la deflagración. Y entre todas esas bolas de fuego, la más rutilante era el propio Enric, que apostó por despedir una era de la mano de una amistad telefónica que, ni siquiera tras aquel arriesgado compromiso, pudo conocer.


Lo peor no era el ruido de la piqueta derribando los viejos muros de la redacción o dirigir un periódico entre polvo y cascotes. Ni siquiera los problemas con los periodistas, que se resistían, o esa sensación que tenía él, a aceptar los cambios que quería aplicar. Lo más incómodo, le parecía, era el estruendo que llegaba desde fuera. La crisis, la caída de ventas, la corrupción rampante en el Partido Popular, la guerra en el consejo de administración de la empresa o la batalla abierta en el Partido Socialista. Una tormenta que se iba acercando lentamente a Miguel Yuste 40. Un sentimiento de soledad que con el tiempo se haría más pesado y no lograría sacudirse desde su llegada un año antes a la dirección del periódico desde Washington. Pero entonces sonaba el teléfono. Y aquella voz le acompañaba durante unos minutos, aportaba ideas. Le sugería nombres que podía contratar y le señalaba dónde había un problema, de quién podía tirar. Esa persona está mal, cuidado con este, tienes un lío ahí, por qué no hacéis un tema de aquel asunto del que te hablé, en Twitter os están poniendo verdes.

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