Lectura: «Los suicidas del fin del mundo», de Leila Guerriero

Reivindicación de la verdad como artefacto artístico: sobre Los suicidas del fin del mundo, de Leila Guerriero – Jot Down Cultural Magazine

Leila Guerriero es mi pastor, nada me falta. Y menos aún cuando la reeditan. Cuando reeditan libros ya lejanos, libros que nos quedaban descabalgados en lo biográfico. Como este ‘Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico’.

Origen: Reivindicación de la verdad como artefacto artístico: sobre Los suicidas del fin del mundo, de Leila Guerriero – Jot Down Cultural Magazine


Textos

El viernes 31 de diciembre de 1999 en Las Heras, provincia de Santa Cruz, fue un día de sol. Había llovido en la mañana pero por la tarde, bajo el augurio favorable del que parecía un verano glorioso, se hicieron compras, se hornearon corderos y lechones y se vendieron litros de vino y de sidra. Allí, y en toda la Argentina, se preparó la juerga del milenio con fiestas, alcohol y fuegos de artificio (…) Pero en Las Heras, ese pueblo del sur, Juan Gutiérrez, 27 años, soltero, sin hijos, buen jugador de fútbol, ​​no vería, de todo eso, nada.


—En la carta mi hermana agradecía todo lo que habíamos hecho por ella, pero se la llevó la policía —decía Alberto, apoyado en la puerta—. Yo después me acordé que un día, cuando fuimos al cementerio, ella me dijo «Algún día yo voy a estar acá». Yo le dije déjate de jorobar. Ella no hablaba mucho, pero parecía que no tenía ningún problema. Al principio la gente pensó que eran problemas de familia, pero después cuando ya fueron siete, ocho, diez casos, escuchabas la ambulancia y decías «Uh, ahora quién se mató». Se había armado un grupo de ayuda a los familiares de esos chicos, y se hacían reuniones. A mí me vino a preguntar si quería ir. Pero yo no. Yo no quería. Nunca hable mucho de esto con nadie. Ni con mis viejos. No nos explicamos nunca nosotros lo que ella hizo. Yo voy al cementerio solo, cuando llega la fecha, y me pregunto siempre lo mismo: qué puede haber pasado.


La casa de la familia Montiel está en una esquina, y desde la calle, antes de golpear, los vi. Emilio y Juana, los abuelos de Luis, miraban por la ventana. No me miraban a mí ni a la calle ni a la vereda. Miraban por la ventana como quien ha visto algo que jamás hubiera querido ver y no habían hecho otra cosa que mirar por la ventana, salvo leves interrupciones para el llanto y las compras, desde el día de la muerte de su nieto.


La casa estaba en silencio. Apenas se escuchaban el rezongo ahogado del televisor, el tenebroso suspiro del viento que empujaba las puertas de la funeraria al otro lado del patio. Sobre la mesa había un papel, y en el papel algunos nombres anotados con la letra prolija y clara de Carlos Navarro, el único que había podido reconstruir la lista de suicidas. El hospital no tenía registro (las muertes no se catalogan como «suicidio»); el Registro Civil no tenía registro (los libros, decían, se envían una vez por año a Río Gallegos); la policía no tenía registro (la policía no tenía registro); el Municipio no tenía registro (el municipio, decía, no tenía por qué). Pero Navarro, vecino de los muertos, pariente de algunos, conocido de todos, en cuadernos Gloria con letra prolija y clara había anotado edad, nombre, fecha, causa de muerte y tipo de cajón: cerrado o abierto. Él podía recordar sin miedo y sin poder porque eso, así, formaba parte de su trabajo bien hecho.


Acá en Las Heras las mujeres están para tener hijos, casarse a los 15, ser abuelas a los 40. Hay chicas que vos ves que tienen uno, dos, cuatro chicos, y la ecuación es «Si tengo un hijo, me junto», y no al revés. Acá como que la mujer no se valora a sí misma, sino que está sometida por un hombre y nada más. El hombre sale, la mujer se queda en la casa.


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Esa textura me emocionó mucho, Jean Genet

Creo que tenía 29 ó 30 años. Estaba solo en mi celda. Debía ser en 1939. Estaba solo en la cárcel, en mi celda. Ante todo, debo decir que yo no había escrito otra cosa que cartas a mis amigos, y cr…

Origen: Esa textura me emocionó mucho, Jean Genet – Calle del Orco

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Las palabras. Úrsula K. Le Guin.

Sócrates dijo: ‘El mal uso del lenguaje induce el mal en el alma. No estaba hablando de gramática. Usar mal el lenguaje es usarlo como lo hacen los políticos y anunciantes, con fines de lucro, sin asumir responsabilidad por lo que significan las palabras. El lenguaje utilizado como medio para obtener poder o hacer dinero sale mal: miente. El lenguaje utilizado como fin en sí mismo, para cantar un poema o contar una historia, va hacia la derecha, va hacia la verdad.
Un escritor es una persona a la que le importa lo que las palabras significan, lo que dicen, cómo lo dicen. Los escritores saben que las palabras son su camino hacia la verdad y la libertad, y por eso las usan con cuidado, con pensamiento, con miedo, con deleite. Usando bien las palabras fortalecen sus almas. Los narradores y poetas pasan sus vidas aprendiendo esa habilidad y el arte de usar bien las palabras. Y sus palabras hacen las almas de sus lectores más fuertes, más brillantes, más profundas.

Úrsula K. Le Guin.

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Cuaderno de poemas. «Día de otoño». Rainer María Rilke

Señor: es hora. Largo fue el verano.
Pon tu sombra en los relojes solares,
y suelta los vientos por las llanuras.


Haz que sazonen los últimos frutos;
concédeles dos días más del sur,
úrgeles a su madurez y mete
en el vino espeso el postrer dulzor.


No hará casa el que ahora no la tiene,
el que ahora está solo lo estará siempre,
velará, leerá, escribirá largas cartas,
y deambulará por las avenidas,
inquieto como el rod
ar de las hojas.

Rainer María Rilke
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Ventana a YouTube. Eric Clapton – Bad Love (Official Music Video)

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Vídeo: Miguel Bonnefoy. El realismo mágico

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCXCVI

Biblioteca del convento de Mafra (Portugal)
Biblioteca del duque de Devonshire
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Gran debate a la vista. Enrique Vila-Matas

La escritora suiza Fleur Jaeggy, en Turín (Italia), el 12 de mayo de 1995.Leonardo Cendamo (Getty Images)

Es difícil conseguir que los autores escriban con franqueza sobre su propia obra y más en un mercado literario como el actual. ¿En qué tropezaron y a qué renunciaron?

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La salvación. Adolfo Bioy Casares


Esta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. «¿Cómo un ser tan ínfimo» -sin duda estaba pensando el tirano- «es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?». Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. «Por humildes que sean» -dijo indicando al pájaro- «hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros.

Adolfo Bioy Casares

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Columna: «Antes». Leila Guerriero

Antes de que cierren la casa y vendan los muebles, hay que vivir.Getty Images

Admirables los que están en el tiempo sin pensar en él

Antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren la casa y vendan los muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los cosméticos y los zapatos. Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes de que vacíen….

Origen: Filosofía de vida: Antes | Opinión | EL PAÍS

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