La decencia de la duda. Philip Roth

Mi tarea es el matiz. Updike y Bellow apuntan su linterna hacia el mundo, lo revelan como es. Yo cavo un pozo en él e ilumino el agujero. No me cansaré de anotar, corregir, buscar bifurcaciones con tal de evitar una versión definitiva. Tengo la decencia de la duda.

Philip Roth
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Envejecer. Álvaro Mutis

La verdadera tragedia de
envejecer consiste en que allá,
dentro de nosotros, sigue un
eterno muchacho que no
registra el paso del tiempo.

Álvaro Mutis.

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Lectura: ‘Los nombres’, de Florence Knapp

Florence Knapp

‘Los nombres’, de Florence Knapp, hijos de Saturno

¿Qué peso puede tener un nombre en una vida? En su ópera prima, la escritora imagina tres destinos posibles marcados por esa elección inicial y construye un intenso drama sobre la violencia doméstica

Origen: ‘Los nombres’, de Florence Knapp, hijos de Saturno


Textos

La madre de Cora siempre decía que el viento excitaba a los niños, que incluso los más tranquilos parecían alterados después de jugar. Cora siente ahora ese mismo desasosiego. Las ráfagas embisten los abetos que hay detrás de la casa, se cuelan por el pasillo lateral y acaban estallando contra la verja de fuera mientras las preocupaciones también la sacuden y la agitan por dentro. Porque al día siguiente —si amanece, si amaina la tormenta—, Cora irá al registro civil para inscribir el nombre de su hijo. O mejor dicho, y ésta es su verdadera inquietud, para formalizar en quién se convertirá. (…)

Nunca le ha gustado cómo suena el nombre de Gordon. Empieza con un crujido, como la pasta de caramelo cuando se enfría en el cazo, y termina con un ruido sordo, que recuerda a una bolsa de deporte chocando contra el suelo. Gordón. Pero lo que más la angustia es verter la bondad.


Se detiene porque él la está observando sin pestañear. Se siente como si tuviera un ataque de vértigo subiendo a una escalera y quisiera saltar y acabar de una vez. Hace un gran esfuerzo para no arrodillarse a sus pies y dejar que la patee: casi preferiría pasar de buenas a primeras y no intentar evitar lo ineludible, porque sólo está postergando lo que sabe que va a suceder. Luego piensa en Bear, en el armario del dormitorio, y en Maia, merendando en la cocina de Mehri, y se endereza.


Maia no sabe cómo descubrió que es gay. Tal vez fue al año siguiente de que se marchara su padre. Recuerda que la profesora de natación las dividió en dos grupos, el A y el B. El B debía esperar a un lado mientras que el A se metía en la piscina. Todavía puede ver a Fern zambulléndose y volviendo a salir. Manteniéndose en posición vertical, con la cabeza hacia atrás. Fern le suena, con su suave pelo negro flotando en la superficie como un semicírculo. Y Maia sintió un vuelco en el estómago, y se le ensanchó el pecho con una sensación a la vez maravillosa y sorprendente, igual que un globo que se infla. Tuvo que mirar hacia otro lado. Incluso en ese momento había sabido que Fern la quería, pero no de esa manera.


Su madre, Sílbhe, se movía por la casa sin hacer ruido, preparaba tazas de té, lavaba la ropa, improvisaba comidas que no dejaban rastro en la cocina. Cada noche acampaba a los pies de la cama donde dormía Cora con los niños. Era una guardiana de pelo gris que se interponía entre ellos y la puerta.


Un martes de junio, Cian rodea la casa con un puñado de zanahorias recién arrancadas en las manos y ve por la ventana a Sílbhe tendida en el suelo de la sala de estar. Corre hacia ella esperando que sólo tenga un rasguño, nada serio, pero la encuentra con la boca abierta y una expresión apacible. Se arrodilla a su lado y hace lo que suele hacerse instintivamente: le acerca una oreja a los labios, le toma el pulso de la muñeca. Eso sólo confirma lo que ya sabes. Se lleva la mano aún caliente de ella a la mejilla y llora. Porque no han tenido suficiente tiempo. Porque no quiere aceptar que ha llegado el fin de su vida en común. Se va la luz, el frío empieza a colarse por la puerta abierta y el cuerpo de ella se va enfriando, y él no se mueve. Se queda con ella toda la noche, sin estar preparado para pasar a la siguiente fase que sabe que tiene que llegar. La de las llamadas telefónicas y condolencias. Y la de su ausencia. De momento, y durante unas pocas horas, estarán los dos solos.


Intenta traer a la memoria a sus pacientes, a la gente a la que alguna vez ha ayudado, pero sólo puede verlos fugazmente antes de volver a tener delante al rostro magullado de Cora. Su hija que elude su mirada. Los berridos de su hijo pequeño. Y la verdad es ésta: a las personas a las que estaba destinada a amar sólo les hizo daño. Entonces grita, un sonido gutural. Porque está muy claro. Tenía una vida y podría haberla vivido de otra manera.

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Entrevista a Juan Gómez Bárcena | «La escritura te da la posibilidad de llegar a la redención» | El Periódico

El escritor Juan Gómez Bárcena, fotografiado en Madrid. / José Luis Roca

En unos días llegará a las librerías su nueva novela, ‘Abril o nunca’, una historia escrita en un momento personal difícil sobre las segundas oportunidades que nunca nos da el pasado

Origen: ENTREVISTA A JUAN GÓMEZ BÁRCENA | «La escritura te da la posibilidad de llegar a la redención» | El Periódico

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Natalia Ginzburg

Hay escritores que narran batallas. Y hay escritores que entierran a sus muertos en silencio y convierten ese silencio en literatura. Natalia Ginzburg pertenece a la segunda estirpe.

Nació en 1916, en Palermo, pero creció en Turín, en el seno de una familia judía, intelectual y antifascista. Su padre, Giuseppe Levi, era un científico prestigioso; su casa, un laboratorio de ideas. Allí, entre discusiones políticas y ironías familiares, Natalia aprendió que el lenguaje no es solo comunicación: es identidad.

Pero la historia no tardó en irrumpir.

El amor en tiempos de Mussolini

En 1938 se casó con Leone Ginzburg, editor, profesor y militante antifascista. Italia ya respiraba el aire espeso del régimen de Mussolini. El matrimonio fue vigilado, censurado, perseguido.

En 1940, la pareja fue confinada en los Abruzos, en un exilio interno impuesto por el régimen. Allí, en un pueblo remoto, Natalia escribió, cuidó a sus hijos y aprendió que la resistencia también puede ser doméstica.

Tras la caída de Mussolini en 1943, Leone fue arrestado por los nazis en Roma. Murió en 1944 en la prisión de Regina Coeli, torturado.

Natalia tenía 27 años.

No escribió una elegía ruidosa. No construyó un monumento épico. Hizo algo más difícil: siguió viviendo.

Escribir después de la devastación

Después de la guerra, Ginzburg trabajó en la editorial Einaudi, uno de los centros neurálgicos de la cultura italiana. Allí convivió con figuras como Cesare Pavese e Italo Calvino.

Pero su obra no se parece a la de ellos. Donde otros levantaban estructuras literarias complejas, ella practicaba una prosa austera, casi desnuda. Una escritura sin ornamento, donde cada frase parece dicha en voz baja.

En 1963 publicó Léxico familiar, su libro más célebre. No es una novela convencional. Es la reconstrucción de su familia a través de las frases que repetían, los modismos privados, las pequeñas palabras que solo tenían sentido dentro de esa casa.

El hallazgo es radical: la historia no se narra desde los grandes acontecimientos, sino desde el lenguaje cotidiano. La memoria no vive en los discursos oficiales; vive en cómo una madre llama a sus hijos, en una broma repetida durante años.

Y, sin embargo, bajo esa aparente sencillez late el siglo XX: fascismo, guerra, persecución, pérdida.

La política de lo íntimo

Ginzburg fue también diputada en el Parlamento italiano décadas más tarde. Pero su verdadera política estaba en sus libros. En su manera de afirmar que la experiencia doméstica —tradicionalmente relegada a lo “menor”— contiene la sustancia misma de la historia.

En sus ensayos defendió algo que hoy parece evidente pero que entonces no lo era: que la voz femenina no necesita imitar la grandilocuencia masculina para ser universal.

Su estilo es engañosamente simple. No busca deslumbrar. Busca decir la verdad sin adornos. Y esa honestidad, para una generación que vivió la propaganda y la retórica fascista, era una forma de resistencia.

¿Por qué leerla hoy?

Porque en una época saturada de estridencia, Natalia Ginzburg nos recuerda que la literatura puede ser un acto de contención. Que el dolor no necesita espectáculo. Que la memoria familiar es un archivo político.

A los lectores adultos, que ya han atravesado pérdidas, cambios de país, rupturas y reconstrucciones, Ginzburg les habla sin teatralidad. Les dice: la vida no se entiende en los titulares; se entiende en las palabras que repetimos en casa.

Ella sobrevivió al fascismo, al asesinato de su marido, a la devastación de Europa. Y escribió. No desde la épica, sino desde la mesa del comedor.

Ahí donde el mundo parece pequeño… pero en realidad es inmenso.

(Publicación de Letras Mundial)

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Dorothy Parker, por Marta Sanz

Palabras afiladas de una mujer – Editorial Anagrama

Invitamos a Marta Sanz a que nos hable sobre la autora que ha supuesto su mayor inspiración, Dorothy Parker: «Nos contamos contando a los demás, y en el relato de las vidas ajenas yo me encuentro. Soy las otras. Otras se han quedado en mí. El cuerpo y las conversaciones.»

Origen: Palabras afiladas de una mujer – Editorial Anagrama

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El Vieco cortaziano CXXX

(Un poema de Julio Cortázar a la poetisa uruguaya Cristina Peri Rossi)

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Las 50 recomendaciones de ‘Babelia’ para el Día del Libro de 2026

Clara San Millán

Críticos, periodistas y colaboradores de EL PAÍS seleccionan volúmenes para todos los gustos: desde el regreso de Julian Barnes o Manuel Longares a las experiencias de Lea Ypi o Marta Jiménez Serrano, de ensayos para comprender el desorden del mundo a meditaciones sobre el sujeto contemporáneo

Origen: Las 50 recomendaciones de ‘Babelia’ para el Día del Libro de 2026 | Babelia | EL PAÍS

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Leer. C. S. Lewis

Los que estamos habituados a la buena lectura no solemos tener conciencia de la enorme ampliación de nuestro ser que nos ha deparado el contacto con los escritores. Es algo que comprendemos mejor cuando hablamos con un amigo que no sabe leer de ese modo. Puede estar lleno de bondad y de sentido común, pero vive en un mundo muy limitado, en el que nosotros nos sentiríamos ahogados. La persona que se contenta con ser sólo ella misma, y por tanto, con ser menos persona, está encerrada en una cárcel. Siento que mis ojos no me bastan; necesito ver también por los de los demás. La realidad, incluso vista a través de muchos ojos, no me basta; necesito ver lo que otros han inventado. Tampoco me bastarían los ojos de toda la humanidad; lamento que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o una abeja; y más aún percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones. La experiencia literaria cura la herida de la individualidad, sin socavar sus privilegios. Hay emociones colectivas que también curan esa herida, pero destruyen los privilegios. En ellas nuestra identidad personal se funde con la de los demás y retrocedemos hasta el nivel de la sub-individualidad. En cambio, cuando leo gran literatura me convierto en mil personas diferentes sin dejar de ser yo mismo. Como el cielo nocturno en el poema griego veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo el que ve. Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo.

C. S. Lewis

(La experiencia de leer)

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Cuaderno de poemas. «Aquí están los recuerdos…» Olga Orozco

Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.

Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora en el lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.

-¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante y claro. (…)

Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer
.

Olga Orozco

( |Fragmento de “Aquí están tus recuerdos”)

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