CARLOS MANZANO No sabría explicar muy bien qué es, cuál es el mecanismo específico que lo genera, pero encuentro algo adictivo en la prosa del escritor noruego Karl Ove Knausgård que me hace volver…
‘Coloquio de invierno’, la nueva novela de Luis Landero: somos juguetes del destino con alma de narradores
El escritor pone a dialogar y a contarse historias a siete viajeros retenidos e incomunicados en un hotelito de montaña por la borrasca Filomena.Más información: Luis Landero:
8 de enero de 2021. Ya anocheció, pero aún es pronto para recogerse. Los siete comensales —fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas, en el resplandor pálido de los remolinos de nieve— rodean una mesa con los remanentes de la cena: platos rebañados con manchas de yema, regojos, pelejos de embutido, cortezas de queso, mondas de mandarina, restos de helado y vino. Al fondo, sentados a una mesa, un hombre y una mujer juegan a las cartas.
—Ah, no, yo en eso no puedo estar de acuerdo —interviene Tomás Guerrero—, yo creo que todos tenemos algo que contar, y que en el fondo todos tenemos alma de narradores. A todos nos gusta contar y que nos cuentan. ¿Por qué ponemos la radio o la televisión, o leemos o vamos al cine? Para que nos cuenten cosas, reales o inventadas, qué más da. Y si nos pasa algo, estamos deseando contarlo, y si juramos guardar un secreto, a menudo no podemos dejar de contárselo a alguien (eso sí, en susurros, y bajo el sagrado juramento de que por nada del mundo se lo contará nunca a nadie), y así, quebrando y renovando las promesas, el secreto pasa al dominio público, y todo por la necesidad que tenemos de contarnos historias.
Su tío Servando, que merecería una novela para él solo, lo recibió en la puerta de su casa, las piernas bien abiertas y asentadas en el suelo, las manos en los bolsillos del pantalón y un cabo de farias en la boca. Aunque era bajo, incluso muy bajo, tenía trazas de coloso, porque lucía una figura altiva y engallada, y eso le daba un aire de hombre grande, casi de hombrón, como si fuese un John Wayne en pequeño. Tenía la voz fuerte y desabrida, voz de mando, y caminaba a trancos, con una determinación que intimidaba.
Hablaba a veces de un modo no sé si extravagante o inspirado, y aunque no dijo nada de interés, sí recuerdo algunas de sus frases: «Hay días que me da la tristeza. Es como si me mordiera por dentro con dientes de ratón. Todo el día roe que te roe. Cuando no puedo más, ¿sabe usted lo que hago? Me encaramo en lo más alto de la tristeza, como si fuese un mirador, y desde allí arriba contempla el espectáculo del mundo. Lo veo todo. La tristeza tiene muy buenas vistas. Y lo que veo es horrible. Tan horrible, que me enseguida bajo y me quedo aquí a solas conmigo mismo, en los taxis, casi contento de tener un refugio donde esconderme del mundo.
—Pues a propósito del amor y de la poesía —dice y se explaya Eladio—, un día el maestro nos leyó y explicó unos versos de amor, yo era muy niño, donde los cabellos de la amada eran de oro, los dientes eran perlas, los ojos de esmeralda, la piel de lirio, y todo así. Lo que se llaman metáforas. A mí me pareció tan ridículo y estrafalario que me eché a reír en mi inocencia, y el maestro vino a mí hecho una furia y me dio un revés en la cara que me echó a rodar por el suelo. Bueno pues desde entonces, cada vez que oigo una de esas metáforas, todavía me da rabia al escucharlas, y terminó por aborrecerlas. A mi entender lo que hacen es complicar las cosas más que aclararlas. Esa es mi opinión.
Hablaba poco, pero era afable, y agradecía la compañía. Metido en su silencio, y saliendo a veces de él para decir algo, a mí me evocaba a esos moluscos que asoman un momento a la luz y enseguida se esconden de nuevo en su caparazón. Y así, poco a poco, fui conociendo su historia. No porque yo le preguntaría o lo incitara sino porque la historia fue saliendo ella sola, y no en orden y seguido sino a trocitos dispersos, y con muchos sobreentendidos, callando allí donde él pensaba que ya había dicho bastante para que yo mismo dedujese lo que quedaba por contar. Contaba como escondiendo las palabras, y muchas frases las dejaba a medio hacer, como si hablase para sí mismo más que para los demás.
No se había detenido a pensar que, como todo en la vida, también el pasado hay que ganárselo, disputárselo palmo a palmo al olvido.
Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971), durante la entrevista. / Javier Albiñana
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El escritor asturiano vuelve a las librerías con ‘Arca’, una novela en la que ha invertido seis años de trabajo y en la que ahonda en la naturaleza del mundo y el tiempo al abrigo de distintos géneros literarios y desde una Venecia alucinada
Para escribir, hace falta un mínimo de severidad con uno mismo, de exigencia, de no mentirse. Hay que intentar no ser mentiroso para que la escritura pueda avanzar. Ahora bien, somos mentirosos: me…
Es que yo creo, como Chesterton, que uno debería agradecer todo. Chesterton dijo que el hecho, bueno, de estar sobre la Tierra, de estar de pie sobre la Tierra, de ver el cielo, bueno, de haber estado enamorado, son como dones que uno no puede cesar de agradecer. Y yo trato de sentir eso, y he tratado de sentir, por ejemplo, que mi ceguera no es sólo una desventura, aunque ciertamente lo es, sino que también me permite, bueno, me da más tiempo para la soledad, para el pensamiento, para la invención de fábulas, para la fabricación de poesías. Es decir, que todo eso es un bien, ¿no? Recuerdo aquello de aquel griego, Demócrito, que se arrancó los ojos en un jardín para que no le estorbara la contemplación del mundo externo. Bueno, en un poema yo dije: «El tiempo ha sido mi Demócrito». Es verdad, yo ahora estoy ciego, pero quizás el estar ciego no sea solamente una tristeza. Aunque me basta pensar en los libros, que están tan cerca y que están tan lejos de mí, para, bueno, para querer ver. Y hasta llego a pensar que si yo recobrara mi vista, yo no saldría de esta casa y me pondría a leer todos los libros que tengo aquí, y que apenas conozco, aunque los conozco por la memoria, que modifica las cosas.
Tuve el valor de mirar hacia atrás Los cadáveres de mis días Marcan mi camino y les voy llorando Unos se pudren en las iglesias italianas O en pequeños bosques de limoneros Que florecen y fructifican Al mismo tiempo y en todas las estaciones Otros días lloraron antes de morir en las tabernas Donde ardientes ramos rodaban Ante los ojos de una mulata que inventaba la poesía Y las rosas de la electricidad se abren aún En el jardín de mi memoria.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)