Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes. En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.
No existe la tan elucubrada diferencia entre periodismo y literatura, sino entre la libertad de la ficción y la adhesión rigurosa a los hechos del mejor periodismo, que es tan literatura como la novela o la poesía. La ficción se ha de juzgar según sus leyes internas: el escritor de periódico ha de atenerse tan estrictamente a los datos de lo real como el poeta clásico a las exigencias de métrica y rima del soneto. El tiempo verbal de la novela es el pasado, incluso cuando se finge presente; y es en el presente en el que se escribe el periodismo, aunque trate de cosas sucedidas hace muchos años, porque su tarea es restaurar los hechos como si acabaran de ocurrir.
Cuando no pude encontrar una editorial para Ciudad de cristal, me resigné a escribir libros que no se publicarían. No iba a dejar de escribir; lo acepté, y eso es bueno, porque así sabes por qué lo haces. No es por dinero, no es por la gloria, no es por los lectores, no es por nada, excepto porque tienes que hacerlo.”
Toda lectura prolongada de un autor dispone al lector a emitir pensamientos o formas homogéneas a las del autor, a continuarlo en otra boca. No se trata de plagio ni de imitación razonada. Pero lo …
P.: ¿Diría que primero aparecen las ideas centrales y luego empieza a investigar?
R.: Empiezo con una visión general de lo que voy a narrar y luego voy comprobando las particularidades. Una causa no produce necesariamente un efecto. Una vez que uno tiene control sobre el tiempo narrativo, también puede ser que un efecto produzca una causa.
P.: ¿Cómo lo hace exactamente?
R.: Reviso el manuscrito hasta que ya no puedo leerlo más, y le pido a alguien que lo pase a máquina. Entonces reviso el texto mecanografiado, pido una nueva copia en limpio y lo reviso de nuevo. La tercera copia mecanografiada, donde ya no debería haber nada ofensivo a la vista, es la definitiva.
Robert Graves
Entrevista con Robert Graves (“The Paris Review”. 1953-1983)
Y tú amor mío, ¿agradeces conmigo las generosas ocasiones que la mar nos deparaba de estar juntos? ¿Tú te acuerdas, casi en el tacto, como yo, de la caricia intranquila entre dos maniobras, del temblor de tus pechos en la camisa abierta cara al viento?
Y de las tardes sosegadas, cuando la vela débil como un moribundo nos devolvía a casa muy despacio… Éramos como huéspedes de la libertad, tal vez demasiado hermosa.
El azul de la tarde, las húmedas violetas que oscurecían el aire se abrían y volvían a cerrarse tras nosotros como la puerta de una habitación por la que no nos hubiéramos atrevido a preguntar.
Y casi nos bastaba un ligero contacto, un distraído cogerte por los hombros y sentir tu cabeza abandonada, mientras alrededor se hacía triste y allá en tierra, en la penumbra parpadeaban las primeras luces.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)