De la nueva novela de Fernando Aramburu a los cuentos de Fernanda Trías pasando por dos búsquedas familiares: Lea Ypi recupera la vida de su abuela y Antonio Monegal reconecta con su padre. Además regresan figuras de nuestra mediana edad literaria: Llucia Ramis, Sergio del Molino, Sara Barquinero o Juan Gómez Bárcena. Una selección de los títulos que llegaran a las librerías durante el mes de marzo
Tal vez. Pero por lo menos durante un instante de tregua ya no tuvo más miedo. Sólo que sintió aquella soledad inesperada. La soledad de una persona que en vez de ser creada crea. Allí en pie en la oscuridad, sucumbiendo. La soledad del hombre completo. La soledad de la gran posibilidad de elección. La soledad de tener que fabricar sus propios instrumentos. La soledad de haber ya escogido. Y de haber escogido lo irreparable…
Quienes hoy en día siguen creyendo que hay que subordinar la narración a objetivos extraliterarios merecen que se les declare la guerra: guerra total contra una literatura que no confía en sí misma. En el fondo, yo siempre he pensado que quienes se emboscan en el compromiso ideológico lo hacen porque tienen una gran inseguridad en sí mismos y en su literatura y buscan coartadas que desfiguren en lo posible la evidencia de su incapacidad artística.
Hacia 1937, cuando yo administraba el campo del Rincón Viejo, sentado en las sillas de paja, en el corredor de la casa del casco, entrevé la idea de La invención de Morel. Yo creo que esa idea prov…
Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores… así como el más artístico. También tenía algo que ver con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo bastante prolongado, perfeccionó las prácticas de fastidio e indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental hacia otras eras. Tenía un sentido del tiempo diferente al de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían banales bajo su mirada. A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como «el presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado». Eso, por supuesto, formaba parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores.
Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia. Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo… y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte usted dijo que un escritor debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)
Usted fue un gran recurso para otros escritores. En 1982 –es decir, cuatro años antes de morir (Borges, son diez años)– dije en una entrevista: «Hoy no existe ningún otro escritor viviente que importe más a otros escritores que Borges. Muchos dirían que es el más grande escritor viviente… Muy pocos escritores de hoy no aprendieron de él o lo imitaron». Eso sigue siendo así. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando. Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al mismo tiempo que proclamaba, una y otra vez, nuestra deuda con el pasado, por sobre todo con la literatura. Usted dijo que le debemos a la literatura prácticamente todo lo que somos y lo que fuimos. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos dan el modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es sólo una manera de escapar: un escape del mundo diario «real» a uno imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más.
Lamento tener que decirle que la suerte del libro nunca estuvo en igual decadencia. Son cada vez más los que se zambullen en el gran proyecto contemporáneo de destruir las condiciones que hacen la lectura posible, de repudiar el libro y sus efectos. Ya no está uno tirado en la cama o sentado en un rincón tranquilo de una biblioteca, dando vuelta lentamente las páginas bajo la luz de una lámpara. Pronto, nos dicen, llamaremos «notebook» cualquier «texto» a pedido, y se podrá cambiar su apariencia, formular preguntas, «interactuar» con ese texto. Cuando los libros se conviertan en «textos» con los que «interactuaremos» según los criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva regida por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando –y que nos prometen– como algo más «democrático». Por supuesto, usted y yo sabemos, eso no significa nada menos que la muerte de la introspección… y del libro.
Por esos tiempos no habrá necesidad de una gran conflagración. Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, por favor entienda que no me da placer quejarme. Pero, ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros –de la lectura en sí– que a usted? (Borges, son diez años.) Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba el alma de maneras inéditas. Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro héroe.
Mi hijo se duerme aquí a mi lado, sobre el pasto. Y entró en el sueño entre un lujo agreste de juguetes: la danza de los reflejos encendiendo y apagando un temblor de pececillos en el agua azul del cielo de donde surte un ruido fino y roto de alegría destrozada no sé dónde… quizá en su misma pureza.
Entró en el sueño mi hijo entre una magia de flores que los suspiros de los ángeles hacen temblar y llevan de un lado a otro como en un deshojamiento de la gran rosa del día dormida sobre los campos…
Entró en el sueño mi hijo jugando con unos frescos animalillos que le buscaban las manecitas, y unos dedos vagos que le acariciaban la cara con una suavidad tanta que parecían morirse al tocarle las mejillas:
Entró en el sueño mi hijo mirando el denso follaje, oyendo cantar los pájaros, rodeado de mariposas, acariciado por los tallos altos y sutiles, con una brisa ya medio dormida sobre los párpados.
El escritor y director Emmanuel Carrère, fotografiado el 19 de enero de 2026 en su casa en el centro de París.Samuel Aranda
El autor francés novela en ‘Koljós’ la vida de su madre, la gran historiadora Hélène Carrère d’Encausse, entrelazando los orígenes rusos y georgianos de su familia con el desarrollo de la guerra en Ucrania
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)