1- No existe el estilo fijo Cada libro tiene su propia música. La forma depende de la historia, no de un sello personal inamovible.
2- Escribir sin ego Aceptar la incertidumbre y la posibilidad del fracaso como parte del proceso creativo.
3- Olvidarse de los estudios literarios La técnica excesiva puede bloquear. Hay que dejar espacio para la espontaneidad y la inspiración súbita.
4- No obsesionarse con la “identidad” de los personajes Las personas cambian. Lo importante es retratar cómo se mueven en el espectro de experiencias y contradicciones.
5- Vagabundear Alternar confinamiento y movimiento. La escritura también es un viaje mental que florece en la quietud.
6- Citar a otros Reconocer las voces que nos han formado. Escribir es un diálogo con quienes hemos leído.
7- La máxima Todo viene de dentro y sale fuera. Nunca al contrario. El material mismo encontrará su forma a medida que lo trabajes.
Clara Janés: “La historia de la literatura está llena de mujeres combativas” – Lecturas Sumergidas
El ensayo «Guardar la casa y cerrar la boca», escrito por Clara Janés, destaca la importancia de las mujeres a lo largo de la historia, revelando su influencia en la sociedad. Janés expone el papel…
Salman Rushdie, en cuyo rostro se aprecian las secuelas del ataque que sufrió en 2022.
Crítica De:: ‘Cuchillo’, de Salman Rushdie: el autor lo clava y cuenta todo sobre su atentado
‘Cuchillo’ se ocupa de apenas trece meses en doscientas páginas en una inapelable primera persona porque «cuando alguien te hiere quince veces es una experiencia muy de primera persona»
A las once menos cuarto del 12 de agosto de 2022, un soleado viernes por la mañana en el norte del estado de Nueva York, fui agredido y casi asesinado por un joven armado con un cuchillo poco después de subir yo al escenario del anfiteatro de Chautauqua para hablar de la importancia de mantener a los escritores a salvo de todo riesgo.
El trastorno por estrés postraumático puede manifestarse en una amplia variedad de maneras: interminables rebobinados mentales del suceso traumático, repentinos ataques de pánico, depresión. Yo no tuve esos síntomas. Lo que tenía —lo que aún tengo, mientras escribo esto, varias veces a la semana— eran y son pesadillas.
Lo más fastidioso del atentado es que me ha convertido una vez más en alguien que yo me había esforzado mucho en no ser. Durante más de treinta años me he negado a ser definido por la fetua y he insistido en que se me considere por los libros que he escrito, cinco antes de la fetua y dieciséis después de ella. Casi lo había conseguido. Cuando se publicaron los últimos libros, la gente dejó de preguntarme por los ataques contra Los versos satánicos y su autor. Y heme aquí ahora, arrastrado por la fuerza a ese tema indeseado. Ahora creo que nunca podré librarme de eso. Con independencia de lo que ya he escrito o pueda escribir en adelante, siempre será el tipo al que apuñalaron. El cuchillo me define. Pelearé contra ello, pero mucho me temo que será derrotado.
La gran noticia —para mí, al menos— fue que, después de medio año en la nada, la savia de la escritura volvió a fluir. En su momento no lo relacioné, pero, mirándolo en retrospectiva, creo que mi cautelosa reentrada en la vida normal probablemente ayudó. Redacté el proyecto para el libro que ahora tienes en tus manos, ya a mis editores les gustó. Volvía a ser un autor con un libro que escribir.
Ya no necesitamos la figura de uno o más padres autoritarios, un Creador de Creadores que nos explica el universo o la manera como hemos evolucionado para ser lo que somos. Y ya no necesitamos —o quizás debería decir, modestamente, yo no necesito— mandamientos ni papas ni hombres-dioses de ninguna clase que nos dicten pautas morales. Yo ya tengo mi propio sentido ético, muchas gracias. Dios no nos legó la moralidad. Fuimos nosotros quienes creamos a Dios para que encarnara nuestros instintos morales.
Esperar es pensar, y pensar a fondo es, en muchas ocasiones, cambiar de opinión. Mi ira menguó. Se me antojaba trivial, puesta al lado de la ira de este planeta. Se cumplió un año del atentado, y en este triste aniversario comprendí que habían ocurrido tres cosas que me habían ayudado en mi viaje hacia similar lo que pasó aquel día. La primera fue el devenir del tiempo. El tiempo quizás no lo curaba todo, pero amortiguaba el dolor, y las pesadillas desaparecieron. La segunda era la terapia. Las sesiones con mi terapeuta, el doctor Justin Richardson, me habían ayudado más de lo que soy capaz de expresar con palabras. Y la tercera fue la redacción de este libro.
El escritor Vladimir Nabokov en el Hotel Montreux Palace, en Montreux (Suiza), en 1964.Horst Tappe (Hulton Archive / Getty Images)
Ya sabemos que hasta el impecable estilo de un autor puede verse oscurecido por los medios que últimamente lo elogian todo sin importarles lo que elogian
La gente se muere dondequiera. Los problemas humanos son iguales en todas partes. No son temas nuevos el amor, la muerte, la injusticia, el sufrimiento, que están sugeridos en Pedro Páramo. Me han dicho que es ‘una novela de amor a los desamparados’. Yo no sé. Yo narro la búsqueda de un padre, como una esperanza. Como quien busca su infancia y trata de recuperar sus mejores días, y en esa búsqueda no encuentra sino decepción y desengaño. Y al final se derrumba su esperanza ‘como un montón de piedras.
Sería prodigioso que un crítico se convirtiera en poeta, y es imposible que un poeta no contenga a un crítico. Por consiguiente el lector no se asombrará si considero al poeta como el mejor de todo…
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)