He tenido en cierto modo la idea de que hoy podríamos concebir perfectamente una época en la que ya no se escribirían obras en el sentido tradicional del término, sino que se reescribirían sin cesa…
P.: Cuando trabaja en un poema, ¿tiene la impresión de estar estableciendo correspondencias?
R.: Lo que ocurre es lo siguiente: si un hipnotizador te pide que mires un anillo y consigue hipnotizarte, cada vez que saque el anillo volverás a quedar bajo su influjo. De forma similar, cuando estás escribiendo un poema y vuelves a él al día siguiente, las palabras te hipnotizan inmediatamente y vuelves a situarte en el mismo plano que el día anterior.
P.: ¿Y qué hace posible alcanzar ese estado de hipnosis? El entorno, esta habitación?
R.: No, no es el entorno. El entorno puede ayudar, pero lo que hipnotiza es el propio borrador del poema, que está en uno mismo. Ese es el anillo del hipnotizador.
Robert Graves
Entrevista con Robert Graves (“The Paris Review”. 1953-1983)
Mis poemas se parecen a un manojo de hilos enredados por un niño. Por la mañana intento separarlos en hermosos ovillos. ¡Pero qué tarea absurda! Ya al atardecer, el piso, la pared, la calle, las casas, todo confundido. Mis poemas se parecen a un largo manto de varios colores. No, al camino por el que haré rodar mi ovillo, mi siglo… Que un niño enrede los hilos, no es posible ir por un camino recto. Y con sólo un color no se puede llenar el mundo entero. Que mis palabras sean un arcoíris.
La verdad es que no creo demasiado en la escritura. Empezando por la mía. Ser escritor es agradable… No. Agradable no es la palabra: es una actividad que no carece de momentos muy divertidos, pero conozco otras actividades aún más divertidas, divertidas en el sentido en que para mí es divertida la literatura. Ser atracador de bancos, por ejemplo. O director de cine. O gigoló. O ser niño otra vez y jugar en un equipo de fútbol más o menos apocalíptico. Desafortunadamente el niño crece, al atracador lo matan, el director se queda sin dinero y el gigoló enferma y entonces ya no te queda más alternativa que escribir.
Los libros son tozudos, la literatura es tozuda; los autores, perecederos, olvidables, y en el devenir de la historia, por lo general, innecesarios. Solo los libros permanecen, solo la obra literaria se mantiene a flote sobre las aguas del tiempo, mientras que su autor, el que sea, es y será por siempre un náufrago perdido y ahogado, yaciendo en el fondo de esas mismas aguas.
¿Quién los ve andar por la ciudad si todos están ciegos ? Ellos se toman de la mano: algo habla entre sus dedos, lenguas dulces lamen la húmeda palma, corren por las falanges, y arriba está la noche llena de ojos.
Son los amantes, su isla flota a la deriva hacia muertes de césped, hacia puertos que se abren entre sábanas. Todo se desordena a través de ellos, todo encuentra su cifra escamoteada; pero ellos ni siquiera saben que mientras ruedan en su amarga arena hay una pausa en la obra de la nada, el tigre es un jardín que juega.
Amanece en los carros de basura, empiezan a salir los ciegos, el ministerio abre sus puertas. Los amantes rendidos se miran y se tocan una vez más antes de oler el día.
Ya están vestidos, ya se van por la calle. Y es sólo entonces cuando están muertos, cuando están vestidos, que la ciudad los recupera hipócrita y les impone los deberes cotidianos.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)