Obsesionados por el materialismo, apasionados por las «cosas», por el lujo, por lo ponderable, por lo razonable, por lo comestible, por lo vendible, por lo comercializable, la materia nos ha embrutecido, banalizado, aturdido, adormecido, esclavizado.
Cuando leo algo que entiendo perfectamente, lo abandono desilusionado. No me gustan los relatos con historias comprensibles. Porque entender puede ser una condena. Y no entender, la puerta que se abre.
La noche que me senté a leer a Dostoyevski por primera vez fue un acontecimiento de la mayor importancia en mi vida, más importante incluso que mi primer amor. Fue el primer acto deliberado, consciente, que tuvo sentido para mí; cambió la faz del mundo por completo. Ya no sé si es verdad que el reloj se paró en el momento en que alcé la vista después del primer trago intenso. Pero el mundo se detuvo en seco, eso lo sé. Fue mi primera vislumbre del alma del hombre, ¿o debería decir que Dostoievski fue el primer hombre que me reveló su alma? Quizás hubiera sido yo ya un poco raro antes, sin darme cuenta, pero desde el momento en que me sumergí en Dostoievski fui clara e irrevocablemente raro y satisfecho de serlo. El mundo ordinario, despierto, cotidiano, había acabado para mí. Era como el hombre que ha estado mucho tiempo en las trincheras, demasiado tiempo bajo el fuego. De pronto, la aflicción, la envidia y las ambiciones humanas ordinarias de este mundo… eran porquería para mí.
Es difícil contar una historia realmente apasionante sobre cómo saqué una semilla de avena silvestre de su cáscara, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otr…
P. Sus novelas están siempre motivadas por algún problema histórico. ¿Cómo desarrolla la trama a partir de ahí?
R: No lo sé. Hay quien tiene un determinado talento, como un amigo mío, que es capaz de sostener un vaso con un dedo y hacerlo girar sólo con mirarlo. Mi talento es que de vez encuando soy capaz de trasladarme al pasado y ver qué ocurría en otro tiempo. Así es como deberían escribirse las novelas históricas. También tengo muy buena memoria para cualquier cosa que me interese, y una memoria pésima para aquello que no necesito recordar.
P.¿Cuánto tiempo le llevó escribir Yo, Claudio?
R. Yo, Claudio y Claudio, el dios me llevaron ocho meses. No me quedaba más remedio que terminar rápido el trabajo, porque tenía una deuda de cuatro mil libras. Me familiaricé tanto con el personaje que me acusaron de documentarme en exceso, cuandolo cierto es que no me documenté en absoluto.
P. ¿Cuántas horas al día tuvo que dedicarle aproximadamente?
R.: No lo sé, siete u ocho. La historia completa fueron unas doscientas cincuenta mil palabras. Había hipotecado la casa y no quería perderla.
Robert Graves
Entrevista con Robert Graves (“The Paris Review”. 1953-1983)
El amado no necesita estar vivo. El amado vive en la cabeza. El telar es para los pretendientes, encordado como un arpa con el hilo blanco de un sudario.
Él era dos personas. Era el cuerpo y la voz, el magnetismo natural de un hombre vivo, y después el sueño o la imagen que despliega y moldea la mujer que trabaja el telar, sentada allí, en un salón lleno de hombres sin imaginación.
Igual que te compadeces del engañado mar que intentó llevárselo para siempre y solamente se llevó al primero, al verdadero marido, debes compadecerte de estos hombres: no saben qué es lo que están mirando; no saben que cuando uno ama de esta forma un sudario es un traje de novia.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)