John Kaltenbrunner era sólidamente el mejor en las cosas que hacía bien, pero en las demás era un cretino negligente, torpe y distraído. Es decir, en el momento en que descubrió su vocación nada hubiera podido detenerle, pero hasta entonces era siempre el eterno «luces encendidas pero nadie en casa». Le movía solo lo que le paralizaba hasta un grado de obsesión. Lo demás —todas las necesidades y exigencias cotidianas— lo hacía como distracciones periféricas. Desde su empresa infantil de organizar una granja hasta su brillante dirección de la crisis, quince años más tarde, su único logro magno en la vida fue probablemente mantenerse vivo a lo largo de los años.
La biblioteca es un andrajoso vertedero de basura de tres al cuarto, sujeta al escrutinio constante de una junta revisora fundamentalista que, a su vez, se compone de brujas metodistas probablemente analfabetas y vendedores regionales de Biblias.
Lo demás es muy sencillo. Rebuscó por la cocina ennegrecida, encontró la única botella de licor que había en la casa, subió una vela en la mesa del cuarto de estar y procedió a perder la conciencia de todo lo más aprisa posible. Emborracharse le llevó veinte minutos. Lo único que recordaba de aquella ocasión era que miraba vacíamente una foto de su padre encima de la mesa. Por lo demás, no hizo otra cosa que dar largos tragos náuseas de la botella y observar el parpadeo de la luz de la vela en la habitación. Se notaba rotos todos los huesos del cuerpo. Los sucesos del día le habían sumido en un estado de trauma corporal y psicológico.
John, en su época, casi siempre lograba salir de la taberna indemne, y en las pocas ocasiones en que no lo hizo se trataba solo de un puñetazo ciego de un cretino o del impacto fortuito de un proyecto extraviado. De lo contrario permanecía completamente solo en su rincón y mantenía su neutralidad de empleado solitario e insignificante de Sodderbrook, sin lealtad jurada a ningún grupo. De vez en cuando le identificaban como el chico de los pavos, que nunca pareció decir una palabra y bebía tanto como cualquier chicano de la ciudad. Pero se olvidaban de él en cuanto se desataba la reyerta. Nadie le prestaba la menor atención.
Kuntsler, por su parte, era la quintaesencia de la escoria blanca dotada de una gran fortaleza, y tenía uno de los temperamentos más endemoniados que puedan existir bajo cualquier bandera de la cristiandad. Era un pez loro de cincuenta y seis años, de vieja cepa holandesa y estatura modesta —medía poco más de un metro sesenta—, con una cabeza calva y curtida por el viento, el septo nasal desviado, un frente surcada de arrugas, escoliosis en el hombro derecho y unas manos desproporcionadamente flacas.
En un momento dado del tumulto, una voz solitaria captó la atención del sheriff. Mientras formaban una barricada en la entrada principal, entreoyó claramente la voz de alguien que gritaba algo sobre los basureros locales, algo como ¿por qué no sacáis a uno de esos rastrojos de su agujero para interrogarlos? Dippold se giró e identificó la fuente. Se abrió paso por la sala, apresó al intruso anónimo y le instó a que soltase toda la información que él, o cualquier otra persona, tuviese sobre los basureros de Baker. El hombre contestó que uno de ellos casualmente vivía un poco más abajo de su misma calle, a unas cuantas manzanas del edificio en donde estaban. Dippold salió velozmente a su informante del vestíbulo y lo metió en un coche patrulla, que estaba en la esquina. Arrancaron y descendieron velozmente Poplar hasta la puerta de Burt Donnecker.
Como se había previsto —y estaba matemáticamente garantizada ab initio—, el Baker industrial se transformó en una lunática zona de desastre casi de la noche a la mañana. En la parte trasera y lateral de cada edificio, a lo largo del perímetro exterior de cada solar, en las cunetas, al pie de cada farola, en los fosos de vertidos, en las zonas de descanso, en escaleras y rampas de carga, mirases por donde mirases, largas cordilleras de desperdicios y residuos rezumaban y se descomponían en el calor. Cada industria concreta producía excesos de variadas dimensiones y composición que, vistos unos después de otros, creaban un impacto visual aisladamente incongruente sobre el paisaje general.
Empecé a escribir después de la Segunda Guerra Mundial, y la cuestión de cómo hacerlo frente a la atrocidad del mundo se impuso a mi generación. Comprendí bastante pronto que, si la literatura se limita a reflejar el horror de la realidad, esta siempre tendrá la última palabra. No se puede competir en tragedia con la realidad. Fue entonces cuando decidí buscar equivalencias en otros registros de expresión. Quizá encontrar el equivalente cómico. Pienso que es la única manera de hablar del mundo que nos rodea, que sigue siendo el de El Salvador, Camboya o Afganistán.
Y sé muy bien que no estarás. No estarás en la calle, en el murmullo que brota de noche de los postes de alumbrado, ni en el gesto de elegir el menú, ni en la sonrisa que alivia los completos de los subtes, ni en los libros prestados ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños, en el destino original de mis palabras, ni en una cifra telefónica estarás o en el color de un par de guantes o una blusa. Me enojaré amor mío, sin que sea por ti, y compraré bombones pero no para ti, me pararé en la esquina a la que no vendrás, y diré las palabras que se dicen y comeré las cosas que se comen y soñaré las cosas que se sueñan y sé muy bien que no estarás, ni aquí adentro, la cárcel donde aún te retengo, ni allí fuera, este río de calles y de puentes. No estarás para nada, no serás ni recuerdo, y cuando piense en ti pensaré un pensamiento que oscuramente trata de acordarse de ti.
El escritor argentino Guillermo Saccomanno, ganador del Premio Alfaguara 2025. / Marc Asensio
En 2010 ganó el Premio Biblioteca Breve con ‘El oficinista’, una novela de ficción distópica, este año, el Alfaguara con ‘Arderá el viento’, una narración realista más en su línea
En España hay siete clases de españoles. A saber, los que no saben; los que no quieren saber; los que odian el saber; (…); y los que viven gracias a que los demás no saben. Estos últimos se llaman a sí mismos ‘políticos’ y a veces hasta ‘intelectuales’.
¿Para qué sirve el espacio de la literatura sino como borrador para escribir sobre lo que nos exaspera? Sigo volviendo a aquel editor inglés que, cuando rechazó mi libro por correo electrónico, dijo que mi novela le resultaba exasperante, sobre todo las quejas de la narradora embarazada, aunque eso tal vez solo revelara sus prejuicios, me dijo, su aversión a los niños […].
Porque ¿qué pasaría?; ¿qué pasaría si yo estoy y estuve intentando ser exasperante? ¿Dónde está el papel en la literatura contemporánea para los exasperantes, los mezquinos, los cotillas, los resentidos? Porque en la vida real le di las gracias al editor por decirme lo que pensaba, consciente del poder que aún ejercía sobre mí, o del poder que por lo menos yo sentía que ejercía sobre mí, el prestigio que va unido a su nombre en oposición al mío, la posibilidad de que pudiera cambiar de opinión, de que algún día me publicara, o de que si yo actuaba de manera poco profesional yéndome de la lengua de alguna manera, eso pudiese tildarme de difícil en el mundo editorial, lo que me impediría intentar ganarme la vida concatenando trabajos y contratos de profesora adjunta, renovados cada año tras presentar mis súplicas, mientras que aquí, en el espacio de una obra que sé que solo leerá una persona, porque solo hay un lector leyendo cada vez, o que quizá no leerá nadie, qué más da, si ya estoy muerta, puedo decir lo que pienso y lo que siento, que lloré en el despacho de adjuntos cuando recibí su correo, y luego tuve que ponerle buena cara al alumno heterosexual embelesado por la obra de determinado escritor de autoficción publicado en esa misma editorial, y que quise preguntarle al editor si no se hartaba también cuando su amigo lo hacía de forma tan prestigiosa, y que su rechazo me dolió profundamente durante un tiempo.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)