Cualquiera puede ser un asesino en ‘La última puerta antes de la noche’, la nueva novela de Lobo Antunes

António Lobo Antunes. Foto: Gonçalo Rosa da Silva

El escritor se adentra en el pantanoso terreno del ‘true crime’, pero no para explotar el morbo, sino para ahondar en las pulsiones de la mente humana.

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Lectura: ‘El cuerpo. Cegador, 2’ , de Mircea Cartarescu

El escritor rumano Mircea Cartarescu. / periodico

Crítica de ‘El cuerpo. Cegador, 2’ de Mircea Cartarescu

Con el segundo tomo de su trilogía, Cartarescu sirve un libro excepcional que es el centro neurálgico de toda su literatura

Origen: Crítica de ‘El cuerpo. Cegador, 2’ ,de Mircea Cartarescu


Textos

Mi madre era mi gran puerta de acceso. La realidad me resultaba entonces impenetrable como una pared multicolor: los objetos, la gente, las casas, los patios, las acacias, las calles conocidas, vislumbradas en realidad o en sueños, estaban dibujadas en dos dimensiones, sobre la pared que me rodeaba, de manera esférica, por todos lados. Solo mi madre, encastrada también en la pared, en altorrelieve, con su sonrisa atormentada y sus ojos castaños de campesina, era blanda, era penetrable, como si el muro se hubiera descalcificado en ese punto y en lugar de la costra cóncava de yeso hubiera aparecido poco a poco una película que podía ser desgarrada.



Por eso Herman no creía en los libros impresos, sino solo en los manuscritos, cada uno de ellos un ejemplar único, cada uno un Evangelio. Porque no eras tú el que elegías el libro, sino que el libro te elegía para escribirse a través de ti.«Por eso —añadía él mirándome por debajo delas cejas—, en un mundo solo puede existir un libro, uno para cada uno de los mundos posibles.»



… mis encuentros con Herman, sus inesperadas ideas, incomprensibles y, sin embargo, fascinantes, porque yo extraía de ellas, como de unos caramelos de miel, la dulce emulsión del relato, siguieron construyendo, en las profundidades de mi córtex, los humeantes edificios iniciados por el Mendébil, les añadió cúpulas y bastiones, torres, banderolas que chasqueaban con el viento, veletas y, sobre todo, una bóveda infinitamente elevada quencubría todo lo demás y que se confundía con mi cráneo estrellado: los cielos de verano de la infancia, la carpa del circo de los malabaristas y los payasos y de la fuerza y el milagro de nuestra existencia.



Dormité así, en un capullo de seda, hasta los diecisiete años, cuando de repente, en un abrir y cerrar de ojos, mientras me encontraba un buen día sentado en el baúl de mi habitación, con los pies apoyados en el inmenso radiador de debajo de la ventana, comprendí que existo, que soy Mircea, que soy. Que la lenta remodelación en el capullo neoténico entre los diez y los diecisiete años, aquella pereza, aquel vuelo planeado, me había transformado de oruga en mariposa, es cierto que era todavía prisionero del duro caparazón, transparente como una córnea, perfectamente adaptado a la protuberancia de mis ojos, a los hilos de las patitas y los anillos del vientre, el caparazón cuya espalda no podía aún romper para poder escapar de él empapado y con las alas arrugadas, sacando sucesivamente cada pata de la pata de cristal y cada antena de la antena de cristal, hasta que esa imagen frágil quedara ligera y hueca, desgarrada por los vientos, aferrada aún a su ramita, mientras que yo bombearía, hinchando grotescamente mi vientre blando, con la quitina todavía húmeda, el líquido vital a las nervuras de las alas.



Antes de marcharme, le repetí que podía hojear tranquilamente el manuscrito, que no era literatura, que lo había escrito solo para mí, que a través de él vivía yo mi sueño de siempre, o al menos el de cuando, en la adolescencia, con mi pijama roto y un gorro en la cabeza, sabiendo que en mi vida no habría jamás una criatura femenina ni alegría, imaginaba el futuro como una buhardilla con una mesa, una silla y una cama, en la que yo, el enviudado, el sombrío, el inconsolable, iluminado únicamente por un sol negro, escribiría mi libro infinito, el libro ilegible, de mente, cuyos bucles de tinta estarían directamente conectados con mis venas, con mis canales linfáticos, y cuyas páginas eran, precisamente, mi piel y mi tejido cerebral.



Soile estaba sentada en un banco del patio devastado delante de su casa de Tunari, y el ocaso reflejado en su vestido de encaje blanco le proporcionaba el matiz de las flores de cerezo. Esperaba con las manos en el regazo, con una barbilla tímida como de niña, una muñeca grande y blanda con unos ojos hechos no para ver, sino para reflejar en sus castaños círculos brillantes las malas hierbas, la casa en ruinas, cuya escalera adosada a la pared no conducía a ninguna parte, la cerca de hierro forjado y los pocos tranvías que pasaban aullando por la calle de enfrente, haciendo temblar los cimientos de los viejos edificios. Colgado del cuello, sujeto por un cordoncito de piel, Soile tenía un medallón de esmalte enmarcado en una filigrana de plata. En su óvalo estaba pintada Soile, sentada en el banco, grande, suave, desmañada, ante su casa morada con una escalera que no conducía a ninguna parte. Llevaba al cuello un medallón en cuyo óvalo se veía a Soile, con su vestido de encaje blanco, en el que brillaba el esmalte de otro medallón, en el cual, delante de su casa, Soile… Incluso el milésimo medallón era tan claro como el primero y como la imagen de la verdadera Soile, que esperaba en el ocaso, emanando un olor a piel cálida, muy seca, y a soledad, ante una casa en ruinas en Tunari, una casa del color del lupus eritematoso.



Entre las decenas y cientos de miles de mariposas que invadían cada día Bucarest, tal y como en el ecuador llueve todos los días, solo una docena conseguía encontrar el lugar en que el espacio formaba un curioso bucle, abría un torbellino inesperado a través de cuya fibra, descompuestas en bits de colores y temblor para ser reconstituidas después, más brillantes que antes, en su destino, las mariposas afortunadas llegaban a la cañada llena del flores del centro de la ciudad, de donde no regresarían jamás, al igual que las otras, a las cajas de cristal del museo. Este flujo y reflujo de mariposas, como la espuma de las olas en la orilla del mar, hacía de Bucarest la ciudad más cautivadora construida jamás, pues las fachadas de piedra, yeso y cristal eran lustradas cada día por unas alas aterciopeladas y el aire quedaba siempre impregnado de un polvillo de escamas irisadas que, al pasar por la tráquea y los pulmones, los iluminaban y los volvían visibles en el pecho como unos retorcidos tubitos de neón.



La luz se extinguió lentamente hasta que una gran sombra descendió sobre la sala.Transcurrieron unos diez segundos hasta que reinó un silencio total. El hombre avanzó hacia el centro de la pista, en una oscuridad absoluta, se detuvo después de dar quince pasos y pronunció en su mente el mantra que lo despertaba hacia su interior. Se abrió entonces su ojo interno y, como una lanzadera en un eterno movimiento inmóvil, empezó a construir un cuerpo nuevo, idéntico al suyo y, sin embargo, completamente distinto, un cuerpo deslumbrante bajo la tierna luz de lamente. Un cuerpo sometido a la mente hasta la última célula, un cuerpo de voluntad y de anhelo, de fuerza y de dulce abandono. Rozado por la mirada del ojo cerebral, o inventado por ella, se elevó al principio, en la oscuridad, un esqueleto de cristal pesado y sonoro, con cada uno de sus huesos modelado de manera hipercorrecta, con los picos y los discos de cada vértebra en su sitio, con las suturas del cráneo entre los huesos curvos de cuarzo brillante, con las láminas delas costillas tan frágiles como el cristal, con los omóplatos triangulares, con los huesos de la pelvis complicados como una flor de agua cristalina, con los tubos de los brazos y de las piernas, con las probetas de los dedos coronadas por uñas, con los calcaños tan extraños como hachas primitivas, con los astrágalos como clavos de hielo. Un esqueleto maravilloso brillaba en el centro de la arena y del mundo. Bajo el ápex de la bóveda craneal, de la cúpula del Circo y de la bóveda celeste, en la pequeña hendidura de la silla turca de la base del cráneo, el ojo sin párpados contempló su obra y vio que estaba bien.

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‘En una habitación ajena’, de Damon Galgut: el deseo de ser nómada

Damon Galgut, en el Hay Festival de Gales en 2022.David Levenson (Getty Images)

El escritor sudafricano lleva en su nuevo libro el relato de viaje a una dimensión distinta. El protagonista de las tres historias unidas en esta novela es un trasunto del autor que comparte su intimidad con extraños que encuentra en el camino

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Colección de citas literarias. CXVI

Soy un técnico, pero tengo técnica sólo dentro de la técnica.
Fuera de eso soy loco, con todo el derecho a serlo.
Con todo el derecho a serlo, ¿oyeron?

Fernando Pessoa


Lo más fácil, entre nosotros, será morir; un poco menos fácil, soñar; difícil, rebelarse; dificilísimo, amar.

Carlos Fuentes.


Las personas amantes de la literatura tienen partes de sus mentes inmunes al adoctrinamiento. Si lees, puedes aprender a pensar por ti mismo.

 Doris Lessing


Cuando te mueres, no sabes que estás muerto, no sufres por ello, pero es duro para el resto. Lo mismo pasa cuando eres imbécil.

Albert Einstein

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William Gaddis o la conspiración del lenguaje – Jot Down Cultural Magazine

Tríptico de la Vanidad terrenal y la Salvación eterna, de Hans Memling (1485).

William Gaddis es un escritor indignado. Parafraseando a uno de sus personajes, el escritor no vino al mundo para traer la paz, sino una espada, y la suya no deja títere con cabeza.

Origen: William Gaddis o la conspiración del lenguaje – Jot Down Cultural Magazine

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Contar. Anne Carson

Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado. Podrías susurrar de cara a un pozo. Podrías escribir una carta y mantenerla guardada en la gaveta. Podrías escribir una maldición en una cinta de plomo y enterrarla para que nadie la lea por mil años. No se trata de encontrar un lector, se trata de contar. Piensa en una persona de pie, sola en un cuarto. La casa está en silencio. La persona lee un pedazo de papel. No existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en él unos signos que nadie más va a ver, le confiere así como una plusvalía, y todo lo remata con un gesto tan privado y preciso como su propio nombre.

Anne Carson.

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Sólo soy un soñador en prosa, Gerard de Nerval

Yo no he visto jamás a mi madre; sus retratos se perdieron o fueron robados; sé solamente que se parecía a un grabado de la época, un grabado de la escuela de Prud’hon o Fragonard, y que podía titu…

Origen: Sólo soy un soñador en prosa, Gerard de Nerval – Calle del Orco

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Las fuentes de mi literatura. Mario Levrero

Suelen citarse fuentes más o menos innobles de mi literatura, la novela policial entre ellas. También se ha citado la pornografía, aunque es un error: detesto la pornografía. Otro error es buscar fuentes exclusivamente literarias para la literatura, como si un fabricante de quesos tuviera que alimentarse exclusivamente de quesos. Antes de escribir traté de hacer cine, hasta me di cuenta de que en Uruguay era imposible. Terminé escribiendo porque era más barato, y porque me faltó la disciplina para aprender música o pintura, o para ser médico o psicólogo. Y después que uno encuentra un modo de expresión, se le hace fácil y cuesta salirse de él, pero no quisiera descartar del todo la posibilidad de no hacer nada. Pero me llama la atención esa miopía generalizada, ese afán de construir un mundo coherente pero falso, donde todos los escritores están como pinchados con alfileres en un mapa, en una red de parentescos e influencias. Creo que el cine, la música, los amigos, las mujeres, las hormigas, el mar, y etcétera, me han influido tanto o más que los libros. Lo digo seriamente.

Mario Levrero

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Cuaderno de poemas. «El poema». Juan José Saer

Mi mano no sabe por qué escribe el poema;
mi corazón ha recogido un destello del mundo,
hace ya mucho tiempo,
y dirige la mano sumisa, ordena sus gestos en la noche.
El poema, ¡la cerrada totalidad!
La fría palabra se llena de luz cálida
y sus rayos penetran las sustancias reales,
plenas al tacto, la piel de la tierra;
en su círculo de oro
la sangre se nutre y aguarda,
piedra cincelada por el porvenir.
Mi mano no sabe; a veces
mi corazón ha creído saber;
mi corazón,
espejo mudo,
núcleo del tiempo,
azar oscuro en un tejido de ricas mañanas.

Juan José Saer
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Ventana a YouTube. Roger Waters – «Wish You Were Here» – from This Is Not A Drill: Live from Prague

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