Poema de rebeldía. Doris Lessing

Ser rebelde lleva la vida entera,
borrarte los privilegios de la piel,
inscribirte en la soledad del desacuerdo,
dejar atrás a los usurpadores…

No hay premio a una rebelde
más allá de poder regar sus flores
en el tiempo que apropia,
salir a dar de comer a las aves
una mañana donde el capital devora,
sonreír con los dientes maltrechos
ante la desventura del desayuno,
ser indigente en la casa que nadie sueña.

Las rebeldes saben
de qué están hechos los premios,
rechazan los mendrugos
que lanza la mano del opresor.

Una rebelde tiene como único premio la vida,
porque de ella nadie se apropia,
en ella nadie la usurpa,
porque es la única tierra propia
de cada rincón donde duerme.

Su rebeldía alcanza siempre
a cobijar el desánimo del progreso
y si de paso una rebelde
tiene la alegría en soledad,
ha vencido al mundo.

Doris Lessing

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Lectura: «Foto por privado», de Simon Chevrier

El escritor francés Simon Chevrier, a finales de febrero en París.Léa Crespi

Simon Chevrier, escritor: “A menudo, a la prostitución se llega por un malentendido” | Babelia | EL PAÍS

El escritor francés debuta con ‘Foto por privado’, ganadora del Goncourt a la primera novela, un relato de autoficción inspirado en el curso escolar en que recurrió al trabajo sexual para sobrevivir

Origen: Simon Chevrier, escritor: “A menudo, a la prostitución se llega por un malentendido” | Babelia | EL PAÍS


Textos

Mis ojos son verdes. A veces el verde se mezcla con el gris, el gris con el azul y el azul con el verde. Mi nariz es larga y estrecha. Mis labios, púrpuras, con frecuencia agrietados por el frío. Tengo la tez clara y las primeras quemaduras de sol me salen en la nariz antes que en otras zonas del rostro. Tengo una nuez prominente. Soy tirando a alto y delgado. Tengo los hombros estrechos y caídos; uno se inclina hacia un lado.


Antes de cada cita, encendiendo un cigarrillo por el camino. A veces me basta con una bocanada, con algunas caladas. Luego llego, cruzo las puertas del hotel y acudo a la habitación reservada. En el ascensor, despliego el envoltorio de un caramelo Lutti Mint, me lo llevo a la boca, lo chupo muy deprisa. El cliente espera con impaciencia en la habitación. Cuando le beso, a veces el caramelo sigue debajo de mi lengua.


Me viene un pensamiento, cojo un bolígrafo y lo escribo. Intento concebir la muerte de mi padre como una etapa hacia la continuidad de su vida. Es reconfortante convencerse de que hay un después. Solo que la espera es larga y todo se acelera en nuestras cabezas. No entendemos que el otro dejará de estar entre nosotros. Nos decimos que mi padre es valiente por aceptarlo, por no llorar. Porque tendría derecho a llorar.


Mi abuela paterna acaba de cumplir ochenta y cinco años. Hace varios años que su entorno le es extraño. Disocia los rostros. De los nombres se acuerda, confunde un poco a unos hijos con otros, pero su memoria sigue siendo bastante fiel, su instinto de madre todavía está presente. Sabe que tiene cinco hijos. Tiene recuerdos de ellos. Su mente los conserva, son sus referencias. Su realidad. El fallecimiento de mi abuelo la persigue todavía. Yo soy, creo, uno de los nietos que sabe situar sin equívocos. La última vez que la vi, me hizo preguntas sobre temas precisos, sobre mis estudios. Recordaba dónde me había ido a vivir.


Con el blanco y negro, es difícil determinar el color de los ojos de Daniel. Puede que fueran marrones tirando a verde, que en función de la iluminación y del sol su color fluctúa. Desde lo alto de su metro noventa y tres, tenía un aire inseguro. Solía ​​llevaba una camisa amarilla de cuello de mariposa y pantalones ajustados de pernera ancha. Su calzado fetiche, un par de deportivas altas de color beis. En invierno se enfundaba en un abrigo largo de ante y una bufanda blanca que él mismo había tejido. Fumando un Winston tras otro, recorría las calles de Nueva York con su maleta de cartón, donde transportaba ropa, una marioneta en miniatura, paleta de maquillaje y demás accesorios de mimo. Se desplazaba con su radiocasete y practicaba sus números de calle con música. En el artículo de Maureen Dowd se precisa que le gustaba maquillarse desde la edad de cinco años y que no creía proceder de este planeta. En mi cuaderno, apunto que pasó treinta años tratando de encontrar el suyo.

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Crítica: «Escribir la vida. Fotodiario». Annie Ernaux

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La poesía y el error. Anne Carson

que aquello a lo que nos enfrentamos cuando hacemos poesía es el error,
la creación a voluntad del error,
la ruptura y complicación deliberada de errores
a partir de los cuales puede surgir
lo inesperado.

Anne Carson

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Danzar con cadenas, Friedrich Nietzsche

Danzar con cadenas.—Ante todo artista, poeta o escritor griego, hemos de preguntarnos: ¿cuál es la nueva traba que se impone y que hace que resulte seductora a los ojos de sus contemporáneos (logra…

Origen: Danzar con cadenas, Friedrich Nietzsche – Calle del Orco

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Sylvia Plath. Texto


En todas partes, perceptible o imperceptiblemente, las cosas pasan, terminan, desaparecen. Y habrá otros veranos, otros conciertos, pero jamás será este, nunca más, nunca será como ahora. El año que viene no seré la misma de ahora, por eso me río de lo perecedero, de lo efímero, me río pero al mismo tiempo, como una niña tonta con sus juguetes, me aferro, abrazo tiernamente unos cristales rotos, el agua que se escurre a través de mis dedos. Por más que escriba, que invente para tratar de expresar, de verbalizar, de capturar la vida, todo el truco consiste en vivirla. Todo desaparece: cualquier sueño al que recurras para anestesiar el dolor y las heridas también desaparecerá. Engáñate pensando en la permanencia de ciertas islas literarias: solo eso has tenido hasta ahora. Tu sueño se está cumpliendo. La cosa está funcionando gracias a fuerzas ciegas: no hay nada de lo que puedas enorgullecerte, solo de tu propia inteligencia y de la buena voluntad de algunas personas amigas tan locas como tú. Así que aprovecha mientras puedas.

Sylvia Plath

(De sus «Diarios»)

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Cuaderno de poemas. «Sucio, mal vestido». Roberto Bolaño

En el camino de los perros mi alma encontró
a mi corazón. Destrozado, pero vivo,
sucio, mal vestido y lleno de amor.
En el camino de los perros, allí donde no quiere ir nadie.
Un camino que sólo recorren los poetas
cuando ya no les queda nada por hacer.
¡Pero yo tenía tantas cosas que hacer todavía!
Y sin embargo allí estaba: haciéndome matar
por las hormigas rojas y también
por las hormigas negras, recorriendo las aldeas
vacías: el espanto que se elevaba
hasta tocar las estrellas.
Un chileno educado en México lo puede soportar todo,
pensaba, pero no era verdad.
Por las noches mi corazón lloraba. El río del ser, decían
unos labios afiebrados que luego descubrí eran los míos,
el río del ser, el río del ser, el éxtasis
que se pliega en la ribera de estas aldeas abandonadas.
Sumulistas y teólogos, adivinadores
y salteadores de caminos emergieron
como realidades acuáticas en medio de una realidad metálica.
Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones.
Sólo el amor y la memoria.
No estos caminos ni estas llanuras.
No estos laberintos.
Hasta que por fin mi alma encontró a mi corazón.
Estaba enfermo, es cierto, pero estaba v
ivo.

Roberto Bolaño

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Ventana a YouTube. Another Brick In The Wall (PINK FLOYD) – 400 musicians and children’s choir

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Imagen: «… aunque te estés ahogando»

Estatua titulada «Lee aunque te estés ahogando». Filandia
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Álbum de librerías incompleto 301

Librairie «Paul Jammes». París
Librería «Casa Usher», Barcelona
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