LA POESÍA. Dámaso Alonso

La poesía ¿es el pensamiento? ¿Es el ritmo? ¿Es la imagen? Cada uno de estos tres elementos pueden venir de sitios distintos; y aun pueden juntarse todos… y la poesía no concurrir a la cita. Porque la poesía -y no pretendo revelar el secreto intangible, sino solo aislarlo- consiste en una íntima vibración del poeta, por vías de misterio comunicada a su obra; vibración que en ondas de luz nos descubre hasta profundidades últimas, como en prodigio, el pensamiento, nítidamente translúcido, e intensificado; temblor que avanza en música a lo largo del ritmo; sacudida que hace fúlgida la imagen; vibración, estremecimiento, furia, lo llamaron los antiguos, que une todos esos elementos; y ya, en la obra inconsútil, pensamiento, imagen, ritmo, son un solo indivisible ser: la criatura del arte, el poema.

Dámaso Alonso

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Mercedes Halfon, diario del desamor en Berlín

Mercedes Halfon. Foto: Catalina Bartolomé

‘Diario pinchado’ es, en su breve precisión, un relato minimalista, atento a los sentimientos en trance de cambio, al proceso obligado de aprendizaje de la soledad y de la autonomía

Origen: Mercedes Halfon, diario del desamor en Berlín | El Cultural

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Notas sacadas de la lectura de “Amor intempestivo”, de Rafael Reig

Las novelas —como la vida— se leen desde el primer capítulo hasta al último, pero se escriben siempre desde el final —también como la vida, que solo adquiere sentido una vez vivida—.

Desde que me recuerdo, estaba escribiendo. Nunca «descubrí mi vocación» ni «elegí» ser escritor, no hizo falta: jamás concebí otra posibilidad.

Es la misma pregunta que me hago al escribir: ¿busco algo o huyo de algo? Quizá se escribe siempre un palimpsesto, para borrar otra escritura anterior, las huellas del pasado, aquello que nos persigue en la oscuridad y de lo que intentamos alejarnos. Quizá la respuesta solo se encuentre al desembocar en el silencio del mar oscuro y profundo, donde ya no la podré oír por debajo del agua.

Los meses empleados en leer a Proust ponen a tu alcance un placer desconocido e inalcanzable para el lector de Pérez-Reverte.

Rafael Reig
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Amelia Biagioni. “Soplo”

Algún mañana o nunca seré un hombre.

Diz que difícil que me dejen serlo.

En tanto soy un corto dios:

[…]

Origen: Amelia Biagioni – Soplo – Basta de texto

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Lectura: ‘El ferrocarril subterráneo’. Colson Whitehead

 

‘El ferrocarril subterráneo’, de Colson Whitehead: Tren subterráneo hacia la libertad

El norteamericano Colson Whitehead revive el trauma de la esclavitud en una compleja y exigente novela de gran carga moral

Origen: ‘El ferrocarril subterráneo’, de Colson Whitehead: Tren subterráneo hacia la libertad | Babelia | EL PAÍS


Textos

Ajarry dio a luz cinco niños de esos hombres, todos paridos en los mismos tablones de la cabaña, adonde señalaba cuando los pequeños erraban la conducta. De ahí habéis salido y ahí volveréis si no atendéis. Si les enseñaba a obedecerla, tal vez obedecieran a todos los amos por venir y sobrevivieran. Dos murieron dolorosamente de fiebres. Un chico se cortó el pie jugando con un arado oxidado, que le emponzoñó la sangre. El benjamín no volvió a despertarse después de que un capataz lo golpeara en la cabeza con un madero. Uno detrás del otro. Al menos nunca los vendieron, le dijo una vieja a Ajarry. Lo cual era cierto: por entonces Randall rara vez vendía a los pequeños. Sabías dónde y cómo morirían tus hijos. El que vivió más de diez años fue la madre de Cora, Mabel.


Esa noche el sentimiento volvió a dominarle el corazón. Se apoderó de ella y, antes de que su parte esclava alcanzara a la parte humana, Cora se dobló como un escudo encima del cuerpo del niño. Agarró el bastón como un hombre de los pantanos sujetaría una culebra y vio el adorno de la punta. El lobo de plata mostraba los dientes de plata. Entonces el bastón se zafó. Y cayó sobre su cabeza. Cayó de nuevo y, esta vez, los dientes de plata le rasgaron los ojos y la sangre salpicó el suelo.


Al segundo día llegó en carruaje un grupo de visitantes, augustos invitados de Atlanta y Savannah. Elegantes damas y caballeros que Terrance había conocido en sus viajes, así como un periodista londinense que informaría sobre la estampa americana. Se sentaron a comer a la mesa instalada en el jardín, a degustar la sopa de tortuga y las chuletas de Alice mientras componían cumplidos para la cocinera, que nunca los recibiría. Big Anthony fue azotado mientras duró la comida, y comieron despacio. El periodista garabateaba notas entre bocado y bocado. Sirvieron el postre y luego los comensales entraron en la casa para escapar de las picaduras de los mosquitos mientras el castigo de Big Anthony continuaba. Al tercer día, justo después de almorzar, convocaron a los peones de los campos, las lavanderas, las cocineras y los mozos interrumpieron sus tareas, el personal doméstico dejó sus ocupaciones. Se reunieron todos en el jardín. Las visitas de Randall bebían ron especiado mientras rociaban a Big Anthony con aceite y lo asaban. Los testigos se ahorraron los gritos de Big Anthony porque el primer día le habían cortado la hombría, se la habían embutido en la boca y le habían cosido los labios. El cepo humeaba, ardía, se carbonizaba, y las figuras del bosque se retorcían en las llamas como si estuvieran vivas.


En la guerra —y sofocar una rebelión esclava era la llamada a las armas más gloriosa— los patrulleros trascendían sus orígenes y se convertían en un verdadero ejército. Cora imaginaba las insurrecciones como grandes y sangrientas batallas, libradas bajo un cielo nocturno iluminado por hogueras inmensas. En la versión de Martin, los levantamientos de verdad eran pequeños y caóticos. Los esclavos recorrían los caminos entre una población y otra con las armas que habían conseguido rescatar: hachas y guadañas, cuchillos y ladrillos. Alertados por renegados de color, los blancos organizaban complejas emboscadas, diezmaban a los insurgentes a tiros y luego los perseguían a caballo, reforzados por el poder del ejército de Estados Unidos. A la primera voz de alarma, los voluntarios civiles se sumaban a los patrulleros para aplastar el alboroto, invadir las chozas e incendiar las casas de los hombres libres. Sospechosos y simples transeúntes atestaban las cárceles. Colgaban al culpable y, por prevención, a un considerable porcentaje de inocentes. Una vez vengados los caídos y, lo que era más importante, pagado con creces el insulto al orden blanco, los civiles regresaban a sus granjas, fábricas y comercios, y los patrulleros retomaban sus rondas.


Lista tras lista abarrotaban el libro de contabilidad de la esclavitud. Los nombres se recopilaban primero en la costa africana, en decenas de miles de listas de embarque. El cargamento humano. Los nombres de los muertos importaban tanto como los nombres de los vivos, puesto que cada pérdida por enfermedad y suicidio —y el resto de percances contabilizados bajo el mismo epígrafe— debía justificarse ante el patrón. En el mercado anotaban las almas adquiridas en cada subasta y en las plantaciones los capataces apuntaban los nombres de los trabajadores en filas de apretada cursiva. Cada nombre un activo, capital vivo, beneficio hecho carne.

Colson Whitehead
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Por una nueva novela. Alain Robbe-Grillet

Si empleo con gusto, en muchas páginas, el término de Nueva novela, no es para designar una escuela, ni incluso un grupo definido y constituido de escritores que trabajarían en el mismo sentido; so…

Origen: Por una nueva novela, Alain Robbe-Grillet – Calle del Orco

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Hemingway

El tablero superior de una de esas librerías-la que está junto a la ventana orientada al este, a un metro escaso de la cama-es el «escritorio» de Hemingway, una superficie de medio metro cuadrado escaso acotada por libros a un lado y una pila de periódicos, papeles, manuscritos y folletos al otro. En el poco espacio que queda libre hay el sitio justo para una máquina de escribir, un atril de madera, cinco o seis lápices y un pisapapeles de cobre para cuando entra aire por la ventana.
Hemingway escribe de pie, un hábito que adquirió desde el principio. Con sus pantuflas un par de tallas más grandes de lo necesario, sobre una pequeña alfombra muy gastada de piel de kudú, se planta delante de la librería, con la máquina de escribir y el atril a la altura del pecho.
En la primera fase de un proyecto, Hemingway escribe a lápiz en papel cebolla usando el atril a modo de tabla de escritura. A la izquierda de la máquina de escribir tiene las hojas en blanco en un portapapeles con una pinza en la que pone «Pendientes de pago», y las va sacando de una en una a medida que las ya necesitando. Con la hoja en posición ligeramente oblicua sobre el atril y el brazo apoyado en la tabla, sujeta el papel con la mano izquierda mientras va escribiendo con una letra que, con el paso de los años, ha ido ganando tamaño y se ha infantilizado, con escasos signos de puntuación, muy pocas mayúsculas y los puntos marcados a menudo con una X. Cada vez que termina una página, la sujeta con una pinza en otro portapapeles situado a la derecha de la máquina de escribir.
Sólo cuando la escritura es fluida, o cuando se trata de un pasaje sencillo—al menos para él—, como un diálogo, Hemingway coloca el atril en posición vertical y continúa en la máquina de escribir.
En un gran trozo de cartón de embalar fijado a la pared debajo de una cabeza de gacela disecada, va registrando su progreso, «para no engañarme a mí mismo». Las cifras que hay sobre la tabla indican su producción diaria en número de palabras, y oscilan considerablemente: 450, 575, 462, 1250 , 512. Las cantidades más altas representan los días en que le echa más horas al trabajo para ir a pescar al día siguiente a la corriente del Golfo sin sentirse culpable.

George Plimpton ((Entrevista en “The Paris Review”)

Hemingway
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Cuaderno de poemas. “Han pasado diez años”. Benjamín Prado

Han pasado diez años y es un día de invierno.
Tú caminas por las avellanedas.
y vas junto a esos sauces amarillos que avanzan
por los ríos con luna.

No será como ahora, no tendrás veinte años;
la nieve irá acercándose a tu casa
y el aire verde moverá en tus ojos
sus bosques de cristal y de silencio.

Recuérdalo, hubo un río.
Los árboles vivían
en el imán del agua.
Por la noche, escuchábamos gotear en las sombras
la canción de los búhos.

Y, luego, la corriente se llevó nuestras caras.
No sabemos a dónde. No sabemos por qué.

Aún estamos aquí.
Pero, de pronto,
han pasado diez años
y tú y yo somos dos desconocidos.

Benjamín Prado

Benjamín Prado

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Ventana a YouTube. The Who – Magic Bus – Live At Leeds HQ

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La UNAM pone en línea cerca de 20 000 imágenes de su patrimonio artístico y visual

La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) pone en línea cerca de 20 000 imágenes de obras, objetos artísticos y visuales a través del Catálogo

Origen: La UNAM pone en línea cerca de 20 000 imágenes de su patrimonio artístico y visual

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