Dejar que el libro sople su propio viento, Marguerite Duras

ENTREVISTADORA: ¿No tiene la impresión de que, al escribir, usted busca librarse de algo? MARGUERITE DURAS: No creo. Se trata de una pulsión no selectiva, que es mi naturaleza, mi verdadero hogar, …

Origen: Dejar que el libro sople su propio viento, Marguerite Duras – Calle del Orco

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El trabajo y la poesía. T. S. Eliot

P.: Piensa usted que lo preferible para un poeta sería no trabajar y dedicarse sólo a escribir y a leer?

R.: No, creo que eso sería… Pero nuevamente sólo cabe hablar de uno mismo. Es muy peligroso proponer un camino óptimo para todo el mundo, pero estoy bastante convencido de que si yo empezara a ser independiente económicamente, si no tuviera que molestarme en ganarme la vida y pudiera dedicarme exclusivamente a la poesía, eso tendría un efecto nefasto en mí.

P.: ¿Por qué?

R.: Pues porque creo que me ha resultado muy útil ejercer otras actividades, como trabajar en un banco o incluso ser editor. Y creo también que el hecho de no disponer de todo el tiempo que querría me obliga a concentrarme. Quiero decir que me ha impedido escribir demasiado. Por lo general, el peligro de no tener nada más que hacer es que uno se ponga a escribir demasiado en vez de concentrarse en una producción más pequeña y perfeccionarla. Al menos ése sería el peligro para mí.

T. S. Eliot
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Cuaderno de poemas. «Mis libros». Jorge Luis Borges

Mis libros

Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.
No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.
Mejor así. Las voces de los muertos
me dirán para siempre.

Jorge Luis Borges

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Twitter. Video. Pink Floyd

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Reflexiones. Ernesto Sábato

Lamentablemente, en estos tiempos en que se ha perdido el valor de la palabra, también el arte se ha prostituido, y la escritura se ha reducido a un acto similar al de imprimir papel moneda.

Ernesto Sábato

Ernesto Sábato

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Álbum de librerías incompleto 210

Bar de libros «Olavide». Madrid

Librería San Ginés, Madrid
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Por qué queremos tanto a Joseph Roth. Sergio del Molino

Joseph Roth, con su esposa, Andrea Manga Bell, en Austria en 1933.ANONYM (GETTY IMAGES)

No había ningún indicio de que más de 80 años después de su fallecimiento, el escritor sería uno de los autores de moda, uno de los más venerados, citados y homenajeados a comienzos del siglo XXI

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Lectura. «La promesa». Damon Galgut

La promesa. Encuento con Damon Galgut

Textos

Cuando pronuncian las palabras en voz alta no se las cree. Cierra los ojos y niega con la cabeza. No, no. No puede ser verdad lo que su tía acaba de contarle. Nadie ha muerto. Es una palabra, nada más. Observa la palabra depositada sobre el escritorio como un insecto patas arriba, sin explicación.


Sí, señor, asiente Lexington, y por un momento los dos están genuinamente de acuerdo, Sudáfrica los preocupa a los dos, aunque por distintos motivos. Alwyn Simmers se siente emocionalmente unido a su compatriota negro, le parece que a los ojos de Dios son iguales, aunque en el coche deben ocupar siempre asientos separados. Así lo ha decretado Dios, del mismo modo que ha decretado que Rachel debía morir a la hora que murió y que su casa se llenara de quienes la lloran, también es Su deseo que en otros cuartos los hijos y las hijas de Cam trabajen sin descanso en beneficio de sus amos y amas, cortando leña, sacando agua del pozo y, en general, haciendo más llevadera la vida de aquellos que cargan con el pesado yugo del liderazgo. Carga que algunos preferirían rechazar, pase de mí este cáliz, pero si el cáliz es tuyo, debes beber de él, no discutir con Dios, por amargas que sean las heces.


El ministro ciego ha encontrado su cadencia retórica, su hermosa voz se aleja ondeando entre montículos de termitas y matas de hierba. Siempre tuvo el don de la palabra, un modo de cantar cuando habla. Hay momentos de auténtica inspiración en que se deja llevar por algo superior a él, como si otro conductor fuera al volante. Ojalá que sea Jesús, nuestro Señor, pero a veces le preocupa que no sea así. Hace cuarenta años, tras un pequeño fallo de su probidad, Alwyn Simmers y su hermana cometieron el pecado de la fornicación, por desgracia fue entre ellos, y aunque ninguno de los dos ha vuelto a mencionarlo hay ocasiones en que siente ganas de confesarlo en voz alta desde el púlpito. En días como este teme llegar a hacerlo de veras. Pero no, sigue contando la otra historia, esa que todos acordamos, ya sabes a cuál me refiero, a la de la salvación, el humor, la renovación y el perdón, si somos verdaderos cristianos nunca nos follaremos a nuestras hermanas, ni se nos pasará por la cabeza hacerlo.


Avanzan, salen. Cruzan las puertas laterales de la iglesia hasta el cementerio, donde la tierra ya tiene la boca abierta y espera. No hace falta extenderse en lo que sigue, en el cajón que baja, en el dolor desgarrador al llegar los últimos adioses, etcétera, etcétera. Es una escena muy antigua, tal vez la más antigua de todas, y no tiene nada de excepcional.


A medida que lee el libro viaja al interior de Amor desde muy lejos, de su mente a la mía, a través de la brecha en el tiempo, y ahora ella ya no está en el cuarto, está dentro de las frases, una detrás de otra como una serie de túneles conectados entre sí por los ángulos. ¿Adónde la llevan los túneles? Aaron es un hombre joven, se crio en una granja justo a las afueras de Pretoria, no muy distinta de nuestra granja. Es un joven fuerte y feliz, lleno de promesas y ambiciones. Seguramente le esperan grandes cosas. Es deseado por muchas pero ama solo a una, una hermosa muchacha que vive cerca, en la ciudad.

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La sombra de Bob Dylan. Fernando Navarro

La silueta de Bob Dylan al piano durante su concierto en el Palladium de Londres el pasado 20 de octubre.

Los miedos que parecían olvidados reviven por todas partes: la guerra, la intolerancia, la desigualdad, los fascismos… Los bárbaros vuelven a estar a pies de la frontera

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El cuento. Alice Munro

El cuento estaba puramente determinado por el largo de las siestas de mis hijos, pero después resultó que ésa fue la manera en la que aprendí a escribir y ya no pude hacer otra cosa […]. Supongo que hay que seguir adelante con lo único que uno sabe hacer, ¿no?

Alice Munro

(A través de Kim Nguyen Baraldi)

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