Emily Dickinson, la poeta que eligió el confinamiento

Cynthia Nixon como Emily Dickinson en una escena de «Historia de una pasión», de Terence Davies – ABC

La gran lírica americana pasó los últimos veinte años de su vida recogida en su casa, consciente de que no se le había perdido nada entre las multitudes

Origen: Emily Dickinson, la poeta que eligió el confinamiento

Publicado en Literatura | Etiquetado | Deja un comentario

Lectura: “Los asquerosos”. Santiago Lorenzo

Santiago Lorenzo. Foto: Cecilia Díaz Betz

Los asquerosos. Nadal Suau

Tal vez la mejor prueba de la veta genial que recorre Los asquerosos, cuarta novela de Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964), sea lo desarmado que deja a quien escribe sobre ella una vez leída. Parece un libro sencillo que aborda cuestiones muy concretas y atractivas (la soledad, la desconfianza ante las formas técnicas y económicas de progreso […]

Origen: Los asquerosos | El Cultural


Textos

No acoplaba bien, acaso por el chorro excesivo de ansias que tenía de acoplar. Le daba vergüenza que se le notaran los deseos de compincheo, y se los frustraban las angustias derivadas del que si me arrimo o que si me despego. La gente le detectaba la sobreabundancia de anhelo, famoso antídoto, y mucho candidato a compadre fugaba discretamente. Para el que no le conociera, Manuel era un pesado. Y ninguno de los recién conocidos le conocía, como la propia expresión indica, implícita ella, no hay más que explicar.


Manuel se instaló en el cuchitril de la calle Montera con las cuatro pertenencias de las que era propietario. El vecindario, huraño era. Sería que la estrechez de los cubículos encogía las almas. A las dos semanas de estadía no había cruzado palabra con nadie. Los pasillos calados de puertas, carriles crudos, tampoco daban para más intimaciones. Y mucho menos tratándose de un parco como este, por mucho que las estuviera deseando.


Todo lo cual confirmaba la sospecha de que los jabones eran falacias. Eran mentira, dijo. Dejó de lavarse. En fase primera, sentía una incomodidad que intuía postiza, no innata. Al cabo de un mes ocurrió lo que profetizó. Un día se encontró de sopetón con que la idea de ponerse a remojo le daba vagancia. Empezó a pensar en la cuestión del síndrome de abstinencia, como me iba retransmitiendo. Según la cual, geles y jabones producen un mono tan claro como el de la cocaína o el azúcar. Con el resultado añadido de que la ausencia de ungüentos de droguería (qué fértil coincidencia léxica) deriva en la eliminación del olor (al tiempo que en la desaparición del anhelo de usarlos). Me decía que tras cuatro semanas de no untarse con productos de bañera, ni olía a nada insano, por un lado, ni padecía la necesidad picosa y pegajosa de ellos, por otro. Ni resultaba elocuente de sobaco (tampoco tenía nariz destinataria a la que interpelar) ni sentía ganas de lavarse. Había superado su dependencia cutánea.


Me contó que hacía «exámenes de soledad»: escrutar y verificar las ondulaciones de su ánimo una vez sometido a la incomunicación, a ver cómo estaba respondiendo y a ver cómo le estaba perjudicando. Me dijo que transcurrían las semanas y que no se le declaraba crisis, depresión, ansiedad, aburrimiento ni inquietud ninguna por no ver absolutamente a nadie. Que los exámenes esos, que los aprobaba todos. Con unas matrículas de honor que no sacó jamás en toda su puta vida lectiva.


Había entre La Mochufa varios gordos (los de las camisetas de gimnasio). Eran de esos que lo son por no reunir ganas de levantarse del sofá, por comer lo que sea con tal de no prepararlo, por pelotudez, por ser vagos, por andar dormidos, por no arrancar. De los de las grasas insaturadas fluyendo por las venas sin disolvérseles en la sangre por estar apanarrados en modorra terminal. Una cierta morfología de gordo justificadamente reprobable y cuyo comprobante va mucho antes en la expresión facial de panoli que en las lorzas y en las mollas. De estos había bastantes, no necesariamente adultos. Estaba la cuñada chorraboba que se las daba de independiente porque salía a pasear sola. Volvía siempre con una foto de ella ante el paraje deshabitado, que enseñaba a todos. La titulaba con variaciones del lema desconectando del mundo y la colgaba en Internet. Con lo que se conectaba a millones de mundianos. Menudeaban mucho entre los mochufas estas incongruencias de desvaídos colegiados.


Había más gentes cuyas particularidades llamaban la atención: el del chambergo de plástico, que iba cocido en su propia gelatina como si fuera una cazuela de callos. Otro muy peludo, que tenía pelo hasta en la raya del pelo. A uno le habían salido cartucheras en los muslos, y llevaba los fémures entre paréntesis. Una muchacha tenía los pezones como dos yoyós. Muchos tendían a vestir como si fueran a la jungla de Sumatra, dril, caqui, verde oliva y mucho bolsillo.

Publicado en El oficio de lector, Lecturas | Etiquetado | Deja un comentario

Entrevista con Mariana Enriquez

Mariana Enriquez. Ilustración: Ulises

Mariana Enriquez: «Muchos lectores encuentran sosiego en ficciones muy oscuras»

Agobiada por la cuarentena, Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) confiesa estar “muy dispersa”, a pesar de encontrarse enredada en la promoción de ‘Nuestra parte de noche’, último premio Herralde

Origen: Mariana Enriquez: «Muchos lectores encuentran sosiego en ficciones muy oscuras» | El Cultural

Publicado en Entrevista | Etiquetado | Deja un comentario

Cuaderno de poemas. “Compañera de hoy”. Alfonso Costafreda

Compañera de hoy, no quiero
otra verdad que la tuya, vivir
donde crezcan tus ojos,
dando tu luz, tu cauce
a lo que veo y siento

Deshacer ese ovillo
oscuro del temor,
encontrar lo perdido,
quebrar la voz del sueño…

Y lenta, lentamente
aprender a vivir,
de nuevo, de nuevo,
como en una mañana
cargada de riqueza.

Alfonso Costafreda

Publicado en Colección de textos literarios o no | Etiquetado | Deja un comentario

El Vieco cortaziano. LXVI

No es fácil ser cronopio. Lo sé por razones profundas, por haber tratado de serlo a lo largo de mi vida; conozco los fracasos, las renuncias y las traiciones. Ser fama o esperanza es simple, basta con dejarse ir y la vida hace el resto. Ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela, contradanza, contratodo, contrabajo, contrafagote, contra y recontra cada día contra cada cosa que los demás aceptan y tienen fuerza de ley.

Julio Cortázar
Publicado en Colección de textos literarios o no | Etiquetado | Deja un comentario

Roberto Bolaño. Una aventura literaria

Roberto Bolaño

B escribe un libro en donde se burla, bajo máscaras diversas, de ciertos escritores, aunque más ajustado sería decir de ciertos arquetipos de escritores. En uno de los relatos aborda la figura de A…

Origen: Roberto Bolaño – Una aventura literaria – Ignoria

Publicado en Historia de la literatura | Etiquetado | Deja un comentario

Cuento: “Huellas” Mircea Cartarescu

Huellas en la nieve mullida hasta el centro del corral, entre el granero y el pozo. El campesino apenas despierto, con una pelliza colocada al vuelo sobre el camisón de puños y cuello bordados, perplejo en el zaguán, aturdido, cree estar todavía soñando y, estremecido por el frío, vuelve en sí. Una sola línea de luz, amarillenta, remataba el establo y las copas de los ciruelos, cubiertos de escarcha, y tres o cuatro isbas aplastadas, bajo las nubes compactas, como unos blinis bajo el cielo cubierto de niebla. E Ivan o Foma que desciende los dos escalones de madera y se dirige también, a través de la nieve que le llega hasta la rodilla, hacia el centro del patio, pero camina junto a la primera fila de huellas, sin atreverse a tocarlas, y se detiene justo donde se había detenido su mujer, donde había terminado su camino sobre esta tierra. A su alrededor solo nieve inmaculada, ondulada, proyectando sombras violetas, y alguna estrellita de seis puntas brillando aquí y allá, como hechizada, al romper el alba. El campesino permanece allí un buen rato, un gallo canta a lo lejos, se oye también el grito de un carretero en una callejuela lateral y, de repente, tras haber mantenido la mirada clavada en el suelo, aturdido por el estupor y el miedo, el aldeano levanta los ojos al cielo. Cada hebra de su barba está llena de cristales de hielo, la escarcha cubre ya sus cejas, pero sus ojos ardientes, llenos de venillas rojas, y su boca abierta denotan pánico y estremecimiento ante esa maravilla celestial. Su mujer había sido raptada y llevada al cielo, como Nuestro Señor Jesucristo y como san Elías. Eso era lo que les contaría a los vecinos que se congregaron en el huerto una hora después y que borraron con sus enormes abarcas la prueba de las huellas detenidas en el vacío; a los gendarmes que vinieron a detenerlo; a los jueces que lo condenaron a muerte por haber matado a su esposa y haberla dejado caer en quién sabe qué agujero del río helado y, finalmente, al verdugo, mientras este le pasaba la soga por las orejas rojas y el pelo rapado, cortado a tazón. «Cuando empiecen a suceder estas cosas, mirad hacia arriba. —Recordó los sermones del cura—. Y levantad la cabeza, porque vuestra redención se acerca.» Y el cura también leyó el Evangelio: «Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: al uno tomarán y al otro le dejarán. Habrá dos mujeres moliendo juntas: a una la tomarán, a otra la dejarán…». No tuvo mucho más tiempo, sin embargo, para seguir recordando la pequeña iglesia llena de rostros de santos y olor a incienso, pues al poco rato el campesino colgaba de la soga, con los ojos fuera de las órbitas y la lengua azul y sanguinolenta entre los labios, en aquella horca levantada en los confines de la región.

Mircea Cartarescu
Publicado en Colección de textos literarios o no | Etiquetado | Deja un comentario