Gabo, aquel 7 de mayo. Almudena Grandes

Un recuerdo de una noche de cumpleaños junto al Nobel colombiano y de toda una vida de lectora de sus libros

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Escribir. Graham Greene

Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana.

Graham Greene

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El mundo desde el escritorio. Zadie Smith

Zadie Smith (Londres, 1975) es novelista, así se define ella todo el rato: no dice escritora, no dice que escribe cuentos. Es una escritora de novelas, y dice que escribe novelas no como una forma de autoconocimiento: “Ese es, para mí, el impulso novelístico primario: la asunción de la posibilidad de […]

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Colección de citas literarias. LXVII

Me gustan más tus labios 

que mis libros.

Jacques Prevert

No leemos a otros: nos leemos en ellos.

José Emilio Pacheco

Rodearse de libros es rodearse de las personas más valiosas; con la gran ventaja de que éstas nos hablan solo cuando queremos que nos hablen.

R.W. Emerson

La poesía es sólo la evidencia de la vida. Si tu vida se está quemando bien, la poesía es sólo la ceniza. 

Leonard Cohen

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El día de Robert Walser

Ese hombre, un escritor que le estaba dejando al mundo novelas de celebración de lo diminuto como El paseo, Jakob von Gunten, Los hermanos Tanner

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“Austerlitz” (fragmento). W. G. Sebald

Naturalmente, ya la primera ojeada a mis papeles traídos del Instituto a Alderney Street mostró que, en su mayor parte, se trataba de esbozos, que ahora me parecían inútiles, falsos y mal trazados. Lo que, hasta cierto punto, resistió el examen comencé a recrearlo y ordenarlo de nuevo, para hacer surgir ante mis ojos, como en un álbum, la imagen del paisaje, sumido ya casi en el olvido, que había recorrido como viajero. Sin embargo, cuanto mayores eran los esfuerzos que, durante meses, dediqué a ese propósito, tanto más lamentables me parecían los resultados y tanto más me acometía, simplemente al abrir los legajos y pasar las innumerables páginas escritas por mí en el curso del tiempo, una sensación de repugnancia y de asco, dijo Austerlitz. Y, sin embargo, dijo, leer y escribir habían sido siempre su ocupación favorita. Con cuánto placer, dijo Austerlitz, me he quedado ante un libro hasta muy entrado el crepúsculo, hasta que no podía descifrar ya nada y mis pensamientos comenzaban a dar vueltas, y qué protegido me sentía cuando, en mi casa, en la noche oscura, me sentaba ante el escritorio y sólo tenía que ver cómo la punta del lápiz, al resplandor de la lámpara, por decirlo así por sí mismo y con fidelidad total seguía a su sombra, que se deslizaba regularmente de izquierda a derecha y renglón por renglón sobre el papel pautado. Ahora, sin embargo, escribir se me había hecho tan dificil, que a menudo necesitaba un día entero para una sola frase, y apenas había escrito una frase así, pensada con el mayor esfuerzo, se me mostraba la penosa falsedad de mi construcción y lo inadecuado de todas las palabras por mí utilizadas. Cuando, sin embargo, mediante una especie de autoengaño, conseguía a veces considerar que había hecho mi trabajo diario, a la mañana siguiente me miraban siempre, en cuanto echaba la primera ojeada al papel, los peores errores, inconsecuencias y deslices. Hubiera escrito poco o mucho, me parecía siempre al leerlo tan fundamentalmente equivocado, que, al punto, tenía que destruirlo y comenzar de nuevo. Pronto me resultó imposible aventurar el primer paso. Como un equilibrista en la cuerda floja que no sabe ya cómo poner un pie delante de otro, sentía sólo la oscilante plataforma debajo de mí y me daba cuenta con horror de que los extremos del balancín que centelleaban muy lejos, en los bordes de mi campo de visión, no eran ya, como antes, mis luces orientadoras, sino malignos señuelos que querían precipitarme en el vacío. De vez en cuando ocurría aún que se perfilara en mi cabeza un razonamiento con hermosa claridad, pero sabía ya, mientras eso sucedía, que no estaba en condiciones de retenerlo, porque, en cuanto tomara el lápiz, las infinitas posibilidades del idioma, a las que antes podía abandonarme con confianza, se convertirían en una mescolanza de frases de pésimo gusto. No había giro de frase que no resultara ser una lamentable muletilla, ni palabra que no sonara vacía y falaz. Y en ese espantoso estado de ánimo me pasaba horas y días mirando a la pared, me atormentaba el espíritu y aprendía poco a poco a comprender lo horrible que es que incluso la tarea o el deber más nimio, como, por ejemplo, ordenar un cajón de cosas diversas, pueda ser superior a nuestras fuerzas. Era como si alguna enfermedad ya latente en mí se dispusiera a declararse, como si algo desmoralizador y obstinado se hubiera metido en mi interior y, poco a poco, lo paralizara todo. Sentía ya tras mi frente la infame apatía que precede al desmoronamiento de la personalidad, sospechaba que en realidad no tenía memoria ni capacidad intelectual, ni una verdadera existencia, que durante toda mi vida sólo me había ido extinguiendo y apartando del mundo y de mí mismo. Si alguien hubiera venido para llevarme al patíbulo, hubiera permitido tranquilamente que me ocurriera lo que fuera sin decir palabra, sin abrir los ojos, lo mismo que las personas sumamente mareadas, cuando, por ejemplo, van en vapor por el Mar Caspio, tampoco oponen la menor resistencia si alguien les comunica que las van a tirar por la borda. Pasara lo que pasara dentro de mí, dijo Austerlitz, la sensación de pánico en que me sumía el estar a punto de escribir una frase, sin saber cómo empezar esa frase o, en general, cualquier otra, se extendió pronto a la operación, en sí más sencilla, de leer, hasta que, inevitablemente, al intentar comprender una página entera, caía en un estado de la mayor confusión. Si se puede considerar al idioma como una antigua ciudad, como un laberinto de calles y plazas, con distritos que se remontan muy atrás en el tiempo, con barrios demolidos, saneados y reconstruidos, y con suburbios que se extienden cada vez más hacia el campo, yo parecía alguien que, por una larga ausencia, no se orienta ya en esa aglomeración, que no sabe ya para qué sirve una parada de autobús, qué es un patio trasero, un cruce de calles, un bulevar o un puente. Toda la estructura del idioma, el orden sintáctico de las distintas partes, la puntuación, las conjunciones y, en definitiva, hasta los nombres de las cosas corrientes, todo estaba envuelto en una niebla impenetrable. Tampoco entendía lo que yo mismo había escrito en el pasado, sí, especialmente eso. Sin cesar pensaba únicamente: una frase así es algo que sólo supuestamente tiene sentido, en realidad, en el mejor de los casos, provisionalmente, una especie de excrecencia de nuestra ignorancia con la que, como algunas plantas y animales marinos con sus tentáculos, tanteamos a ciegas en la oscuridad que nos rodea. Precisamente lo que, por lo común, puede dar la impresión de una inteligencia metódica, la exposición de una idea por medio de cierta habilidad estilística, me parecía entonces nada más que una empresa totalmente arbitraria o demencial. En ninguna parte veía ya una conexión, las frases se disolvían en palabras aisladas, las palabras, en una sucesión arbitraria de letras, las letras en signos inconexos y éstos en una huella gris azulada, que brillaba plateada aquí o allá y que algún ser reptante había segregado y arrastrado tras sí, y cuya vista me llenaba cada vez más de sentimientos de horror y vergüenza.

W. G. Sebald

(A través de Patricia Damiano)

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Cuaderno de poemas. “Versos órficos”. Marguerite Yourcenar

VERSOS ÓRFICOS

En el umbral de una puerta oscura,
a la derecha, corre bajo un álamo
el agua del olvido.

A la izquierda brota la corriente de la memoria,
helado cristal como un licor frío.
El agua de la memoria se estanca en mi corazón.

De allí beben mi alegría y mi zozobra;
en su ribera acampan los sabios;
yo les diré: tengo miedo de morir.

La imagen derramada del tiempo
se refleja en mi memoria;
su hermoso espejo no está agrietado.

Soy hija de la tierra negra
pero también del cielo constelado
¡abridme la puerta de la gloria!

Marguerite Yourcenar 

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Ventana a YouTube. A History of The Beatles 1962-1970 – Walk Off The Earth

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Biblioteca Palafoxiana, breve historia de un tesoro de la humanidad

Foto: © Fernanda Orendain

Cuenta con el título de Memoria del Mundo por la UNESCO y se considera la primer biblioteca púbica en el continente americano.

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CLXXXVII

Biblioteca Schoelcher (Martinica)

Biblioteca Convento Santo Domingo. Lima. Perú
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