Leer a James Salter. Marcos Ordóñez

A menudo se dice que un gran escritor no puede pasar inadvertido. Es mentira. Entre innumerables ejemplos refulge el caso de James Salter, a quien el reconocimiento le llegó cumplidos los setenta. Cuesta creer que libros tan poderosos como “Años luz” o “Juego y distracción” tan solo vendieran unos pocos miles de ejemplares en la inmensa Norteamérica, y que todavía se hable de él como de un «escritor para escritores». Salter comenzó a ser mínimamente conocido por sus dos libros de cuentos (había cumplido los ochenta cuando publicó el segundo, el magistral y definitivo “La última noche”) y por sus grandísimas memorias, “Quemar los días”, que debo de haber releído una docena de veces.

A menudo, por la mañana, antes de ponerme a escribir, leo unas páginas de Salter, como el diapasón que ha de darme la nota exacta, el impulso y el tono. Leo a Salter para que me limpie la mirada, como aquellos espejos negros que utilizaban los impresionistas cuando no veían con claridad los colores. Consejo para escritores jóvenes: si alguna vez os encontráis bloqueados, leed a Salter. Si estáis perdidos y creéis que lo que estáis haciendo ya no vale, leed a Salter. Si creéis que habéis conseguido una página insuperable y no hay forma mejor de expresarlo, leed a Salter. Leo a Salter para que me ensanche el corazón.

Leo a Salter porque sus páginas arrojan la certeza, tan común en los grandes escritores, de que conoce un buen puñado de verdades sobre la vida y los humanos; verdades que te atraviesan como un rayo e iluminan, de repente, un fragmento de realidad que ahora ves como nunca la habías visto. No: como entreviste una vez y luego olvidaste.

Leo el comienzo de «Los ojos de las estrellas», que tiene la misma acrobática libertad formal de «Las joyas de los Cabot», de Cheever. Leo el final de «Cometa», con la esposa empequeñeciéndose, tropezando en los escalones de la cocina. Vuelvo a los encuentros de Philip y Anne-Marie en “Juego y distracción”, y los paseos del grupo en las noches parisinas, comiendo en los restaurantes de Les Halles antes del amanecer. Vuelvo a leer la evocación de Irwin Shaw, y veo el fantasma flotante de Sharon Tate en Rodeo Drive (lo mejor que se ha escrito sobre ella, lo más hermoso, lo más conmovedor) en “Quemar los días”. Leo el final de “Años luz”. Hay muchos finales de novela que me parten el alma, pero ninguno como este. Viri, el marido, vuelve a la antigua casa familiar, cerrada, abandonada. Su esposa murió, sus hijas se casaron. Lleva un traje gris comprado en Roma, las suelas de los zapatos ennegrecidas por la humedad. Camina con paso lento, los ojos fijos en el suelo. Le parece escuchar todavía las risas imposibles de las niñas en el bosque. De repente percibe un movimiento entre las hojas: es su vieja tortuga que sale a recibirle, el ojo todavía claro, transparente como el cristal, el caparazón en el que aún se pueden leer las antiguas iniciales de aquel amor; la tortuga avanzando como si arrastrase y quisiera depositar a sus pies el bosque entero, el pasado entero. Dios bendiga a James Salter.

Marcos Ordóñez
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3 respuestas a Leer a James Salter. Marcos Ordóñez

  1. SERVIMARTIN dijo:

    Excelente artículo, a mí me ha removido también el alma para leer a James Salter, espero sentir cosas parecidas a las que siente Marcos Ordóñez…. Gracias por compartir tan hermosa presentación.

  2. Pingback: JAMES SALTER – El Camarote de Fernando

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