Las voces en la escritura

[…] hay distintos niveles de voces en la escritura. Uno es muy visible, por no decir audible, e inmediato, que es la voz de cada personaje, pero luego está la voz primordial y, para mí es irrenunciable, que es esa voz baja en la que murmuramos lo que vamos escribiendo, cómo le suena al autor su propia prosa.

Andrés NeumanAndrés Neuman

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Les Luthiers: Clase de literatura

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Álbum de Bibliotecas en construcción, XXX

 

biblioteca del Convento de Santo Domingo, en Lima, Perú.
Biblioteca del Convento de Santo Domingo, en Lima, Perú.

El mundo se divide en dos clases de personas: las que leen libros y las que escuchan a las que han leído los libros.

Bernard Werber.

Biblioteca en el %22Morrin Centre%22, en Quebec, Canadá.
Biblioteca en el «Morrin Centre», en Quebec, Canadá.

 

 

 

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Me acuerdo…

Analogías personales, o no,  con Joe Brainard, recreándole a veces:

Brainard. Me acuerdoMe acuerdo de un telón de fondo de un muro de ladrillos que pinte para una obra. Pinté uno a uno cada ladrillo rojo. Más tarde caí en la cuenta de que podía haberlo pintado todo de rojo y haber trazado luego las líneas blancas por encima.

Me acuerdo de las paredes de las salas de estar con papel pintado.

Me acuerdo de las siestas de verano en las que mi madre se empeñaba que durmiera, y no dormía.

Me acuerdo de fantasear con morir y con lo triste que estaría todo el mundo.

Me acuerdo de fantasear con suicidarme y con la carta que dejaría.

Joe Brainard

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La poesía

Sigo pensando que es otra cosa la poesía: una forma de amor que sólo existe en silencio, en un pacto secreto entre dos personas, de dos desconocidos casi siempre.

José Emilio PachecoJosé Emilio Pacheco

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Joyce. Estilo literario (y IV)

Afrontar la realidad

En el realismo uno afronta los hechos en los que se funda el mundo: la realidad que destroza de pronto el idealismo, que le hace papilla. Lo que hace desdichada la vida de la mayoría de la gente es su sueño malogrado, un ideal irrealizable o mal concebido. De hecho, cabría decir que el idealismo es la perdición del hombre: si afrontáramos la realidad, como nos les queda más remedio que hacer a los hombres primitivos, nos iría mejor. Para eso estamos hechos, ya que la naturaleza tiene poco de romántica: somos nosotros los que introducimos en ella los ideales. […]

La metáfora

Una metáfora es un vicio que atrae a las mentes romas por lo que tiene de acertado y repele, en cambio, a las mentes demasiado serias por lo que tiene de falso y peligroso. […]

El Dios de la creación

La forma narrativa ya no es puramente personal. La personalidad del artista se diluye en la narración, fluyendo alrededor de los personajes y de la acción como las olas de un mar vital. […] Se llega a la forma dramática cuando la vitalidad que ha ido fluyendo y arremolinándose alrededor de todos los personajes los llena de una fuerza vital tan grande que cada uno de ellos cobra una vida estética propia e intangible. La personalidad del artista, al principio un grito o un ritmo o un estado de ánimo, y más tarde una narración fluida y superficial, se utiliza hasta desvanecerse de la existencia; se vuelve impersonal, por así decir. La imagen estética en la forma dramática es la vida purificada en la imaginación humana y proyectada por ella. El misterio de la estética, como el de la creación material, se ha consumado ya. El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro o detrás o más allá o por encima de su obra, invisible, indiferente, limándose las uñas.

Sabatini. Sobre la escritura. JoyceJames Joyce

 

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García Lorca: Hace 79 años

García LorcaSe le vio, caminando entre fusiles, 
por una calle larga, 
salir al campo frío, 
aún con estrellas de la madrugada. 
Mataron a Federico 
cuando la luz asomaba. 
El pelotón de verdugos 
no osó mirarle la cara. 
Todos cerraron los ojos; 
rezaron: ¡ni Dios te salva! 
Muerto cayó Federico 
—sangre en la frente y plomo en las entrañas— 
… Que fue en Granada el crimen 
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada. […]

Antonio Machado. El crimen fue en Granada: a Federico García Lorca

Fotografía: Luis Buñuel

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Lectura: «Ostende», de Volker Weidermann

Weidermann. OstendeOstende, verano de 1936. Stefan Zweig se dispone a pasar el verano en este balneario belga junto a su amante Lotte Altmann y su máquina de escribir. Se les une su amigo Joseph Roth, también dispuesto a escribir y a eludir la prohibición local de bebidas de alta graduación alcohólica. Mantienen una amistad que se proyecta en sus obras literarias: se corrigen mutuamente sus escritos, se dan consejos, se ayudan…, discuten. Roth se va a enamorar por última vez, de Irmgard Keun, una escritora obsesionada por irse de su país, en el que se queman libros. Si es peculiar la amistad entre dos personalidades tan diferentes como el metódico y acomodado Zweig y el bebedor Roth, no menos sorprendente es el amor enternecedor entre éste y la joven apasionada Keun.
Llegan a Ostende otros escritores austriacos y alemanes. Sol, mar, cafés…, podrían ser unas vacaciones entre amigos, si cada día no se agravara la situación en Europa y en España, si no estuvieran preocupados por su incierto futuro, si todos ellos no estuvieran perseguidos y sus libros prohibidos en la Alemania nazi, si no hubieran perdido su patria. Son poetas fugitivos, escritores en el exilio.
Volker Weidermann narra de manera documentada, amena y conmovedora, con innumerables y divertidas anécdotas, la amistad entre Zweig y Roth en aquel verano, poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Junto a Koestler, Keun, Toller, Kisch…, celebran la vida como si fueran las últimas vacaciones, el último momento de felicidad antes del desastre. De una tragedia de la que aún les queda una brizna de esperanza de que pueda evitarse.

(Contraportada del libro. Alianza Literaria)

Texto

Por la tarde Zweig consigue convencer a Roth para que excepcionalmente se siente un poco en la terraza con Lotte y él, el aire libre, al viento y al sol. Lotte lleva consigo la máquina fotográfica, se ríe y pide a los dos amigos que se pongan juntos un momento, sólo una foto. En realidad ya es mucho par Roth tener que dejar que el sol le dé en la cabeza, pero no tiene ganas de resistirse este día tan hermoso. Así que mira algo escéptico, casi beligerante, al objetivo de Lotte, y burlonamente levanta un poco la ceja derecha. No es presumido, le da igual que el pelo en la frente quede ralo y desgreñado, y la pajarito a rayas de colores, un poco arrugada. En todo caso, la chaqueta nueva le queda perfecta. ¿Y qué hacer con las manos? Se agarra un tanto inseguro al borde de la mesa, pone la mano con los dedos amarillos de nicotina  que sujetan un cigarrillo casi Zweig y Rothconsumido junto a la copa llena hasta la mitad de vino blanco. Por su parte, Zweig se arrima a su amigo. Está en una silla más alta, con lo que es media cabeza más alto que Roth, al que ahora mira sonriendo y seguro de sí. Zweig, a quien el traje de lana, con chaleco y corbata, le da calor este día de verano, no mira  a la cámara, sino a Roth. Lotte ve la mirada de Zweig a través del objetivo, y cómo contempla desde lo alto a su amigo, pero es una contemplación paternal o de un hermano mayor, tierna, cariñosa, algo solícita. Está sentado ahí con una sonrisa bondadosa y a través de la cámara de Lotte parece como si hubiera puesto gustoso el brazo sobre el hombro de su amigo. Y Roth es como si temiera precisamente ese gesto protector.

Lotte hace su foto. Roth se relaja, comentan el trabajo del día y lo hacen con una intensidad y precisión que no habían tenido desde hace mucho y que no podrían tener con ninguna otra persona […]

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En la muerte de Rafael Chirbes

Un adiós

[…] Chirbes tenía, desde el principio, una idea de la novela como narración honda de la vida humana enraizada en su tiempo. No un juego postmoderno de broma ingeniosa o autoindulgencia narcisista, pero tampoco reportaje ni crónica, sino construcción soberana hecha de estilo y de habla, empeñada en contar lo que quizás sabe contar mejor la novela, el modo en que las vidas y las conciencias se hacen en el tránsito de unos tiempos a otros, los lazos muchas veces ocultos que conectan el pasado y el presente.

Chirbes[…] Libro a libro, Chirbes construía un mundo, reconocible para muchos de nosotros, pero que él hizo, ejerciendo la potestad suprema del novelista, exclusivamente suyo. Sus límites no eran geográficos, sino temporales: el mundo de las novelas de Chirbes es el de los que fueron jóvenes al final del franquismo y participaron en la resistencia clandestina, y quedaron para siempre fijados en una escisión en el tiempo: hacia atrás alcanzaban el recuerdo de la pobreza y la persecución, testigos y herederos de la generación devastada por la derrota republicana en la Guerra Civil; hacia adelante, sus vidas se proyectaban en el choque entre lo deseado o esperado y lo vivido, entre la claudicación a la indignidad o al cinismo y la persistencia de las lealtades, su descrédito lento, vinculado al declive personal, al aprendizaje del paso del tiempo.

El único patrimonio de un novelista es su experiencia íntima y completa de la parte del mundo que el azar de su biografía le ha hecho accesible. Esa experiencia Rafael Chirbes la transmutó en personajes y en historias de una variedad, una hondura y una ambición que parecen más propias de otras épocas en las que la novela era la forma suprema de la expresión de lo real.

[…] En su trato había una ternura sobria que se parecía a la que se respira entre algunos personajes de sus novelas. […]

Muñoz Molona 1Antonio Muñoz Molina. El País

 

 

 

 

Así es la vida. Uno acumula saber como las urracas, oye miles de discos, lee libro tras libro, ve cientos de programas de televisión, hojea millones de revistas a lo largo de la vida, piensa, se informa, y luego se muere, y seguramente, si le queda un hilo de lucidez, piensa también en todo el tiempo que ha perdido. Y en que seguramente ese tiempo perdido es lo que ha ganado.

Rafael Chirbes (1949 – 2015).

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Sociedad del arte…

Se sabía que T.S. Eliot, a los treinta y pico, usaba polvo facial verde pálido. Uno de los Sitwell decía que era para lucir como si estuviera sufriendo.

Manet fue tan injuriosamente condenado por los críticos que durante un tiempo se sintió demasiado avergonzado como para pedirle a alguien que posara para él.

Rossini usaba peluca. Cuando hacía frío usaba dos.

Los padres de Paul Celan encontraron la muerte en campos de concentración alemanes.

Cuando Cesare Pavese se suicidó, varias jóvenes, que ninguno de sus amigos había visto nunca, aparecieron llorando en su entierro, con la esperanza de ser tomadas por antiguas amantes.

Kerouac escribió su novela, «En la carretera», en un único rollo de papel de 36 metros de largo.

Markon. La soledad del lectorDavid Markson, La soledad del lector

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