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La buena literatura
La buena literatura perturba, zarandea y conmueve. No respeta nada y no nos deja indiferentes; nos corrige. Nos obliga a leer de otra manera, de través, a cambiar de ojos y de memoria, a ampliar nuestros límites, a internarnos en un territorio de tierras movedizas en el que nada nos resulta familiar y todo se vuelve inestable y sospechoso. Es decir:la buena literatura es la única que de verdad nos convierte en lectores plenos, dado que leer es ante todo un ejercicio de permanente recapitulación y temblor.
El poeta es un fingidor
Autopsicografía
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.
Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquel que no han tenido.
Y así va por su camino,
distrayendo a la razón,
ese tren sin real destino
que se llama corazón.
El escritor y sus personajes
Nunca me convertiría en mis personajes. Pero todo en el proceso de escritura consiste en ir acercando esa distancia que hay entre el escritor y sus personajes. En cuanto a nuestra relación, ellos no tienen ni idea de mi existencia; sin embargo, yo estoy muy interesada en ellos.
Leer, leer
Leer nos saca de nuestras casillas, de nuestro hogar seguro, nos expulsa al espacio exterior y nos convierte en nómadas. Mientras leemos, siempre está a punto de anochecer y sorprendernos en un lugar ligeramente terrible, como en los sueños. Llamamos leer a esa anomalía del espíritu que nos arroja a la intemperie […]
Leer es como pensar, como rezar, como hablar con un amigo, como exponer tus ideas, como escuchar las ideas de los otros, como escuchar música (sí, sí), como contemplar un paisaje, como salir a dar un paseo por la playa.
Escribir ficción
Escribir ficción significa hacer algo para uno mismo.
Hay que escribir como si fuera una cosa de orfebre, utilizando el lenguaje como materia maleable. Desde ese estado mental juguetón y artesanal, empiezas a escribir poco a poco.
Lectura: «Juego y distracción», de James Salter
Tras la publicación de «Quemar los días» y «La última noche», Salamandra continúa la recuperación en castellano de la obra de James Salter, en este caso la tercera novela del gran escritor estadounidense. Editada por primera vez en 1967, «Juego y distracción» supuso un punto de inflexión en la trayectoria de Salter y dio la medida de su maestría y ambición literarias. En la actualidad se la considera una lectura insoslayable que, sin duda, contribuirá a engrosar la legión de admiradores que James Salter sigue cosechando en todo el mundo.
La novela, que toma prestado su título de un versículo del Corán sobre la esencia de la vida terrenal, narra la historia de amor entre Phillip Dean, un universitario norteamericano que deambula por Europa, y Anne-Marie Costallat, una joven francesa de provincias. Evocada en todo su esplendor erótico, la fogosa aventura de los dos amantes nos llega a través de la imaginación de un solitario compatriota de Phillip. El desdén hacia las convenciones sociales, la entrega incondicional al placer y la indolencia aparecen aquí delineados con un lenguaje conciso, que convierte el cúmulo de impresiones y la mirada reflexiva y sensible del narrador en un himno a la sensualidad.
(Contraportada de la edición de Salamandra)
Textos
Ella tiene también dos lunares en la cara y un dedo vendado. Intento imaginar dónde trabaja: en una pátisserie, decido. Sí, la veo de pie detrás de las vitrinas de pasteles. Sí. Eso es. Sus zapatos negros están un poco polvorientos. Y son muy puntiagudos. Las punteras son absurdas. Sortijas baratas en ambas manos. Lleva un suéter negro, una falda negra. Frunce la frente mientras lee las historias de amor de “Echo Mode”. Parece que el tren va más rápido.
Tiene una boca estrecha, con las comisuras curvadas hacia abajo, como por el peso de una sabiduría amarga. Expone la cara al sol. Se remueve. La mano se le desliza: la palma reposa ahora sobre el estómago, que se parece ya a un Rubens. De improviso abre los ojos. Me ve. Aparta la mirada hacia la ventanilla. Ahora tiene las manos cruzadas sobre el vientre. Sus ojos vuelven a cerrarse. Nos inclinamos con el tren en los virajes.
En medio del gentío hay una chica con un africano (seguro que es un estudiante) enfundado en un traje gris barato. Bailan abrazados. Verles bailar es como una sucesión de naipes barajados. La sota de picas se desvanece lentamente y surge la reina de diamantes. Sus bocas se unen en la oscuridad.
… no hay nada que no sea tuyo, todo lo que pienso, todo lo que siento. Sólo me avergüenza no saber bastante. Pero no me importa que tú no me pertenezcas nunca, yo solamente quiero pertenecerte a ti, sólo que seas duro conmigo, estricto, pero no te vayas, haz como si estuvieras con otra chica… Por favor. Si no, me moriré. Ahora comprendo que se puede morir de amor.
Imaginación narrativa
En nuestra cultura liberal y posreligiosa tendemos a pensar en la imaginación narrativa como una fuerza benigna que está en nuestro interior. Pero existe una opinión opuesta, y es que la imaginación es una facultad que utilizamos para elaborar, para nosotros y nuestro círculo, el relato que más nos conviene, un relato que justifique cómo nos hemos comportado en el pasado y cómo nos comportaremos en el presente, una historia en la que nosotros solemos tener razón y los demás no.
El oficio de escribir
Creo que en nuestro oficio hay dos estadios: la invención, que es juego, y la redacción, que es trabajo (o se parece más al trabajo, aunque con vastos recreos). Escribir es cosa mental, redactar es una artesanía, que yo veo cercana a la escultura, porque de lo que se trata es de dar volumen y forma, esa tridimensionalidad que tiene la buena escritura.














