Lectura: ‘Las jefas’, de Esther García Llovet

La escritora Esther García Llovet, autora de ‘Las jefas’. / EP

LIBROS | Crítica del libro de Esther García Llovet ‘Las jefas’ | El Periódico

La autora cierra la ‘Trilogía de los países del Este’ con esta novela construida a partir de escenas

Origen: LIBROS | Crítica del libro de Esther García Llovet ‘Las jefas’ | El Periódico


Textos

La luna está muy baja, grande, con mala cara. Amarilla. Una luna hundida entre hojas gordas como lenguas y lianas peludas y el hedor podrido de marjales marcianos, huesecillos, hongos, plumas de flamenca sudadas. Nenúfares. Grandes lotos de mantequilla flotan en el estanque y sobre la tierra blanda cuatro ratas de agua dulce mordisquean la carcasa pelada de algún animal, haciendo rodar el cráneo minúsculo y brillante.


El Primo mira a Petit. Es la primera vez que la ve en bikini. Se ha echado body Glow y brilla por todas partes, parece que la luz del sol, más que iluminarla, se le haya derramado encima como sirope de arce. Cómo se aburren, las chicas. Han venido al lugar equivocado, está claro. La naturaleza, el paraíso, una vez pasado el arrebato pueden ser bastante aburridos, sin pizca de esa novedad a la que son adictas. Quizás por eso metieron a Adán y Eva en el paraíso, porque después del primer descubrimiento del mundo silvestre ya no les quedaba otra que conocerse el uno a la otra, y eso, encontrarse, conocerse, eso sí que fue el final del Edén.


Qué pequeño hoy parece el Primo, como un muñeco sentado en su caja. Chafado, aplastado bajo el peso de la evidencia, del bochorno, de la pena, las orejitas gachas, las puntas de las zapatillas sin llegarle al suelo, retorciéndose un mechón de pelo con el dedo.


Oliver conduce con las manos a las seis y media sobre el volante, sin apenas moverlas, como si lo hiciera por control mental. El Primo va a su lado, saludando al limpiador de la piscina, a los jardineros, a los cien operarios que andan por ahí, marroquíes, rumanos, dominicanos, cada currante hablando en un idioma diferente sin entenderse nada, pero así se construyeron las pirámides y el mundo.


Qué guapa es Staff. Qué sorprendentes resultan las guapas pobres. Las guapas ricas parecen siempre como fotocopias de un mismo molde, pero los pobres son como errores genéticos, un glitch del sistema, un producto inesperado y original y nuevo.


Romana se levanta la primera. Como un recurso. Se ajusta el pantalón de chándal, que se le ha metido por el culo, y la sigue, un poco colorada, confundida o triste, sin saber si sonreír o no ahora que el juego se ha acabado y han ganado, pero no sabe qué. Mira cómo Gran se levanta y la sigue, bebiendo de una botella de Perrier para bajar el Redoxón, otro más de los cientos que le dejan la lengua áspera y pelada y dentro de siete años una perforación intestinal que se la llevará derechita a la tumba en cinco horas;


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