Roland Barthes: Negación del autor

[…] En Francia ha sido sin duda Mallarmé el primero en ver y prever en toda su amplitud la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario; para él, igual que para nosotros, es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad – que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castradora del novelista realista – ese punto en el cual sólo el lenguaje actúa, «performa», y no «yo». Toda la poética de Mallarmé consiste en suprimir al autor en beneficio de la escritura (lo cual, como se verá, es devolver su sitio al lector). Valéry, completamente enmarañado en una psicología del Yo, edulcoró mucho la teoría de Mallarmé, pero, al remitir por amor al clasicismo, a las lecciones de la retórica, no dejó de someter al Autor a la duda y la irrisión, acentuó la naturaleza lingüística y como «azarosa» de su actividad, y reivindicó a lo largo de sus libros en prosa la condición esencialmente verbal de la literatura, frente a la cual cualquier recurso a la interioridad del escritor le parecía pura superstición. […]

Roland BarthesRoland Barthes

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Sobre teatro: «La verdad poética»

La gente va a buscar respuestas al teatro que no puede encontrar en otro lado. Respuestas emotivas […]

En general, me parece que el arte, en época de crisis, siempre es más sabroso, es menos inocente, tiene un carácter de necesariedad obligatoria, y el público siente eso y es convocado con más sensibilidad […]

[…] Pues en esa época en la que solo podías sacar 100 pesos semanales, los teatros de Buenos Aires se llenaron de gente que pagaba 10 pesos por la entrada. ¿Por qué? Porque iban en busca de la verdad poética, que no tiene nada que ver con lo que dan en los noticiarios o lo que cuentan los políticos, es algo emocional. Esa verdad poética permite en el mejor de los casos pensar mejor la vida en general, es como un alimento en época de crisis.

Daniel VeroneseDaniel Veronese, dramaturgo

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Los libros

Yo comprendí que el don o la gracia de pensar con amplio alcance y con multitud de conexiones, que ese modo fastuoso y único de contemplar el mundo al mismo tiempo en muchos aspectos, sólo se concede a quien ha asumido en sí, por encima de su propia experiencia, la preservada en los libros de muchos países, personas, épocas, y quedé estremecido por lo limitado que tiene que experimentar el mundo quien se priva del libro. […] Porque, cuando leemos, ¿qué hacemos sino vivir el interior de personas ajenas, ver con sus ojos y pensar con su cerebro? Y entonces, desde ese instante feliz y agradecido, me acordé cada vez con más viveza y reconocimiento de las innumerables satisfacciones que había recibido de los libros. Me acordé de las decisiones importantes que se originaron en los libros, de encuentros con autores fallecidos hace mucho tiempo que fueron más importantes para mí que algunos con amigos y mujeres, de noches de amor con libros en las que uno, como en las otras, pierde feliz el sueño por placer. Y cuando más reflexionaba, más reconocía que nuestro mundo espiritual se compone de millones de mónadas de impresiones individuales, de las que sólo un número ínfimo procede de lo contemplado y experimentado, mientras que todas las demás las debemos a los libros, a lo leído, a lo trasmitido, a lo aprendido.

Stefan ZweigStefan Zweig. «El libro como acceso al mundo»

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Oliver Sacks, un sabio

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La vida no basta…

La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta.

Fernando PessoaFernando Pessoa

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Álbum de librerías incompleto, 22


Librería Quorum. Cádiz 1

Librería Quorum. Cádiz 1
Librería Quorum. Cádiz 2
Librería Quorum. Cádiz 2
Librería Quorum. Cádiz 3
Librería Quorum. Cádiz 3
Librería Quorum. Cádiz 4
Librería Quorum. Cádiz 4
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Lectura: «Reparar a los vivos» de Maylis Kerangal

Maylis de Kerangal. Reparar a los vivosLe Havre. Simon Limbres regresa con sus amigos de una adrenalínica sesión de surf. La camioneta en la que viaja choca contra un árbol. Poco después de ser ingresado en el hospital, el joven muere, pero su corazón sigue latiendo. Thomas Remige, un especialista en trasplantes, debe convencer a unos padres en estado de shock de que ese corazón podría seguir viviendo en otro cuerpo. Y salvar, tal vez, una vida. Éste es el contundente arranque de la novela, que mantiene al lector en vilo hasta las últimas líneas. En El intruso, un espléndido ensayo autobiográfico, Jean-Luc Nancy narraba en primera persona la experiencia de vivir con un corazón ajeno. Kerangal aborda aquí el tema en una no menos espléndida ficción literaria. «Conocí a un enfermero coordinador de trasplantes», declara la escritora francesa, «encargado de recoger el consentimiento de las familias, en pleno duelo. Quedé conmocionada. Hay una forma de heroísmo discreto en los donantes de órganos que me parece mucho más interesante que algunas figuras espectaculares de las que se nos habla sin cesar.» En «Reparar a los vivos», Maylis de Kerangal sutura con enorme maestría las palabras y las frases del cuerpo ficcional, en un relato de precisión quirúrgica sobre un trasplante cardíaco, cuya prosa sin duda acelerará nuestras pulsaciones.

(Contraportada del libro. Anagrama)

Textos

Lo que es el corazón de Simon Limbres, ese corazón humano, desde que se aceleró su cadencia en el instante de nacer cuando otros corazones se aceleraban a la par, saludando el evento, lo que es ese corazón, lo que lo hizo brincar, vomitar, engordar, danzar liviano como una pluma o pesar como una piedra, lo que lo aturdió, lo que lo hizo derretirse: el amor; lo que es el corazón de Simon Limbres, lo que filtró, registró, archivó, caja negra de un cuerpo de veinte años, no lo sabe nadie con exactitud […]

[…] Révol sabe que lo ha comprendido, sabe que lo sabe, y con infinita dulzura consiente en estirar el tiempo que precederá a lo que va a decir, coge el sulfuro, lo hace rodar en la palma de la mano: la bola de vidrio despide reflejos tornasolados bajo la luz fría del fluorescente, esmalta las paredes y el techo, pasa por el rostro de Marianne, que abre los ojos, y ésa es la señal para Révol de que puede hablar.

–Su hijo está grave.

Al oír esas primeras palabras –timbre claro, cadencia pausada–, Marianne fija sus ojos –secos– en los de Révol, que le devuelve la misma mirada, mientras la frase arranca, mientras se forma ya, límpida sin ser brutal –semántica de una precisión frontal, largos ligados a los silencios, lentitudes que casan con el despliegue del sentido–, lo bastante lento para que Marianne pueda repetirse interiormente cada una de las sílabas que oye, plasmarlas en su mente: a consecuencia del accidente, su hijo ha sufrido un traumatismo craneal, el escáner muestra una lesión importante a la altura del lóbulo frontal –se lleva una mano detrás de la frente acompañando sus palabras–, y esa conmoción violenta ha provocado una hemorragia […]

[…] ni olor de café, perfume de flores o especias, ni un niño de mofletes rubicundos corriendo tras una pelota o acuclillado la barbilla sobre las rodillas, siguiendo con la vista una canica china rodando por la acera, ni un grito, ni voces humanas hablándose o murmurando palabras de amor, ningún llanto de recién nacido, ni un solo ser vivo atrapado en la continuidad de los días, dedicado a los actos sencillos, insignificantes, de una mañana de invierno: nada viene a alterar la pesadumbre de Marianne, que camina como una autómata, pasos mecánicos y porte desvaído. En este día funesto, yo te ruego dios mío. Se repite esas palabras por lo bajo, no sabe de dónde salen, las pronuncia mirándose la punta de las botas como si acompañasen su golpeteo afelpado, un sonido regular que le evita pensar que por el momento sólo tiene que hacer una cosa: un paso, otro paso, otro y sentarse a beber algo.

 Thomas sirve agua en los vasos, se levanta para cerrar la ventana, atraviesa la habitación, y al hacerlo observa a la pareja, no despega los ojos de ese hombre y esa mujer, los padres de Simon Limbres, y a buen seguro en ese instante se acalora mentalmente, consciente de que se dispone a maltraerlos, a insertar en su pena un interrogante que todavía ignoran, a pedirles que mediten y formulen respuestas, cuando son unos zombis golpeados por el dolor, satelizados, y sin duda se prepara a hablar como se prepara a cantar, relaja los músculos, disciplina la respiración, sabedor de que la puntuación es la anatomía del lenguaje, la estructura del sentido, tanto es así que visualiza la frase de arranque, su línea sonora, y vislumbra la primera frase que pronunciará, la que va a hender el silencio, precisa, rápida como un corte, un tajo más que una resquebrajadura en la cáscara del huevo, más que la grieta que trepa por la pared cuando la tierra tiembla. Arranca lentamente, recordando con método el contexto de la situación: creo que habrán entendido que el cerebro de Simon está en trance de destrucción; no obstante sus órganos siguen funcionando: es una situación excepcional. Sean y Marianne parpadean, a modo de asentimiento. Thomas, alentado, prosigue: soy consciente del dolor que sienten ustedes, pero he de plantearles un tema delicado –su rostro se orla de una luz diáfana y su voz sube imperceptiblemente un grado, totalmente límpida cuando declara:

–Nos hallamos en un contexto en el que cabría la posibilidad de que Simon donase sus órganos.

 La niña está frente a sus padres mientras declina el día al oeste, sumiendo poco a poco la ciudad en la oscuridad, y ahora ya sólo son siluetas. Marianne y Sean se acercan, la niña no se inmuta, guarda silencio mientras sus ojos devoran la oscuridad –el blanco de sus pupilas como caolín–, Sean la alza en brazos, Marianne los abraza por la cintura –los tres cuerpos fundidos con los párpados cerrados como en los monumentos a la memoria de los náufragos erigidos en los puertos del sur de Irlanda–, después vuelven al sofá, se desplazan en diagonal sin despegarse, tríada romana protegiéndose del exterior […]

Maylis KerangalMaylis Kerangal

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Lector

Ningún buen libro está terminado de hacer. Un libro es un objeto muerto, que sólo revive en el instante en que un lector se sumerge en él, interviene y lo hace suyo. Si no hay lector, no hay resurrección, no hay milagro. La literatura no es un monólogo, sino un diálogo. Un secreto compartido entre dos intimidades.

Eloy TizónEloy Tizón

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Cheever y la ficción

La ficción es experimentación; cuando cesa de serlo, cesa de ser ficción. Uno nunca escribe una oración sin la creencia de que nunca ha sido escrita de la misma manera y quizás, incluso, con la idea de que lo sustancial de esa oración jamás se ha oído. Cada oración es una innovación.

La ficción debe iluminar, explotar, refrescar. No creo que tenga que haber otra moral que sea consecuencia de la ficción más allá de la excelencia. La agudeza de los sentimientos y la velocidad parecen siempre haber sido terriblemente importantes. La gente busca moralejas en la ficción porque siempre ha habido confusión entre la ficción y la filosofía.

John Cheever

John Cheever

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Por qué ya no escribo…

QUERIDA HENRIETTA, ya que tuviste la amabilidad de preguntarme por qué ya no escribo, trataré de responderte lo mejor que pueda. En los viejos tiempos, mis pensamientos destellaban como chispas diminutas en la semioscuridad de la consciencia y los transcribía, y página tras página brillaban con una luz que llamaba mía. Me sentaba a mi escritorio asombrado por lo que acababa de suceder. E incluso cuando veía las luces apagarse y mis pensamientos se convertían en pequeñas reliquias sin sentido en el crepúsculo de tanta promesa, seguía asombrado. Y cuando desaparecían, como sucedía inevitablemente, estaba listo para comenzar de nuevo, para sentarme en la oscuridad durante horas a esperar aunque fuese una sola chispa, aunque supiera que casi no arrojaría ninguna luz. De lo que no me había dado cuenta entonces, y ahora sé demasiado bien, es que las chispas llevan en su interior el deseo de ser aliviadas de su carga de claridad. Y ésa es la razón por la que ya no escribo, y por la que la oscuridad es mi libertad y mi felicidad.

Mark Strand 1Mark Strand. Casi Invisible

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