Colección de citas literarias. LXXVII

Conmover, perturbar, incluso irritar. Un libro que no logre ninguna de esas tres cosas no me interesa.

Ricardo Menéndez Salmón

Para soñar no hay que cerrar los ojos, hay que leer.

Michel Foucault

Adquirir el hábito de la lectura es construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida. 

William Somerset Maugham

Desvelar ese misterio y esa fosforescencia que se hallan en el fondo de toda persona es cometido del poeta y del novelista, también del pintor.

Patrick Modiano

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Abdulrazak Gurnah gana el Nobel de Literatura por su “conmovedora descripción de los efectos del colonialismo”

El escritor Abdulrazak Gurnah, en una fotografía de 2017 en el festival literario de Edimburgo.SIMONE PADOVANI/AWAKENING (GETTY IMAGES)

El escritor tanzano, refugiado en el Reino Unido desde finales de los sesenta, se alza con el máximo reconocimiento literario. Es el quinto africano distinguido por la Academia Sueca

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Sobre el relato. Ricardo Piglia

Un buen método de reflexionar en una narración es el procedimiento de la novela policial, que consiste en la meditación del detective sobre los hechos que ya se han narrado; la clave es que, en esa situación, el personaje anuncia lo que piensa que va a pasar. En resumen, las ideas en un relato tienen que estar siempre referidas a lo que está por venir, y no para explicar lo que ya se ha narrado.

Ricardo Piglia

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Odi et amo: las cartas a Helena: “Debes contestar; de otro modo haré una locura”: el inicio del vértigo de Octavio Paz y Elena Garro

Octavio Paz y Elena Garro durante un paseo en el lago de Chapala, Jalisco, en 1938.EDICIONES MOLEDRO

El académico Guillermo Sheridan, mayor biógrafo del Nobel de Literatura mexicano, reúne 84 cartas que el poeta le escribió a la novelista entre el auge y el derrumbe de una relación obsesiva

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Lectura: ‘Canción’. Eduardo Halfon

Eduardo Halfon. Foto: Munich Hanser

‘Canción’, el doble viaje de Eduardo Halfon

La tragedia de Guatemala, el secuestro de su abuelo y un disparatado curso universitario en Japón vertebran la última novela del escritor

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Textos

Estaba en Japón para participar en un congreso de escritores libaneses. Al recibir la invitación unas semanas atrás, y después de leerla y releerla hasta estar seguro de que no era un error o una broma, había abierto el armario y había encontrado ahí el disfraz libanés —entre mis tantos disfraces— heredado de mi abuelo paterno, nacido en Beirut. Nunca antes había estado en Japón. Y nunca antes me habían solicitado ser un escritor libanés. Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando ha sido preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía —insiste— en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Escritor francés, desde que viví un tiempo en París y algunos aún suponen que sigo allá. Todos esos disfraces los mantengo siempre a mano, bien planchados y colgados en el armario. Pero nunca me habían invitado a participar en algo como escritor libanés. Y me pareció poca cosa tener que hacerme el árabe durante un día, entonces, en un congreso de la Universidad de Tokio, si eso me permitía conocer el país.


Le decían Canción porque había sido carnicero. No por músico. No por cantante (ni siquiera sabía cantar). Sino porque al salir de la cárcel de Puerto Barrios, adonde lo habían enviado tras robar una gasolinera, trabajó un tiempo en la carnicería Doña Susana, en un sector periférico de la capital. Era un buen carnicero, decían. Muy amable con las señoras de la zona que compraban ahí cortes de carne y embutidos. Y su apodo, entonces, no era más que una aliteración o un juego de palabras entre carnicero y canción. O eso decían algunos de sus compañeros. Otros, sin embargo, sostenían que el apodo se debía a su forma tan peculiar y melódica de hablar. Y aún otros, acaso los más intrépidos, lo atribuían a su capricho de siempre confesar demasiado, de cantar más de la cuenta. Sus compañeros íntimos, sus camaradas, lo llamaban Ricardo. Pero su nombre era Percy. Percy Amílcar Jacobs Fernández. Fue él, Percy, o Ricardo, o Canción, quien unos años después de ser carnicero secuestró a mi abuelo.


Mery Ramírez estaba de pie en la esquina de la sexta avenida y décima calle. Llevaba puesto un vestido negro, sombrero negro, medias negras y tacones negros, tal como le habían ordenado, y sudaba bajo el sol de mediodía. Era una señora morena, regordeta, de baja estatura: vista desde arriba podría parecer un punto negro entre el raudal grisáceo de peatones del centro. Sostenía en sus manos un grueso fardo de papel de estraza (ya repleto de manchas oscuras, por la humedad de sus manos), bien cerrado con cuerdas y cinta adhesiva. Llevaba más de una hora esperando. No le habían dicho más que eso. Que a mediodía estuviera esperando en la esquina de la sexta avenida y décima calle, vestida enteramente de negro, con el fardo de papel de estraza en sus manos, porque mi abuelo así lo había solicitado. Ella, su secretaria de toda la vida, había mandado a decir mi abuelo, era la única persona en quien confiaba para hacer la entrega. Mery Ramírez sintió entonces cómo los peatones seguían empujándola, rozándola, golpeando el fardo en sus manos. Y sintió que sus piernas empezaban a ceder, a temblar un poco, por el cansancio o quizás por los nervios. Su mirada de repente se tornó borrosa y casi no vio cuando un hombre pasó arrebatándole el fardo y desapareció entre el gentío de la sexta avenida. Se quedó quieta. No sabía qué hacer. No sabía si salir corriendo tras él. No estaba segura si había sido el hombre indicado o un ladrón cualquiera. Y ahí mismo, como devorada por el mar de peatones del centro, Mery Ramírez cayó de rodillas y empezó a rezar.


Me había dicho Aiko, al terminar de almorzar, que prefería tomar el café ahí, que ése era su lugar favorito cuando quería estar sola, que teníamos un poco de tiempo antes de que iniciaran los conversatorios de la tarde. Sólo una vez vi las quemaduras en la espalda de mi abuelo, dijo. La taza de café humeaba en sus manos. Sus deditos de guinda no llegaban al suelo. Una mañana, dijo, cuando yo era niña, él me llevó a nadar bajo un puente del río Ota, cerca de su casa. Íbamos solos, tomados de la mano. Al llegar, mi abuelo me sentó en la ladera del río y caminó hacia el agua y se quitó la bata delante de mí, de espaldas a mí. Yo era muy niña, entendía poco, pero aún recuerdo bien el patrón de quemadura en su espalda. Era como si tuviera su kimono estampado sobre la piel, o como si alguien le hubiese dibujado la tela de su kimono sobre la piel. Algo así. No entendí por qué mi abuelo llevaba su kimono en la piel. Sólo entendí que esas cicatrices en su espalda eran iguales al tejido de sus kimonos, unos kimonos que yo conocía perfectamente. Pero no le dije nada, ni le pregunté nada. Tampoco sentí miedo. Sólo me desvestí y nadé con mi abuelo en el río. Esa noche, le pregunté a mi madre y ella me explicó un poco, no mucho, supongo que para no asustarme. Las telas blancas, me dijo mi madre, repelían el calor de la bomba. Las telas oscuras lo absorbían y lo conducían a la piel. El kimono de mi abuelo era negro.

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Crítica: . «El vendedor de tabaco». Robert Sheethaler

«El vendedor de tabaco»: Viena, años 30

El ascenso del nazismo en la capital austriaca es el tema de fondo de esta excelente novela de Robert Sheethaler

Origen: «El vendedor de tabaco»: Viena, años 30

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Antología de pequeños tesoros literarios. «Te soñé». Juan Rulfo

Me haré a la idea de que te soñé –dijo-. Porque la verdad es que te conozco de vista desde hace mucho tiempo, pero me gustas más cuando te sueño. Entonces hago de ti lo que quiero. No como ahora que, como tú ves, no hemos podido hacer nada.

Juan Rulfo

Juan Rulfo, Un pedazo de noche

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La imposibilidad de escribir con lucidez absoluta, Aldolfo Bioy Casares

Una tarde de 1939, en las barrancas de San Isidro, Borges, Silvina Ocampo y yo planeamos un cuento (otro de los que nunca escribiríamos). Ocurría en Francia. El protagonista era un joven literato d…

Origen: La imposibilidad de escribir con lucidez absoluta, Aldolfo Bioy Casares – Calle del Orco

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Fórmula para convertirse en novelista. William Faulkner

P.: ¿Hay alguna fórmula para convertirse en un buen novelista? 

R .: Noventa y nueve por ciento de talento, noventa y nueve por ciento de disciplina y noventa y nueve por ciento de trabajo. El escritor nunca debe estar satisfecho con lo que hace, aunque su trabajo sea todo lo bueno posible. Hay que soñar con grandes metas y aspirar siempre a mucho más de lo que sabes que está a tu alcance. No te molestes en intentar ser mejor que tus coetáneos o tus predecesores. Intenta superarte a ti mismo. Un artista es una criatura controlada por demonios. No sabe por qué lo han elegido a él, y normalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es un ser absolutamente amoral, porque está dispuesto a mendigar,  pedir prestado y robar a cualquiera con tal de alcanzar su objetivo

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Cuaderno de poemas. «Quiero rezar en la piedra ardiente». Thomas Bernhard

Quiero rezar en la piedra ardiente
y contar las estrellas que nadan
en mi sangre
Señor
Dios mío
quiero ser olvidado
ya no temo el día
que vendrá mañana
ya no temo la noche
que me tolera
Señor
Dios mío
ya no temo
lo que pueda venir aún
mi hambre se ha aplacado ya
y el tormento negro
ha sido apurado.
.
Quiero alabarte Dios mío
en el abandono
y todo miedo se borra
y toda muerte me regala la luz de mis ojos
Dios mío te alabo
por mucho que el tiempo dure
no estaré ya solo
estaré contigo
y alegre
las aves han revoloteado en vano
negras
y otra vez
negras
la cifra revienta
la luna grita
pero yo
ya no soy.
.

Señor haz que olvide
mi alma
y el tormento de mis ojos
y el puñal de los labios cansados
y el fuego verde de cabañas lejanas
el hocico de cada charca
que olvide
Señor
Dios mío
el día
que me divide el grito
que di y el paso de muchas aves
mi cólera está en pedazos
y libre mi sangre
en torrentes.
.
trinchado
ay
ay
ay
mi

ay.
.
Las aves ay las aves
negra la noche
mi sangre
oh Señor
han sido trinchadas
todas las aves
grito que amarillo
quema la lengua
trinchadas
ay en sangre
los cuchillos Dios
bebo mi carne
los cuchillos
hace tiempo están muertos
mi rojo
mi verde
mi aguijón pincha
trinchado
ay
trinchado
ay

.

Thomas Bernhard

En In hora mortis

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