El escritor Abdulrazak Gurnah, en una fotografía de 2017 en el festival literario de Edimburgo.SIMONE PADOVANI/AWAKENING (GETTY IMAGES)
El escritor tanzano, refugiado en el Reino Unido desde finales de los sesenta, se alza con el máximo reconocimiento literario. Es el quinto africano distinguido por la Academia Sueca
Un buen método de reflexionar en una narración es el procedimiento de la novela policial, que consiste en la meditación del detective sobre los hechos que ya se han narrado; la clave es que, en esa situación, el personaje anuncia lo que piensa que va a pasar. En resumen, las ideas en un relato tienen que estar siempre referidas a lo que está por venir, y no para explicar lo que ya se ha narrado.
Octavio Paz y Elena Garro durante un paseo en el lago de Chapala, Jalisco, en 1938.EDICIONES MOLEDRO
El académico Guillermo Sheridan, mayor biógrafo del Nobel de Literatura mexicano, reúne 84 cartas que el poeta le escribió a la novelista entre el auge y el derrumbe de una relación obsesiva
Estaba en Japón para participar en un congreso de escritores libaneses. Al recibir la invitación unas semanas atrás, y después de leerla y releerla hasta estar seguro de que no era un error o una broma, había abierto el armario y había encontrado ahí el disfraz libanés —entre mis tantos disfraces— heredado de mi abuelo paterno, nacido en Beirut. Nunca antes había estado en Japón. Y nunca antes me habían solicitado ser un escritor libanés. Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando ha sido preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía —insiste— en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Escritor francés, desde que viví un tiempo en París y algunos aún suponen que sigo allá. Todos esos disfraces los mantengo siempre a mano, bien planchados y colgados en el armario. Pero nunca me habían invitado a participar en algo como escritor libanés. Y me pareció poca cosa tener que hacerme el árabe durante un día, entonces, en un congreso de la Universidad de Tokio, si eso me permitía conocer el país.
Le decían Canción porque había sido carnicero. No por músico. No por cantante (ni siquiera sabía cantar). Sino porque al salir de la cárcel de Puerto Barrios, adonde lo habían enviado tras robar una gasolinera, trabajó un tiempo en la carnicería Doña Susana, en un sector periférico de la capital. Era un buen carnicero, decían. Muy amable con las señoras de la zona que compraban ahí cortes de carne y embutidos. Y su apodo, entonces, no era más que una aliteración o un juego de palabras entre carnicero y canción. O eso decían algunos de sus compañeros. Otros, sin embargo, sostenían que el apodo se debía a su forma tan peculiar y melódica de hablar. Y aún otros, acaso los más intrépidos, lo atribuían a su capricho de siempre confesar demasiado, de cantar más de la cuenta. Sus compañeros íntimos, sus camaradas, lo llamaban Ricardo. Pero su nombre era Percy. Percy Amílcar Jacobs Fernández. Fue él, Percy, o Ricardo, o Canción, quien unos años después de ser carnicero secuestró a mi abuelo.
Mery Ramírez estaba de pie en la esquina de la sexta avenida y décima calle. Llevaba puesto un vestido negro, sombrero negro, medias negras y tacones negros, tal como le habían ordenado, y sudaba bajo el sol de mediodía. Era una señora morena, regordeta, de baja estatura: vista desde arriba podría parecer un punto negro entre el raudal grisáceo de peatones del centro. Sostenía en sus manos un grueso fardo de papel de estraza (ya repleto de manchas oscuras, por la humedad de sus manos), bien cerrado con cuerdas y cinta adhesiva. Llevaba más de una hora esperando. No le habían dicho más que eso. Que a mediodía estuviera esperando en la esquina de la sexta avenida y décima calle, vestida enteramente de negro, con el fardo de papel de estraza en sus manos, porque mi abuelo así lo había solicitado. Ella, su secretaria de toda la vida, había mandado a decir mi abuelo, era la única persona en quien confiaba para hacer la entrega. Mery Ramírez sintió entonces cómo los peatones seguían empujándola, rozándola, golpeando el fardo en sus manos. Y sintió que sus piernas empezaban a ceder, a temblar un poco, por el cansancio o quizás por los nervios. Su mirada de repente se tornó borrosa y casi no vio cuando un hombre pasó arrebatándole el fardo y desapareció entre el gentío de la sexta avenida. Se quedó quieta. No sabía qué hacer. No sabía si salir corriendo tras él. No estaba segura si había sido el hombre indicado o un ladrón cualquiera. Y ahí mismo, como devorada por el mar de peatones del centro, Mery Ramírez cayó de rodillas y empezó a rezar.
Me había dicho Aiko, al terminar de almorzar, que prefería tomar el café ahí, que ése era su lugar favorito cuando quería estar sola, que teníamos un poco de tiempo antes de que iniciaran los conversatorios de la tarde. Sólo una vez vi las quemaduras en la espalda de mi abuelo, dijo. La taza de café humeaba en sus manos. Sus deditos de guinda no llegaban al suelo. Una mañana, dijo, cuando yo era niña, él me llevó a nadar bajo un puente del río Ota, cerca de su casa. Íbamos solos, tomados de la mano. Al llegar, mi abuelo me sentó en la ladera del río y caminó hacia el agua y se quitó la bata delante de mí, de espaldas a mí. Yo era muy niña, entendía poco, pero aún recuerdo bien el patrón de quemadura en su espalda. Era como si tuviera su kimono estampado sobre la piel, o como si alguien le hubiese dibujado la tela de su kimono sobre la piel. Algo así. No entendí por qué mi abuelo llevaba su kimono en la piel. Sólo entendí que esas cicatrices en su espalda eran iguales al tejido de sus kimonos, unos kimonos que yo conocía perfectamente. Pero no le dije nada, ni le pregunté nada. Tampoco sentí miedo. Sólo me desvestí y nadé con mi abuelo en el río. Esa noche, le pregunté a mi madre y ella me explicó un poco, no mucho, supongo que para no asustarme. Las telas blancas, me dijo mi madre, repelían el calor de la bomba. Las telas oscuras lo absorbían y lo conducían a la piel. El kimono de mi abuelo era negro.
Me haré a la idea de que te soñé –dijo-. Porque la verdad es que te conozco de vista desde hace mucho tiempo, pero me gustas más cuando te sueño. Entonces hago de ti lo que quiero. No como ahora que, como tú ves, no hemos podido hacer nada.
Una tarde de 1939, en las barrancas de San Isidro, Borges, Silvina Ocampo y yo planeamos un cuento (otro de los que nunca escribiríamos). Ocurría en Francia. El protagonista era un joven literato d…
P.: ¿Hay alguna fórmula para convertirse en un buen novelista?
R .: Noventa y nueve por ciento de talento, noventa y nueve por ciento de disciplina y noventa y nueve por ciento de trabajo. El escritor nunca debe estar satisfecho con lo que hace, aunque su trabajo sea todo lo bueno posible. Hay que soñar con grandes metas y aspirar siempre a mucho más de lo que sabes que está a tu alcance. No te molestes en intentar ser mejor que tus coetáneos o tus predecesores. Intenta superarte a ti mismo. Un artista es una criatura controlada por demonios. No sabe por qué lo han elegido a él, y normalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es un ser absolutamente amoral, porque está dispuesto a mendigar, pedir prestado y robar a cualquiera con tal de alcanzar su objetivo
Quiero rezar en la piedra ardiente y contar las estrellas que nadan en mi sangre Señor Dios mío quiero ser olvidado ya no temo el día que vendrá mañana ya no temo la noche que me tolera Señor Dios mío ya no temo lo que pueda venir aún mi hambre se ha aplacado ya y el tormento negro ha sido apurado. . Quiero alabarte Dios mío en el abandono y todo miedo se borra y toda muerte me regala la luz de mis ojos Dios mío te alabo por mucho que el tiempo dure no estaré ya solo estaré contigo y alegre las aves han revoloteado en vano negras y otra vez negras la cifra revienta la luna grita pero yo ya no soy. . Señor haz que olvide mi alma y el tormento de mis ojos y el puñal de los labios cansados y el fuego verde de cabañas lejanas el hocico de cada charca que olvide Señor Dios mío el día que me divide el grito que di y el paso de muchas aves mi cólera está en pedazos y libre mi sangre en torrentes. . trinchado ay ay ay mi ay. . Las aves ay las aves negra la noche mi sangre oh Señor han sido trinchadas todas las aves grito que amarillo quema la lengua trinchadas ay en sangre los cuchillos Dios bebo mi carne los cuchillos hace tiempo están muertos mi rojo mi verde mi aguijón pincha trinchado ay trinchado ay .
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)