Pronto no habrá amapolas.
Eliminadas como malas hierbas,
van desapareciendo de los campos.
Ya no se extenderán las rojas pinceladas del viento en los trigales.
¿Quién entenderá, entonces,
los cuadros de Van Gogh?
Todavía es un mundo familiar, aunque
cambios sutiles ya me alertan:
no volverá jamás a ser el mío.
No es ningún infierno: permite comprender.
Llega el olvido, tranquilizador.
Y vuelve, siempre vuelve, la alegría.

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