Lectura: ‘Canción’. Eduardo Halfon

Eduardo Halfon. Foto: Munich Hanser

‘Canción’, el doble viaje de Eduardo Halfon

La tragedia de Guatemala, el secuestro de su abuelo y un disparatado curso universitario en Japón vertebran la última novela del escritor

Origen: ‘Canción’, el doble viaje de Eduardo Halfon | El Cultural


Textos

Estaba en Japón para participar en un congreso de escritores libaneses. Al recibir la invitación unas semanas atrás, y después de leerla y releerla hasta estar seguro de que no era un error o una broma, había abierto el armario y había encontrado ahí el disfraz libanés —entre mis tantos disfraces— heredado de mi abuelo paterno, nacido en Beirut. Nunca antes había estado en Japón. Y nunca antes me habían solicitado ser un escritor libanés. Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando ha sido preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía —insiste— en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Escritor francés, desde que viví un tiempo en París y algunos aún suponen que sigo allá. Todos esos disfraces los mantengo siempre a mano, bien planchados y colgados en el armario. Pero nunca me habían invitado a participar en algo como escritor libanés. Y me pareció poca cosa tener que hacerme el árabe durante un día, entonces, en un congreso de la Universidad de Tokio, si eso me permitía conocer el país.


Le decían Canción porque había sido carnicero. No por músico. No por cantante (ni siquiera sabía cantar). Sino porque al salir de la cárcel de Puerto Barrios, adonde lo habían enviado tras robar una gasolinera, trabajó un tiempo en la carnicería Doña Susana, en un sector periférico de la capital. Era un buen carnicero, decían. Muy amable con las señoras de la zona que compraban ahí cortes de carne y embutidos. Y su apodo, entonces, no era más que una aliteración o un juego de palabras entre carnicero y canción. O eso decían algunos de sus compañeros. Otros, sin embargo, sostenían que el apodo se debía a su forma tan peculiar y melódica de hablar. Y aún otros, acaso los más intrépidos, lo atribuían a su capricho de siempre confesar demasiado, de cantar más de la cuenta. Sus compañeros íntimos, sus camaradas, lo llamaban Ricardo. Pero su nombre era Percy. Percy Amílcar Jacobs Fernández. Fue él, Percy, o Ricardo, o Canción, quien unos años después de ser carnicero secuestró a mi abuelo.


Mery Ramírez estaba de pie en la esquina de la sexta avenida y décima calle. Llevaba puesto un vestido negro, sombrero negro, medias negras y tacones negros, tal como le habían ordenado, y sudaba bajo el sol de mediodía. Era una señora morena, regordeta, de baja estatura: vista desde arriba podría parecer un punto negro entre el raudal grisáceo de peatones del centro. Sostenía en sus manos un grueso fardo de papel de estraza (ya repleto de manchas oscuras, por la humedad de sus manos), bien cerrado con cuerdas y cinta adhesiva. Llevaba más de una hora esperando. No le habían dicho más que eso. Que a mediodía estuviera esperando en la esquina de la sexta avenida y décima calle, vestida enteramente de negro, con el fardo de papel de estraza en sus manos, porque mi abuelo así lo había solicitado. Ella, su secretaria de toda la vida, había mandado a decir mi abuelo, era la única persona en quien confiaba para hacer la entrega. Mery Ramírez sintió entonces cómo los peatones seguían empujándola, rozándola, golpeando el fardo en sus manos. Y sintió que sus piernas empezaban a ceder, a temblar un poco, por el cansancio o quizás por los nervios. Su mirada de repente se tornó borrosa y casi no vio cuando un hombre pasó arrebatándole el fardo y desapareció entre el gentío de la sexta avenida. Se quedó quieta. No sabía qué hacer. No sabía si salir corriendo tras él. No estaba segura si había sido el hombre indicado o un ladrón cualquiera. Y ahí mismo, como devorada por el mar de peatones del centro, Mery Ramírez cayó de rodillas y empezó a rezar.


Me había dicho Aiko, al terminar de almorzar, que prefería tomar el café ahí, que ése era su lugar favorito cuando quería estar sola, que teníamos un poco de tiempo antes de que iniciaran los conversatorios de la tarde. Sólo una vez vi las quemaduras en la espalda de mi abuelo, dijo. La taza de café humeaba en sus manos. Sus deditos de guinda no llegaban al suelo. Una mañana, dijo, cuando yo era niña, él me llevó a nadar bajo un puente del río Ota, cerca de su casa. Íbamos solos, tomados de la mano. Al llegar, mi abuelo me sentó en la ladera del río y caminó hacia el agua y se quitó la bata delante de mí, de espaldas a mí. Yo era muy niña, entendía poco, pero aún recuerdo bien el patrón de quemadura en su espalda. Era como si tuviera su kimono estampado sobre la piel, o como si alguien le hubiese dibujado la tela de su kimono sobre la piel. Algo así. No entendí por qué mi abuelo llevaba su kimono en la piel. Sólo entendí que esas cicatrices en su espalda eran iguales al tejido de sus kimonos, unos kimonos que yo conocía perfectamente. Pero no le dije nada, ni le pregunté nada. Tampoco sentí miedo. Sólo me desvestí y nadé con mi abuelo en el río. Esa noche, le pregunté a mi madre y ella me explicó un poco, no mucho, supongo que para no asustarme. Las telas blancas, me dijo mi madre, repelían el calor de la bomba. Las telas oscuras lo absorbían y lo conducían a la piel. El kimono de mi abuelo era negro.

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