Me he leído por ustedes una gran novela que nadie leyó en su día y les voy a contar. Alberto Olmos

El libro de José Avello, ‘Jugadores de billar’, publicado hace más de 20 años, sigue esperando a sus lectores

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El lenguaje. Luis Landero

Confía en el lenguaje, me digo, ese sutil ejército capaz de descubrir y conquistar las más ignotas tierras, de hacer reales y tangibles hasta los mismos espejismos. Deja que las palabras fluyan, no las obligues ni aún menos las maltrates, haz con maña y dulzura tu oficio de pastor, y deja que ellas busquen los mejores pastos, que hagan sonar sus esquilas a su ritmo y manera. Tú cuida solo de que no se desmanden. Guíalas y déjate guiar por ellas, porque eres su pastor y también su sirviente.

[…]

No hay quizá mayor logro literario que conseguir que un sustantivo adquiera toda la mágica potencia que tuvo en sus orígenes.

[…]

Qué inmenso poder tiene el lenguaje, creador de realidades que, cuando fraguan, resultan más fuertes y perdurables que la propia realidad objetiva. Qué belleza y qué horror puede haber en cada palabra que uno piensa o pronuncia o escribe.

Luis Landero
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Billy Wilder buscó a su madre en la «Lista de Schindler·. Laura Fernández

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Colección de citas literarias. LXXXI

Con una mano escribo y con la otra me sostengo.

Malcolm Lowry

Tres pasiones, simples pero abrumadoramente fuertes, han gobernado mi vida: el anhelo de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. 

Bertrand Russell

Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera.

Marcel Proust


El estilo decorativo no ha existido nunca. El estilo es el alma y, por desgracia, en nosotros el alma asume la forma del cuerpo.

Jean Cocteau

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Crítica: «Grand Hotel Europa». Ilja Leonard Pfeijffer

Ni el Grand Hotel Europa está a salvo del turismo de masas

Este misterioso «hotel» está en las listas de favoritos de libreros e influencers del libro

Origen: La Voz de Galicia

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Lectura: «El lugar». Annie Ernaux

Cada libro de Annie Ernaux nos conduce, sin tapujos ni sentimentalismos, a compartir, en lo más hondo, las experiencias y emociones más intransferibles de una mujer, que gracias al talento literario de la autora se convierten en vivencias universales. Ernaux se dio a conocer con El lugar —ganadora del Premio Renaudot en 1984—, una narración intimista, descarnadamente autobiográfica, que abre mediante la escritura un camino hacia el conocimiento del ser humano.

En abril de 1967, la narradora, por entonces una joven aspirante a profesora de secundaria, supera el examen de capacitación en un liceo de Lyón para mayor orgullo de su padre, propietario de un pequeño comercio. Para él, proveniente del durísimo medio rural de sus abuelos, esto significa otro paso adelante en su difícil ascenso social en una ciudad de provincias. Sin embargo, poco le dura esta satisfacción, ya que fallece dos meses después. Padre e hija polarizarán dos perfiles sociales, pues ambos han traspasado sus respectivos «lugares» dentro de la sociedad. El lugar se centra, pues, no sólo en los complejos y prejuicios, los usos y las normas de comportamiento de un segmento social de límites difusos, cuyo espejo es la culta y educada burguesía urbana, sino también en la dolorosa incapacidad de hallar el espacio propio que la sociedad tiene prefijado a cada individuo.

Lecturalia


Textos

No me acuerdo del médico de guardia que certificó la defunción. En unas Horas, el rostro de mi padre se hizo irreconocible. A última hora de la tarde me quedé sola en la habitación. El sol se filtraba a través de las persianas sobre el linóleo. Ya no era mi padre. La nariz se veía desproporcionada en aquella cara hundida. El rostro del hombre con grandes ojos abiertos y fijos de la hora siguiente a su muerte ya había desaparecido. Y tampoco este otro rostro volveré a verlo.


Así que empecé una novela en la que él era el protagonista. Sensación de asco a mitad de la narración.

[…]

Poco después me doy cuenta de que la novela es imposible. Para contar una vida sometida por la necesidad no tengo derecho a tomar, de entrada, partido por el arte, ni a intentar hacer algo «apasionante», «conmovedor». Reuniré las palabras, los gestos, los gustos de mi padre, los hechos importantes en su vida, todas las señales objetivas de una existencia que yo también compartí. Nada de poesía del recuerdo, nada de alegre regocijo. Una forma de escribir liaría es la que me resulta natural, la misma que empleaba en otro tiempo para escribir a mis padres y contarles las noticias más importantes.


Escribo despacio. A medida que me esfuerzo en desvelar la verdadera trama de una vida dentro de un conjunto de hechos y de decisiones tengo la sensación de que pierdo el verdadero rostro de mi padre. El retrato tiende a ocupar todo el espacio; la idea, a avanzar por sí sola. Si, por el contrario, dejo deslizarse las imágenes del recuerdo, vuelvo a verlo tal como era, su risa, su forma de andar, me lleva de la mano a la feria y las norias me aterrorizan; todas las señales de una condición compartida con otros me resultan indiferentes. Una y otra vez me obligo a apartarme de la trampa de lo individual.

[…]

Desde luego no siento ningún placer al escribir, en este empeño por mantenerme lo más cerca posible de las palabras y las frases oídas, resaltándolas a veces con cursiva. No para indicarle al lector un doble sentido y ofrecerle la satisfacción de una complicidad, que yo rechazo en cualquiera de sus formas, nostalgia, patetismo o burla. Simplemente porque esas palabras y esas frases dibujan los límites y el color del mundo donde vivió mi padre, donde también viví yo. Y donde jamás una palabra se tomaba por otra.


Dormía siempre en camisa y camiseta. Se afeitaba tres veces a la semana, en el fregadero de la cocina, sobre el que colocaba un espejo, se desabrochaba los primeros botones de la camisa y yo veía su piel, muy blanca a partir del cuello. La instalación de un cuarto de baño, señal de riqueza, empezó a generalizarse después de la guerra, y mi madre hizo poner uno pequeño en la planta de arriba, él jamás lo utilizó y siguió lavándose en la cocina. En el patio, en invierno, escupía y estornudaba a sus anchas.

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Escritores en las redes: de la ranciedad al algoritmo

Luis Landero y Javier Marías.
Luis Landero y Javier Marías.

¿Qué hubiera sido de Kafka en la era de los likes? Los escritores y demás aludidos en las redes se mueven hoy entre el silencio (Virginia Feito) o el argumentar los insultos (Sáenz de Urturi). Lo más seguro: comprarse un ‘Ulises’

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Virginia Woolf o el tiempo detenido. José Emilio Pacheco

El once de marzo de 1941, invicta e indomable Virginia Woolf se arrojó contra la muerte. Las aguas del río Ouse, en Sussex, cerca de Lewes, recogieron su cuerpo. Al morir (acosada por las grandes minucias de su vida, por la destrucción ya conjurada sobre la tierra), las bombas que noche a noche arrojaba la aviación alemana sobre Londres velaron la trascendencia del suicidio.


Veinte años después, reconocemos en la más grande escritora inglesa de su tiempo a uno de los maestros —como Joyce, Proust, Faulkner, Kafka y Dos Passos— que modificó para siempre las concepciones tradicionales de la literatura narrativa.


Virginia WooIf opuso el lirismo subjetivo al naturalismo que había engendrado una retórica de su propia objetividad, de su mecánica. Con ella, la poesía irrumpió en el relato y sus libros contribuyeron a la desintegración del tiempo habitual en la novela. Virginia Woolf escribió nueve novelas poemáticas, nueve poemas psicológicos que, antes que describir el mundo externo, exploran e interrogan el fluir de la conciencia; varios libros de ensayos que defienden la autonomía de la mujer contra la rigidez de los principios victorianos (‘A room of ones view’, 1929; ‘Three guineas’, 1938; ‘The moment and other essays’, publicado póstumamente en 1947); numerosos relatos y una gran cantidad de artículos críticos, redactados entre los capítulos de sus libros para el ‘Time Literary Supplement’, que recogen parcialmente las dos series publicadas de ‘The common reader’. En 1953 su esposo divulgó una cauta selección de las anotaciones cotidianas, de los odios, afanes y ensueños de Virginia Woolf: ‘A writers diary’, uno de los grandes testimonios autobiográficos de nuestro siglo, que confirma y establece la imagen que de sí nos entregó la autora por medio de sus libros de creación. Virginia Woolf pagó en la desesperación el precio de su lucidez.


En sus cuadernos íntimos la vemos aferrada como pocos a su intensa vocación expresiva. Escribir, para ella, era más que un deber, una religión, una orden, un instinto: era un dolor que sólo se alejaba frente a la página que iban cubriendo las palabras. Protesta contra los agravios de la vida, muro donde puede llorarse toda lamentación, la literatura fue el gran amor de Virginia Woolf y su legítima defensa contra una sociedad enferma, herida por la guerra y la preguerra; contra un mundo —como el nuestro— que destilaba miedo e infelicidad. «Lo terrible de este oficio, sostuvo, es que nos hace depender mucho de los elogios. Pero lo importante, lo esencial es el placer que experimento al escribir.”


Nacida en Londres (1882), hija de Leslie Stephen, formó parte en su juventud del célebre “Bloomsbury group” que integraban también E.M. Forster, Clive Bell, Lytton Strachey y Leonard Woolf, futuro esposo de Virginia. Su primer libro importante, ‘Jacobs room’, apareció en 1922, antecedido por tres títulos novelísticos: ‘The voyage out’, ‘Night and Day’, ‘Monday or Tuesday’. ‘El cuarto de Jacobo’ es el primer paso de Virginia Woolf hacia su personal concepto de la técnica y sus innovaciones literarias; omite las transiciones de la anécdota y presenta únicamente los momentos de importancia para la vida del protagonista.


‘Mrs. Dalloway’, 1925, narra —como ‘Ulises’— un día entre los días, algunas horas de la existencia de Clarissa Dalloway. ‘To the ligth-house’, la primera de sus obras maestras y acaso la más difundida de sus novelas, se publica dos años más tarde. ‘Orlando’, 1928, es la biografía de un personaje, sucesivamente hombre o mujer, que transita por las épocas británicas, por cinco siglos de historia de Inglaterra: de la era isabelina al año de aparición de esta novela, que Borges ha traducido al castellano. ‘The waves’, 1932, su obra capital, suprime el transcurrir y la visión del mundo externo (sólo presente en las descripciones, que encabezan cada capítulo, de los cambios ocurridos en un mismo paisaje marino), prescinde de la continuidad de la trama para erguirse en seis monólogos interiores que al anudarse y explicarse dan forma a esta extraña e imborrable novela.


El tiempo se detuvo en muchas páginas de Virginia Woolf. La gran escritora dejó en ellas fragmentos de su experiencia personal y de su mundo. Ahora, ante nosotros, son admirables testimonios artísticos de una de las conciencias más doloridas y apasionadas de la literatura contemporánea.

José Emilio Pacheco
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Borges y sus precursores. Iñaki Uriarte

«Hay trozos de Turner en Poussin, una frase de Flaubert en Montesquieu» (Proust, Sodoma y Gomorra). Leo esto y recuerdo un «Punto de vista» que escribí en el periódico: «Hacia 1910, Karl Kraus escr…

Origen: Borges y sus precursores, Iñaki Uriarte – Calle del Orco

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Inicios como escritor. William Faulkner

P.: ¿Cómo empezó su carrera de escritor?

R.: Estaba viviendo en Nueva Orleans, haciendo cualquier trabajo que surgiera para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Salíamos a pasear por la tarde, y nos parábamos a charlar con la gente, Por las noches quedábamos otra vez y compartíamos una botella mientras él hablaba y yo escuchaba. Por las mañanas no lo veía nunca, porque se encerraba a trabajar. Todos los días hacía lo mismo. Entonces decidí que, si ésa era la vida del escritor, yo también quería ser escritor. De modo que empecé a escribir mi primer libro, y desde el primer momento me resultó entretenido. Incluso olvidé que llevaba tres semanas sin ver a Anderson, hasta que un día vino a mi casa, donde nunca antes había estado, y me dijo: «¿Qué pasa? ¿Estás enfadado conmigo?» Le expliqué que estaba escribiendo un libro y él exclamó: «¡Santo cielo!», y se fue. Cuando terminé el libro -La paga de los soldados——,me encontré con la señora Anderson en la calle y me preguntó qué tal iba mi libro. Al oír que ya lo había terminado, me dijo: «Sherwood quiere hacer un trato contigo. Si no le pides que lea tu manuscrito, le dirá a su editor que lo acepte». Y yo contesté: «Hecho». Y así fue como empezó mi carrera de escritor.

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