Virginia Woolf o el tiempo detenido. José Emilio Pacheco

El once de marzo de 1941, invicta e indomable Virginia Woolf se arrojó contra la muerte. Las aguas del río Ouse, en Sussex, cerca de Lewes, recogieron su cuerpo. Al morir (acosada por las grandes minucias de su vida, por la destrucción ya conjurada sobre la tierra), las bombas que noche a noche arrojaba la aviación alemana sobre Londres velaron la trascendencia del suicidio.


Veinte años después, reconocemos en la más grande escritora inglesa de su tiempo a uno de los maestros —como Joyce, Proust, Faulkner, Kafka y Dos Passos— que modificó para siempre las concepciones tradicionales de la literatura narrativa.


Virginia WooIf opuso el lirismo subjetivo al naturalismo que había engendrado una retórica de su propia objetividad, de su mecánica. Con ella, la poesía irrumpió en el relato y sus libros contribuyeron a la desintegración del tiempo habitual en la novela. Virginia Woolf escribió nueve novelas poemáticas, nueve poemas psicológicos que, antes que describir el mundo externo, exploran e interrogan el fluir de la conciencia; varios libros de ensayos que defienden la autonomía de la mujer contra la rigidez de los principios victorianos (‘A room of ones view’, 1929; ‘Three guineas’, 1938; ‘The moment and other essays’, publicado póstumamente en 1947); numerosos relatos y una gran cantidad de artículos críticos, redactados entre los capítulos de sus libros para el ‘Time Literary Supplement’, que recogen parcialmente las dos series publicadas de ‘The common reader’. En 1953 su esposo divulgó una cauta selección de las anotaciones cotidianas, de los odios, afanes y ensueños de Virginia Woolf: ‘A writers diary’, uno de los grandes testimonios autobiográficos de nuestro siglo, que confirma y establece la imagen que de sí nos entregó la autora por medio de sus libros de creación. Virginia Woolf pagó en la desesperación el precio de su lucidez.


En sus cuadernos íntimos la vemos aferrada como pocos a su intensa vocación expresiva. Escribir, para ella, era más que un deber, una religión, una orden, un instinto: era un dolor que sólo se alejaba frente a la página que iban cubriendo las palabras. Protesta contra los agravios de la vida, muro donde puede llorarse toda lamentación, la literatura fue el gran amor de Virginia Woolf y su legítima defensa contra una sociedad enferma, herida por la guerra y la preguerra; contra un mundo —como el nuestro— que destilaba miedo e infelicidad. «Lo terrible de este oficio, sostuvo, es que nos hace depender mucho de los elogios. Pero lo importante, lo esencial es el placer que experimento al escribir.”


Nacida en Londres (1882), hija de Leslie Stephen, formó parte en su juventud del célebre “Bloomsbury group” que integraban también E.M. Forster, Clive Bell, Lytton Strachey y Leonard Woolf, futuro esposo de Virginia. Su primer libro importante, ‘Jacobs room’, apareció en 1922, antecedido por tres títulos novelísticos: ‘The voyage out’, ‘Night and Day’, ‘Monday or Tuesday’. ‘El cuarto de Jacobo’ es el primer paso de Virginia Woolf hacia su personal concepto de la técnica y sus innovaciones literarias; omite las transiciones de la anécdota y presenta únicamente los momentos de importancia para la vida del protagonista.


‘Mrs. Dalloway’, 1925, narra —como ‘Ulises’— un día entre los días, algunas horas de la existencia de Clarissa Dalloway. ‘To the ligth-house’, la primera de sus obras maestras y acaso la más difundida de sus novelas, se publica dos años más tarde. ‘Orlando’, 1928, es la biografía de un personaje, sucesivamente hombre o mujer, que transita por las épocas británicas, por cinco siglos de historia de Inglaterra: de la era isabelina al año de aparición de esta novela, que Borges ha traducido al castellano. ‘The waves’, 1932, su obra capital, suprime el transcurrir y la visión del mundo externo (sólo presente en las descripciones, que encabezan cada capítulo, de los cambios ocurridos en un mismo paisaje marino), prescinde de la continuidad de la trama para erguirse en seis monólogos interiores que al anudarse y explicarse dan forma a esta extraña e imborrable novela.


El tiempo se detuvo en muchas páginas de Virginia Woolf. La gran escritora dejó en ellas fragmentos de su experiencia personal y de su mundo. Ahora, ante nosotros, son admirables testimonios artísticos de una de las conciencias más doloridas y apasionadas de la literatura contemporánea.

José Emilio Pacheco
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