Lectura: ‘Hombres en mi situación’. Per Petterson

La indigestión de novela nórdica de la última década parece haber remitido en las librerías, pero hay títulos que combaten ese empacho con obras de excelente factura lit

Origen: ‘Hombres en mi situación’ de Per Petterson (Libros del Asteroide) | El Diario Vasco


Textos

No recuerdo con exactitud la primera vez que cogí el autobús para bajar al centro y caminar por las calles de noche, ir de bares, pasar por tabernas, bares y cafeterías, pero debió de ser poco después de la marcha de Turid, el mismo mes, es lo más probable, y por tanto más de un año después de que el barco ardiera llevando en su interior a mis seres queridos, como dijeron en el telediario, sus seres queridos ardieron en un ferri, en un camarote, en un pasillo, se perdieron en el mar, abandonaron esta vida no muy lejos de una tienda duty-free.


pero no íbamos de la mano, discutíamos, y más que eso. Fue una nadería que de pronto adquirió dimensiones incontrolables, no entendía por qué y quise evitarlo, dejarlo atrás, pero no supe cómo, éramos como dos ruedas de bicicleta encajadas en el rail del tranvía, me daba miedo pelearme con ella, porque ella no conocía el miedo pero yo sí, y la trampilla estaba a punto de abrirse bajo mis pies. Desesperado, cerré los puños, los levanté, debió parecer una amenaza, porque preguntó, vas a pegarme, vas a pegarme, y de repente me golpeó en el estómago, bastante fuerte, la verdad, pero yo no tenía intención de pegarle, por qué iba a pegarle. No sabía qué hacer, no me había pegado nadie desde primaria, y entonces siempre devolvía el golpe, lo había aprendido de mi padre, siempre tienes que devolver el golpe, me decía, o te perderán el respeto, pero ahora no podía hacerlo, ni quería, y de repente habíamos cruzado una frontera, al otro lado no conocía a nadie. Tal vez debería haberme ido a casa, hubiera sido comprensible, aunque no resultara heroico. Pero me quedé de pie, no hice nada, no dije nada, ella con el rostro pétreo, vuelto hacia el otro lado, yo con el pecho contra la barandilla de hierro forjado y bajo mí el río efervescente de lluvia que descendía desde las fábricas Lilleborg, por los rápidos, pasaba por delante del taller de Myra, hacia la ciudad y el fiordo. No tenía ni idea de qué decir, no sabía qué palabras podía emplear que no resultaran catastróficas, irrevocables, casi mortales, puede que ya entonces se hubiera acabado. Vigdis ni siquiera había nacido.


Así aguantó un largo año más, por necesidad, no porque fuera su deseo, pero al final se acabó. La carta empezaba así: «Querido Arvid. Desperté una mañana y ya no te quería. No estés triste, no es culpa tuya». No es que fuera un bombazo, pero me mareé igualmente y tuve que apoyarme en el armario. Un año sin amor, pensé, eso era mucho. Por lo que sabía, puede que más. Pero ahí de pie, con la carta en la mano, me acordé muy bien de una vez en que estaba tumbado sobre ella, muy cerca, pecho con pecho, no con todo mi peso encima pero sí cubriéndola por completo, los brazos abiertos hacia los lados, sus dedos entrelazados con los míos, y dije, qué sientes ahora. Ella estaba en silencio, tomó aire, dijo, me siento amada. Eres amada, dije yo. No hacía tanto, al menos no habían pasado muchos años, pero nunca seguí por ahí, no de forma convincente. Ahora me resulta imposible comprender lo que dije, o no en toda su dimensión, pero ahí tuve una oportunidad y la desperdicié sin darme cuenta. O tal vez lo supiera y la dejé ir de todas formas, porque me exigía demasiado ahondar en ella.


Caminé entre las lápidas escurridizas en dirección al sendero y pasé por delante de la tumba reciente. Era un hombre. Había vivido treinta y cinco años. Tuvo que tratarse de un accidente, tal vez incluso hubiera ocurrido mientras estaban juntos. Ella, la del sendero, con él, y solo sobrevivió ella. Seguía allí de pie. Cuando estuve a su altura, me detuve. Puede que tuviera un aspecto un poco melodramático con las perneras sucias y me avergonzaba que me hubiera visto arrodillado ante la tumba, pero ya estaba hecho. Hola, dije. Hola, respondió. Eres Arvid Jansen. Sí, soy yo, sí. He leído tus libros, dijo ella. Me gustan. Pero por qué son tan tristes. No lo sé, dije, me salen así, en realidad no es algo que yo controle. Qué curioso, dijo. Sí, es un poco curioso. Luego hizo un gesto con la cabeza señalando las tumbas, la suya y la mía. ¿Murieron en el incendio del ferri? Dijo el nombre del ferri. Me resultó un poco difícil escuchar cómo decía el nombre. Sí, dije. Fue terrible, dijo ella. Sí. ¿Por eso son tan tristes tus libros? No estoy seguro, viene de antes, no hace tanto que ardió el ferri, solo un par de años, un poco más. Es cierto, no me había dado cuenta. Me di la vuelta y miré en la misma dirección que ella, por encima de las lápidas, hacia el final. ¿Es tu marido? Pregunté. No, un conocido. Era un conocido, dijo. Me entraron ganas de seguir preguntando, por ejemplo, qué clase de conocido era, pero no lo hice. Nos quedamos allí de pie. En su rostro había una paz que yo nunca había sentido. Subimos la cuesta juntos, pregunté yo. Eso estaría bien, respondió ella.

Per Petterson: Hombres en mi situación

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