La réplica

Zhuang Zi y el maestro de lógica Hui Zi se paseaban por el puente del río Hao. Zhuang Zi observó: «¡Mira lo felices que son los pececillos que se agitan ágiles y libres!». Hui Zi objetó: «Si no eres un pez, ¿de dónde sacas que los peces son felices?». «Como tú no eres yo, ¿cómo puedes saber lo que yo sé de la felicidad de los peces?». «Te concedo que yo no soy tú y que, por tanto, no puedo saber lo que tú sabes. Pero como tú no eres pez, no puedes saber si los peces son felices». «Retomemos las cosas desde un principio —replicó Zhuang Zi—. Cuando me has preguntado “¿De dónde sacas que los peces son felices?”, la forma misma de tu pregunta implicaba que sabías que yo lo sé. Pero ahora, si quieres saber de dónde lo sé, pues bien, lo sé desde lo alto del puente».

Leys. La felicidad de los pececillosSimon Leys. La felicidad de los pececillos. Acantilado

 

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Benedetti (I): El sexo de los ángeles

 

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y las mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor,
quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos ( por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir, con
las adecuadas.

 

 Así, cada vez que ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.
Y si ángel, para abrir el  fuego dice : «semilla», Ángela, para atizarlo responde: «surco». Él dice «alud», y ella, tiernamente: «abismo».
Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Ángel dice : «madero». Y Ángela: «caverna».
Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.

 

 Él dice «manantial». Y ella «cuenca».
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y  allá, entre cristales de
nieve, circulan el aire y su expectativa.
Ángel dice: «estoque», y Ángela, radiante: «herida». Él dice: «tañido», y
ella: «rebato».

Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los
cúmulos, los estratos y los nimbos, se estremecen, tremolan,  estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

BenedettiMario Benedetti

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El bloqueo del escritor

Cada mañana me siento religiosamente a mi mesa, cada día me quedo sentado durante ocho horas, y todo cuanto hago es eso: permanecer sentado. Al cabo de cada una de estas sesiones de ocho horas, no he escrito más que tres frases que, por otra parte, he de tachar antes de dejar mi mesa sumido en una completa desesperación… Sólo una resolución feroz y la movilización de todas mis fuerzas me permiten controlar un furioso deseo de darme de cabezazos contra la pared. Me gustaría gritar y echar espumarajos de la rabia, pero no me atrevo a abandonarme a este impulso, pues temo despertar al niño y alarmar a mi mujer…

 ConradJoseph Conrad

(Parece que Hemingway se salto la tapa de los sesos por la presión de un persistente bloqueo)

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Inicio: Infancia

Al principio todo estaba vivo. Los objetos más pequeños estaban dotados de corazones palpitantes, y hasta las nubes tenían nombre. Las tijeras caminaban, teléfonos y cafeteras eran primos hermanos; ojos y gafas, hermanos. El reloj tenía cara humana, cada guisante de tu plato poseía una personalidad diferente, y en la parte delantera del coche de tus padres la rejilla era una boca sonriente con numerosas piezas dentales. Los lápices eran dirigibles; las monedas, platillos volantes. Las ramas de los árboles eran brazos. Las piedras podían pensar, y Dios estaba en todas partes.

Auster, Informe del interiorInicio de Informe del interior, de Paul Auster. Anagrama. Evocación de su infancia.

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Lectura: «Capital» (y V)

Final

Se acercó a la ventana y miró el jardín delantero, donde destacaba el rótulo de Se Vende cerca de la entrada de la calle. Roger se sentó en el suelo; quería empaparse de la sensación de que todo aquello había dejado de ser suyo. Sumergirse en ella. Resultaba extraño estar en una casa completamente vacía. Ponía de manifiesto que una casa, más que un objeto valioso por sí mismo, era un escenario, un lugar donde se representaba la vida. El vacío no era siniestro; no había allí ninguna vibración tipo Mary Celeste que pudiera detectarse. Era más como si ellos hubieran dicho adiós a la casa y la casa les hubiera dicho adiós a ellos. Se habían mudado y la casa esperaba a que llegasen nuevos habitantes. También esperaba un nuevo estreno; esperaba representar una nueva obra. (…)Capital. Lanchester

Volvió a la planta baja. Estuvo en la salita por última vez, encendió y apagó las luces de la cocina por última vez, estiró los brazos en el comedor y giró sobre sus talones por última vez, miró el jardín por última vez, miró el pasillo por última vez, cerró la puerta de la calle por última vez y echó la llave. Dicen que es mejor alejarse rápidamente y no mirar atrás, pero optó por apoyar la cabeza en la puerta durante un momento, los últimos segundos de contacto físico con lo más grande, lo más caro y más representativo que había tenido en su vida. (…)

 

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El arte de pintar

A menudo los hombres de genio hacen mucho más cuanto menos actúan, pues tienen que meditar acerca de sus invenciones y madurar en su espíritu las ideas perfectas que expresarán posteriormente reproduciéndolas con sus manos.

Leonardo da Vinci

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El libro

Todo lo que existe en el mundo está para que quepa en un libro.

MallarméStéphane Mallarmé

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Lectura: «Capital» (IV)

Muerte

La mano de Petunia estaba caliente. Fue una sorpresa para Mary. La anciana respiraba de un modo anormal, pero no emitía ruido alguno, como si forcejeara por respirar; pero el cambio producido en ella era más profundo. Se esforzó por adivinar qué ocurría en la cabeza de su madre, dentro de su ser. ¿Una sucesión de imágenes, de recuerdos de la infancia, atisbos de cosas que le habían sucedido en aquel domicilio, decenios atrás? ¿Su padre y su madre, el trayecto hasta la escuela, el nacimiento de sus hijos, los millares de comidas preparadas y engullidas? ¿Era alguna clase de sueño de aquellas cosas? ¿O estaba inmersa en un puro sentir, de tal modo que allí no había más que miedo, amor, pérdida u otro estado igual de puro? ¿O estaba entregada a la pura sensación, calor, frío, dolor, picor, sed o alguna terrible combinación de todo esto? ¿O estaba mirando la luz, avanzando hacia ella, fundiéndose con ella, transformándose en ella? ¿Y si su madre ya no estaba allí y sólo veían su cuerpo?

Petunia tragó una bocanada de aire irregular, agitada, y lo expulsó medio carraspeando, a rachas, en profundidad. Mary notó que el peso de la mano de su madre en la suya cambiaba; no se convirtió en un peso muerto porque ya era un peso muerto, pero dejó de ser lo que era. Fue la carga de la presencia lo que desapareció. Su madre ya no estaba allí. Petunia Howe había muerto.

Capital. Lanchester

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El hombre y el escritor

Todo espíritu humano tiene dos personalidades, una superficial y la otra profunda. La primera hace cosas como salir a cenar fuera de casa, etcétera, es despierta y original. La personalidad profunda es muy extraña, en ciertos aspectos parece estúpida, pero sin ella no hay literatura, pues, a menos de conseguir beber de vez en cuando de sus profundidades, no se podría producir una obra de primera calidad.

ForsterE. M. Forster

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Utopía

Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos, 
ella se aleja dos pasos más.
Camino diez pasos
y el horizonte se corre
diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine
nunca la voy a alcanzar.
¿Para qué sirve la utopía?
Sirve para eso:
para caminar.

GaleanoEduardo Galeano

 

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