Lectura: «Capital» (III)

Emigración

Costaba mucho diagnosticar el silencio, dado que era un síntoma muy común. En la imaginación de algunas refugiadas, seguían estando en el país que habían dejado; no habían puesto su vida al día. Otras eran víctimas de un choque cultural y no sabían qué pensar de Londres; tenían la mente en blanco. Por lo general era positivo porque por lo general desaparecía con el tiempo. Otras seguían silenciosas porque estaban deprimidas. Sólo había habido un suicidio recientemente, en el refugio de South London, una afgana que se había ahorcado en el cuarto de baño. Fue una semana después de la llegada de Quentina. Un suicidio en dos años no era mala estadística. Otras simplemente se obsesionaban con la idea de que habían cometido un error fatal. Habían cometido una equivocación irreversible yendo a Inglaterra y nunca recuperarían su vida: vida que nunca más volvería a ser vida, sólo la historia del tremendo error que habían cometido.

Pero si Patrick era sincero consigo mismo, tenía que confesar que no le resultaba fácil. Iba andando por aquella famosa calle, mirando los escaparates de las tiendas caras que vendían artículos que no podía imaginar que deseara, necesitara o usase: lámparas que no parecían capaces de emitir ninguna luz, zapatos con los que ninguna mujer podría mantener el equilibrio, abrigos que no abrigaban, sillas en las que nadie podía sentarse. La gente quería aquellas cosas, debía de quererlas, porque de lo contrario no estarían a la venta, y sin embargo Patrick distaba tanto de desearlas para sí que pensaba que no eran aquellos artículos los inútiles, sino él mismo. O las cosas o las personas que las miraban estaban donde no debían; pero las cosas estaban allí tan en su sitio que seguramente eran las personas las perdidas y las que estaban de más. El esbelto cuarentón africano cuyo pelo empezaba a encanecer, elegante pero discretamente vestido con abrigo de pelo de camello, bufanda y zapatos bien cepillados, se estiró: él era quien estaba donde no debía.

MatyCapital. Lanchestera tenía una relación ambivalente con los ríos de dinero en los que parecía flotar gran parte de Londres. Entre otras cosas, estaba allí por eso: había ido a la gran ciudad, a la capital del mundo, a probar suerte y mentiría si dijera que ganar dinero no formaba parte de su idea de suerte. No sabía exactamente cómo se ganaba, pero cualquiera que tuviese ojos podía ver que estaba en todas partes, en los coches, en la ropa, en las tiendas, en las conversaciones, en el aire que todos respiraban. La gente lo ganaba y lo gastaba, pensaba en él y hablaba de él todo el tiempo.

La quinta mañana cambiaron las cosas. Shahid se fue a la cama a eso de las doce, leyó algo de Stephen King durante quince minutos para quedarse frito, apagó la luz y durmió como un niño hasta las cuatro y media aproximadamente, hora en que tuvo un sueño, un sueño que, incluso dentro del mundo de los sueños, parecía extraño y violento, un thriller que se jodía, algo sobre gente armada, gritos, gente que entraba en su casa por la fuerza, y de súbito dejó de ser un sueño y fue real, había policías vociferando en su habitación y había dos pistolas a cinco centímetros de su cara. «¡Policía, policía!», gritaban, aunque costaba entenderlos porque gritaban varios a la vez y las voces se superponían. En algún lugar del piso se oyeron ruidos de objetos rotos. Bueno, alguien la ha cagado, cojonudo, pensó Shahid, mientras un agente alargaba la mano y le quitaba el edredón de encima. La conciencia de Shahid se dividió en secciones, con diferentes voces; una sección gritaba: no disparen, por favor, no disparen; otra decía: menos mal que anoche me puse calzoncillos limpios; otra se preguntaba quién tendría la culpa de todo aquello; otra decía: menudo notición; y otra: entendería lo que dicen si dejaran de gritar. Y además de las voces estaban los hechos escuetos de la situación: que había en el dormitorio cinco policías con armas apuntándole a la cabeza.

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Manuscritos

Durante la Edad Media, a menudo no existía más que un manuscrito de ciertos clásicos. Un techo de monasterio con goteras y el Satiricón habría podido perderse para siempre, por ejemplo.

David Markson

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12 Consejos para escribir cuentos

Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos:

  1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
  2. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
  3. Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
  4. Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
  5. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
  6. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
  7. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
  8. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
  9. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
  10. Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
  11. Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
  12. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.
Bolaño

Roberto Bolaño

 Poesía a mano alzada (poesíaamanoalzada.com.ar)

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Lectura: «Capital» (II)

Gafas

Max era uno de esos hombres que se definían por sus gafas. Conforme se generalizaban el uso de lentes de contacto y la cirugía del ojo, las gafas se volvían una deliberada declaración de principios, no la clase de gafas, sino el solo hecho de llevarlas. Eran una forma de estar por encima de la vanidad (muy extendida entre los obsesos del trabajo intelectual y entre ciertas clases de actores y músicos) o de tratar de parecer más inteligente (algo muy extendido entre las modelos cuando no están en la pasarela) o de expresar desdén intelectual por los disfraces al estilo de elhábito-hace-al-monje (arquitectos, diseñadores) o de ser demasiado pobre o demasiado indiferente. En el caso de Max eran un mecanismo de defensa o un camuflaje. Contribuían a tapare la cara.

Capital. Lanchester

 

 

 

 

 

 

 

Mediocridad de la clase media

Mediocridad de clase media.
Mediocridad de zona residencial.
Una cultura que adora abiertamente el término medio.
Una sociedad que permite que la idea de élite exista sólo en relación con el deporte.
Una cultura de gordos, de ociosos, de gente que ve la televisión reality, gente que no está interesada por nada que no sea la fama, gente que come por la calle, gente que proclama su vulgaridad cada vez que abre la boca.
La City de Londres es uno de los pocos lugares donde se pone en tela de juicio esta tiranía de lo mediocre, lo vulgar, lo mediano, lo banal, lo ordinario, lo complaciente. La City es uno de los pocos lugares donde se permite al individuo ser extraordinario. No, es mejor que eso. La City es uno de los escasos lugares donde se invita al individuo a que exponga su condición extraordinaria. No importa lo que el individuo en cuestión afirme; afirmar que es esto o aquello no significa nada. Afirmar carece de efecto. Hay que demostrarlo.

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Sobre la originalidad

Simone Weil pensaba que, cuando alguien tiene algo original que decir, al principio no puede ser entendido por nadie, salvo por los que le quieren.

Simon Leys

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Lectura: «Capital» (I)

Pepys Road

Tener una casa en Pepys Road era como estar en un casino con la garantía de ganar. Quien ya vivía allí, era rico. Quien quisiera mudarse allí, tenía que ser rico.

En el número 51 de Pepys Road, Arabella Yount, que en cierta ocasión leyó un libro que decía que las mujeres eran superiores a los hombres a la hora de hacer varias cosas a la vez, estaba haciendo cuatro al mismo tiempo: ponía estantes en el cuartito que le gustaba llamar despensa; vigilaba a sus dos preciosos niños, Joshua y Conrad; compraba ropa por Internet y hacía planes para darle a su marido un susto morrocotudo.

Capital. Lanchester

Había llegado al extremo de su calle, Pepys Road, donde había nacido y donde le gustaría morir, si es que tenía voz y voto en eso. Probablemente había hecho aquel trayecto diez mil veces. Lo había hecho de mil maneras distintas; si a ello vamos, uno de los días más felices de su vida fue cuando hizo aquel mismo recorrido, al volver del ambulatorio, el día que supo que estaba embarazada. Había cruzado la puerta triste, había cruzado la puerta agotada, había cruzado la puerta sintiéndose floja, gorda, sexy, tontorrona, furiosa, distraída, achispada por el jerez, con prisa por llegar al lavabo, en todos los estados mentales y físicos posibles. Había pasado por una fase en la que tenía miedo de que la asaltaran ladrones por detrás mientras estaba concentrada en abrir la puerta, le quitaran el bolso o entraran por la fuerza en la casa; pero hacía tiempo que había desaparecido aquel miedo y otros semejantes. Seguía siendo la misma casa, seguía siendo la misma puerta y seguía siendo la misma mujer que la cruzaba.

Queremos lo que usted tiene. Petunia pensó unos instantes en aquella extraña postal. Aún le costaba imaginar que nadie le dijera aquellas palabras personalmente.

John Lanchester, Capital, Anagrama

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El libro: «Capital»

Todos viven o trabajan en una calle de Londres; algunos se conocen, otros no, pero casi todos acabarán cruzándose.

Roger Yount es un banquero de la City que espera una prima anual suficiente para pagar su segunda vivienda; ya tiene dos coches y también quisiera tener dos mujeres. Y que la segunda fuera menos manirrota que la oficial, que no da golpe.

Antes de conseguir lo que sueña, se queda sin trabajo, cargado de deudas y al cuidado de su hijo menor, porque su todavía única mujer lo abandona temporalmente.

Capital. LanchesterAhmed es un pakistaní que tiene una tienda y dos hermanos, uno vago y fundamentalista, otro trabajador y demócrata. Cuando llega su madre de Pakistán, está dispuesta a criticarlo todo menos al hijo enloquecidamente religioso…

También está Petunia, una anciana que no sabe que en su casa hay escondido medio millón de libras.

Y Zbigniew, el albañil polaco, y Smitty, un artista del escándalo y cuyo verdadero nombre nadie conoce, y sólo sabemos que es nieto de Petunia…

Entretanto, la crisis económica acecha a Londres, y al mundo, y cada uno de los vecinos de la calle recibe una postal entre amenazante y siniestra que dice «Queremos lo que usted tiene». ¿Será su vivienda, sus tesoros escondidos, sus deseos, los confesados y los inconfesables?

Contraportada de Capital, de John Lanchester, Anagrama

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El genio del escritor

En España, y en muchos países latinoamericanos, la única versión del romanticismo que ha circulado ha sido una versión diluida y barata del romanticismo francés, donde el autor es un genio. Todo esto deriva de la teoría estética de Platón: como la inspiración viene directamente de los dioses, al autor nadie puede decirle nada. En este contexto, que se hable del editor como alguien que interviene en un libro parece una blasfemia. No ocurre así en los países anglosajones, que es donde yo aprendí el oficio. La literatura es algo serio, que ayuda a entender y cambiar el mundo, y el autor que logra eso contribuye a mejorar el modo de vivir de los demás. Pero no lo consigue porque tenga una conexión con Dios, porque Dios no existe. Si Dios no existe, los editores pueden hacer su trabajo.

Enrique Murillo

Enrique Murillo (Entrevista)

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La economía del personaje

¿Cómo se puede entender la vida interior de un personaje, real o ficticio, sin conocer el estado de su economía?

Ian McEwan. Operacion DulceIan McEwan, Operación Dulce, Anagrama

(McEwan hablando de literatura dentro de la literatura, la novela)

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Crítica al escritor

El escritor se entrega y se libera. Decir que nos gusta su obra es decir que nos gusta el autor. Decir que no nos gusta su obra es hacer a un ser vivo una declaración de enemistad. Por tanto los escritores son más vulnerables que los ebanistas a las críticas de sus trabajos. Se cree que el juicio recae sobre lo que «hacen». Pues no: recae sobre lo que «son».

Claude RoyClaude Roy

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