El escritor y su personaje

Todo el mundo describe las debilidades humanas y el lado ridículo de los hombres transfiriéndolos a personalidades ficticias, algunas veces con éxito, según el talento del escritor, pero la mayor parte del tiempo de forma artificial. ¿Por qué? Porque nosotros conocemos las debilidades humanas a través de las propias y, para mostrarlas correctamente, hay que mostrar las de uno mismo (…) Pocos tienen la fuerza suficiente para hacer esto. Tratan de desfigurar todo lo posible la personalidad a la que transfieren las debilidades propias para no reconocerse a sí mismos.

TolstóiLeón Tolstói (Diarios)

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La tecla del escritor

Ningún escritor dispone del poder verbal capaz de rivalizar con la imaginación de sus lectores; así, todo arte consiste en tocar esa tecla.

Simon LeysSimon Leys

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Revelación

Hay veces que las frases parecen escribirse ellas mismas, sin que yo sepa exactamente de dónde surgen. También me ha sucedido que la estructura de la novela se despliega delante de mí sin que intervenga mi voluntad. Es una especie de revelación.

Don DelilloDon Delillo

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Ironía?

El verdadero dueño de un libro no es el que lo compra, sino el que lo lee.

Manuel Rodríguez Rivero

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La prueba del arte

El arte quiere apresar lo real, el espectáculo del mundo y los reinos secretos de la vida privada y la vida interior; pero lo real por definición es impermeable y pura fluidez y la obra acabada es un hecho inmóvil: las palabras de la novela almacenadas en las páginas, sobre el papel o no, las líneas del cuadro, los volúmenes de la escultura o del edificio, las notas de la música. La gran prueba de cualquier arte es lograr simultáneamente dos cosas incompatibles entre sí: una forma duradera, cerrada, la preservación de una imagen o un instante, un estado de ánimo, una iluminación de la conciencia, y al mismo tiempo una sugestión de fluidez, de movimiento y vida en marcha.

Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

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La experiencia de la lectura

La experiencia de la lectura es sesgada cuando conoces al autor.

Ian McEwan. Operacion DulceIan McEwan, Operación Dulce, Anagrama

(McEwan hablando de literatura dentro de la literatura, la novela)

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Alegría

Suzanne (una niña) manifestó una alegría que parecía nacer en los dedos de los pies, reptar por el cuerpo y llegar a los ojos hasta volverlos grandes y encendidos.

Don Delillo. LibraDon Delillo, Libra. Seix Barral

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Lectura: «El elogio de la sombra» (y IV)

Receta de sushi

Se cuece el arroz con sake, a razón de un gò (medida de capacidad equivalente a 0,18 l.) de sake por cada shò (otra medida de capacidad equivalente a 10 go, esto es 1,8 l.) de arroz. Cuando el agua empieza hervir se echa el sake en la olla. Cuando el arroz está en su punto, se deja enfriar por completo, luego se hacen bolitas con las manos espolvoreadas de sal. Las manos no deben tener ningún rastro de humedad. Ahí está el secreto: sólo hay que presionar las bolitas con sal. Luego se corta salmón salado en lonchas finas, se extienden las lonchas sobre las bolitas que se envuelven una a una en las hojas de kaki, con la superficie hacia dentro. Previamente se habrán escurrido con un paño muy seco las hojas y el salmón para quitar cualquier rastro de humedad. Hecho esto, en una cubeta para sushi o en una caja de arroz que se habrá secado meticulosamente por dentro, se disponen las bolitas de forma que no haya entre ellas ningún intersticio, después se pone encima una tapa que cierre herméticamente sobre la que se colocará una pesada piedra, como para hacer confitura de verduras. Los sushi se preparan la noche anterior para poderlos comer al día siguiente por la mañana, y ése será el día en que sepan mejor, pero también se pueden consumir dos o tres días después. Cuando se vayan a comer se rocían con vinagre en el que se habrá macerado una guindilla.

FinalTanizaki. El elogio de la sombra

A decir verdad, he escrito esto porque quería plantear la cuestión de saber si existiría alguna vía, por ejemplo, en la literatura o en las artes, con la que se pudieran compensar los desperfectos. En lo que a mí respecta, me gustaría resucitar, al menos en el ámbito de la literatura, ese universo de sombra que estamos disipando… Me gustaría ampliar el alero de ese edifico llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo. No pretendo que haya que hacer lo mismo en todas las casas. Pero no estaría mal, creo yo, que quedase aunque sólo fuese una de ese tipo. Y para ver cuál puede ser el resultado, voy a apagar mi lámpara eléctrica.

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Ser editor

Ser editor es una profesión preciosa. Uno, porque estás al lado del talento. Dos, porque ayudas a que ese talento sea conocido. Y tres, porque puedes contribuir en una medida pequeña a mejorar su obra. Toda obra realizada por alguien con talento tiene muchas cosas perfectas y algunas imperfectas. El trabajo del editor consiste en lograr que el libro sea lo más perfecto posible y que el autor consiga al menos un lector, es decir, que trabaja para hacer público ese libro. Ese es el sentido del término publicar cuando te tomas tu oficio en serio.

El editor tiene la suerte de no dejar el mundo tal cual lo ha encontrado. Tiene la capacidad de contribuir a que el mundo cambie. El mundo es por naturaleza incomprensible y el ser humano está condenado a la situación patética de darse continuamente porrazos contra sus realidades. Se necesita alguien que arroje un poco de luz sobre esto tan oscuro y confuso, y eso es lo que hacen los escritores. Te pongo un ejemplo muy sencillo: hoy en día es un tópico decir que algo es borgiano o kafkiano. Antes de que leyéramos la obra de Kafka o de Borges había ángulos de la realidad que eran un punto ciego para nuestra pupila. Al hacer comprensible lo incomprensible, la literatura torna el mundo ligeramente más soportable.

Cuando un editor recibe manuscritos que no vienen avalados por nadie, su trabajo es obedecer a su curiosidad y amar aquello que puede incluso producir rechazo en otras capas de la sociedad. Es el punto de partida de su trabajo: vencer la desidia y atreverse a entender eso que hay de nuevo y valioso en el manuscrito del autor todavía sin nombre.

Enrique Murillo

Enrique Murillo (Editor entre otros oficios)

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Lectura: «El elogio de la sombra» (III)

La belleza de la penumbra

Algunos dirán que la falaz belleza creada por la penumbra no es la belleza auténtica. (…) Nosotros los orientales creamos belleza haciendo nacer sombras en lugares que en sí mismos son insignificantes. (…) Nuestro pensamiento, en definitiva, procede análogamente: creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra.

En una palabra, nuestros antepasados, al igual que a los objetos de laca con polvo de oro o de nácar, consideraban a la mujer un ser insuperable de la oscuridad e intentaban hundirla tanto como les era posible en la penumbra; de ahí aquellas mangas largas, aquellas larguísimas colas que velaban las manos y los pies de tal manera que las únicas partes visibles, la cabeza y el cuello, adquirían un relieve sobrecogedor. Es verdad que, comparado con el de las mujeres de Occidente, su torso, desproporcionado y liso, podía parecer feo. Pero en realidad olvidamos aquello que nos resulta invisible. Consideramos que lo que no se ve no existe.

Tanizaki. El elogio de la sombra

 Oriente / Occidente

¿Pero por qué esta tendencia a buscar lo bello en lo oscuro sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? Hasta hace no mucho tampoco en Occidente conocían la electricidad, el gas o el petróleo pero, que yo sepa, nunca han experimentado la tentación de disfrutar con la sombra.

Los colores que a nosotros nos gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombra: los colores que ellos prefieren condensan en sí todos los rayos del sol. Nosotros apreciamos la pátina sobre la plata y el cobre; ellos la consideran sucia y antihigiénica, y no están contentos hasta que el metal brilla a fuerza de frotarlo. En sus viviendas evitan cuanto pueden los recovecos y blanquean techo y paredes. Incluso cuando diseñan sus jardines, donde nosotros colocaríamos bosquecillos umbríos, ellos despliegan amplias extensiones de césped.

¿Cuál puede ser el origen de una diferencia tan radical en los gustos? Mirándolo bien, como los orientales intentamos adaptarnos a los límites que nos son impuestos, siempre nos hemos conformado con nuestra condición presente; no experimentamos, por lo tanto, ninguna repulsión hacia lo oscuro; nos resignamos a ello como a algo inevitable: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!, es más, nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza muy particular.

En cambio los occidentales, siempre al acecho del progreso, se agitan sin cesar persiguiendo una condición mejor a la actual. Buscan siempre más claridad y se las han arreglado para pasar de la vela a la lámpara de petróleo, del petróleo a la luz de gas, del gas a la luz eléctrica, hasta acabar con el menor resquicio, con el último refugio de la sombra.

 

 

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