En lo más hondo de ti,
sé que te he traicionado, madre.
Todo porque ya no soy
el niño dormido
en el fondo de tus ojos.
Todo porque tú ignoras
que hay lechos donde el frío no se para
y noches rumorosas de aguas matinales. (…)
Pero tú has olvidado muchas cosas;
te has olvidado de que mis piernas han crecido,
que todo mi cuerpo ha crecido,
¡y hasta mi corazón
se ha hecho enorme, madre!
Mira -¿quieres oírme?-
a veces todavía soy el niño
que se durmió en tus ojos;
aún aprieto contra el corazón
rosas tan blancas
como las que tienes en el retrato;
aún escucho tu voz:
Érase una vez una princesa
en medio de un naranjal… (…)
No me he olvidado de nada, madre.
Guardo tu voz dentro de mí.
Y te dejo las rosas.

Eugénio de Andrade
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