Lectura: “Capital” (IV)

Muerte

La mano de Petunia estaba caliente. Fue una sorpresa para Mary. La anciana respiraba de un modo anormal, pero no emitía ruido alguno, como si forcejeara por respirar; pero el cambio producido en ella era más profundo. Se esforzó por adivinar qué ocurría en la cabeza de su madre, dentro de su ser. ¿Una sucesión de imágenes, de recuerdos de la infancia, atisbos de cosas que le habían sucedido en aquel domicilio, decenios atrás? ¿Su padre y su madre, el trayecto hasta la escuela, el nacimiento de sus hijos, los millares de comidas preparadas y engullidas? ¿Era alguna clase de sueño de aquellas cosas? ¿O estaba inmersa en un puro sentir, de tal modo que allí no había más que miedo, amor, pérdida u otro estado igual de puro? ¿O estaba entregada a la pura sensación, calor, frío, dolor, picor, sed o alguna terrible combinación de todo esto? ¿O estaba mirando la luz, avanzando hacia ella, fundiéndose con ella, transformándose en ella? ¿Y si su madre ya no estaba allí y sólo veían su cuerpo?

Petunia tragó una bocanada de aire irregular, agitada, y lo expulsó medio carraspeando, a rachas, en profundidad. Mary notó que el peso de la mano de su madre en la suya cambiaba; no se convirtió en un peso muerto porque ya era un peso muerto, pero dejó de ser lo que era. Fue la carga de la presencia lo que desapareció. Su madre ya no estaba allí. Petunia Howe había muerto.

Capital. Lanchester

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