Todo espíritu humano tiene dos personalidades, una superficial y la otra profunda. La primera hace cosas como salir a cenar fuera de casa, etcétera, es despierta y original. La personalidad profunda es muy extraña, en ciertos aspectos parece estúpida, pero sin ella no hay literatura, pues, a menos de conseguir beber de vez en cuando de sus profundidades, no se podría producir una obra de primera calidad.
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