Benedetti (II). Te libero…

Te libero de mí, de mis males, de mi mal genio, de los domingos por la tarde en donde nunca puedo más, del odio a mis cumpleaños, de no saber cómo hacer para regalarte algo que no pierdas.
Te libero de mi desengaño, de tu karma, de mis novedades, de la contradicción que represento.
Te libero de mis llamadas que te saben a autocompasión, de mis enredos, de mi cabello suelto, largo, sin peinar.
Te libero de mi consciencia, del desconcierto a fin de mes, de la caída, de la llegada, de mi huida inevitable.
Te dejo libre para que me dejes, para que me veas de lejos y me quieras, menos.

BenedettiMario Benedetti.

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Maiakovski

MaiakovskiVladímir Maiakovski miembro del partido bolchevique desde los 14 años, del que se separa después de la revolución sin renunciar a sus ideales, es considerado como el mayor y más representativo de los poetas soviéticos. El 14 de abril de 1930, a los 37 años, este huracán poético desaparece al dispararse un tiro de pistola en el pecho. Su suicidio tiene mucho que ver, sin duda, con las críticas oficiales a su último espectáculo, Los baños, representado un mes antes de su muerte, en el que fustiga sin piedad los vicios del pasado, sin olvidar la burocracia, el mercado negro o la corrupción. A esas críticas alude en las últimas líneas, casi una postdata, de su mensaje de despedida fechado dos días antes.

(A través de «Sophia Filosofia»)

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Texto de Mujica Láinez

Manuel_Mujica_Lainez_por_Alicia_D_AmicoSombríos árboles escoltan su del­gado caudal, que el capricho de las piedras enriquece, y allá me dirigí más temprano que de costumbre. Con el pantalón de baño por toda ropa, remonté el curso de agua siguiendo sus variaciones, siempre bajo la bóveda de ramas que apenas dejaba filtrar una indecisa luz. Quizás anduve un par de horas de esa suerte, saltando de roca en roca, hundiendo los pies en la corriente, deteniéndome a observar un insecto o una planta, pensando en las cosas absurdas que me habían acae­cido en Buenos Aires 

Manuel Mujica Láinez: Los espías (De El blazalete y otros cuentos, Ed Sudamericana)
(A través de «Factor Serpiente»)

Fotografía de Alicia D’Amico

 

 

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Inicio: «Las puertas de la noche»


EstaGándara. Las puertas de la nochemos aquí, en este mundo, para saber por qué estamos aquí. No cabe otra razón. No hay mejor razón. Sentido de la vida y objeto de la existencia: nacemos para conocer.

Inicio de la novela de Alejandro Gándara, Las puertas de la noche, Alfaguara

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Compromisos de Kafka

Kafka y Felicia Bauer

Kafka se comprometió dos veces con Felicia Bauer, deshaciendo posteriormente sus dos compromisos. Felicia Bauer fue una mujer a la que el escritor judío vio cinco minutos y escribió durante años.

 

Kafka carta

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Lectura: «La rubia de ojos negros»

Clara Cavendish (la Rubia) 

Era rubia, con unos ojos negros y profundos, como un lago de montaña, cuyos párpados se afilaban de manera exquisita en las esquinas. Una rubia de ojos negros no es muy frecuente.

Aquella sonrisa… Era como los rescoldos de un fuego que ella hubiera prendido hacía mucho tiempo y luego dejado arder hasta consumirse.

Clara Cavendish era una de esas personas a quienes el mundo protege de sus horrores.

Había algo vago e indefinido en ella, como si hubieran interrumpido a quien fuera que la creó antes de darle los últimos toques y el trabajo hubiese quedado sin terminar.

¿Se han fijado en cómo sube los escalones una mujer? Así subió Clara Cavendish, con la cabeza inclinada y la vista fija en los pies, que colocaba con precisión uno delate de otro, escalón a escalón. Igual que una patinadora sobre hielo dibujando una línea de diminutos ochos.

Black. La rubia de los ojos negros

 

 

 

 

Philip Marlowe (el detective)

– No se inquiete, tengo costumbre de quedarme junto a la ventana, mirando cómo gira el mundo. 

Asentí, intentando que el gesto trasmitiera prudencia. Cogí mi pipa y me entretuve con ella, sacando los restos de tabaco de la cazoleta y haciendo todo lo preciso para limpiarla. Una pipa es un artículo muy útil cuando quieres parecer inteligente y reflexivo.

Me llevé una mano a la frente y suspiré. Luego, abrí el cajón de la mesa donde se supone que guardo los expedientes, saqué una botella y me serví un trago en un vaso de papel. Cuando eres consciente de que has metido la pata, lo mejor que puedes hacer es masacrar unos cuantos millones de neuronas.

Cuando era joven, hará un par de milenios, creía saber lo que hacía. Era consciente del carácter caprichoso del mundo, de cómo se divierte con nuestras esperanzas y nuestros deseos; pero en lo relativo a mis propias acciones, estaba convencido de que era yo, erguido en el asiento del conductor, quien manejaba el volante con las dos manos. Ahora sé que no es así. Ahora sé que las decisiones que creemos tomar solo parecen tal en retrospectiva y que, cuando las cosas suceden, en realidad tan solo nos dejamos llevar.

Hasta entonces había creído que Clare Cavendish podía romperme el corazón, sin darme cuenta de que estaba roto. Vivir para aprender, Marlowe. Vivir para aprender. 

Puedes odiar a una mujer y saber, al mismo tiempo, que bastaría con que hiciera una pequeña señal para que te arrojaras a sus pies y los cubrieras de besos.

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El libro: «La rubia de ojos negros»

Black. La rubia de los ojos negrosArranca la década de los cincuenta. Philip Marlowe se siente tan inquieto y solo como siempre y el negocio vive sus horas bajas cuando irrumpe en su despacho una nueva clienta: joven, rubia, hermosa y elegante, Clare Cavendish, la rica heredera de un emporio de perfumes, pretende que Marlowe encuentre a un antiguo amante, un hombre llamado Nico Peterson. Sí: Banville/Black pone su pluma al servicio del espíritu de Raymond Chandler por encargo de sus herederos y resucita al legendario detective privado (ese hombre que no conoce a las mujeres, pero tampoco se conoce a sí mismo) para embarcarlo en una nueva y peligrosa aventura en las calles de Bay City.

Reseña del editor de La rubia de ojos negros, de Benjamín Black, Alfaguara

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Caracterización de personajes

La primera regla de un novelista (pensaba Maugham) es siempre procurar que sus personajes actúen «in character», de forma consecuente con su personalidad. Pero ¿no es justamente la observancia mecánica de este principio la que ha condenado a una tan gran parte de las novelas y de los relatos del propio Maugham a rebasar apenas el nivel de un inteligente teatro de marionetas?

Simon LeysSimon Leys

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La inteligencia en el proceso creativo

Proust considera que en el proceso creador la inteligencia no desempeña más que un papel secundario. Muchos escritores comparten esta opinión. Colette dijo a Emmanuel Berl: «Es usted demasiado inteligente para ser un buen novelista». Y Claudel observaba: «La inteligencia no es la cualidad esencial de un artista en mayor medida que la prudencia lo es de un militar». Lo cual no quiere decir, evidentemente, que para un artista sea más ventajoso ser un imbécil —Proust mismo tenía una inteligencia formidable—; pero todos esos escritores saben por experiencia que, en la creación literaria, no es su inteligencia lo que se moviliza, sino más bien su sensibilidad y su imaginación. Lo que importa sobre todo es «la inspiración», el «estado de gracia», la comunicación directa establecida con las fuentes profundas de la memoria y del inconsciente; y para captar esas fuentes a menudo es preferible dar descanso a la inteligencia. Aragon era más inteligente que Eluard, pero Eluard era mejor poeta. La inteligencia no inhibe ese don poético; el don poético simplemente es de otra naturaleza: puede coexistir con una inteligencia mediocre, incluso con una mente confusa.

Leys. La felicidad de los pececillosSimon Leys

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Cortázar

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso del parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entre el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, solo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola. 

Historia de cronopios y famas, 1962 (A través de Biblioteca Ignoria)

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Foto: Mario Muchnik, 1983

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