«Un sueño». Minicuento. Jorge Luis Borges

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

FIN

Jorge Luis Borges
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Lectura. El corazón de Inglaterra. Jonathan Coe

Jonathan Coe. Foto: Caroline Irby

El corazón de Inglaterra

La última novela de Jonathan Coe reflexiona sobre el proceso de descomposición político-social que supuso el Brexit

Origen: El corazón de Inglaterra | El Cultural


Textos

–Señor Hu, nunca he estado en China, y no tengo ninguna intención de menospreciar las difíciles condiciones en que viven ustedes allí. Pero aquí en Gran Bretaña nos enfrentamos a problemas similares. De hecho, casi diría que nuestra situación es peor. Su censura es diáfana, la nuestra es encubierta. Todo se maneja bajo el disfraz de la libertad de expresión, porque así los tiranos pueden pretender que no pasa nada. Pero no tenemos libertad de expresión ni de ningún otro tipo. Las personas que antaño mantenían viva una gran tradición británica cazando a caballo con sabuesos ya no tienen la libertad de seguir haciéndolo. Y si alguno de nosotros trata de quejarse, se nos manda callar. No se nos permite expresar nuestros puntos de vista en televisión ni en los periódicos. Nuestra televisión pública nos ignora o nos trata con desdén. Votar acaba siendo una pérdida de tiempo cuando todos los políticos se suben al carro de las mismas opiniones en boga. Por supuesto que yo he votado por el señor Cameron, pero sin ningún entusiasmo. Sus valores no son los míos. De hecho, sabe tan poco sobre nuestros modos de vida tradicionales como sus oponentes políticos. Al final están todos del mismo lado, y no es de nuestro lado. Mire, como no lo veo muy convencido, le pondré otro ejemplo. Un ejemplo muy concreto. Hace un año mi hijo solicitó un puesto…, Ian, no me interrumpas, déjame acabar…, se presentó para un ascenso, y si hoy en día en este país imperasen la ecuanimidad o la justicia, se lo habrían concedido. Pero en lugar de eso se lo otorgaron a la otra candidata, por sus antecedentes raciales y por el color de su piel. Lo hicieron porque…, Sophie, puedes mirarme así todo el tiempo que quieras, pero hay ciertas cosas que deben decirse en voz alta, alguien tiene que decirlas, y te diré otra cosa…, a mi hijo le han fastidiado la vida, se la han fastidiado gravemente, por esta absurda corrección política, y si tú, Sophie, sigues aceptando eso sin abrir la boca y no defiendes a tu propia gente y tus propios valores, también te acabará pasando a ti, tú vas a ser la siguiente. Soy una mujer mayor y puedo permitirme decir estas cosas, y las digo porque me rompe el corazón veros a los dos, una joven pareja estupenda como vosotros, pasándolo mal, teniendo que mantener dos trabajos, vivir en ciudades diferentes, sin poder veros durante la semana, sin tiempo para estar juntos y forjar una familia, y todo esto no estaría sucediendo, no estaríais en esta situación precaria, si Ian hubiera conseguido el trabajo. Y debería haberlo conseguido. Se lo merecía. Había trabajado duro para que se lo dieran y se lo merecía.


Ambos sabían que no era una propuesta inocente. Aunque ninguno de los dos podía estar seguro de qué iba a suceder a continuación, ambos eran conscientes de que habían tomado una decisión, una decisión de mutuo acuerdo, basada en la sensación de que fuera lo que fuese lo que se había puesto en marcha con la cena, todavía no había llegado al final del recorrido. Sin embargo, esa percepción, que debería haberlos unido más, que debería haber generado una complicidad electrizante, lo único que parecía haber creado era una terrible distancia entre ellos. En cuanto se subieron al coche de Benjamin y emprendieron el trayecto de veinte minutos hasta la casa de Jennifer, se impuso un denso y gélido silencio. Benjamin, que, para lo que era habitual en él, se había mostrado muy comunicativo en el pub, ahora enmudeció. No era difícil entender por qué: la perspectiva –o la simple posibilidad– de una relación íntima con otra persona, tras años de abstinencia forzosa, era suficiente para hacerlo enmudecer por una mezcla de excitación y miedo. Y esa mudez le llegaba a Jennifer, que respondía también con el silencio. Benjamin se estrujó los sesos pensando en algo mínimamente razonable que decir en esas circunstancias, y cuanto más rebuscaba, más difícil se le hacía dar con una simple frase o palabra que decir. Incluso sintió que la lengua se le había hinchado hasta doblar su tamaño normal y no sería capaz de volver a pronunciar una sílaba en su vida. Miró por el rabillo del ojo a Jennifer, vio su cara pálida iluminada por la luz ámbar de las farolas y se quedó convencido de que ella lo miraba con recelo. Cuando frenó en un semáforo, tomó la determinación de hacer un último intento. Tenía que haber algo que pudiera decir. Allí estaban los dos, potencialmente a punto de embarcarse en la travesía más hermosa que dos personas pueden emprender juntas, y no había ningún motivo por el que él tuviera que quedarse sin palabras. Era escritor, por el amor de Dios. Se animó mentalmente: Vamos, Benjamin, puedes hacerlo. Puedes estar a la altura de esta situación grata, ilusionante y aterradora.


Johnson se dedicaba a trazar una analogía entre la Unión Europea y la Alemania nazi. Según él, ambas tenían el proyecto de crear un superestado europeo dominado por Alemania, sirviéndose en un caso de medios militares y en el otro, de armas económicas. Benjamin, cuyo interés por la política había crecido de forma exponencial durante las últimas semanas, se quedó horrorizado. ¿El debate político en este país había acabado convertido en esto? ¿Semejante desaguisado era fruto de la campaña del referéndum, o siempre había sido así, solo que él no prestaba atención? ¿A esas alturas un político británico podía soltar una comparación como esa y tener la tranquilidad de que saldría airoso? ¿O ese privilegio le estaba reservado a Johnson, con su encantadora cabellera al viento, sus vacilantes gesticulaciones etonianas y la irónica sonrisa autosuficiente que siempre asomaba por las comisuras de sus labios?


De pronto se calló. Se le oscureció la mirada. Dejó caer los hombros. Bajó la mirada y la concentró en la superficie espumosa de su café durante un minuto o más. Volvió a alzarla y las siguientes palabras que pronunció fueron las más sinceras que Doug había oído jamás brotar de sus labios. –Estamos jodidos. –¿Disculpa? –Estamos absoluta e irremediablemente jodidos. Es el caos. Todos corretean de un lado a otro como pollos sin cabeza. Nadie tiene la más remota idea de qué hacer. Estamos muy, pero que muy jodidos. Doug sacó al instante el móvil y empezó a grabar una memoria de voz. –¿Esto es publicable? –preguntó. –¿Qué más da? Estamos jodidos, así que ¿qué más da? –¿A qué tipo de caos te refieres? ¿Quién corretea como un pollo sin cabeza? –Todo tipo de gente. Todo el mundo. Nadie se esperaba esto. Nadie estaba preparado para esto. Nadie sabe lo que es el Brexit. Nadie sabe cómo se lleva a cabo. Hace año y medio todos lo llamaban Brixit. Nadie sabe lo que significa el Brexit.


–¿Cameron? –dijo Nigel, y su cara se retorció en una mueca–. Vaya soplapollas. Vaya pedazo de mamón de primera magnitud. Ahí lo tienes escribiendo sus memorias en la puta caseta de jardín. Mira el desaguisado que nos ha dejado. Todo el mundo se lanza al cuello del vecino. A los extranjeros los insultan por la calle. Los agreden en el autobús y les dicen que se vuelvan a su país. A todo el que no obedece a ciegas se le llama traidor y enemigo del pueblo. Cameron ha destrozado este país, Doug. ¡Lo ha destrozado y se ha largado!

Jonathan Coe, El corazón de Inglaterra

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Reflexiones. George Steiner

Sabemos que un hombre puede leer a Goethe o Rilke en la tarde, puede escuchar a Bach o a Schubert y después ir durante la mañana a su trabajo en Auschwitz.

George Steiner

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La lectura callada. Alberto Manguel

En el año 383, un profesor de retórica latina, San Agustín, visitó en Milán al obispo Ambrosio. “Cuando leía”, escribe en sus Confesiones, “sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas”. Esa lectura callada es el primer testimonio de lectura a solas que se conoce en la literatura occidental.

Alberto Manguel
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Muere George Steiner, intelectual y maestro de la literatura comparada, a los 90 años.

El ensayista, escritor y profesor, fue crítico literario de The New Yorker desde 1966 hasta 1997

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Me interesa esa escritura que confía en el lector. Pedro Mairal

Por eso escribo, supongo, porque me gusta recrear la experiencia sensible a través del lenguaje; quiero que el lector toque, huela y sienta que está ahí, intento hacerlo con pocas palabras, dejándole zonas incompletas, como para que su cerebro termine de armar la situación. Hay un dibujo de Picasso donde se ve un ramo de flores, una está muy bien dibujada, las demás son apenas garabatos, pero nuestro cerebro las completa, las vuelve flores perfectas. Picasso nos induce a que lo hagamos, las flores suceden dentro de nosotros, florecen, nosotros las inventamos. Me interesa esa escritura que confía en el lector y arma esa especie de máquina que el lector echa a andar como mejor le parece, a su velocidad, con su propio estilo. Por eso prefiero no indicarle al lector cómo tiene que leer. No me gustan los textos sobreexplicados, la profundidad explícita.

Pedro Mairal
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Los diez mejores cuentos de Jorge Luis Borges

Sus fantasías y sueños, el encierro, los sótanos y las bibliotecas son solo algunos de los temas que obsesionaron al escritor argentino. Infobae Cultura realizó una selección de relatos esenciales

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Quizá sea mejor que el poeta no tenga nombre. Borges

Que un poema haya o no haya sido escrito por un gran poeta sólo es importante para los historiadores de la literatura. Supongamos, por seguir el razonamiento, que he escrito un hermoso verso; considerémoslo una hipótesis de trabajo. Una vez que lo he escrito, ese verso no hace que yo sea bueno, pues, como acabo de decir, ese verso lo he recibido del Espíritu Santo, del yo subliminal, o puede que de algún otro escritor. A menudo descubro que sólo estoy citando algo que leí hace tiempo, y entonces la lectura se convierte en un redescubrimiento. Quizá sea mejor que el poeta no tenga nombre.

Jorge Luis Borges

(Leído en «Biblioteca Ignoria»)

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Recopilación de textos fotografiados. Ted Hughes

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De dónde proceden las historias. Amos Oz

En ocasiones me pregunto de dónde proceden las historias, y no tengo una respuesta clara. Mira, por una parte, sí que lo sé, porque siempre he vivido una vida de espía. Lo cuento en “Una historia de amor y oscuridad”. Yo escucho conversaciones ajenas, observo a personas desconocidas y, si estoy en la cola del ambulatorio, en una estación de tren o en un aeropuerto, jamás leo un periódico. En vez de eso, escucho hablar a la gente, robo fragmentos de conversaciones y los completo. O bien observo la ropa o los zapatos —los zapatos siempre me cuentan muchas cosas—. Observo a la gente. Escucho. […] Lo primero que me impulsa es el deseo de adivinar qué sentiría yo si fuese él, que sentiría yo si fuese ella: ¿qué pensaría? ¿Qué querría? ¿De qué me avergonzaría? ¿Qué sería, por ejemplo, importante para mí que nadie en el mundo supiera de mí? ¿Qué ropa me pondría? ¿Qué comería? Eso siempre me ha acompañado, incluso antes de comenzar a escribir historias, desde la infancia.

Amos Oz. The Guardian
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