La vida es realmente interesante y atractiva, porque, por debajo de todo, no tiene sentido. Y, a este respecto, yo doy siempre este ejemplo: uno puede dudar absolutamente de todo, afirmarse como un nihilista, y sin embargo caer enamorado como el más grande de los idiotas. Esta imposibilidad teórica de la pasión, que la vida real no cesa de burlar, hace que la vida tenga cierto encanto, indiscutible, irresistible. Uno sufre, uno se ríe de sus sufrimientos, uno hace lo que quiere, pero esta contradicción fundamental es quizá finalmente lo que hace que la vida valga aún la pena de ser vivida…
me cuesta escribir la palabra amor/ porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/ y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/ y cuándo/y cómo/.
Ser rebelde lleva la vida entera, borrarte los privilegios de la piel, inscribirte en la soledad del desacuerdo, dejar atrás a los usurpadores…. No hay premio a una rebelde más allá de poder regar sus flores en el tiempo que apropia, salir a dar de comer a las aves una mañana donde el capital devora, sonreír con los dientes maltrechos ante la desventura del desayuno, ser indigente en la casa que nadie sueña. Las rebeldes saben de qué están hechos los premios, rechazan los mendrugos que lanza la mano del opresor. Una rebelde tiene como único premio la vida, porque de ella nadie se apropia, en ella nadie la usurpa, porque es la única tierra propia de cada rincón donde duerme. Su rebeldía alcanza siempre a cobijar el desánimo del progreso y si de paso una rebelde tiene la alegría en soledad, ha vencido al mundo.
Estoy mejor en una tristeza seca que en una furia fría, pues permanecí con los ojos secos hasta ahora, tan secos como pescados ahumados, pero mi corazón se siente como un sucio y suave flan por dentro.[…] No estoy triste. Más bien sorprendida, muy lejos de mí misma, sin creer realmente que estés tan lejos, tan lejos, pero tan cerca. Quiero decirte sólo dos cosas antes de partir, y entonces ya no diré nada más, lo prometo.
Primero, espero, quiero y necesito verte una vez más, algún día. Pero, recuerda, por favor, que jamás volveré a pedirte que nos veamos ―no por orgullo, puesto que no tengo ninguno contigo, como sabes, pero nuestro encuentro significará algo sólo cuando tú lo desees. Así que, esperaré. Cuando lo desees, sólo dilo. No supondré que me amas de nuevo, ni siquiera que tienes que dormir conmigo, y sé que sólo nos veremos brevemente ―como lo sientas y cuando lo sientas. Pero quiero que sepas que siempre querré que me lo pidas. No, no puedo pensar que nunca te volveré a ver. He perdido tu amor y fue (y es) doloroso, pero no quiero perderte.
De cualquier forma, soy tan tuya, Nelson, lo que me diste significó tanto para mí, que nunca podrás quitármelo. Tu ternura y amistad fueron tan valiosas para mí que aún te puedo sentir cálido y feliz y agradecido cuando te siento dentro de mí. Realmente espero que esta ternura y amistad nunca, nunca, me abandonen.
En cuanto a mí, es desconcertante decirlo y me avergüenzo, pero es la única verdad: te amo tanto como te amé aquella vez que llegué a tus brazos, y lo digo y lo siento con mi ser entero y con mi corazón sucio; no puedo hacer menos.
Pero ya no te molestaré, cariño, y no te veas obligado a escribir cartas por cortesía; sólo escribe cuando lo sientas, sabiendo cada vez que me harán muy feliz.
Bueno, todas las palabras me parecen tontas. Pareces tan cercano, tan cercano, déjame estar cerca de ti también. Y déjame, como en los viejos tiempos, déjame estar en mi propio corazón por siempre.
Tuya, Simone.
Simone de Beauvoir y Nelson Algren
(A través de «Las cuatro esquinas. Una intersección literaria»)
…y así nos parecemos a cierto artista que le ofreció a César Augusto un tesoro incomparable, nunca visto en siglos anteriores, a saber, un vidrio flexible, y como pudo hacer algo superior a lo que hicieron otros, creyó merecer para sí algo más que todos los otros y, con pésima suerte, fue condenado a morir, no fuera a ser que ese vidrio admirable fuese perdurable y todo el tesoro real, consistente en metales diversos, resultase de allí en más despreciable.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)