Para mi querido amigo Julio Cortázar, el mismo día que recibí su magnífica Rayuela, le envío mi Paradiso. Entre Ud. y yo hay un cariño muy grande, sin habernos casi tratado, a veces se lo atribuyo al común ancestro vasco, pero otras me parece como si los dos hubiéramos estudiado en el mismo colegio, o vivido en el mismo barrio, o a que cuando uno de nosotros dos duerme, el otro vela y lee en la buena estrella.
Pronto le escribo sobre su novela. Venga otra vez por La Habana, todos nosotros lo recordamos y lo admiramos. Y lo esperamos siempre.
En los tiempos de la ilegalidad, un día llegó a casa del señor Egge un agente que le mostró un documento expedido en nombre de quienes dominaban la ciudad y en el cual se decía que toda vivienda en la que él pusiera el pie pasaría a pertenecerle; también le pertenecería cualquier comida que pidiera, y todo hombre que se cruzara en su camino debería asimismo servirle. Y el agente se sentó en una silla, pidió comida, se lavó, se acostó y, con la cara vuelta hacia la pared, poco antes de dormirse preguntó: —¿Estás dispuesto a servirme? El señor Egge lo cubrió con una manta, ahuyentó las moscas, veló su sueño y, al igual que aquel día, lo siguió obedeciendo por espacio de siete años. No obstante, hiciera lo que hiciera por él, hubo una cosa de la que siempre se abstuvo: decir aunque solo fuera una palabra. Transcurridos los siete años murió el agente, que había engordado de tanto comer, dormir y dar órdenes. El señor Egge lo envolvió entonces en la manta ya podrida, lo arrastró fuera de la casa, lavó el camastro, enjalbegó las paredes, lanzó un suspiro de alivio y respondió: —No.
Estos días se publica el último libro del escritor, ‘Notas para unas memorias que nunca escribiré’. Su editor, Ignacio Echevarría, explica su origen, un diario de vida íntimo y muy personal, en el que el escritor derramó observaciones, ocurrencias y algunos dardos sobre muchos personajes de nuestra vida literaria, política y cultural
—¿De verdad te crees que a alguien le va a interesar lo que tú tengas que decir, Pedro? Les interesará lo que tengan que decir ellos. Este, este y este: los de la foto del periódico. Olvídate porque no son como nosotros. Estos han estudiado, para empezar. ¿A cuántos de nuestra edad conoces tú con estudios? Y no me vengas con el cursillo de la mujer de Víctor. Hablo de estudios de verdad: de la universidad, con sus años y sus asignaturas, y sus familias pagándolo todo. ¿A cuántos de nuestra edad conoces tú con estudios, y que no hayan sido tus jefes? Ni a Juan José, fíjate, ni a él le tratan igual en la oficina que a sus compañeros. Estos de aquí, los del periódico: estos son nuestros jefes.
A María también le gusta trabajar. Cuando el metro deja atrás Sáinz de Baranda y Conde de Casal oye a mujeres que se quejan del olor del friegasuelos, de las grietas en las manos; a ella le duelen, pero siente cierto orgullo en la limpieza. Con el tiempo ha aprendido a reconocer su oficio: arreglar lo que otros ensucian. Le gusta borrar las manchas en el suelo, que las ventanas filtren más luz. Se siente útil, y siente que lo hace bien. Le gusta que sus manos lo hagan posible, y le gusta repetir la misma mecánica, la mente en blanco cubículo a cubículo; a veces se fija en la manera en la que la espuma brota del agua, o en el trazo levísimo con el que se diluye la lejía. Si le dan las gracias lo aprecia, aunque se sabe invisible ante la mayoría. ¿Quién se fija en el cuerpo de mujer que se ensancha a cada año, dos brazos y dos piernas y un rostro, igualado con el uniforme? A ella le basta ella para sentirse bien con lo que hace.
En el fondo se trata del dinero: de la falta de dinero. Cada una de las situaciones que han colocado a María aquí —aquí significa piso de salón y dormitorio en Carabanchel, vagón de metro hacia Nuevos Ministerios— se habría desarrollado de otra forma muy distinta con dinero. Ella y Soledad y Chico dejaron la escuela porque la familia necesitaba dinero; por dinero sustituyó a su hermano en una mañana de enfermedad, para no perder la labor de ese día. Si sus padres hubiesen tenido dinero —salud para ganarlo, dinero para pagarse la salud—, ¿habría conocido ella a aquel hombre en aquel autobús? Habían paseado por las mismas calles: hubieran coincidido en el ultramarinos, como mucho un domingo en el bar de su hermano. Pero con dinero, sin falta de dinero, a esa hora María habría caminado al instituto desde una casa grande con una habitación para ella sola. Por dinero le tocó marcharse de casa antes de tiempo, recrear en el hijo de otra el olor de su hija.
La lista de argumentos de Alicia: allá va. La familia no la dicta la sangre, sino la propia vida. No estoy segura de querer exponer a un inocente más a este mundo cruel. No estoy convencida de estar a la altura de la crianza. Tú tienes un puesto más o menos estable, pero yo no he aguantado mucho tiempo en el mismo trabajo, y con lo que ganamos nos costaría mantener a una persona más. Estamos lo suficientemente bien como para romper nuestra estabilidad con alguien que solo nos traerá problemas durante los próximos veinte o treinta años. ¿Vas a cambiarle el pañal? ¿Vas a darle el biberón? ¿Vas a despertarte cuando berree por la noche? ¿Vas a ayudarle con las tareas y los exámenes? ¿Y si tu hijo es prepotente, hipócrita, mentiroso? ¿Y si disfruta torturando a los demás?
Creo que al propio David Toscana ya le conté la anécdota. La última vez que vi a Ricardo Piglia, en el pasillo de un hotel en Xalapa, nos saludamos brevemente y vi que llevaba en la mano un ejemplar de El último lector, de Toscana, siendo el maestro argentino autor de un libro del mismo título. […]
Creo que los recuerdos más importantes, más fáciles de contar, más poéticos, más para siempre, son los de la infancia. Quitárselos a la literatura sería como quitar la esencia de la vida. Con el tiempo, huérfanos inconsolables, ya que todos lo somos, la infancia se vuelve nuestra madre.
Su novela ‘Páradais’, nueva pieza del gran fresco narrativo mexicano sobre la violencia, es impecable y convincente, pero no muestra nada de renovación
Leía y releía el mismo libro varias veces, y a veces cerraba los ojos y me llenaba los pulmones de su olor. El simple acto de oler ese libro, deslizar los dedos entre las páginas, para mí era la felicidad.
Haruki Murakami
Pensé que era una aventura y en realidad era la vida.
Joseph Conrad
En las cosas profundas e importantes estamos terriblemente solos.
Rainer Maria Rilke
El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.
Escribo un diario, un dietario -probablemente mi obra más importante, que ya abarca más de cuarenta años-, en el que escribo casi cada día, si estoy tres días seguidos sin escribir en él, me siento mal, es una adicción. Además, escribo una novela cada cinco años, y mientras tanto escribo cosas diversas: artículos políticos, libros para niños y libros académicos ya que soy profesor de universidad. Hasta ahora he escrito unos veinticinco libros. Aquellos que son de carácter literario los escribo a mano y los entrego sin editar. Nunca he tenido que arrancar ninguna página de lo que escribo, tal cual está escrito lo entrego a los editores; no cambio ni añado nada, como mucho una palabra o dos por página. Ahora escribo una novela que supera el millar de páginas, el manuscrito está pulido, sin tachaduras, desde el principio hasta el final.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)