En esas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: – ¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda! Era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí La metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá –casi diez años atrás– había sufrido una conmoción semejante
Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz.La flor piensa: Es como una flor.
He vivido con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe, o existe solo de manera ocasiona…
No hay nada como la alegría de descubrir algo completamente nuevo, de comprobar que, por mucho que los años induzcan a la melancolía o a la simple desgana, el espectáculo de lo real siempre es inabarcable. Siempre hay ciudades y libros y música y películas a los que llegar por primera vez, que lo toman del todo por sorpresa, despertándole la limpia pasión de admirar y aprender. Entonces resulta que no haber leído algo todavía no es una deficiencia inconfesable, sino la oportunidad de una celebración. Un espejismo mezquino de la edad es suponer que el mundo está en decadencia porque uno ya no es joven. Un cierto grado de escepticismo es inevitable con el paso del tiempo, pero no hay nobleza en el cinismo. Que tú hayas perdido la capacidad de apreciarla no quiere decir que la belleza ya no exista.
“Haz de ti mismo una lámpara”, dijo el Buda, antes de morir. Pienso en eso cada mañana cuando el este comienza a romper sus muchas nubes de oscuridad para enviar la primera señal -un abanico blanco rayado de rosa y de violeta y hasta de verde. Un viejo se recostó entre dos árboles sala, y podría haber dicho cualquier cosa, sabiendo que estaba en su última hora. La luz arde hacia arriba, se condensa y se asienta sobre los campos. Alrededor de él, se congregaron los campesinos esforzándose por escuchar. Incluso antes de que el sol termine de colgar, separado, en el aire azul, soy tocada en todas partes por su océano de olas amarillas. Sin duda, él pensaba en todo lo que había sucedido a lo largo de su vida difícil. Y entonces siento al sol en sí mismo mientras arde sobre las colinas, como un millón de flores incendiadas– Claramente, no soy necesaria y aún así, siento que me convierto en algo de inexplicable valor. Con lentitud, bajo las ramas, él alzó su cabeza y contempló los rostros de aquella multitud temerosa.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)