
El poeta y novelista jerezano, penúltimo superviviente de la mítica Generación del 50, fallece en Madrid a los 94 años
Origen: ELMUNDO

El poeta y novelista jerezano, penúltimo superviviente de la mítica Generación del 50, fallece en Madrid a los 94 años
Origen: ELMUNDO
P.: ¿Entonces no dibuja usted a sus personajes del natural?
R.: No, nadie sabe lo bastante de los personajes de la vida real como para convertirlos en personajes de sus novelas. Uno empieza y, de pronto, no se acuerda de qué dentífrico usan, o de qué ideas tienen en materia de interiorismo, y se queda completamente encallado. No, los grandes personajes emergen; los pequeños se pueden fotografiar.
Hay un lugar en el mundo donde el corazón late rápido
donde la emoción que sientes;
te quita el aliento,
donde el tiempo se detiene,
ese lugar esta en tus brazos
donde el corazón no envejece,
mientras la mente nunca deja de soñar …
De ahí no podré escapar
la fantasía del encanto
depende de nuestra calidad.
Nunca permitiré rendirme …
Por amor pudiera hasta volar.

El Cinestudio D’Or lanza 100 películas gratis a través su web para poder ver desde casa. Además de ver la cartelera actual, han puesto a disposición del público una selección de películas, cine internacional, cine español y cine clásico, de forma gratuita y legal, que en su
Yo pensaba como piensa García Márquez, que no se pueden escribir novelas con diálogo. Pero a partir de Chandler, y luego de Dashiell Hammett, pero fundamentalmente de Chandler y el romanticismo chandleriano, se me clarificaron muchas cosas, fui encontrando un estilo. Durante años yo había juntado todo aquello que se conocía sobre la vida del Gordo y el Flaco. Ellos eran mi hobby, mi objetivo. Llegué a ser el tipo que más sabía de Laurel y Hardy en la Argentina.

Un amor, en tres lecturas: Un amor es el título de la última novela publicada de la autora sevillana Sara Mesa. El libro, editado por Anagrama, vio la luz hace unas semanas, meses después de lo previsto debido a las peculiares circunstancias socio-sanitarias que […]
Origen: «Un amor» de Sara Mesa – Las Librerías Recomiendan
Textos
¿Es el calor, la soledad, la falta de confianza, el miedo al fracaso? Le imponen las palabras que otra persona escribió antes que ella, palabras escogidas con cuidado, seleccionadas entre todas las posibles, ordenadas de una única manera entre la infinitud de combinaciones desechadas. Si quiere hacerlo bien —y quiere—, debe tener consideración con cada una de esas elecciones. Pero pensarlo así es llegar a la extenuación y la parálisis. Al desgranar el lenguaje con ese nivel de conciencia, lo despoja de sentido. Cada palabra se convierte en enemiga y traducir es lo más parecido a batirse en duelo con una versión previa, y mejor, de su texto. Avanza con tanta lentitud que se desespera. ¿Es el calor, la soledad, la falta de confianza, el miedo? ¿O es, simplemente —y debería admitirlo—, su ineptitud, su torpeza?
Sin embargo, estar aislada no es tan sencillo, es bueno tener un amigo, se volverá loca si no. Se pregunta si lo que está buscando es solo amistad o también protección, y si sentiría el mismo alivio —o la misma inquietud— ante la invitación de una mujer. Una amiga cumpliría su función, sin duda, pero no paliaría gran cosa su sensación de desamparo. Al fin y al cabo, se dice, es Píter quien demuestra estar deseando protegerla. Ella solo tiene que dejarse hacer, no le está pidiendo nada que él no esté dispuesto a darle de antemano.
Lo que se puso de relieve en la cena —que entre ellos dos no hay atracción sexual— contribuye, paradójicamente, a acercarlos. Sin embargo, el desinterés de Píter ha hecho saltar una alarma en Nat: la señal de que empieza a perder un poder que había poseído inconscientemente hasta entonces. Como el dinero, se dice, también el capital erótico se va escurriendo sin que uno se dé cuenta, solo se toma conciencia de él cuando desaparece, y se escudriña en el espejo con una mirada desprovista de piedad, evaluando las partes de su cuerpo o de su cara donde puede radicar el error.
Nat, la distante, impasible, brusca Nat, se ha transformado en un ser hambriento. Tanto que tiene que refrenarse para no ir a verlo a todas horas y para no quedarse a dormir por las noches. Él no se lo ha pedido y ella se convence de que es mejor así: preservar el encanto de lo ilícito, verse interrumpidamente, con clandestinidad, aunque a una parte de ella le encantaría que Andreas la presionase para quedarse más —¡o al menos le insistiera!— y hay siempre un poso de decepción cuando él mira el camino por donde ella se aleja sin intentar que cambie de opinión.
—¿Te gustaba yo desde el principio? No, dice Andreas. No duda al responder. Ni siquiera simula dudar: su negación es rotunda, implacable. En realidad, añade, apenas se fijó en ella. La veía por los caminos, o en la tienda, pero no le produjo curiosidad. Él es muy despistado. Siempre le pasa, con todo el mundo. Siempre le ha pasado. Nat siente el dolor atravesándole la garganta. Un dolor áspero, agudo, certero. Inexplicable. Traga saliva con dificultad.
Analiza con minuciosidad la conducta de Andreas, el tono en el que le habla, la manera de sentarse a su lado o el espacio que deja en el sofá entre ambos. Registra, como quien lleva un riguroso inventario, las veces que le toca una mano o la mira —aunque sea fugazmente—, la atención que le presta cuando le cuenta algo, la inflexión de su voz —rastrea la amabilidad, o la impaciencia—. Siempre le parece que es insuficiente. Le parece, por ejemplo, que cuando están en la cama y caen dormidos, él se separa demasiado pronto, o la abraza muy poco tiempo, dándose la vuelta enseguida para entrar en un sueño profundo que la excluye por completo. Lo mira dormir y piensa: ¿cómo es posible que lo consiga? ¿Cómo puede olvidarse de su presencia justo al lado?
(Para realizar este reportaje enviamos a JCO, más que una lista de preguntas, una serie de temas y cuestiones ligados a “La novia robada” en particular y a su obra en general. Sus respuestas no necesitan comentario ni encuadre: hablan y se justifican por sí mismas, de allí que hayamos preferido incluirlas sucesivamente, sin entorpecerlas con interrupciones o agregados. Ricardo Piglia)
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Nosotros sentimos que estamos deslizándonos por el tiempo, es decir, podemos pensar que pasamos del futuro al pasado, o del pasado al futuro, pero no hay un momento en que podamos decirle al tiempo: “Detente. ¡Eres tan hermoso…!”, como quería Goethe. El presente no se detiene. No podríamos imaginar un presente puro; sería nulo. El presente tiene siempre una partícula de pasado, una partícula de futuro. Y parece que eso es necesario al tiempo. En nuestra experiencia, el tiempo corresponde siempre al río de Heráclito, siempre seguimos con esa antigua parábola. Es como si no se hubiera adelantado en tantos siglos. Somos siempre Heráclito viéndose reflejado en el río, y pensando que el río no es el río porque ha cambiado las aguas, y pensando que él no es Heráclito porque él ha sido otras personas entre la última vez que vio el río y ésta. Es decir, somos algo cambiante y algo permanente. Somos algo esencialmente misterioso. ¿Qué sería cada uno de nosotros sin su memoria? Es una memoria que en buena parte está hecha del ruido pero que es esencial. No es necesario que yo recuerde, por ejemplo, para ser quien soy, que he vivido en Palermo, en Adrogué, en Ginebra, en España. Al mismo tiempo, yo tengo que sentir que no soy el que fui en esos lugares, que soy otro. Ése es el problema que nunca podremos resolver: el problema de la identidad cambiante. Y quizá la misma palabra cambio sea suficiente. Porque si hablamos del cambio de algo, no decimos que algo sea reemplazado por otra cosa. Decimos: “La planta crece”. No queremos decir con esto que una planta chica deba ser reemplazada por una más grande. Queremos decir que esa planta se convierte en otra cosa. Es decir, la idea de la permanencia en lo fugaz.

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