Lectura: “Las maravillas”. Elena Medel


Textos

—¿De verdad te crees que a alguien le va a interesar lo que tú tengas que decir, Pedro? Les interesará lo que tengan que decir ellos. Este, este y este: los de la foto del periódico. Olvídate porque no son como nosotros. Estos han estudiado, para empezar. ¿A cuántos de nuestra edad conoces tú con estudios? Y no me vengas con el cursillo de la mujer de Víctor. Hablo de estudios de verdad: de la universidad, con sus años y sus asignaturas, y sus familias pagándolo todo. ¿A cuántos de nuestra edad conoces tú con estudios, y que no hayan sido tus jefes? Ni a Juan José, fíjate, ni a él le tratan igual en la oficina que a sus compañeros. Estos de aquí, los del periódico: estos son nuestros jefes.


A María también le gusta trabajar. Cuando el metro deja atrás Sáinz de Baranda y Conde de Casal oye a mujeres que se quejan del olor del friegasuelos, de las grietas en las manos; a ella le duelen, pero siente cierto orgullo en la limpieza. Con el tiempo ha aprendido a reconocer su oficio: arreglar lo que otros ensucian. Le gusta borrar las manchas en el suelo, que las ventanas filtren más luz. Se siente útil, y siente que lo hace bien. Le gusta que sus manos lo hagan posible, y le gusta repetir la misma mecánica, la mente en blanco cubículo a cubículo; a veces se fija en la manera en la que la espuma brota del agua, o en el trazo levísimo con el que se diluye la lejía. Si le dan las gracias lo aprecia, aunque se sabe invisible ante la mayoría. ¿Quién se fija en el cuerpo de mujer que se ensancha a cada año, dos brazos y dos piernas y un rostro, igualado con el uniforme? A ella le basta ella para sentirse bien con lo que hace.


En el fondo se trata del dinero: de la falta de dinero. Cada una de las situaciones que han colocado a María aquí —aquí significa piso de salón y dormitorio en Carabanchel, vagón de metro hacia Nuevos Ministerios— se habría desarrollado de otra forma muy distinta con dinero. Ella y Soledad y Chico dejaron la escuela porque la familia necesitaba dinero; por dinero sustituyó a su hermano en una mañana de enfermedad, para no perder la labor de ese día. Si sus padres hubiesen tenido dinero —salud para ganarlo, dinero para pagarse la salud—, ¿habría conocido ella a aquel hombre en aquel autobús? Habían paseado por las mismas calles: hubieran coincidido en el ultramarinos, como mucho un domingo en el bar de su hermano. Pero con dinero, sin falta de dinero, a esa hora María habría caminado al instituto desde una casa grande con una habitación para ella sola. Por dinero le tocó marcharse de casa antes de tiempo, recrear en el hijo de otra el olor de su hija.


La lista de argumentos de Alicia: allá va. La familia no la dicta la sangre, sino la propia vida. No estoy segura de querer exponer a un inocente más a este mundo cruel. No estoy convencida de estar a la altura de la crianza. Tú tienes un puesto más o menos estable, pero yo no he aguantado mucho tiempo en el mismo trabajo, y con lo que ganamos nos costaría mantener a una persona más. Estamos lo suficientemente bien como para romper nuestra estabilidad con alguien que solo nos traerá problemas durante los próximos veinte o treinta años. ¿Vas a cambiarle el pañal? ¿Vas a darle el biberón? ¿Vas a despertarte cuando berree por la noche? ¿Vas a ayudarle con las tareas y los exámenes? ¿Y si tu hijo es prepotente, hipócrita, mentiroso? ¿Y si disfruta torturando a los demás?

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