«Matamos a cada paso, no solo en guerras, disturbios y ejecuciones. Matamos cuando cerramos los ojos ante la pobreza, el sufrimiento y la vergüenza. De la misma manera, toda falta de respeto por la vida, todo el coraje, la indiferencia, todo desprecio no es otra cosa que matar».
«El primer hombre» de Camus (hermoso libro): elogio del silencio, en este caso el silencio de esa pobre, modesta, familia en la que predominaban los analfabetos. El que habla, el que se ocupa de la expresión, traiciona el ser; el ser es silencioso y pleno, inefable, y cada enunciado puede sólo empobrecerlo. Y, sin embargo, para alguien que quiera escribir no hay elección, hay que romper el silencio, aunque sea muy doloroso, y traicionar esa sustancia en cuyo nombre siempre hablamos (no hay otra). Y Camus también la traiciona, como cada escritor. Resulta que había encontrado para sí mismo cierta esfera a la que concedió un lugar intermedio entre el silencio y la palabra: los áridos paisajes mediterráneos, playas al alba y al crepúsculo, hierbas punzantes, palmeras cetrinas, las calles de Argel (esa misma ciudad en la que Cervantes pasó varios años como esclavo de los piratas de la Berbería) a la hora en que más aprieta el calor, vacías. La aridez mediterránea se distingue, empero, porque linda con el mar, azul, oscuro, vivo, acunándose sin cesar. Del mar no se puede decir nada; sólo la playa es elocuente.
Por lo general, solo los artistas mediocres dicen cosas interesantes y desconfío instintivamente de los que tienen labia, de los que hablan fluidamente, de los graciosos, de los que disertan, sin p…
P.: ¿Le resulta fácil el acto concreto de escribir?
R.: Para mí, escribir es sobre todo una cuestión de reescribir Se trata de intentar mejorar continuamente el texto hasta llegar a una versión definitiva tan fluida que parezca escrita sin esfuerzo. Recientemente he estado trabajando en un cuento titulado «The Train on Track Six», y lo he reescrito quince veces de principio a fin. Entre todos los manuscritos han debido de ser unas doscientas cuarenta mil palabras, y en total le habré dedicado unas dos mil horas. La versión final, sin embargo, no pasará de las veinte mil palabras.
P.: Entonces, ¿es raro que un relato le salga a la primera?
R.: Hace poco mi mujer le echó un vistazo a la primera versión de algo en lo que estaba trabajando y me dijo: «Joder, Thurber, esto es de estudiante de instituto». En esos casos tengo que decirle que no se preocupe, que espere al séptimo borrador. No sé por qué tiene que ser así, no sé por qué los primeros dos borradores de todo lo que escribo parecen escritos por la asistenta.
Soledad no es la falta de gente para conversar, enamorar, pasear o hacer sexo… Esto es carencia.
Soledad no es el sentimiento que sentimos en la ausencia de personas queridas que no pueden más volver… Esto es melancolía.
Soledad no es el retiro voluntario que la gente se impone, a veces, para rearmar los pensamientos… Esto es equilíbrio.
Soledad no es el claustro involuntario que el destino nos impone compulsivamente para que reveamos nuestra vida. .. Esto es un principio de la naturaleza.
Soledad no es el vacío de gente a nuestro lado… Esto es circunstancia Soledad es mucho más que esto.
Soledad es cuando nos perdemos de nosotros mismos y buscamos en vano nuestra alma…
Mantener la mente vacía es una proeza, una proeza muy saludable. Estar en silencio todo el día, no ver ningún periódico, no oír ninguna radio, no escuchar ningún chisme, abandonarse absoluta y completamente a la pereza, estar absoluta y completamente indiferente al destino del mundo, es la más hermosa medicina que uno puede tomar.
Hace sólo unos días consulté el pasaje de Darwin, que me mostró una vez, donde se describe una bandada de mariposas volando sin interrupción durante varias horas a diez millas de la costa suramericana, en la que era imposible, incluso con el catalejo, encontrar un trozo de cielo vacío entre las tambaleantes mariposas. Especialmente inolvidable, sin embargo, me ha resultado siempre lo que Alphonso nos contó entonces sobre la vida y la muerte de las polillas, y todavía hoy profeso a esas criaturas, entre todas, el mayor respeto. En los meses más cálidos ocurre no pocas veces que alguno de esos insectos voladores nocturnos se extravíe en mi casa, viniendo del trozo de jardín que hay detrás de ella. Cuando me levanto a la mañana temprano, lo veo todavía inmóvil en algún lugar de la pared. Saben, creo yo, dijo Austerlitz, que han equivocado su camino, porque, si no se los pone otra vez fuera cuidadosamente, se mantienen inmóviles, hasta que han exhalado el último aliento, efectivamente, se quedan,sujetos por sus garras diminutas, rígidas por el espasmo de la muerte, aferrados al lugar de su desgracia hasta después de acabar su vida, hasta que un soplo de aire los suelta y los echa a un rincón polvoriento. A veces, al ver una de esas polillas que mueren en mi casa, me pregunto qué clase de miedo y de dolor sienten sin duda en el momento en que se extravían. Como sabía por Alphonso, dijo Austerlitz, no había realmente ninguna razón para negar a las criaturas más pequeñas una vida interior. No sólo nosotros y los perros, vinculados desde hace muchos siglos con nuestros sentimientos, y otros animales domésticos soñamos de noche, sino también otros pequeños mamíferos, los ratones y topos viven cuando duermen, como puede saberse por sus movimientos oculares, en un mundo sólo existente en su interior, y quién sabe, dijo Austerlitz, quizá sueñan también las polillas o la lechuga del huerto cuando mira de noche la luna.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)