Hay que romper el silencio. Adam Zagajewski

“El primer hombre” de Camus (hermoso libro): elogio del silencio, en este caso el silencio de esa pobre, modesta, familia en la que predominaban los analfabetos. El que habla, el que se ocupa de la expresión, traiciona el ser; el ser es silencioso y pleno, inefable, y cada enunciado puede sólo empobrecerlo. Y, sin embargo, para alguien que quiera escribir no hay elección, hay que romper el silencio, aunque sea muy doloroso, y traicionar esa sustancia en cuyo nombre siempre hablamos (no hay otra). Y Camus también la traiciona, como cada escritor. Resulta que había encontrado para sí mismo cierta esfera a la que concedió un lugar intermedio entre el silencio y la palabra: los áridos paisajes mediterráneos, playas al alba y al crepúsculo, hierbas punzantes, palmeras cetrinas, las calles de Argel (esa misma ciudad en la que Cervantes pasó varios años como esclavo de los piratas de la Berbería) a la hora en que más aprieta el calor, vacías. La aridez mediterránea se distingue, empero, porque linda con el mar, azul, oscuro, vivo, acunándose sin cesar. Del mar no se puede decir nada; sólo la playa es elocuente.

Adam Zagajewski

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