Llegará el tiempo en que, con alegría, te saludarás a ti mismo al llegar a tu propia puerta, y en tu propio espejo cada cual sonreirá ante la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come. Amarás otra vez al extraño que fuiste. Dale vino. Dale pan. Devuelve tu corazón a sí mismo, al extraño que te amó
durante toda tu vida, a quién ignoraste por otro, a quien te conoce de memoria. Quita las cartas de amor de los estantes,
las fotos, las notas desesperadas, Arranca tu propia imagen del espejo. Siéntate. Celebra tu vida.
Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, a sus órdenes, para servirlo: -Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor. ¬-¿Yo? ¬-Me han dicho que usted puede. Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que él no era analfabeto: ¬-Yo puedo escribir. Pero una carta así, no puedo. ¬-¿Y para quién es la carta? ¬-Para… ella. ¬-¿Y usted qué quiere decirle? ¬-Si lo sé, no le pido. Enrique se rascó la cabeza. Esa noche, puso manos a la obra. Al día siguiente, el albañil leyó la carta: ¬-Eso ¬ dijo, y le brillaron los ojos¬. Eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir.
Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después: al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo.
El jefe del Estado era una especie de barco pesquero permanentemente seguido por nubes de pájaros que se alimentaban de su movimiento.
Gustave lo sabía casi todo de casi todo el mundo: en ese sentido era un banquero ejemplar. Alto y reseco, de rostro anguloso, hombros anchos y pecho hundido, era un hombre completamente entregado a su misión, que él veía como una especie de sacerdocio: el tipo de hombre al que uno se imagina con uniforme de guardia suizo. Tenía los ojos de color aguamarina y, como apenas parpadeaba, podía hacerte sentir muy incómodo si los posaba en ti con insistencia. Parecía un inquisidor de la Edad Media. Aunque no era hablador, se expresaba bien. Era un individuo poco imaginativo, pero con una gran firmeza de carácter.
La conversación seguía unos derroteros inmutables, primero la política y después la economía y la industria, pero siempre se acababa con las mujeres. Evidentemente, el interés común de todos aquellos individuos era el dinero. La política decía si sería posible ganarlo; la economía, en qué cantidad; la industria, de qué manera; y las mujeres, cómo se podría gastar. Aquella reunión era una cosa intermedia entre una comida de antiguos combatientes y un concurso de pavos reales: todos iban allí a presumir.
La consolaba comprobar que la casa casi había vuelto a la normalidad, en la medida en que eso era posible en un sitio donde convivían un niño paralítico, una enfermera que no hablaba ni jota de francés, un periodista que cobraba por no hacer nada, una señorita de compañía que había cogido de la caja más de quince mil francos y la heredera de un banco familiar que no tenía la menor idea de lo que era un umbral de asignación o un valor nominal de crédito.
He ahí a nuestros tres personajes, en el escenario vacío de la Ópera de Berlín. A la derecha, Wlladyslawa Ambroziewicz, más conocida como Vladi. Le han pasado muchas cosas, pero ninguna ha podido con su fe en la existencia, con sus ganas de vivir y gozar. Se ha echado a la espalda las opiniones que pudieran tener de ella, ha disfrutado de los hombres, del sexo, de revolcones improvisados y orgasmos furiosos, tiene casi treinta años, una constitución fuerte, una boca ávida, un corazón de golondrina y esa noche algo ha terminado para ella, aunque aún no lo sepa. A la izquierda, en su silla de ruedas, Paul Péricourt. En su vida también han ocurrido muchas cosas desde que lo vimos arrojarse desde la ventana de un segundo piso sobre el coche fúnebre de su abuelo. Lo hemos conocido sumido en el mutismo, catatónico, al borde de la muerte y luego, cierta noche de diciembre de 1929, gritando al recordar unos hechos que están entre los más horribles que pueda vivir un niño. Lo hemos visto envolviéndose con la música como si fuera un abrigo, enamorado de una estrella cuya voz se le había clavado en el alma. Y avanzando pesadamente entre ellos con un bastón en cada mano, Solange Gallinato, que abandona el escenario después del recital más memorable de toda su carrera. Tres almas a punto de estallar. Esa noche va a cambiar sus vidas.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)