Lectura: “Los colores del incendio”. Pierre Lemaitre

Los colores del incendio | Librotea

El impacto que produjo en Francia la publicación de Nos vemos allá arriba —Premio Goncourt 2013 y má

Origen: Los colores del incendio | Librotea


Textos

El jefe del Estado era una especie de barco pesquero permanentemente seguido por nubes de pájaros que se alimentaban de su movimiento.


Gustave lo sabía casi todo de casi todo el mundo: en ese sentido era un banquero ejemplar. Alto y reseco, de rostro anguloso, hombros anchos y pecho hundido, era un hombre completamente entregado a su misión, que él veía como una especie de sacerdocio: el tipo de hombre al que uno se imagina con uniforme de guardia suizo. Tenía los ojos de color aguamarina y, como apenas parpadeaba, podía hacerte sentir muy incómodo si los posaba en ti con insistencia. Parecía un inquisidor de la Edad Media. Aunque no era hablador, se expresaba bien. Era un individuo poco imaginativo, pero con una gran firmeza de carácter.


La conversación seguía unos derroteros inmutables, primero la política y después la economía y la industria, pero siempre se acababa con las mujeres. Evidentemente, el interés común de todos aquellos individuos era el dinero. La política decía si sería posible ganarlo; la economía, en qué cantidad; la industria, de qué manera; y las mujeres, cómo se podría gastar. Aquella reunión era una cosa intermedia entre una comida de antiguos combatientes y un concurso de pavos reales: todos iban allí a presumir.


La consolaba comprobar que la casa casi había vuelto a la normalidad, en la medida en que eso era posible en un sitio donde convivían un niño paralítico, una enfermera que no hablaba ni jota de francés, un periodista que cobraba por no hacer nada, una señorita de compañía que había cogido de la caja más de quince mil francos y la heredera de un banco familiar que no tenía la menor idea de lo que era un umbral de asignación o un valor nominal de crédito.


He ahí a nuestros tres personajes, en el escenario vacío de la Ópera de Berlín. A la derecha, Wlladyslawa Ambroziewicz, más conocida como Vladi. Le han pasado muchas cosas, pero ninguna ha podido con su fe en la existencia, con sus ganas de vivir y gozar. Se ha echado a la espalda las opiniones que pudieran tener de ella, ha disfrutado de los hombres, del sexo, de revolcones improvisados y orgasmos furiosos, tiene casi treinta años, una constitución fuerte, una boca ávida, un corazón de golondrina y esa noche algo ha terminado para ella, aunque aún no lo sepa. A la izquierda, en su silla de ruedas, Paul Péricourt. En su vida también han ocurrido muchas cosas desde que lo vimos arrojarse desde la ventana de un segundo piso sobre el coche fúnebre de su abuelo. Lo hemos conocido sumido en el mutismo, catatónico, al borde de la muerte y luego, cierta noche de diciembre de 1929, gritando al recordar unos hechos que están entre los más horribles que pueda vivir un niño. Lo hemos visto envolviéndose con la música como si fuera un abrigo, enamorado de una estrella cuya voz se le había clavado en el alma. Y avanzando pesadamente entre ellos con un bastón en cada mano, Solange Gallinato, que abandona el escenario después del recital más memorable de toda su carrera. Tres almas a punto de estallar. Esa noche va a cambiar sus vidas.

Pierre Lemaitre
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