Cuando descubrí a Borges, en 1945, no lo entendía y más bien me chocó. Buscando a Kafka, encontré su prólogo a La metamorfosis , y por primera vez me enfrenté a su mundo de laberintos metafísicos, …
R. Un artista no tiene tiempo para escuchar a los críticos. Los que quieren ser escritores leen reseñas. Los que quieren escribir no tienen tiempo para leer reseñas. El crítico, de algún modo, también está queriendo decir: «Fulanito estuvo aquí». El producto de su trabajo no va dirigido al artista. El artista está por encima del crítico, pues éste no entra en acción hasta que aquél escribe algo. El crítico, sin embargo, escribe algo que puede interesar a cualquiera menos al artista.
Tras la publicación de la lista de los mejores libros del año, respondemos a lectores que preguntaron qué regalar en Navidad a alguien que busca un final asombroso o a quien le encanta escribir o para leer a alguien con alzhéimer
Cuando leo, el mundo sigue pasando a un segundo plano y no puedo evitar maravillarme, porque si esto lo he recordado mal, incluso eso o aquello otro, ¿Cómo es posible que el libro siga atrapándome de esa manera? / Como la mayoría de los lectores, a veces creo que nací leyendo. No recuerdo época en que no haya tenido un libro en las manos y la cabeza abstraída del mundo que me rodea.
Hiraki Ōe con sus padres, Kenzaburo Ōe e Itami Yukari
En la obra literaria del Premio Nobel Kenzaburō Ōe asoma muchas veces una circunstancia: la enfermedad de su hijo Hikari. Sin embargo, lo hace siempre desde una experiencia positiva y ofreciendo una puerta a la esperanza. No en vano, su historia es una de las más bellas y emocionantes de la literatura reciente, además de un ejemplo de superación ante la adversidad.
Siempre he escrito sin saber demasiado por qué lo hago, movido un poco por el azar, por una serie de casualidades: las cosas me llegan como un pájaro que puede pasar por la ventana. En Europa continué escribiendo cuentos de tipo estetizante y muy imaginativos, prácticamente todos de tema fantástico. Sin darme cuenta, empecé a tratar temas que se separaron de ese primer momento de mi trabajo. En esos años escribí un cuento muy largo, quizá el más largo que he escrito, «El perseguidor», que en sí mismo no tiene nada de fantástico pero en cambio tiene algo que se convertía en importante para mí: una presencia humana, un personaje de carne y hueso, un músico de jazz que sufre, sueña, lucha por expresarse y sucumbe aplastado por una fatalidad que lo persiguió toda su vida. (Los que lo han leído saben que estoy hablando de Charlie Parker, que en el cuento se llama Johnny Carter.) Cuando terminé ese cuento y fui su primer lector, advertí que de alguna manera había salido de una órbita y estaba tratando de entrar en otra. Ahora el personaje se convertía en el centro de mi interés mientras que en los cuentos que había escrito en Buenos Aires los personajes estaban al servicio de lo fantástico como figuras para que lo fantástico pudiera irrumpir; aunque pudiera tener simpatía o cariño por determinados personajes de esos cuentos, era muy relativo: lo que verdaderamente me importaba era el mecanismo del cuento, sus elementos finalmente estéticos, su combinatoria literaria con todo lo que puede tener de hermoso, de maravilloso y de positivo. En la gran soledad en que vivía en París de golpe fue como estar empezando a descubrir a mi prójimo en la figura de Johnny Carter, ese músico negro perseguido por la desgracia cuyos balbuceos, monólogos y tentativas inventaba a lo largo de ese cuento.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)