La nueva novela del escritor estadounidense tiene algo de fiesta de despedida, de desfile de sombras de Frank Bascombe, que en este quinto libro, rozando los 80 años, se pregunta si su existencia es feliz
Rainer, quiero encontrarme contigo, quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir. Simplemente dormir. Y nada más. No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más. No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú. Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo.
Fotografía de José Agustín Goytisolo y su hija Julia en los años noventa, en la terraza de su casa en la calle Hospital, en Barcelona.fondo José Agustín Gytisolo /UAB
La hija de unos de los poetas más populares del siglo XX recuerda la relación con el autor (“Nunca me he vuelto a reír con nadie como con él”) y el impacto del famoso poema
Pensar que la literatura es una profesión es una inexactitud. Todos somos escritores. Hay personas que no han escrito toda su vida y, de golpe, hacen su obra maestra. Los otros son profesionales, que escriben cuatro libros al año y publican cosas horribles.
La escritora Sonia Devillers.CORTESÍA DE EDITORIAL IMPEDIMENTA
Sonia Devillers relata en ‘Los exportados’ lo que descubrió después de toparse con los nombres de sus abuelos en la lista de un ganadero dedicado a traficar con personas durante la dictadura de Nicolae Ceaușescu
Una casa llena de gente se sumerge en los espacios privados y comunes de un pequeño edificio y las gentes que lo habitan, para así reconstruir una memoria. Con un humor sutil, un suspense inteligente y una escritura deliciosa, la novela deja al descubierto tanto las debilidades humanas como las heridas que causan los choques generacionales.
La literatura es, ni más ni menos, una casa llena de gente, o al menos lo es para Leila Ross, traductora y escritora frustrada para quien el tiempo se organiza en y para los libros. Sin embargo, su vida es bastante más compleja que eso: ha de enfrentarse a las demandas de lo doméstico y de una madre de lo más exigente, la temible Granny, orgullosa inglesa de nacimiento, pragmática y criticona. Y luego está la casa, el castello donde vivirá toda la familia, y que irá dando forma a una trama que avanza a través de lo no dicho, lo sugerido, el contraste entre los puntos de vista, el humor y el misterio. Prediciendo su propia muerte, Leila lega a su hija Charo sus diarios y una gran colección de fotografías y películas familiares, así como una lista de instrucciones que le indican qué es lo que ha de hacer con ello. Poco a poco, Charo irá redescubriendo una nueva faceta de su madre, que hasta ese momento había permanecido oculta.
(Contraportada)
Textos
Se mojaba el dedo con saliva para dar vuelta la página de la revista, levantaba la taza del té, tomaba un sorbo, me miraba por encima del borde intentando sonreír pero, por más esfuerzo que aplicara, la línea de sus labios no lograba sobrepasar el diámetro de un pocillo chiquito. La boca de la abuela no estaba acostumbrada al ejercicio de estirarse, sino más bien al de contraerse: para sorber té, para criticar, para corregir. Debía ser por eso que tenía tantos surcos en la piel confluyendo como ríos sobre el delta del labio superior.
Mi abuelo Oscar, en cambio, era descendiente de escoceses radicados en Argentina desde muchas generaciones previas, con la escocesidad completamente lavada. Sacaba a relucir un humor bastante afilado siempre que no estuviera absorbido por sus preocupaciones de trabajo, lo que ocurría un ochenta y cinco por ciento de su tiempo. En esos casos se mantenía retirado física y mentalmente, lo que yo apodé su «estado submarino» y que todos en mi casa copiaron. Para compensar esos viajes al fondo de sí mismo, cuando asomaba a la superficie, nos ofrecía a mí ya mis hermanos oa mis primos ir a «quioscar», el verbo favorito de nuestra infancia. Consistía en llevarnos al quiosco-con-Oscar y dejarnos elegir una disparatada cantidad de golosinas, las que quisiéramos, sin importar lo mal que podía hacer a los dientes ni lo caras que costaban. Otras veces, al entrar en casa, anunciaba: «¡Búsqueda del tesoro!», la señal para que los chicos nos abalanzáramos sobre él —un hombre fornido— a buscarle caramelos, chupetines y chocolates en todos los bolsillos que hubiera sobre su ser. Era como hacer estallar una piñata humana.
Yo me daba cuenta. Un día sin escribir para tu mamá era un día menos valioso; sin lectura, una jornada casi nula, arruinada. Irse a dormir tarde y agotada sin haber tocado unas páginas, una existencia suicida. A veces lograba mantener el equilibrio y presentarse como un ser afinado con el universo, pero la mayoría de las veces se la veía atender el universo con la cara de un desahuciado. Tu abuelo tenía una actitud idéntica, solo que él pensaba en el golf. Golf, golf, golf.
A pesar de los períodos de gruesas nevadas como tiene cualquier pareja, entre él y yo el idilio creció intacto. Quizás podríamos inventar otra estación del año para ilustrar lo que sentimos sin sonar azucarados, algo que detesto. Los dos detestamos. Incluso desprecio la palabra «amor» o expresiones como «te amo». Pero la verdad es que «el amor» (o como sea que se llame ese pacto cuando es sincero) entre él y yo se parece a un día formado por una mañana de verano, con un mediodía de primavera, seguido por una tarde de otoño. , sellado en una noche de invierno enroscados en un único cuerpo. Todo consecutivo en un solo escenario. El nuestro es un día bordado a mano.
En 1973, se encontraron en México dos gigantes: Borges y Rulfo. Esta fue su conversación:
R: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.
B: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar.
B: Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.
R: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
B: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
R: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
B: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
R: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
B: Entonces no le ha ido tan mal.
R: ¿Cómo así?
B: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
R: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
B: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero, era otro secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
De todos modos, aun convencido de que una elección como ésta no puede ser exhaustiva ni dar al lector (que las desee) las claves del autor, al componer el volumen me he dado cuenta de que la empres…
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)