Para escribir poesía lo mejor es tomarlo (el poema) inmediatamente que surge. El poema surge de pronto, como una iluminación de la vida, y de la propia vida de la conciencia. Pero esa iluminación es instantánea, y si uno no fuera capaz de tomar el poema inmediatamente que surge se va.
El dominio de la palabra fue mi escapatoria para no repetir el destino laboral de mi padre, que trabajaba en una fábrica diez horas al día. Para huir de eso, me volví un lector asiduo, descubrí hasta dónde podía llegar con el lenguaje.
Levantarse temprano, sentarse delante del computador y ponerse a trabajar. Escribir mucha porquería que se eliminará. Tengo un método más bien riguroso…
El poeta debe crear sus propias prácticas. Yo descubrí que una mayor dosis de soledad y de horas vacías por día, más de las que se acostumbran en nuestra civilización tan «ocupada», son algunas de las cosas que necesito. Debo inducir el estado de atención renunciando a ciertos placeres; los placeres sociales, por ejemplo. Cuando escribo no puedo darme el lujo de salir hasta tarde. Si voy a una fiesta, sé que a la mañana siguiente el borde estará un poco menos afilado; me refiero al filo de la atención. No voy a estar “lo suficientemente despierta”. ¿Y qué es lo que llamamos inspiración si no un estado mental que ha sido debidamente cortejado?
Desde que aprendí a leer, a los 6 años, me sentí atraída por todo lo que estaba escrito y a mi alcance de comprensión, desde el diccionario hasta los libros de la Bibliothèque Verte, una colección …
P.: Cuando escribe sus relatos, ¿los revisa mucho?
R.: Al principio sí que lo hacía. Luego descubrí que, cuando un hombre llega a cierta edad, ya ha encontrado el tono que le es propio. En la actualidad, intento revisar lo que he escrito tras dejarlo reposar un par de semanas, más o menos, y desde luego hay muchos deslices y repeticiones que deben evitarse, ciertos trucos que a uno le gustan mucho pero de los que no conviene abusar. Pero creo que lo que escribo ahora está siempre a un determinado nivel y no puedo mejorarlo mucho, aunque tampoco estropearlo en exceso. Por consiguiente, lo dejo estar, me olvido completamente de ello y me concentro en lo que estoy escribiendo en ese momento.
Y construí tu rostro. Con adivinaciones del amor, construía tu rostro en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza, yo me oculté del mundo para tallar tu imagen, para darte la voz, para poner dulzura en tu saliva.
Cuántas veces temblé apenas si cubierto por la luz del verano mientras te describía por mi sangre.
Pura mía, estás hecha de cuántas estaciones y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos, escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra, te hice un sitio en mi lecho, te amé, estela invisible, noche a noche, Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte antes de oir un solo sonido de tu alma.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)