Los olores. García Márquez

No hay en la casa un olor que yo no reconozca. Cuando me dejan solo en el corredor, cierro los ojos, estiro los brazos y camino. Pienso: «Cuando sienta un olor a ron alcanforado, estaré en la pieza de mi abuela.» Sigo caminando con los ojos cerrados y los brazos extendidos. Pienso: «Ahora pasé por el cuarto de mi madre porque huele a barajas nuevas. Después olerá a alquitrán y a bolitas de naftalina.» Sigo caminando y siento el olor a barajas nuevas en el preciso instante en que oigo la voz de mi madre, cantando en el cuarto. Entonces siento el olor a alquitrán y a bolitas de naftalina. Pienso: «Ahora seguirá oliendo a bolitas de naftalina. Entonces doblaré hacia la izquierda del olor y sentiré el otro olor a género blanco y; ventana cerrada. Allí me detendré.» Luego, cuando camino tres pasos, siento el olor nuevo y me quedo quieto, con los ojos cerrados y los brazos extendidos y oigo la voz de Ada, gritando: «Niño. Ya estás caminando con los ojos cerrados.»

García Márquez  Gabriel García Márquez, La Hojarasca

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