Cuaderno de poemas. Dylan Thomas

Hazme una máscara y una pared que me aparten de tus espías,
De esos ojos filosos y esmaltados, de esas garras patéticas
De ultraje y rebelión en los orfanatos de mi cara,
Hazme una mordaza de árbol mudo que ataje a mis jurados enemigos,
Una lengua de bayoneta que diga esta plegaria a la intemperie,
Una boca expresiva, una trompeta en que soplar dulces mentiras
Y el rostro de un idiota tallado en roble y una antigua armadura
Que acorace el cerebro brillante y aturda a los inquisidores
Y hazme un pesar de viudo que, al bajar de las pestañas saturado de lágrimas,
Cubra la belladona, para que así estos ojos secos sepan ver
Cómo delatan los demás el engaño gimiente de sus pérdidas
En la curva de la boca desnuda o en la risa tramposa.

(Versión: Isaías Garde)

Dylan Thomas  Dylan Thomas 

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Maestros

Dovlátov

Puede uno postrarse ante la inteligencia de Tolstói. Sentirse admirado por la elegancia de Pushkin. Valorar las búsquedas morales de Dostoievski. El humor de Gógol. Y así sucesivamente. Y no obstante, al único a quien quisiera parecerme es a Chéjov.

Dovlátov

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Arturo Pérez-Reverte. Carta a un joven escritor

Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pienso en ti mientras tecleo estas líneas. Recuerdo tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito —quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso— que me enviaste alguna vez. Recuerdo tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu… Leer más

Origen: Carta a un joven escritor – Arturo Pérez-Reverte

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La fidelidad del poeta

Es evidente que no todo el mundo tiene que ser poeta. Pero hay una ley secular que reza así: si el tejido indefenso de la realidad se le revela a alguien en un doloroso instante de iluminación, este alguien, elegido y al mismo tiempo condenado por el destino, no puede nunca eludir su vocación. Ha dado con el rastro de lo que hay de divino en el mundo y este descubrimiento lo marca para toda la vida. Oh sí, puede que vague meses y años enteros por ciudades y países sin oír ni ver nada, pero no renunciará a la posibilidad de curarse en un futuro. En su vida ya no hay lugar para la libertad ni para la búsqueda. La búsqueda sólo puede tener un objetivo: el camino de vuelta al paraje fértil, a la plenitud de la visión. Ésta es la fidelidad fundamental del poeta. Y es posible encontrar una fidelidad análoga en todos los demás oficios, en todas las vocaciones.

Adam Zagajewski Adam Zagajewski

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Una biografía de Clarice Lispector

La hipótesis judía

La biografía de Benjamin Moser explica el hermetismo de Clarice Lispector recurriendo a sus orígenes hebreos

Origen: La hipótesis judía | Babelia | EL PAÍS

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Javier Cercas. Lección de literatura

El arranque de la modernidad y la posmodernidad, Javier Cercas

He dicho también, sin temor a incurrir en el cliché, que en el «Quijote» arranca la novela moderna; como todos los clichés, éste tiene su parte de verdad, que es grande y ya he explicado, y su parte de mentira, que es pequeña y paso a explicar. En rigor, la novela moderna no nace con el «Quijote» sino con un librito delicioso, inteligentísimo y divertidísimo, publicado cincuenta años antes del «Quijote» y mal conocido fuera de la tradición del español: el «Lazarillo de Tormes». La novela, que cuenta la historia de un chico humilde que acaba como pregonero de Toledo, no es de autor anónimo, como suele decirse, sino apócrifo: el mismo protagonista del libro. En efecto, “el «Lazarillo» -escribe Francisco Rico, que es quien nos ha enseñado a leerlo- se publicó como si fuera de veras la carta de un pregonero de Toledo (por entonces estaba de moda dar a la imprenta la correspondencia privada) y sin ninguna de las señas que en el Renacimiento caracterizaban los productos literarios”; es decir, no era “un relato que inmediatamente pudiera reconocerse como ficticio, sino una falsificación, la simulación engañosa de un texto real, de la carta verdadera de un Lázaro de Tormes de carne y hueso”. De esa sostenida simulación de realidad nace la novela realista, la novela moderna. Es cierto que, sobre todo al final del libro, el narrador entrega pistas suficientes al lector avisado para que éste pueda adivinar que aquello no es un relato verídico sino una ficción, y en todo caso no cambia lo esencial: el «Lazarillo» es un fraude, exactamente igual que “El acercamiento a Almotásim” o que, quizá en menor medida, “Pierre Menard, autor del Quijote”. Por supuesto, hay diferencias entre ambos fraudes: el «Lazarillo» finge que una historia ficticia es una historia real; los dos relatos de Borges, en cambio, fingen que dos textos ficticios son dos textos reales. Me pregunto si no habrá ahí, en el arranque de la modernidad y la posmodernidad narrativas, un indicio de una diferencia relevante entre ambas: como el «Lazarillo», la modernidad se ocupan ante todo de la realidad, mientras que la posmodernidad, como los dos cuentos seminales de Borges, se ocupa ante todo de los textos; más precisamente: se ocupa de la realidad a través de los textos; más precisamente todavía: se ocupa de la realidad a través de la representación de la realidad. Lo cual vendría a confirmar de nuevo, dicho sea de paso, que el «Quijote» contiene «in nuce» todas las posibilidades del género: no en vano la primera parte de la novela se ocupa sobre todo de la relación de don Quijote y Sancho con la realidad, mientras que la segunda parte se ocupa sobre todo de la relación de don Quijote y Sancho con los textos que los representan: la primera parte del «Quijote» y la falsa continuación del «Quijote» publicada por Alonso Fernández de Avellaneda. La primera parte del «Quijote» es moderna; la segunda posmoderna.

Cercas 

  Javier Cercas. La tercera verdad

(A través de «Calle del Orco»)

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Reflexiones. G. W. Sebald

Desde entonces he aprendido a comprender lentamente cómo, por encima del espacio y de los tiempos, todo está vinculado entre sí, la vida del escritor prusiano Kleist con la de un poeta en prosa suizo que pretende haber sido empleado de una sociedad cervecera en Thun, el eco de un disparo de pistola sobre el Wannsee con vistas a una ventana del psiquiátrico de Herisau, los paseos de Walser con mis propias excursiones, las fechas de nacimiento con las de fallecimiento, la suerte con la desgracia, la historia de la Naturaleza con la de nuestra industria, la de la patria con la del exilio…”

G. W. Sebald  G. W. Sebald

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Lecturas: «La uruguaya», de Pedro Mairal

«La uruguaya», nueva novela de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970), no decepciona. Durante un tiempo, hace ya unas décadas, parecía que solo Borges y Bioy Casares eran los príncipes mayores de la narrativa argentina. Luego se descubrió que había otros territorios y se abrieron como un milagro los nombres de César Aira, Juan José Saer y Ricardo Piglia. Leer a Pedro Mairal, como leer a Javier Argüello, Sergio Chejfec, Betina González o Leila Guerriero es regresar a la invención pura y a un lugar de excelencia literaria que nunca faltó en Argentina.

Pedro Mairal. La uruguayaPero hablemos de Mairal. Narrada en primera persona, una voz confesional nos relata dos historias. Un escritor abrumado por problemas matrimoniales y económicos cruza el Río de la Plata para ir a Uruguay a cobrar unos anticipos que le serían mucho más onerosos si los cobrara en su país. También acude a encontrarse con una mujer, la uruguaya de la confesión que nosotros leemos como una novela.

Mientras esto sucede, el narrador sabe que su esposa ha descubierto esa cita. Al final todo se complica. De pronto, lo que parecía una especie de comedia de enredo se convierte en dos historias de amor dentro de las cuales hay una que debería ser de desamor. Pero parece que no lo es. O se trata de una sola historia mal resuelta por un fallido cálculo sentimental. Una fina ironía y una divertida manera de acometer un asunto tan sumamente triste son la materia que hace de La uruguaya una pieza literaria perfecta.

J. Ernesto Ayada-Dip. Babelia


 

Textos

Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque sólo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea. Digo «la idea» porque me parece que los dos luchamos contra eso a pesar de que la inercia nos fue llevando. Ya mi cuerpo no terminaba en la punta de mis dedos; continuaba en el tuyo. Un solo cuerpo. No hubo más Catalina ni más Lucas. Se pinchó el hermetismo, se fisuró: yo hablando dormido, vos leyéndome los mails…

∗

Cuando me embarullaban mucho los celos me daban ganas de escribirte un mail instructivo con algunos consejos para ser amante: no sólo tenés que estar depilada y prolija, tenés que guardar una bombacha limpia de repuesto en la cartera, usar el bidet antes y después de cada polvo, controlar la obsesión, postergar la cita cuando estás menstruando, bloquear el celular. Las amantes no menstrúan. Ni llaman por teléfono al amado, ni hacen regalos, ni muerden en la cama ni usan rouge ni perfume. No dejan huellas en la superficie del cuerpo. Sólo queman a fuego en el placer. Activan el sistema nervioso central, lo encienden por dentro.

∗

Cuando se escribe, creo, es difícil convencer al lector de que una persona es atractiva. Uno puede decir que una mujer es hermosa, que un hombre es guapo, ¿pero dónde está la chispa deslumbrante, en la mirada del narrador, en la obsesión? ¿Cómo mostrar con palabras la exacta conjunción de rasgos de una cara que provocan esa locura sostenida en el tiempo? ¿Y la actitud? ¿Y la mirada? Sólo puedo decir que ella tenía una nariz uruguaya. No sé cómo explicarlo mejor. Esas narices de la Banda Oriental, bien llevadas, con una leve comba, un puente alto, como la erre de su nombre, el desafío etarra de su linaje vasco, en su nariz. Ni un grado más ni un grado menos en ese ángulo, y ahí estaba la matemática secreta de su belleza. ¿Y los ojazos verdes, y su boca de beso constante? Sí, sumaban a lo sexy, pero sin la altura de su napio bélico Guerra no hubiera sido Guerra.

∗

Vos sabés que lo adoro a mi hijo. Lo quiero más que a nadie en el mundo. Pero a veces me agota, no tanto él sino mi constante preocupación por él. A veces pienso que no tendría que haber tenido un hijo a esta edad. Es horrendo pensarlo, pero se me llenó la vida con un miedo que antes no tenía, miedo de que me pase algo y se quede huérfano, que le pase algo a él, que te pase algo a vos. Es una nueva fragilidad, un lado vulnerable que no conocía. Quizá a los padres más jóvenes no les pasa. A mí me da terror a veces. Cuando corre hasta la esquina y no lo alcanzo y le pego el grito sin saber si va a frenar. Tendría que haber un curso para criar hijos. Tanto curso de preparto y después nace y cuando llegás a tu casa por primera vez no sabés ni dónde ponerlo. ¿Dónde lo apoyás, en qué parte de la casa va ese viejito mínimo, ese haiku de persona? Nadie te enseña. Nadie te advierte lo duro que es no dormir, renunciar a vos mismo a cada rato, postergarte. Porque no volvés a dormir ocho horas seguidas nunca más, tu banda sonora permanente pasa a ser La Reina Batata, para coger tenés que programar con un mes de anticipación un fin de semana sin niños, vas al cine solo a ver películas donde unos peluches hablan en mexicano, y tenés que leer catorce veces por día el librito del rinoceronte. No se perdió el librito del rinoceronte, lo escondí yo en un lugar imposible de encontrar, entre los cuadros sin colgar del placard de pasillo, porque me tenía repodrido. Debe haber quedado ahí hasta la mudanza.

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No decía nada, hacía apenas un movimiento con la cabeza, como un mini no. De pronto habló con la voz quebrada. El llanto femenino me aterra. Quién me manda a meterme en este culebrón venezolano, pensé. ¿Cómo remonto esto? ¿Qué dice el manual en estos casos? ¿Cómo se hace para cogerse a una mina llorando y con el perro del novio? Ésa es mi primera reacción cuando llora una mujer, mi cerebro se va lo más lejos posible, al fondo de mi egoísmo, a la otra punta de la pena y del amor, planeo la fuga, después empiezo a volver, poco a poco, me pongo contenedor, quizá porque el llanto femenino empieza a hacerme el efecto buscado. —Nunca pensé… Nunca pensé, te juro —decía Guerra con lágrimas en los ojos.

Pedro Mairal  Pedro Mairal. La uruguaya

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Siete destinos para rodearse de libros

De Portugal a Japón, pasando por Suiza y otros lugares del mundo; ciudades grandes y pequeñas en las que disfrutar, no solo del viaje, sino garantizarse una buena lectura o la visita a una impresionante biblioteca.

Origen: Siete destinos para rodearse de libros

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El azar de la escritura

Siempre he escrito sin saber demasiado por qué lo hago, movido un poco por el azar, por una serie de cualidades; las cosas me llegan como un pájaro que puede pasar por la ventana.

Cortazar 3

Julio Cortázar 

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