El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Sonreías, dejando atrás un pueblo que querías por mí, pero odiabas por todo lo demás. Pensé: ‘No regresará jamás’. Pero tus caminos eran más largos que todos los que yo había andado en mi vida, y hasta se me ocurrió que nunca terminaría de quererte. Ese sueño que eres tú todavía dura. Durará siempre, porque siento como que estás dentro de mi sangre y pasas por mi corazón a cada rato. He aprendido a decir tu nombre mientras duermo, y lo murmura el viento, el río, los trigales… como si el mundo entero supiera que aún te espero.

Juan Rulfo
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