
Maxim Ósipov rememora su experiencia en un teatro remoto para atacar la reciente y vergonzosa historia rusa
En el libro de relatos ‘Después de Eternidad’, el médico y escritor ruso retrata la Rusia postsoviética a través de la pura experiencia cotidiana.Más información: Maxim Ósipov, escritor ruso exiliado:
Textos
Había algo especial en el aspecto de aquel hombre y anciano, en su figura, en su puerta y su modo de andar: tenía algo de pájaro. Espalda recta; dedos finos y largos; ojos claros, casi incoloros, no acuosos sino más bien traslúcidos; nariz grande y afilada. Pero no, no había nada demoníaco en aquella mirada transparente; al contrario, había algo infantil, alegre, una disposición a la sonrisa, a una conversación amistosa sin ninguno de los aspavientos ni histerias tan habituales en los hospitales; mis colegas me entenderán. Y vestía bien, con buen gusto o, como supe después, con el gusto de un artista; pero no entraré aquí a recordar y describir qué ropa llevaba cada quien.
En esa época trasladaban a la gente a Severogorsk en tren porque no había otro medio; la alojaban en hospitales, residencias, incluso en escuelas e institutos. Los primeros apartamentos disponibles se asignaban a quienes tenían hijos; construirían más para el resto en un futuro cercano. Según los rumores, había personas a las que había que arrastrar a la fuerza. ¿Qué otra cosa se podía hacer? No se puede abandonar a la gente sin luz, sin agua, sin calefacción. Para cuando se dieran cuenta de qué iba todo aquello ya sería demasiado tarde. Yo mismo me di cuenta de todo con cierto retraso. Eternidad ya no existe. ¿Cómo puede ser? Pues tal como suena.
(«Después de Eternidad»)
En Moscú nos encontramos una o dos veces, en algún funeral. Al Duque le gustaba ir a funerales, incluso de personas no muy alegadas a él. Se lo veía animado, fresco. Tomaba la palabra junto al féretro también en las exequias, a veces en primer lugar, cuando nadie se atrevía a empezar. Recuerdo que en el funeral de un poeta dijo algo así como que no merecía la pena afligirse: los poetas siempre mueren a tiempo cuando su labor ha terminado. «¡Bien dicho! —vociferó un chiflado, también de la cofradía de escritores—. No pueden matarnos mientras no hayamos escrito todo lo que debíamos escribir. ¡Fusílennos, encarcélennos!» Una historia de lo más absurda, pero en la época soviética todo era desmedido.
En lo del ajedrez insistió la madre: vio en ello la oportunidad de librarse, de escapar a alguna parte. No necesitó insistir demasiado: el padre estaba abrumado por el trabajo y se interesaba poco en el hijo. Y el ajedrez es una actividad silenciosa, Matvéi no molestaría al padre. Al ajedrez se puede jugar hasta bien entrada la vejez; los ajedrecistas fueron los primeros a quienes dejaron salir del país, y casi ninguno de ellos fue víctima de la represión. Esas cosas también había que tenerlas en cuenta; en todas las familias había alguien encarcelado.
(«Piezas sobre un plano»)
Mila: tranquila, rubia. Se vienen las uñas, no por los nervios, sino porque es pensativa. Tiene tiempo para examinarla. Es hermosa, sí. Si se busca una comparación con alguna actriz de cine… bueno, no le viene nadie en concreto a la cabeza. Pero las comparaciones son odiosas. Se parece a la madre. Llamó por teléfono, se presentó como la hija de Kira, la química. «¿Recuerdas? El Museo Ruso, Leningrado.» Dijo: «Según tengo entendido, yo también soy hija suya». No es para nada sentimental. Él, un poquito. Dejó todo, se preparó y viajó. Encontró dinero para el regalo y para el billete de tren.
(«El cine en casa»)
No me gustan los funerales (¿y a quién sí?), pero el que me llama es un amigo de la infancia, así que tengo que ir. Aquí estamos acostumbrados a los difuntos, sobre todo entre los dirigentes (¡ojalá se murieran todos de una vez!): a los estudiantes de Medicina, a principios de los ochenta, nos hacían acudir a los funerales como representantes del duelo popular, ya fuera por Kosiguin y Súslov o por el mariscal Grechko. No sé si en ese orden, ya los confundo. Aunque, a decir verdad, por aquel entonces aquello hasta nos parecía divertido: los demás, hiciera frío o calor, se veían obligados a agitar banderines a ambos lados de la avenida Léninski —¡ha venido Gustáv Husák, qué maravilla!—, mientras que nosotros, en la Sala de las Columnas de la Casa de los Sindicatos, escuchábamos a Chopin o, no sé, a Chaikovski de pie con cara de circunstancias durante quince minutos, y luego éramos libres, siempre y cuando no hiciéramos ninguna tontería, ni nos burláramos ni gritáramos. Los dirigentes caían como moscas en aquella época, a veces varios por semestre, de modo que ya teníamos por costumbre, de camino a la Sala de las Columnas, pasar por un sitio de brochetas de carne de la calle Herzen, al lado del conservatorio (aún me gusta ir allí), por una cafetería que había enfrente del Kremlin (donde ahora se encuentra ese monumento horrible) o por algún otro sitio.
(«Luxemburgo»)
Esa noche, GP, director del Departamento de Lenguas y Culturas Antiguas, más que soñar con el infierno, lo vio. Se le apareció. Y no uno ajeno, dantesco, tolstoiano (blanco, rojo, cuadrado), ni una casa de baños con arañas en los rincones como el de Svidrigáilov, sino un infierno personal, el suyo propio, aquel al que iría a parar en un futuro cercano. Era tan sencillo que destilaba una convincente sensación de autenticidad, de verdad absoluta: la conciencia desnuda, y nada más, encerrada en sí misma para la eternidad. La oscuridad y el silencio eran tan profundos que ningún sonido ni sensación conseguía atravesarlos. Por mucho que se gritase (para los adentros, porque no se tenía ni boca ni pulmones), nadie lo oiría. Y no existiría un final, no habría días ni noches ni pausas para dormir; tampoco la posibilidad de desconectar la conciencia eterna, de suplicar ya no la liberación, sino tan siquiera un breve respiro.
(«En tanto»)

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