Lecturas: “La uruguaya”, de Pedro Mairal

«La uruguaya», nueva novela de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970), no decepciona. Durante un tiempo, hace ya unas décadas, parecía que solo Borges y Bioy Casares eran los príncipes mayores de la narrativa argentina. Luego se descubrió que había otros territorios y se abrieron como un milagro los nombres de César Aira, Juan José Saer y Ricardo Piglia. Leer a Pedro Mairal, como leer a Javier Argüello, Sergio Chejfec, Betina González o Leila Guerriero es regresar a la invención pura y a un lugar de excelencia literaria que nunca faltó en Argentina.

Pedro Mairal. La uruguayaPero hablemos de Mairal. Narrada en primera persona, una voz confesional nos relata dos historias. Un escritor abrumado por problemas matrimoniales y económicos cruza el Río de la Plata para ir a Uruguay a cobrar unos anticipos que le serían mucho más onerosos si los cobrara en su país. También acude a encontrarse con una mujer, la uruguaya de la confesión que nosotros leemos como una novela.

Mientras esto sucede, el narrador sabe que su esposa ha descubierto esa cita. Al final todo se complica. De pronto, lo que parecía una especie de comedia de enredo se convierte en dos historias de amor dentro de las cuales hay una que debería ser de desamor. Pero parece que no lo es. O se trata de una sola historia mal resuelta por un fallido cálculo sentimental. Una fina ironía y una divertida manera de acometer un asunto tan sumamente triste son la materia que hace de La uruguaya una pieza literaria perfecta.

J. Ernesto Ayada-Dip. Babelia


 

Textos

Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque sólo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea. Digo «la idea» porque me parece que los dos luchamos contra eso a pesar de que la inercia nos fue llevando. Ya mi cuerpo no terminaba en la punta de mis dedos; continuaba en el tuyo. Un solo cuerpo. No hubo más Catalina ni más Lucas. Se pinchó el hermetismo, se fisuró: yo hablando dormido, vos leyéndome los mails…

Cuando me embarullaban mucho los celos me daban ganas de escribirte un mail instructivo con algunos consejos para ser amante: no sólo tenés que estar depilada y prolija, tenés que guardar una bombacha limpia de repuesto en la cartera, usar el bidet antes y después de cada polvo, controlar la obsesión, postergar la cita cuando estás menstruando, bloquear el celular. Las amantes no menstrúan. Ni llaman por teléfono al amado, ni hacen regalos, ni muerden en la cama ni usan rouge ni perfume. No dejan huellas en la superficie del cuerpo. Sólo queman a fuego en el placer. Activan el sistema nervioso central, lo encienden por dentro.

Cuando se escribe, creo, es difícil convencer al lector de que una persona es atractiva. Uno puede decir que una mujer es hermosa, que un hombre es guapo, ¿pero dónde está la chispa deslumbrante, en la mirada del narrador, en la obsesión? ¿Cómo mostrar con palabras la exacta conjunción de rasgos de una cara que provocan esa locura sostenida en el tiempo? ¿Y la actitud? ¿Y la mirada? Sólo puedo decir que ella tenía una nariz uruguaya. No sé cómo explicarlo mejor. Esas narices de la Banda Oriental, bien llevadas, con una leve comba, un puente alto, como la erre de su nombre, el desafío etarra de su linaje vasco, en su nariz. Ni un grado más ni un grado menos en ese ángulo, y ahí estaba la matemática secreta de su belleza. ¿Y los ojazos verdes, y su boca de beso constante? Sí, sumaban a lo sexy, pero sin la altura de su napio bélico Guerra no hubiera sido Guerra.

Vos sabés que lo adoro a mi hijo. Lo quiero más que a nadie en el mundo. Pero a veces me agota, no tanto él sino mi constante preocupación por él. A veces pienso que no tendría que haber tenido un hijo a esta edad. Es horrendo pensarlo, pero se me llenó la vida con un miedo que antes no tenía, miedo de que me pase algo y se quede huérfano, que le pase algo a él, que te pase algo a vos. Es una nueva fragilidad, un lado vulnerable que no conocía. Quizá a los padres más jóvenes no les pasa. A mí me da terror a veces. Cuando corre hasta la esquina y no lo alcanzo y le pego el grito sin saber si va a frenar. Tendría que haber un curso para criar hijos. Tanto curso de preparto y después nace y cuando llegás a tu casa por primera vez no sabés ni dónde ponerlo. ¿Dónde lo apoyás, en qué parte de la casa va ese viejito mínimo, ese haiku de persona? Nadie te enseña. Nadie te advierte lo duro que es no dormir, renunciar a vos mismo a cada rato, postergarte. Porque no volvés a dormir ocho horas seguidas nunca más, tu banda sonora permanente pasa a ser La Reina Batata, para coger tenés que programar con un mes de anticipación un fin de semana sin niños, vas al cine solo a ver películas donde unos peluches hablan en mexicano, y tenés que leer catorce veces por día el librito del rinoceronte. No se perdió el librito del rinoceronte, lo escondí yo en un lugar imposible de encontrar, entre los cuadros sin colgar del placard de pasillo, porque me tenía repodrido. Debe haber quedado ahí hasta la mudanza.

No decía nada, hacía apenas un movimiento con la cabeza, como un mini no. De pronto habló con la voz quebrada. El llanto femenino me aterra. Quién me manda a meterme en este culebrón venezolano, pensé. ¿Cómo remonto esto? ¿Qué dice el manual en estos casos? ¿Cómo se hace para cogerse a una mina llorando y con el perro del novio? Ésa es mi primera reacción cuando llora una mujer, mi cerebro se va lo más lejos posible, al fondo de mi egoísmo, a la otra punta de la pena y del amor, planeo la fuga, después empiezo a volver, poco a poco, me pongo contenedor, quizá porque el llanto femenino empieza a hacerme el efecto buscado. —Nunca pensé… Nunca pensé, te juro —decía Guerra con lágrimas en los ojos.

Pedro Mairal  Pedro Mairal. La uruguaya

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3 respuestas a Lecturas: “La uruguaya”, de Pedro Mairal

  1. Quizá se te paso comentar a Cortazar ¿no?

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