La Biblioteca Nacional de España ha convertido a ePub cerca de 700 obras, para que todo el mundo pueda descargarlas gratis y leerlas con cualquier e-reader.
Le ruego al lector que no vaya en busca de mensajes. Es un término que detesto porque me apena mucho, porque me obliga a vestir ropas que no son mías, que en realidad pertenecen a un tipo humano del que desconfío, el profeta, el adivino, el vidente. Yo no soy ninguno de ellos, soy un hombre normal con una buena memoria que cayó en un remolino y salió de allí más por suerte que por virtud, y que desde entonces ha conservado una cierta curiosidad por los torbellinos grandes y pequeños, metafóricos y reales.
Leer con la compañía de un café es un placer indescriptible. Por eso, seguramente, cada vez son más los establecimientos que deciden aunar ambos conceptos.
Aceite de perro – Ambrose Bierce Algunas peculiaridades de los ojos – Philip K. Dick Bartleby, el escribiente – Herman Melville Catedral – Raymond Carver Chickamauga – Ambrose Bierce Clase – Charles…
Esto es lo que hacen todos los escritores: examinan sus propios sentimientos, miran su propio mundo, observan sus relaciones. Y si al hacerlo saben reflejar la esencia de la naturaleza humana, entonces se ganan el interés de los lectores. Cuando sale bien, escribir acerca de uno es escribir acerca de otros y para otros.
Ahora quisiera contar hasta qué punto la literatura es siempre la respuesta, porque la literatura contiene un antídoto contra el fanatismo mediante la inyección de imaginación. Quisiera poder recet…
[…] Con un libro en la mano abro mis atemorizados ojos a un mundo extraño, distinto de aquel en el que me hallaba hace apenas un instante, porque yo, cuando me sumerjo en la lectura, estoy en otra parte, dentro del texto, me despierto sorprendido y reconozco con culpa que efectivamente vuelvo de un sueño, del más bello de los mundos, del corazón mismo de la verdad.
El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos: Aunque le pese. El lector tendrá que darse siempre por satisfecho. Sabelius, que además de teólogo fue un humorista consumado, Después de haber reducido a polvo el dogma de la Santísima Trinidad ¿Respondió acaso de su herejía? Y si llegó a responder, ¡cómo lo hizo! ¡En qué forma descabellada! ¡Basándose en qué cúmulo de contradicciones!
Según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse: La palabra arco iris no aparece en él en ninguna parte, Menos aún la palabra dolor, La palabra torcuato. Sillas y mesas sí que figuran a granel, ¡Ataúdes!, ¡útiles de escritorio! Lo que me llena de orgullo Porque, a mi modo de ver, el cielo se está cayendo a pedazos.
Los mortales que hayan leído el Tractatus de Wittgenstein Pueden darse con una piedra en el pecho Porque es una obra difícil de conseguir: Pero el Círculo de Viena se disolvió hace años, Sus miembros se dispersaron sin dejar huella Y yo he decidido declarar la guerra a los cavalieri della luna.
Mi poesía puede perfectamente no conducir a ninguna parte: «¡Las risas de este libro son falsas!», argumentarán mis detractores «Sus lágrimas, ¡artificiales!» «En vez de suspirar, en estas páginas se bosteza» «Se patalea como un niño de pecho» «El autor se da a entender a estornudos» Conforme: os invito a quemar vuestras naves, Como los fenicios pretendo formarme mi propio alfabeto. «¿A qué molestar al público entonces?», se preguntarán los amigos lectores: «Si el propio autor empieza por desprestigiar sus escritos, ¡Qué podrá esperarse de ellos!» Cuidado, yo no desprestigio nada O, mejor dicho, yo exalto mi punto de vista, Me vanaglorio de mis limitaciones Pongo por las nubes mis creaciones.
Los pájaros de Aristófanes Enterraban en sus propias cabezas Los cadáveres de sus padres. (Cada pájaro era un verdadero cementerio volante) A mi modo de ver Ha llegado la hora de modernizar esta ceremonia ¡Y yo entierro mis plumas en la cabeza de los señores lectores!
Nació en Dublin en 1854. En 1895, en la cúspide de su gloria mundana fue acusado por el marqués de Queensberry de mantener con su hijo Alfred, el gandul Lord Douglas, una escandalosa relación homosexual y, en consecuencia, condenado a dos años de trabajos forzados.
El que salió de la cárcel era otro hombre. Incapaz de escribir («Esta mañana he quidado una coma y por la tarde la he vuelto a poner»), invadido por tics nerviosos (afilándola tanto como sus ironías, se pellizcaba a cada momento la barbilla, que al final se le había alargado visiblemente, y a cada momento se rascaba la piel enrojecida por los eccemas nerviosos), siempre predispuesto a darle a la botella, cada vez más sordo, encorvado sobre su bastón como un viejo, se refugió en Francia, y allí dejo de ser Oscar Wilde. Se convirtió en Sebastian Melmoth, el gótico Fausto errante que bajo la pluma del reverendo hugonote Charles Robert Maturin, dublinés como él, vendió su alma al Diablo y por una turba de demonios complacidos fue arrastrado a los abismos del mar.
Después de dos meses de agonía murió en París, el 30 de noviembre de 1900, por una infección de oído probablemente de origen sifilítica. Sus últimos minutos dieron pie a varias leyendas. Una dice que, habiendo pedido champán, observó: «Me estoy muriendo por encima de mis posibilidades». Otra dice que dio una ojeada al modesto mobiliario de la habitación en la que languidecía y exclamó: «O desaparece esa tapicería o me voy yo». Y otra cuenta que, con permiso del Diablo y de la timorata Iglesia de Roma, sobre aquel lecho se convirtió «in extremis» a la fe católica. Quien se las crea creerá también esta última: parece ser que tres meses después, Queensberry, su inflexible acusador, se convirtió también al catolicismo en el momento de morir.
Eugenio Baroncelli. Doscientas setenta y siete vidas en dos o tres gestos
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)