A pesar de todo, Virginia Woolf

Una biografía, diarios y cartas permiten volver a una autora que no distinguía entre escritura e intimidad

Origen: A pesar de todo, Virginia Woolf | Babelia | EL PAÍS

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Lecturas de Rodrigo Fresán

Creo que era Umberto Eco quien decía en las apostillas a “El nombre de la rosa” que toda novela tiene que ser como ir subiendo una montaña para llegar al monasterio, y que el lector debe pagar un peaje por ello. Yo considero que más bien se trata de cobrar ese peaje, no de pagarlo. Y me remito a mi propia experiencia. Cuando, con esa especie de soberbia juvenil que uno tiene, intenté leer siete veces “En busca del tiempo perdido”, antes de poder hacerlo, y cuando, finalmente, me sentí a la altura de ese libro como lector, el placer puro que me inundó fue algo que, todavía, a día de hoy, me parece sublime. Con “Moby Dick” y con dos o tres libros más llegué a experimentar lo mismo, pero no sé si es posible que vuelva alguna vez más a ese punto. Por un lado me digo que he tenido mucha suerte por haberlo vivido y, por el otro, me lamento de no tenerlo por delante…

Rodrigo Fresán

Rodrigo Fresán

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Ricardo Piglia. Lecciones de literatura.5. Borges

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Acariciar los libros

Además uno empieza comprando libros o robándolos, y termina leyéndolos. Pero en mi caso ya es una obsesión: compro libros y ni siquiera los leo. Los acaricio. Y tengo muchos libros y tengo algunos libros que no he leído y que no voy a leer jamás, pero los compro y de vez en cuando los ojeo. Y me gusta tenerlos cerca.

Bolaño

Roberto Bolaño

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Cuaderno de poemas. Luis Cernuda

Si el hombre pudiera decir lo que ama
Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.
Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;

si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Luis Cernuda
Luis Cernuda
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El éxtasis y la ironía

En poesía se encuentran dos elementos contradictorios: el éxtasis y la ironía. El elemento extático está relacionado con la aceptación incondicional del mundo y de todo lo que tiene de cruel y absurdo. En cambio, la ironía es una representación artística del pensamiento, de la crítica y de la duda. El éxtasis está dispuesto a abarcar el mundo entero, mientras que la ironía, que sigue el rastro de las ideas, lo pone todo en tela de juicio, plantea preguntas capciosas, hace dudar del sentido de la poesía e incluso de sí misma. La ironía sabe que el mundo es triste y trágico. Que dos elementos tan distintos puedan dar forma a la poesía es algo desconcertante y, mirándolo bien, incluso embarazoso. No es de extrañar, pues, que casi nadie lea poemas.

Adam Zagajewski

Adam Zagajewski

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Siempre me he refugiado en mi Montaigne, Thomas Bernhard

Ya puedo decir lo que quiera, que me acusarán de decir verdades o de decir mentiras, y a menudo no les resulta claro si me están acusando de decir verdades o de decir mentiras, lo mismo que a mí, c…

Origen: Siempre me he refugiado en mi Montaigne, Thomas Bernhard – Calle del Orco

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La literatura como instrumento

Utilizo la literatura para comprenderme a mí mismo y al mundo. Mi objetivo no es escribir libros, sino comprenderme y comprender, la literatura es pues un instrumento. Por eso tengo una enorme curiosidad; me fascinan las matemáticas, las ciencias, la teología, la mística, porque creo que todos estos campos forman uno continuo de conocimiento, donde entra desde luego la literatura y la poesía. Y claro, también estoy interesado por la vida social de las personas, de la gente. En mis libros hay narraciones que puedes encontrar en obras de otros escritores: historias de amor, de carácter político; pero todos tienen, principalmente, un sustrato metafísico. Las historias no se refieren a la vida de la gente de una determinada época, sino a la vida del hombre en el cosmos, se refieren al destino del hombre. Vivimos sobre una nube de polvo en un tiempo de nanosegundo en un mundo que contiene dos trillones de galaxias. A propósito de la modestia…

Mircea Cartarescu

Mircea Cărtărescu

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Reflexiones. Zygmunt Bauman

El consumismo actúa para mantener la contrapartida emocional del trabajo y de la familia. Expuestos a un continuo bombardeo publicitario a través del promedio diario de tres horas de televisión (la mitad de su tiempo libre), los trabajadores son persuadidos de “necesitar” más cosas. Para comprar lo que ahora necesitan, necesitan dinero. Para ganar dinero, trabajan más horas. Al estar fuera de su casa durante tantas horas, compensan su ausencia en el hogar con regalos que cuestan dinero. Materializan el amor. Y así se repite el ciclo.

Zygmunt  Bauman

Zygmunt Bauman

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Lecturas: «Por qué nos gustan tanto las mujeres», de Mircea Cartarescu

Estamos sencillamente ante una pequeña joya de auténtica literatura, un ramillete de historias mágicas —pero reales como la vida— cuyo denominador común es la presencia de mujeres… de cualquier edad, raza y condición. Historias que un narrador de excepción cuenta con gran sensibilidad, en las que el sexo y el amor conviven gozosa y Mircea Cartarescu. Por qué nos gustan tanto las mujeresfraternalmente. En Por qué nos gustan las mujeres, Mircea Cartarescu, autor de culto y traducido ya a numerosas lenguas (se le suele comparar con Borges y Kafka, y será probablemente el primer Premio Nobel de lengua rumana), abandona momentáneamente los clásicos territorios oníricos de sus grandes novelas para adentrarse, a través de las anécdotas que habitan en el recuerdo, en su «intrahistoria» sentimental, la que en cada uno de nosotros da cobijo a lo más extraordinario de nuestra existencia

Contraportada de la edición de El Funambulista


 

Textos

autorretrato: «Me ha ocurrido en esta vida lo más triste que podía ocurrirme: de poeta que era me he convertido en autor. Creo que de un modo u otro fui un auténtico poeta alguna vez, en mi adolescencia, cuando todavía no había publicado nada, y ni siquiera escrito nada, a excepción de un diario íntimo. Ese es mi estado ideal, perdido para siempre, en el que sueño continuamente: me gustaría volver a él, que desapareciera para siempre el recuerdo de los, ¡ay!, diez libros escritos en los veinte años transcurridos desde que empecé a escribir. Me gustaría tener el valor de volver a convertirme en nadie, pero este valor no se le concede a todo el mundo. »¿Qué vais a encontrar en esos diez libros? Si tenéis paciencia suficiente para hojearlos, algunas páginas buenas. Pero no las que ha jaleado la crítica. Porque esas páginas felices se encuentran, como suele ocurrir, inmersas en montones de literatura. Y cuanto mejor es la literatura, tanto menor es la probabilidad de encontrar páginas logradas desde el punto de vista artístico: páginas verdaderas. Son lo más precioso de los libros, porque no son experimentos, sino experiencias, y no son éxitos del autor, sino regalos que se le hacen al autor. Por eso el orgullo de escritor es algo tan estúpido. Son esas pocas páginas las que deberían merecer un mayor reconocimiento. »No vivo como un escritor y no me siento un escritor. Me siento tan sólo un hombre muy libre y, como el precio de la libertad es el más alto, muy triste. Trato de seguir viviendo. No sé si alguna vez volveré a escribir algo ni me preocupa saberlo. No me gustaría quedar internado en el asilo de la historia de la literatura».

Reconoces inmediatamente a los escritores que han tenido muchas mujeres en su vida: en sus páginas los personajes femeninos son una especie de autómatas de pelo largo (y rubio), con pechos grandes y posaderas redondas, que vienen cuando los llamas y desaparecen una vez la acción —si la hay— ha llegado a su fin. En ellos el erotismo no es más importante que la gastronomía o una partida de tenis. En cambio, los que han tenido pocas mujeres (por no hablar de los que no han tenido ninguna, los más infelices de entre ellos) tienen la tendencia delirante a describir en decenas de páginas cualquier detalle de sus sonrisas, restituir cualquier palabra suya, filosofar sobre la feminidad como arquetipo, desarrollar una entera mística alrededor de las grandes diosas del amor y de la muerte. […] Y hete aquí al escritor que ha tenido pocas mujeres: dispuesto siempre a mitificar… de hecho, con Ester tuve una relación de varios meses, en los que no hablamos de amor ni hicimos el amor, aunque algunas veces llegó a faltar muy poco. Nos paseamos diariamente horas seguidas, estuvimos en tertulias en las que su presencia era hipnótica, en las que sus cabellos larguísimos se desplegaban intempestivamente atrayendo todas las miradas.

Nunca había tenido en mis brazos un cuerpo tan hermoso, una muchacha tan sencilla y, al mismo tiempo, misteriosa. No ocurrió nada especial en todo aquel tiempo. Sus padres no tenían en el brazo ningún tatuaje de Auschwitz que pudiera salvar mi relato de la monotonía (en realidad, para transformarlo en un relato). Ni siquiera hubo nada que se deslizara hacia lo fantástico: Ester no llevaba al cuello ninguna perla que brillara bruscamente en la penumbra ni me dijo nunca, mirándome a los ojos «Hevel havolim, hakol hevel».

Mircea CartarescuMircea CartarescuPor qué nos gustan las mujeres

 

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