Lecturas: “Por qué nos gustan tanto las mujeres”, de Mircea Cartarescu

Estamos sencillamente ante una pequeña joya de auténtica literatura, un ramillete de historias mágicas —pero reales como la vida— cuyo denominador común es la presencia de mujeres… de cualquier edad, raza y condición. Historias que un narrador de excepción cuenta con gran sensibilidad, en las que el sexo y el amor conviven gozosa y Mircea Cartarescu. Por qué nos gustan tanto las mujeresfraternalmente. En Por qué nos gustan las mujeres, Mircea Cartarescu, autor de culto y traducido ya a numerosas lenguas (se le suele comparar con Borges y Kafka, y será probablemente el primer Premio Nobel de lengua rumana), abandona momentáneamente los clásicos territorios oníricos de sus grandes novelas para adentrarse, a través de las anécdotas que habitan en el recuerdo, en su «intrahistoria» sentimental, la que en cada uno de nosotros da cobijo a lo más extraordinario de nuestra existencia

Contraportada de la edición de El Funambulista


 

Textos

autorretrato: «Me ha ocurrido en esta vida lo más triste que podía ocurrirme: de poeta que era me he convertido en autor. Creo que de un modo u otro fui un auténtico poeta alguna vez, en mi adolescencia, cuando todavía no había publicado nada, y ni siquiera escrito nada, a excepción de un diario íntimo. Ese es mi estado ideal, perdido para siempre, en el que sueño continuamente: me gustaría volver a él, que desapareciera para siempre el recuerdo de los, ¡ay!, diez libros escritos en los veinte años transcurridos desde que empecé a escribir. Me gustaría tener el valor de volver a convertirme en nadie, pero este valor no se le concede a todo el mundo. »¿Qué vais a encontrar en esos diez libros? Si tenéis paciencia suficiente para hojearlos, algunas páginas buenas. Pero no las que ha jaleado la crítica. Porque esas páginas felices se encuentran, como suele ocurrir, inmersas en montones de literatura. Y cuanto mejor es la literatura, tanto menor es la probabilidad de encontrar páginas logradas desde el punto de vista artístico: páginas verdaderas. Son lo más precioso de los libros, porque no son experimentos, sino experiencias, y no son éxitos del autor, sino regalos que se le hacen al autor. Por eso el orgullo de escritor es algo tan estúpido. Son esas pocas páginas las que deberían merecer un mayor reconocimiento. »No vivo como un escritor y no me siento un escritor. Me siento tan sólo un hombre muy libre y, como el precio de la libertad es el más alto, muy triste. Trato de seguir viviendo. No sé si alguna vez volveré a escribir algo ni me preocupa saberlo. No me gustaría quedar internado en el asilo de la historia de la literatura».

Reconoces inmediatamente a los escritores que han tenido muchas mujeres en su vida: en sus páginas los personajes femeninos son una especie de autómatas de pelo largo (y rubio), con pechos grandes y posaderas redondas, que vienen cuando los llamas y desaparecen una vez la acción —si la hay— ha llegado a su fin. En ellos el erotismo no es más importante que la gastronomía o una partida de tenis. En cambio, los que han tenido pocas mujeres (por no hablar de los que no han tenido ninguna, los más infelices de entre ellos) tienen la tendencia delirante a describir en decenas de páginas cualquier detalle de sus sonrisas, restituir cualquier palabra suya, filosofar sobre la feminidad como arquetipo, desarrollar una entera mística alrededor de las grandes diosas del amor y de la muerte. […] Y hete aquí al escritor que ha tenido pocas mujeres: dispuesto siempre a mitificar… de hecho, con Ester tuve una relación de varios meses, en los que no hablamos de amor ni hicimos el amor, aunque algunas veces llegó a faltar muy poco. Nos paseamos diariamente horas seguidas, estuvimos en tertulias en las que su presencia era hipnótica, en las que sus cabellos larguísimos se desplegaban intempestivamente atrayendo todas las miradas.

Nunca había tenido en mis brazos un cuerpo tan hermoso, una muchacha tan sencilla y, al mismo tiempo, misteriosa. No ocurrió nada especial en todo aquel tiempo. Sus padres no tenían en el brazo ningún tatuaje de Auschwitz que pudiera salvar mi relato de la monotonía (en realidad, para transformarlo en un relato). Ni siquiera hubo nada que se deslizara hacia lo fantástico: Ester no llevaba al cuello ninguna perla que brillara bruscamente en la penumbra ni me dijo nunca, mirándome a los ojos «Hevel havolim, hakol hevel».

Mircea CartarescuMircea CartarescuPor qué nos gustan las mujeres

 

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