Creo que era Umberto Eco quien decía en las apostillas a “El nombre de la rosa” que toda novela tiene que ser como ir subiendo una montaña para llegar al monasterio, y que el lector debe pagar un peaje por ello. Yo considero que más bien se trata de cobrar ese peaje, no de pagarlo. Y me remito a mi propia experiencia. Cuando, con esa especie de soberbia juvenil que uno tiene, intenté leer siete veces “En busca del tiempo perdido”, antes de poder hacerlo, y cuando, finalmente, me sentí a la altura de ese libro como lector, el placer puro que me inundó fue algo que, todavía, a día de hoy, me parece sublime. Con “Moby Dick” y con dos o tres libros más llegué a experimentar lo mismo, pero no sé si es posible que vuelva alguna vez más a ese punto. Por un lado me digo que he tenido mucha suerte por haberlo vivido y, por el otro, me lamento de no tenerlo por delante…

Rodrigo Fresán