Oscar Wilde, el hombre que vendió su alma

Así fue. ¿Pero a quién?

Nació en Dublin en 1854. En 1895, en la cúspide de su gloria mundana fue acusado por el marqués de Queensberry de mantener con su hijo Alfred, el gandul Lord Douglas, una escandalosa relación homosexual y, en consecuencia, condenado a dos años de trabajos forzados.

El que salió de la cárcel era otro hombre. Incapaz de escribir («Esta mañana he quidado una coma y por la tarde la he vuelto a poner»), invadido por tics nerviosos (afilándola tanto como sus ironías, se pellizcaba a cada momento la barbilla, que al final se le había alargado visiblemente, y a cada momento se rascaba la piel enrojecida por los eccemas nerviosos), siempre predispuesto a darle a la botella, cada vez más sordo, encorvado sobre su bastón como un viejo, se refugió en Francia, y allí dejo de ser Oscar Wilde. Se convirtió en Sebastian Melmoth, el gótico Fausto errante que bajo la pluma del reverendo hugonote Charles Robert Maturin, dublinés como él, vendió su alma al Diablo y por una turba de demonios complacidos fue arrastrado a los abismos del mar.

Después de dos meses de agonía murió en París, el 30 de noviembre de 1900, por una infección de oído probablemente de origen sifilítica. Sus últimos minutos dieron pie a varias leyendas. Una dice que, habiendo pedido champán, observó: «Me estoy muriendo por encima de mis posibilidades». Otra dice que dio una ojeada al modesto mobiliario de la habitación en la que languidecía y exclamó: «O  desaparece esa tapicería o me voy yo». Y otra cuenta que, con permiso del Diablo y de la timorata Iglesia de Roma, sobre aquel lecho se convirtió «in extremis» a la fe católica. Quien se las crea creerá también esta última: parece ser que tres meses después, Queensberry, su inflexible acusador, se convirtió también al catolicismo en el momento de morir.

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