
‘La llamada’, de Leila Guerriero: deslumbrante retrato de una víctima de la dictadura argentina que resucitó | Babelia | EL PAÍS
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La primera vez que la vi fue en la foto de un periódico. Aunque estaba sentada sobre lo que parecía una tapa de cemento en mitad de un jardín frondoso, se notaba que era alta. El pelo rubio, por debajo de los hombros, enmarcaba un rostro sofisticado, esa clase de belleza felina que da, a algunas personas, el aspecto de una pieza delicada un poco salvaje. Usaba el flequillo insolente que solían usar muchachas de otra época. Le calzaba ese sustantivo: muchacha. Aparentaba muchos años menos de los que se deducían del artículo: sesenta y cuatro. Vestía una prenda de mangas largas color azul, jeans ajustados, sandalias de taco chino con suela de yute. Era delgada, con una voluptuosidad natural. Estaba allí ostentando el desparpajo de quien se ha sentado en el piso muchas veces sin perder el tipo.
El secuestro no tuvo singularidades: la secuestraron, como a todos, de manera salvaje.
Le pregunto con más facilidad por la tortura que por la violación. Porque la escena de la tortura es sagrada: en ella solo hay sufrimiento.
Después, a lo largo de cierto tiempo, nos dedicamos a reconstruir las cosas que pasaron, y las cosas que tuvieron que pasar para que esas cosas pasaran, y las cosas que dejaron de pasar porque pasaron esas cosas. Al terminar, al irme, me pregunto cómo queda ella cuando el ruido de la conversación se acaba. Siempre me respondo lo mismo: «Está con el gato, pronto llegará Hugo». Cada vez que vuelvo a encontrarla no parece desolada sino repleta de determinación: «Voy a hacer esto, y lo voy a hacer contigo». Jamás le pregunto por qué.
El mejor entrenamiento para esa frialdad es estar escuchando los alaridos de la tortura y estar hablando con una sonrisa con Acosta o Astiz o Pernías, como si estuvieras escuchando Las cuatro estaciones, de Vivaldi».
La proyección del vídeo empieza con una banda de sonido que resulta tétrica: los comunicados de la Junta Militar anunciando el golpe: «Se comunica a la población que a partir de la fecha el país se encuentra bajo el control de la Junta Militar». Se escuchan los nombres de los integrantes: Videla, Massera, Agosti. «Se recuerda la vigencia del estado de sitio.» «Se comunica a la población.» Yo era pequeña cuando empezó la dictadura, tenía nueve años, pero los audios me eyectan a ese invierno interminable, a las charlas entre adultos que los niños no podíamos escuchar, a las opresiones cotidianas —no se puede ir al colegio con jeans, ni con las uñas pintadas, ni con el pelo suelto—, a las películas y los libros censurados: la minucia del horror.









