La poesía está para recordarnos que todas las palabras, incluidas las que usamos automáticamente, o tanto que parecen gastadas y poco relevantes, son las responsables de la realidad. Para nosotros es importante la existencia de una tierra, suficiente, benéfica, que nos permita dar un sentido a nuestra existencia, que nos permita estar unidos en un lugar donde exista la vida, aunque por momentos resulte surreal. Diría que la poesía habla solo acerca de eso, en esencia. Fundamentalmente la poesía debe decir: ‘Existe una Realidad’, debemos ser parte del mundo, no debemos dejarnos llevar por esa distracción que nos hace aceptar nuestras existencias como algo abstracto, o resignado a la irrealidad. ¡La poesía es aquello que exige la existencia del mundo!.
Nacida el 15 de julio de 1919 en Dublín, aunque pronto se mudó a Londres, las novelas de Murdoch son una de las cumbres de la narrativa británica del siglo XX. Ignacio Echevarría defiende una narrativa relevante y audaz cuyo encanto obra en contra de su prestigio
En una habitación situada en el cuarto piso de un edificio más solemne que noble, dentro de un apartamento de tres habitaciones más servicios, hay un señor de sienes canosas que, hoy domingo, ha decidido comenzar a escribir un libro. Nunca ha escrito libros, y a fin de cuentas tampoco ha leído muchos, y en general se trataba de libros tontos, o de escaso peso intelectual. A decir verdad, no hay ningún motivo, moral o práctico, por el cual deba escribir un libro; pero durante la noche del sábado al domingo le ha salido en el alma un extraño forúnculo, que incluye la idea de que escribir un libro es una actividad noble y ennoblecedora. Se da cuenta de que en toda su vida nunca ha hecho nada noble, cosa que es absolutamente exacta, pero menos excepcional de lo que cree; ni siquiera ha cumplido los modestos deberes sociales, que más o menos todos cumplen, como casarse, mantener a una esposa y una amante, tener un par de hijos y mandarles a la escuela decentemente vestidos. Ha tenido relaciones frías y abstractas, ya que no le gusta gastar dinero en nada, y sin embargo no es avaro. En realidad, no conoce nada que justifique una utilización ligera y disipada del dinero. No es religioso, y tampoco irreligioso, ya que ambas actitudes exigen una agresividad que él no posee. No lee filosofía, que por otra parte no entendería. Tiene un trabajo burocrático, que no le impone decisiones graves, y tampoco le ofrece perspectivas excitantes, que por otra parte no desearía, ya que para él una vida tediosa es mucho más razonable que una vida excitante. Sin embargo, este domingo ha decidido escribir un libro. Quiere ennoblecer su vida pero de una manera clandestina; el libro será publicado póstumamente. O tal vez no será publicado, sino únicamente descubierto al cabo de dos siglos, y él gozará de todas las ventajas de la gloria, sin ninguna de las inútiles dispersiones de energía que la gloria suscita. Existe una cierta dificultad; no sabe qué es un libro; no sabe qué longitud debe tener para ser un libro; no sabe, sobre todo, si debe hablar de algo o de nada. No tiene recuerdos que contar, y tampoco los contaría; ¿escribirá una novela, una divagación, una meditación? Está perplejo. Siente un vago malestar. No, no hablará de amor. Ha intentado abrir el diccionario, pero siempre ha encontrado palabras como «perro» o «tren»; piensa que alguien lo está insultando, e invitándole a huir, y mira alrededor, despacito, haciendo rechinar los dientes.
Andrea Camilleri: «Desde que estoy ciego mis sueños están repletos de colores»
Sigue fumando con ahínco y un glaucoma lo ha condenado a la ceguera pero aún publica (y van 103 libros). El autor recibe a PAPEL en su casa donde habla de la vida y la literatura […]
La noche es un gran espacio cúbico. Resistente. Extremadamente resistente. Acumulación de muros en todos los sentidos, que nos limitan, que quieren limitarnos. Cosa que no hay que aceptar. Yo no salgo de allí. Sin embargo, cuántos obstáculos ya derribé. Cuántos muros abatidos. Pero quedan. ¡Oh, falta para eso! En este momento le hago la guerra sobre todo a los techos. Las bóvedas duras que se forman por encima de mí, cuando se presentan, las martillo, las machaco, las hago saltar, estallar, reventar, siempre se encuentran otras por detrás. Con mi enorme martillo que nunca se cansa, les asesto golpes como para matar a un mamut, si todavía quedara alguno… y estuviera allí. Pero no se hallan más que bóvedas, tenaces bóvedas, aun cuando es preciso romperlas y derribarlas. Se trata luego de despejar el lugar conquistado de los escombros que ocultan lo que hay más allá, cosa que por otra parte siempre adivino, pues me resulta evidente que aún hay una bóveda más lejana, más alta, que también habrá que derribar. Lo que está duro debajo de mí no me molesta menos, obstáculo que no puedo, que no debo soportar, materia del mismo inmenso bloque detestado donde he sido puesto a vivir. A golpes de pico, lo horado, y luego horado el siguiente. De cueva en cueva, siempre desciendo, desmenuzando las bóvedas, arrancando los pilares. Desciendo imperturbable, infatigable ante el descubrimiento de cuevas sin fin que hay en un número que desde hace tiempo dejé de contar, cavo, cavo siempre hasta que, una vez hecho un trabajo inmenso, me veo obligado a subir para darme cuenta de la dirección que seguí, porque uno termina cavando en espiral. Pero cuando llego arriba, me urge volver a bajar, llamado por la inmensidad de los recintos por desfondar que me esperan. Desciendo sin prestarle atención a nada, a zancadas de gigante, bajo escalones como si fueran siglos –y por último, más allá de los escalones, me precipito en el abismo de mis excavaciones, más rápido, más rápido, más desordenadamente, hasta chocar con el obstáculo final, momentáneamente final, y me pongo a demoler con renovados bríos, a demoler, a demoler, cavando en la masa de muros que no terminan y que me impiden partir a pie firme. Pero un día la situación será diferente, quizás.
Billetes, migraciones, preocupaciones, propiedades, deudas, cambios de nombre y vuelta a cambiar otra vez: y todo esto por haber leído muchos libros. Y así, de Kentucky a Nueva York, a Boston, a Maine, a Europa, arrastrada por un río de párrafos y capítulos, de verso blanco, de libritos pequeños traducidos del polaco y de libros grandes traducidos del ruso, todos consumidos en un desvelo sedentario. Bastará eso; que sea cierto no importa. Indudablemente, carece del dramatismo de un: En el muelle vi al viejo capitán de fragata con su barba blanca y me enrolé en la travesía… Pero, a fin de cuentas, «yo» soy una mujer.
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No es cierto que no importa dónde vives, que en Hartford o en Dallas eres tú y basta. Y tampoco es cierto que todos estemos naturalmente vinculados a nuestra región. A muchos los dejan caer de cualquier manera cuando nacen, los aventan por ahí y experimentan la merma y, en ocasiones, la placentera truculencia de ese trastrocamiento aleatorio. Estadounidenses que son alemanes y alemanes que son franceses, como Heine, tal vez.
La mancha del lugar de origen no se adhiere a nosotros como un derecho de nacimiento, sino como una especie de artificio, como una suerte de cosmético. Yo me sitúo entre las importaciones, esos irritantes objetos momificados que, en compañía de los juegos de porcelana, nunca abandonan el armario. No sé de ningún pariente que no haya nacido en el sur; hoy mismo, incluso, casi ninguno vive en otro lugar. Sin embargo, las noches en el campo y sus honestos leñadores me dan miedo; y hasta a plena luz del día me siento incómoda al lado de los «primeros colonos» y de los descendientes de los pioneros. La autopista, los senderos de asfalto, los ladrones, los cielos contaminados como un sofocante abrigo de piel raída y los millones de almas en sus barrios: ese es mi verdadero hogar.
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Nueva York, ciudad de mujeres. Las vagabundas sentadas entre harapos abrazan con tanta fuerza su montón de basura, que esta pasa a formar parte de su propio cuerpo. La cabeza, envuelta en un viejo trozo de franela, emerge de entre los restos de un melón. Al lado de la bolsa de tomates gotean, rojas, lastimosas llagas hinchadas. Una vagabunda sostiene una botella de perfume vacía que corona con un nudillo que no se distingue de su dedo. Ellas y su basura, crecimiento parasitario colmado de sufrimiento; el cristal roto grita, las venas rotas lloran; talones doloridos con el dolor de la bota rajada.
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Algunos hombres se definen por sus mujeres, aunque ellos parecen creer lo contrario; creen que es a ellas, y no a ellos, a quienes se clasifica, se etiqueta y, finalmente, se atribuye un nombre, igual que a una célula que se agita bajo el microscopio.
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Mi padre está leyendo y fumando en la habitación de al lado de la buhardilla. Puede que esté un poco borracho; es de noche. Ella se cubre los brazos con la manta y contempla la luz de la luna que se filtra a través de las cortinas de flores. Los años no parecen reales: los números no son más que palabras, cinco años, diez años, cuarenta. Podrían ser nombres, para el caso: casa, calle, garaje.
No creo que estén pensando en la juventud que perdieron. No creo que le tengan miedo a la muerte. Dudo que se pregunten si se aman o si son felices. Utilizar estas dos palabras, la una o la otra, para referirse a lo que sienten no parece muy preciso. Con todo, están vivos, llenos de opiniones, de objeciones, tal vez incluso de ideas. De todos modos, la noche es buena porque conduce al día, a los zapatos y a las medias, al café, a la monotonía y la repetición; buena, sobre todo, para ella, que quizá tenga ganas de despachar todas sus tareas de una vez.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)