Lectura. “Noches insomnes”. Elizabeth Hardwick

Fotografía de la escritora Elizabeth Hardwick, en 1978. MAGNUM

Voz de insomnio

Desde la primera frase, se comprende que “Sleepless Nights” es otra cosa. Es una novela, una memoria, una confesión.

Origen: Voz del insomnio | Babelia | EL PAÍS

Antonio Muñoz Molina


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Textos

Billetes, migraciones, preocupaciones, propiedades, deudas, cambios de nombre y vuelta a cambiar otra vez: y todo esto por haber leído muchos libros. Y así, de Kentucky a Nueva York, a Boston, a Maine, a Europa, arrastrada por un río de párrafos y capítulos, de verso blanco, de libritos pequeños traducidos del polaco y de libros grandes traducidos del ruso, todos consumidos en un desvelo sedentario. Bastará eso; que sea cierto no importa. Indudablemente, carece del dramatismo de un: En el muelle vi al viejo capitán de fragata con su barba blanca y me enrolé en la travesía… Pero, a fin de cuentas, «yo» soy una mujer.

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No es cierto que no importa dónde vives, que en Hartford o en Dallas eres tú y basta. Y tampoco es cierto que todos estemos naturalmente vinculados a nuestra región. A muchos los dejan caer de cualquier manera cuando nacen, los aventan por ahí y experimentan la merma y, en ocasiones, la placentera truculencia de ese trastrocamiento aleatorio. Estadounidenses que son alemanes y alemanes que son franceses, como Heine, tal vez. 

La mancha del lugar de origen no se adhiere a nosotros como un derecho de nacimiento, sino como una especie de artificio, como una suerte de cosmético. Yo me sitúo entre las importaciones, esos irritantes objetos momificados que, en compañía de los juegos de porcelana, nunca abandonan el armario. No sé de ningún pariente que no haya nacido en el sur; hoy mismo, incluso, casi ninguno vive en otro lugar. Sin embargo, las noches en el campo y sus honestos leñadores me dan miedo; y hasta a plena luz del día me siento incómoda al lado de los «primeros colonos» y de los descendientes de los pioneros. La autopista, los senderos de asfalto, los ladrones, los cielos contaminados como un sofocante abrigo de piel raída y los millones de almas en sus barrios: ese es mi verdadero hogar.

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Nueva York, ciudad de mujeres. Las vagabundas sentadas entre harapos abrazan con tanta fuerza su montón de basura, que esta pasa a formar parte de su propio cuerpo. La cabeza, envuelta en un viejo trozo de franela, emerge de entre los restos de un melón. Al lado de la bolsa de tomates gotean, rojas, lastimosas llagas hinchadas. Una vagabunda sostiene una botella de perfume vacía que corona con un nudillo que no se distingue de su dedo. Ellas y su basura, crecimiento parasitario colmado de sufrimiento; el cristal roto grita, las venas rotas lloran; talones doloridos con el dolor de la bota rajada.

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Algunos hombres se definen por sus mujeres, aunque ellos parecen creer lo contrario; creen que es a ellas, y no a ellos, a quienes se clasifica, se etiqueta y, finalmente, se atribuye un nombre, igual que a una célula que se agita bajo el microscopio.

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Mi padre está leyendo y fumando en la habitación de al lado de la buhardilla. Puede que esté un poco borracho; es de noche. Ella se cubre los brazos con la manta y contempla la luz de la luna que se filtra a través de las cortinas de flores. Los años no parecen reales: los números no son más que palabras, cinco años, diez años, cuarenta. Podrían ser nombres, para el caso: casa, calle, garaje.

No creo que estén pensando en la juventud que perdieron. No creo que le tengan miedo a la muerte. Dudo que se pregunten si se aman o si son felices. Utilizar estas dos palabras, la una o la otra, para referirse a lo que sienten no parece muy preciso. Con todo, están vivos, llenos de opiniones, de objeciones, tal vez incluso de ideas. De todos modos, la noche es buena porque conduce al día, a los zapatos y a las medias, al café, a la monotonía y la repetición; buena, sobre todo, para ella, que quizá tenga ganas de despachar todas sus tareas de una vez.

Elizabeth Hardwick. Noches insomnes
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