Trapos sucios literarios, entre Linda Bonström y su expareja, el famoso escritor Knausgård.
Linda Boström, cuestionada con saña en los libros del escritor noruego, se propone ‘aclarar el profundo desconocimiento’ que tenía él de ella en ‘Niña de octubre’, de corte autobiográfico.
Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea, cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a los recuerdos. En nuestro pasado está todo cuanto necesitamos para encender el fuego de la inspiración. Hasta la fantasía tiene su casa en la memoria. No escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la verdad, como decía no recuerdo quién.
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En esa vendimia han entrado también, cómo no, los libros que he leído y he incorporado al torrente de mi sangre, y que, ya leídos, son libros vividos, y que por tanto forman parte de mis experiencias personales e intransferibles. Lo que miro, lo que me cuentan, lo que siento, lo que leo y lo que escucho, todo eso y más va a parar a las alforjas sin fondo de la memoria, que todo lo guarda y todo le conviene, y donde el olvido va luego seleccionando, depurando, quitando y poniendo, cocinándolo a su gusto según una alquimia que solo ellos, el olvido y la memoria, conocen, y que nadie ha conseguido descubrir aún.
Yuri Slezkine: “El comunismo murió cuando Tolstói triunfó sobre Marx”
Tras más de 20 años de investigaciones y entrevistas, el historiador rusoestadounidense publica ‘La casa eterna’ (Acantilado), una monumental epopeya que narra los cimientos del mundo soviético, centrada en la megalómana Casa del Gobierno, en la que se pregunta por qué fracasó tras sólo una generación la utopía comunista.
“A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida”. Así empieza esta novela de Anita Brookner (Londres, 1928- 2016) y ya tenemos la atmósfera inaugural de casi todas las historias de la escritora inglesa.
Sin embargo, había experimentado el terror y la emoción con mayúsculas. Y había conocido el amor, en especial el de un conspicuo filólogo de la Sorbona, pero su historia no era esa. Su aventura, la que iba a transformar su vida en literatura, no era materia apta para el cotilleo. A decir verdad, estaba hecha con la materia de la propia literatura. Y, curiosamente, la doctora Weiss jamás había conocido a nadie, hombre o mujer, amigo o colega, capaz de soportar la literatura fuera de la página impresa. Esos seriales interminables que las personas se cuentan unas a otras en la intimidad son triviales e intrascendentes, aunque estén llenos de secretos. ¿Quién tenía tiempo para escuchar un relato que podría haberse escrito en otra dimensión? Eso creía la doctora Weiss y, en silencio, algunas tardes, con la cabeza apoyada en la mano, dejaba que el atardecer invadiera poco a poco su salita de estar y pensaba una vez más en la obra en la que se le había confiado un papel tan exigente.
Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Casi todo le costaba un esfuerzo enorme; aún se acordaba de la torpeza con que sacaba la lengua y se ponía a resoplar mientras trataba de dejar la taza en el hueco exacto del plato. Su niñera había sido paciente pero severa con ella; todos esperaban que creciese cuanto antes, en la medida de lo posible, y con este fin le ofrecían libros tristes aunque aleccionadores. Una vez graduada en las obras de Grimm y Hans Andersen pasó a las de Charles Dickens. Allí se le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. Tal era su afán por incorporarse a aquel movimiento de elevación hacia la luz que apenas se fijaba en que su hogar se parecía a los que encontraba en los libros: un velo de diversión superficial sobre un profundo pozo de decepción.
No había perdido la pasión por los libros, aunque compartirlos con otras personas no era tan agradable como llevárselos a la mesa para leer mientras comía. A pesar de todo, las horas que pasaba en la biblioteca eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Dorada, reluciente y silenciosa, poblada por nobles sonámbulos, con su ambiente apaciguado por una paz amigable y eterna, mesas enteras preparadas para el trabajo y un aparente cese de la maldad entre los lectores, aunque fuera temporal, estas cosas le atraían tanto como cualquier otro incentivo más mundano. Y, como había aprendido a estar callada desde que era muy pequeña y estaba sedienta de compañía, las horas que pasaba en la biblioteca por las tardes eran las más gratificantes de su vida. Cuando levantaba la vista de la página, cosa que hacía a menudo, era para mirar a otras personas que leían. Sin saberse observadas, parecían inocentes, aunque un poco agobiadas, y si sus miradas se cruzaban alguna vez, sonreían instintivamente antes de volver los ojos a la página impresa.
George se dio cuenta que había dejado de querer a su mujer. Le produjo —y eso lo había sentido siempre, aunque no supiera por qué— una lástima infinita. La consecuencia natural fue que también sintió una lástima infinita de sí mismo. Seguía siendo fuerte; no se veía como un hombre que estaba envejeciendo. Su aspecto no había cambiado visiblemente desde la muerte de su madre. Seguía mirándose en el espejo con satisfacción todas las mañanas. Tenía un futuro. Con la señora Jacobs. Le diría a Helen que pensaba comprar una parte del negocio y pasar el tiempo en la tienda. ¡Que se las apañaran como pudieran! Ruth podía quedarse en casa, si era necesario. Todo esto le pasó por la cabeza a una velocidad vertiginosa. Cuando la revelación se esfumó —la verdad es que aquellas vacaciones no le estaban sentando nada bien—, comprendió que no sería capaz de llevar a cabo todos sus planes, de hacer realidad todos sus proyectos. Pero algunos… ¿Por qué no algunos?
Bueno, lo que sucede es una cosa, cuando terminé el bachillerato ya yo tenía una noción de lo que era el cuento, de lo que era un cuento y de lo que era una novela; ya había superado la poesía, ya …
Si yo no hubiera existido, alguien habría escrito mis novelas. Y las de Hemingway, Dostoievski y todos los demás. La prueba es que hay al menos tres candidatos a la autoría de las obras de Shakespeare. Pero lo importante es Hamlet y El sueño de una noche de verano, no quién las escribiera. La cuestión es que alguien lo hizo. El artista no es relevante, lo único que cuenta es su creación, porque ya no hay nada nuevo que decir: Shakespeare, Balzac y Homero escribieron las mismas historias, y si hubieran vivido mil o dos mil años más, los editores no habrían necesitado nada nuevo de ellos.
Siempre llega mi mano más tarde que otra mano que se mezcla a la mía y forman una mano.
Cuando voy a sentarme advierto que mi cuerpo se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse adonde yo me siento.
Y en el preciso instante de entrar en una casa, descubro que ya estaba antes de haber llegado.
Por eso es muy posible que no asista a mi entierro, y que mientras me rieguen de lugares comunes, ya me encuentre en la tumba, vestido de esqueleto, bostezando los tópicos y los llantos fingidos.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)